11 may 2026

EL CUENTO DE LOS TUERTOS CIRIACA Y CAPARRA (FIESTAS DE BIAR 1913)

Aquí reproducimos lo publicado en el ejemplar del día 25 de mayo de 1913 en el periódico local, “el Bordoño”, en el que se da cuenta de la anécdota de dos célebres personajes de la Villena de entonces y que decidieron un 12 de mayo, desplazarse hasta Biar para disfrutar de sus fiestas de Moros y Cristianos. 
Se puede constatar de la lectura de lo que al autor de la crónica, “El Chato de la Peñuelas” denomina CUENTOS DE MI PUEBLO, DE FIESTAS, la numerosa asistencia de villenenses, entre ellos nuestros protagonistas “Ciriaca” y “Caparra”, que a pie o con los medios de transporte disponibles en aquella época, se desplazaban hasta la localidad vecina a disfrutar de sus fiestas de Moros y Cristianos.
Por… José Sánchez Ferrándiz
Cuentos de mi pueblo. DE FIESTAS
¿Han conocido ustedes á «El tuerto Caparra» y á «El tuerto Ciriaca»?... ¿Nó?... Pues yo tampoco, por la sencilla y conveniente razón de que murieron bastantes años antes de venir yo al mundo. Pero me han contado muchos hechos célebres de su vida, entre ellos el que voy a relatar, asegurándome que fueron los dos tuertos más alegres y más graciosos que han nacido en tierra cristiana.
Como dato curioso haré notar que Caparra era tuerto del derecho, y Ciriaca, por el contrario, lo era del izquierdo.
Desde pequeños les unía una íntima y estrecha amistad, y por todas partes se les veía juntos, llevando la alegría y el buen humor allí donde iban, pues Caparra siempre estaba dispuesto á cantarse unas malagueñas o unas soleares, que Ciriaca le jaleaba, acompañándole con recias palmadas, que casi nunca seguían el ritmo de la canción, especialmente cuando había trasegado ya algunas copas y la cabeza empezaba á perder su estabilidad.
Vosotros, seres superticiosos que creeis que los tuertos, cuando van juntos, son portadores de la mala sombra y presagio de una próxima desgracia, en este caso hubierais visto rodar por tierra vuestras creencias, deshechas para siempre.
Pero vamos al cuento. Llegó el mes de Mayo, en el cual, como es sabido, celebra, sus fiestas en el cercano pueblo de Biar. Hallábanse reunidos los dos amigos la tarde del día 12, cuando de pronto dijo Ciriaca: —Oye, Caparra... ¿Quiés que vayamos á Biar?.:.
—Es verdá, que son las fiestas... Por mi, como quieras…
Pos arrea.
Y uniendo la acción á la palabra, empezaron á andar con dirección a las afueras del pueblo... Pero pronto detuvo Ciriaca á su compañero, diciéndole:
—Estoy pensando una cosa.
—Tú. dirás.
Que podemos aprovechar el viaje, y sacar pa la cena. Porque la verdá, no tié gracia ir á divertirnos y golver de vacío...
En eso tiés razón.
Pos verás. Yo tengo en mi casa una marrajica que le cogen bastantes cuartillos, y he pensao que podemos llevarla llena de vino, venderlo allí al copeo, y mal ha de venir la cosa pa que no saquemos pa cenar y beber...
Pos es verdá... Pero oye... ¿Y si nos coge el consumero y nos hace pagar puertas?
No hay cuidao., de eso me encargo yo. 
—Pos arza, vamos por la marraja...
Aun no había transcurrido media hora y ya se encontraban los dos amigos recostados en el pretil de La Losilla, y en el suelo, entre los dos, se veía una enorme redoma, al parecer llena de vino. Discutían lo que iban á hacer, y decía Ciriaca:
—Mira, llevaremos la marraja á raticos... Ahora la llevas tu hasta que te canses, luego yo hasta que me canse, y así hasta que entremos en Biar...
—Bueno, y del dinero que saquemos tomará ca uno lo que ha puesto pa mercar el vino, y lo que sobre pa cenar.
—Conforme.
Pos aguarda que me arremangue los pantalones, y estamos andando...
En la carretera, la animación á aquellas horas era extraordinaria, transitando por ella carruajes de todas clases. Ligeros cabriolés tirados por briosos caballos que pasaban rápidos, veloces, dejando tras sí un eco agradable de sonoros y acordes cascabeles; tartanas de barnizadas cubiertas, con jacas pacificas que trotaban tranquilas, sin prisas, desviándose á cada momento hacia la derecha para dejar paso á los carruajes más ligeros; pesados carros destinados á transportar los productos agrícolas, y ahora convertidos en coches de recreo, arrastrados por corpulentas mulas, que galopaban, valientes, animadas por las voces de sus dueños, y por los continuos varazos que descargaban sobre sus lomos redondeados; y en fin, era aquel un continuo desfile de vehículos, que formaban á lo largo de la carretera un cordón de puntos negros y móviles, que, poco á poco iban pareciendo más pequeños, hasta que se perdían en la curva del puente de El Alicantino.. Caminaban nuestros dos tuertos por el paseo de la derecha, cuando Caparra, que marchaba junto á la cuneta, llevando á hombros la redoma, dijo á su amigo:
