5 ago 2026

1998 HOMENAJE A LEOPARDI EN EL BICENTENARIO DE SU NACIMIENTO

Homenaje a Leopardi en el bicentenario de su nacimiento.
Ángel L. Prieto de Paula.
En 1998 se han cumplido doscientos años del nacimiento del poeta Leopardi, en Recanati, pequeño y hermosísimo pueblo italiano de Las Marcas, junto a Macerata, a poco más de un tiro de piedra del Adriático. Allí su familia ejercía un señorío semi-feudal sobre los lugareños, testimonio de un tiempo prerrevolucionario que estaba llamado a desaparecer.
EI conde Leopardi había sido dedicado al estudio desde muy niño. En las frías y magníficas estancias de ese palacio-caserón de Recanati, que hoy no se puede visitar sin estremecimiento, Leopardi adquirió unos conocimientos enciclopédicos que le permitieron escribir (ja los quince años!) una «Historia de la Astronomía»; y éste es sólo un ejemplo entre varios de su asombrosa precocidad. Conocedor del griego y del latín, además de lector en diversas lenguas modernas, Leopardi se sintió preso en su Recanati natal, añorante enfermizo de la Antigüedad de griegos y romanos, donde, según suponía equivocadamente, el mundo se movía a instancias del amor, de la valentía, del heroísmo. Buscó en la cultura la felicidad que tozudamente le negaba la vida real. El hombre que, corno afirmó Musset, había llegado demasiado tarde a un siglo demasiado viejo, se consideró siempre un extranjero en cualquier tierra. Leopardi quemó su salud y su vitalidad entre libros y tristezas, Con apenas veinte años se sentía un despojo, pues, además de ser poco agraciado, estaba muy enfermo de la vista, algo jorobado, y padecía mil achaques del cuerpo y del alma. Entre los últimos, el más importante fue la «noia», el hastío de vivir, que a veces cedía paso a algo más fuerte que el hastío: la desesperación.
Leopardi murió días antes de cumplir los treinta y nueve años. Aunque escribió muchísimo, hoy lo recordamos fundamentalmente por sus «Cantos»: apenas unas decenas de poemas de los que quince o veinte (¿para qué más?) son sencillamente definitivos. Quizás nadie ha expresado como él la atracción por lo infinito, a la que se refirió en un brevísimo poema que marea por su profundidad y por su belleza, y que sintió en el cerro de su lugar natal que se conoce hoy por el nombre de «colle dell'infinito»; o el amor a una doncella muerta en flor, la de un célebre poema, hija del cochero de su familia, cuya contemplación desde sus balcones lo empujó a un amor silencioso (¿cómo no acordarse del lied y el cuarteto para cuerda titulados La muerte y la doncella de Schubert?); o la dolorosa percepción de que todo es nada , de que los hombres pasamos sin dejar huella, tal como se expone en ese canto a la retama («La ginestra» se titula el poema), la flor que crece solitaria en las laderas volcánicas del Vesubio; o, en fin, las estampas lunares y los espacios de la noche, cuando calla la cháchara insustancial de los hombres y el silencio de los astros nos encoge el corazón.
Leopardi es un poeta extraño; diría que paradójico. Él, que proclamaba su ateísmo radical, es en realidad -lo dice Ungaretti- un cristiano con los ojos cegados a la revelación. Él, que confiesa el hastío de todo, lo hace con unas palabras que nos mueven a amar la vida, y en cuya música nos dejamos mecer con delectación. A los doscientos años de su nacimiento, quiero tributarle en esta revista el sencillísimo homenaje de una traducción: la de su poema «La noche del día de fiesta (La sera del di di festa), vertido al castellano por mí. Doy también el poema en italiano, por si alguien quiere apreciarlo en su lengua, o cotejar el original con la traducción. He procurado ser lo más fiel posible, respetando el número de versos, la métrica (endecasílabos blancos), los rasgos de estilo, incluido cierto regusto arcaico o clasicista propio del Leopardi de juventud (escribió este poema en torno a los veintidós años). Pero todo ello procurando que el afán de fidelidad no mate los valores poéticos de la versión en castellano: hay que traducir, decía el querido y ya desaparecido poeta Aníbal Núñez, no al pie de la letra, sino de la mano del estilo.
«La noche del día de fiesta» une, a veces subconscientemente, diversos motivos: la plenitud del silencio nocturno; el amor no correspondido; la angustia del enamorado, despierto a altas horas de la noche, cuando imagina a su amada plácidamente dormida e ignorante del dolor que su desdén provoca en él; el vacío que queda cuando el jolgorio de una fiesta ha transcurrido (o sea: cuando las ilusiones han sido sustituidas por el desencanto); el contraste entre la infelicidad del hombre sensible y la dicha de los hombres que no se preguntan por el secreto de las cosas, y que aquí están simbolizados en ese artesano que, tras el día de fiesta, vuelve a su casa en la alta noche entonando una canción que el poeta oye angustiadamente desde el balcón de su cuarto; la certidumbre de que algunos hombres han sido expulsados desde su nacimiento del paraíso de la felicidad... Pero basta ya de palabras prescindibles. He aquí el poema:
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Extraído de la Revista Villena de 1998

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