Contrastes en la mañana del día cinco.
grises, están las campanas. A la altura de los pájaros,
de las nubes, de las estrellas.
Una ciudad sin campanas, sería como
un rosal sin rosas,
un cielo sin estrellas,
una fuente sin agua,
un hombre sin corazón.
Por las campanas vienen los ángeles a las ciudades,
por las campanas viene la Santa Virgen María.
Juan Ramón Jiménez.
Fue en los primeros días de septiembre. La campanica de la Virgen, con su tañido de plata, sonaba y llamaba en los corazones de los villenenses para recibir a su Madre. La Fiesta había empezado días antes sus preparativos. Con mucha rapidez y no menos nerviosismo se iban colocando las tribunas por la Corredera y Puerta de Almansa, que, junto a la calle Ancha, forman la carrera envidiada por muchas poblaciones y que sirve de marco incomparable a los desfiles de las comparsas de Moros y Cristianos. Las mujeres, también con prisas, iban de tienda en tienda, para ultimar los preparativos de sus mejores galas y también las viandas propias de la fiesta. Se estaba viviendo la fiesta sorda, que hay quien en emoción la siente más que la fiesta viva. Un hombre me llamó y emplazó para la mañana del día 5 en el Santuario. Hombre todo bondad, festero de pura cepa, número uno en la comparsa de Estudiantes, acompañante durante muchos años de nuestra Morenica por los arenales y caminos polvorientos y que por enfermedad y pérdida de facultades ya no puede hacerlo, pero que puntualmente todos los años la espera a la entrada del pueblo y siempre a su lado, custodiándola, la deja en su Trono en Santiago. Hombre inconfundible, que cuando las enfervorizadas voces de la muchedumbre alaban a la Virgen, contrarresta con su grito de «Viva el Niñico» que le hace peculiar. Este hombre era Antonio González García, alias «El Morrudo».
Puntualmente, a las diez, nos fuimos al Santuario; era la primera vez que lo hacía en esta mañana del día 5; el camino es corto y pronto lo divisamos. Bello Santuario, antaño meta de grandes peregrinaciones comarcales y regionales. Santuario ahora en obras, que esperamos ver completamente restaurado, como meta también de la devoción villenense. Hay contrastes en el camino. Tierra árida roja de los cabezos, en otra época de fértiles viñedos. Tierra de manzanos, sin manzanas, pues el pedrisco de 1976 y la helada de abril de 1977 los ha dejado en estado poco fértil. Camino de los Alamicos, sin los álamos que le dieron su nombre. Contraste también del blanco Santuario con el monte pelado a sus espaldas y su peñasco llamado «El Fraile», un poco en imaginaria y fantástica figura ya cerca de la crestería, donde, en tiempos lejanos, las jaras, el tomillo, el romero y otras especies componían una flora exuberante, que inundaba de aromas las riberas de esa laguna que por Real Orden de Don Carlos IV se desecó por la «acequia del Rey», vertiendo sus aguas al río Vinalopó, muy cerca de la Casa Zúñiga, en los primeros años del siglo XIX.
Entramos en el claustro, que recibe las caricias del sol, dando los ladrillos descubiertos de sus arcadas unas formas y sombras que han estado sepultadas, bajo el yeso, sobre doscientos años, hasta que la iniciativa de la Junta de Reconstrucción del Santuario los ha dejado en su construcción primitiva.
Sorprende que sea poca la distancia que nos separa de Villena, que arde en músicas, tracas y algarabías, y el ambiente de este rincón, foco de esplendor espiritual, donde se sueña con la historia y son sus piedras testigo mudo de esta mañana en más de quinientos años. Se siente la paz dentro del silencio monacal que se respira, que es contagioso y todos respetan. Sobre las once, se celebra la Santa Misa, la iglesia está llena y algunos «laguneros» tienen lágrimas de tristeza de ver que la Virgen se les va, aunque sea sólo por cuatro días, y en contraste, otros villeneros con lágrimas de alegría de ver que ha llegado el día deseado. Una vez la Misa finalizada, se procede al traslado de la Virgen a las andas que la traerán a Villena. Todo se hace con ritual, cuidadosamente, con respeto y con silencio; hombres son los que la bajan del camarín, librando las puertas, las escaleras, y sorteando la pila bautismal, colocada hace unos años; entonces, las mujeres, impacientes, la arrebatan —privilegio que no sabemos desde cuándo data— y, sin permitir que hombre alguno la lleve, la pasean entre vítores y aclamaciones, dando una vuelta a la iglesia y colocándola frente a la puerta de salida y mirando hacia ella, en una mesa, donde espera nuestra Madre, con ansia de madre, que llegue la tarde, para emprender un año más el camino y ser recibida por sus hijos.
Contraste en dos mañanas del mismo día 5, devocional una y bullanguera la otra, dos mañanas importantes para todos los villenenses. Muchas son las personas que no conocen la primera, y también hay personas que no conocen la segunda; la tradición se impone en estas últimas, pero esta mañana, en el Santuario, tiene «algo que cuando se conoce es difícil dejarla, pues atrae, conforta y llena de devoción el corazón hacia nuestra Virgen Morenica.
ALFONSO ESOUEMBRE GARCIA
Presidente de la Asociación de Ntra. Sra. de las Virtudes
Extraído de la Revista Villena de 1978
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