Oye, Ciriaca, echa un vistazo pa aquí, que ya sabes que por este, lao no guipo... No sea que haiga algún canto en la carretera y estropiece y rompa la marraja. 
—Descudia, que ya vegilo...
Apenas hablan llegado á las últimas eras, dejó Caparra la redoma en el suelo, al mismo tiempo que decía:
—Oye, Ciriaca, carga un ratico con el establecimiento, que ya me he cansao...
Si, hombre; que ese es el trato... Pero oye... El vino es pa venderlo, ¿verdá?.. 
—Claro.
—Lo digo porque tengo aqui una perrica, y como con el polvo de la carretera me sa secao el gaznate, he pensao que me eches un vasico... Yo creo que lo mismo da venderlo á los forasteros que á mí... 
—Hombre, pagando...
—Pos claro que pago... Toma la perra. Y entregó los cinco céntimos á Caparra, el cual sacó de la faja un vaso que llenó hasta los bordes, y se lo dió á Ciriaca diciéndole:
—Toma, sin corona...
Cogió Ciriaca el vaso, y de un solo trago lo dejó completamente vacío.
—Paece que apuras—dijo Caparra.
—Pa eso pago...—contestó, orgulloso, Ciriaca—No te convido porque no tengo otra perra. 
—Se agraece, hombre...
Cargó Ciriaca con la redoma y continuaron su interrumpida marcha, pero aun no habían andado cien pasos cuando dijo Caparra:
—Oye, paece que me ha entrao golica al verte beber... Descansa un poco y échame un vasico... Yo tamién pago...
—Siendo así allá vá...
Y volvieron los cinco céntimos al bolsillo de Ciriaca, que entregó á su amigo el vaso lleno hasta arriba. También de un solo trago lo dejó Caparra sin una gota, diciéndole entonces Ciriaca:
—¡Paece que tamién apuras!...
—Ahora digo yo lo que tu decías enantes... ¡Pa eso pago!...
Poco tiempo después pasaron de nuevo los cinco céntimos al bolsillo de Caparra, dando Ciriaca un nuevo tiento á la porrona, y así continuaron, repitiéndose con tanta frecuencia las paradas, y pasando tantas veces la moneda de un bolsillo á otro, que cuando llegaron á las primeras casas de Biar era ya de noche, y los dos amigos estaban completamente borrachos, no quedando en la redoma ni una sola gota de vino.
—Oye, Ciriaca, amos á descansar un ratico al lao de esa paer...
—Mira que paece que estás un poco mareao, y pa eso no es güeno el resel.
—¡Que más dá!..
Y conforne á los deseos de Caparra, se sentaron en el portal de una de las primeras casas, que era precisamente una bodega...
—Paece que estoy montao en los caballicos... Toó rulda…
—Yo estoy viendo pasar casas y más casas, pero no deviso la mía… En cuanto pase me cuelo...
Pronto unos ronquidos tremendos, que al momento fueron contestados con otros de diferente timbre, pero con tanta ó más intensidad, anunciaron que los dos tuertos se habían dormido. Es probable que en sueños asistieran á la juerga que habían pensado correr con lo que ganaran en la venta del vino...
…………….
Amaneció el día 13, y muy temprano volvían los dos tuertos por la entonces solitaria carretera, y que, según el dicho vulgar, era estrecha para ellos.
De pronto Caparrra entonó una de sus malagueñas é inmediatamente Ciriaca, que llevaba la redoma, empezó á jalearle como tenía por costumbre: Arza... venga de ahí... ¡O…lé!.. E instintivamente soltó la redoma para dar las palmadas de rúbrica, y ¡claro!.. vino al suelo, haciéndose mil pedazos, y produciendo un sonido tal que cortó de golpe la copla de Caparra. 
—¿Qué has hecho, Ciriaca?..
—Na, que sa caido la marraja... 
—¿Pero sa quebrao?..
—Ya ves... Pos mira, ahí se queda... 
El aire fresco de la mañana les habla despejado algo, pero todavía se notaba en ellos los residuos de la merluza cogida la noche anterior.
Oye, Ciriaca, ¿Tú te acuerdas si hemos cenao?...
Por la catusa que traigo me paece que no... 
—¿Y hemos visto las fiestas?..
—No sé... No me acuerdo de ná...
—Pos yo menos... Lo que tampoco me esplico es qué se ha hecho del dinero del vino...
—Eso es lo que yo no sé... Yo, lo que me he bebío lo he pagao...
—Y yo tamién...
Y continuaron la marcha, silenciosos y pensativos, hasta que llegaron á La Losilla, y otra vez recostados en el pretil, dijo Caparra.
—Ya estamos de güelta…Y ya ves, sin género y sin dinero...
—Y sin marraja... 
—Y eso que hemos vendio al contao... ¿Cómo lo esplicas tú esto?...
El Bordoño. Villena 25 de mayo de 1913

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