1928 DOS MOMENTOS

LA ENTRADA
AL sonar de remotos clarines; al redoble de viejas campanas; al decir un adiós, desde el cielo, el sol que se oculta tras de las montañas, aparece la luz de la vida, el sol de las almas, la Virgen María, la Morena Santa, nuestra Morenica, por la carretera vieja y empolvada.

Todo un pueblo gozoso la espera junto a las afueras de la calle Ancha; las comparsas, con sus capitanes, que son adalides de ilusas batallas; los abanderados, con trajes de grana y banderas de muchos colores, entre cuyos pliegues se sonríe España; los paisanos están allí todos; están las paisanas, con sus bocas muy rojas y el fuego en sus negros ojos de intensa mirada; hay tibiezas de amor en las almas, hay escalofríos en los viejos cuerpos, hay muchas plegarias.
Ya aparece la Imagen Bendita; ¡a fe mía que va acompañada!; trae su manto repleto de polvo, como cuando dicen que se nos marchaba por el mundo a salvar marineros y traía la arena adosada en los ribeticos de sus amplias faldas; siempre ha sido un dechado de gracia; siempre Morenica; siempre resalada.
 Un estruendo de músicas suena; un sonido de tiros estalla; la Marcha Real; el Himno de Entrada; un viva a la Virgen; un viva a la Patria; un sollozo constante en los pechos y, en los ojos, la humedad del alma.
Se ha quedado la huerta desierta; respiran gozosas las plantas; la luna tiene resplandores en su palidez de secadas árgomas: todo en las afueras ha quedado solo; en agraz, las uvas; en verdor las matas; las que están más cerca de aquel caminico, por donde la Virgen ha poco tiempo pasara, están bien contentas de la preferencia sobre sus hermanas. Yo haría una corona de uva fresca y sana, de rojizo trigo, de rubia cebada, de flores policromas, de verdosas matas y, entre los encajes de su viejo manto, la colocaría pa que la guardara; un saludo de la buena tierra, un regalo de la vega sana, el trabajo te brinda esta ofrenda; es Villena quien te la regala; es de Tu laguna, es de Tus entrañas. ¡Salve, Virgen pura! ¡Salve, resalada!
LA DESPEDIDA
Se llevan la Virgen... ¡qué pronto han pasado las fiestas! Se la llevan,
como aquí decimos; no «nos la llevamos», porque eso no suena; y, otra vez, al rayar la mañana, la gente se marcha hacia las afueras a decir un adiós prolongado, una despedida que ha de ser muy tierna, porque tierna es Villena en sus corazones y tiernos sus hijos en todas sus penas; y la pena mayor para un hijo es ver a su Madre cómo se la llevan...
En las amplias eras dónde ha poco el trigo, triturado por dientes de piedra, salía de la espiga dorado y hermoso en una mañana azul y risueña; donde las hacinas, con su vana gordura de paja sedienta, eran la promesa de los labradores, que en ellas tenían la esperanza puesta; donde el pan candeal se forjaba calentado por un sol de siesta y los músculos recios de acero del buen trillador mostraban la fuerza, la apostura gallarda y gentil de su valentía y de su destreza. En las amplias eras estábamos todos, en una mañana de septiembre fresca, esperando a la Virgencica pa ver cómo sale por la carretera, pa ver esa vuelta que dicen que da cuando se despide de toda Villena.
Han sonado de pronto las bandas y la Marcha Real interpretan, con tanta dulzura, con tanta cadencia, que parecen acordes lejanos que entre tiros y pólvoras llegan. ¿Es la Marcha? ¿Son los arcabuces? ¿O son las banderas las que tanto conmueven el alma en su giro ondeante de sedas?... No lo sé; tan sólo respiro un ambiente de ruidos y penas, de gratos sollozos, de dulces ofrendas. Quiero ver, quiero ver lo que pasa por el centro de esa plaza inmensa y voy a empinarme sobre aquella piedra... cuando doy con mis manos al pecho y exclamo: ¡¡Seré tonto, pues si es la Morena!!
Y entonces no cejo; me levanto muy alto pa verla; la música ejerce su fuerza patética y los corazones parece que tiemblan. Entre aquel gentío, la Imagen Bendita se destaca esbelta y parece que va andando sola, por encima de aquellas cabezas, muy despacio pa verlas tranquila, pa llevarse un recuerdo de ellas.
Ha llegado al final de la plaza y se vuelve la Imagen a verla; y es tal la emoción que aniquila y tanta la dicha que arredra, que hay un gran silencio, una pausa eterna y en los corazones un montón de lágrimas; ¿qué mejor ofrenda? ¿Qué puede ofrecerte tu pueblo que sea digno de Ti y de Villena?... ¿El oro?; es muy poco, son muy pocos el orbe, la tierra, el trabajo de sus moradores, los grandes festejos, el agua, la huerta.
Nada, nada de eso sirve; un girón de su alma, desecha y anegada en llanto, te brindan tus hijos. ¡Guárdalo en Tu pecho! ¡¡Guárdalo Morena!!
Eduardo Solano y Candel
Extraído del periódico Villena Joven de 1928

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