Luto por un prodigio
lunes 14 de septiembre de 2026, Gastón Segura. El Imparcial
Que la vida se impone indiferente a nuestros anhelos y, lo que es peor, a nuestros disgustos, es incontestable, por más rabia que pueda suscitarnos. Valga al caso que mientras les escribo este par de páginas, miro perplejo como, en mi Villena natal, las comparsas de moros y cristianos desfilan por las anchurosas calles que trazan su columna vertebral con el mismo entusiasmo de siempre, sin aquejar que apenas se ha cumplido una semana desde que la ciudad se despertó despojada de ese prodigio que, hace sesenta y tres años, se descubriese por azar, en una rambla donde se extraía la zahorra para unas obras, cuidadosamente colocado dentro de una rústica vasija.
Era un ajuar votivo sencillamente asombroso, no tanto por ser de oro en su mayoría, sino por la singularidad y elegancia de su factura; más aún cuando se probó su autoría por una civilización apenas relevante, la argárica, coetánea de las helénicas minoica y, ya en su decadencia, de la micénica, pero de muy menor eco en la cultura occidental y aun en la española por ágrafa y por raquítica en muchas de sus manifestaciones como sus rudos poblados, sin muestras de suntuosos edificios palaciegos o religiosos, y apenas constituidos por estrechas callejas escalonadas aprovechando los desniveles de las colinas donde se asentaban, o por la escasa variedad en sus cultivos agrícolas o por la simplicidad de sus manufacturas cotidianas, al parecer comunales aunque se rigiese por una jefatura, tal vez, colegiada. Sin embargo; en un arte descollaba: la forja de metales como, sobre las joyas o sobre las armas halladas en los enterramientos de la nobleza, constataba deslumbrantemente este majestuoso tesoro de claros rasgos ceremoniales. Y ante su desolador hurto —y según las más negras sospechas, para ser fundido, con el peligro de su desaparición—, cómo no barajar la tentación de imponer un hermético duelo.
En cuanto lo pienso, colijo que tampoco hubiese remediado nada la suspensión de las fiestas patronales como señal de luto por este desbaratador robo. Empero; cuando haya transcurrido el actual y embriagante acontecer festivo, Villena se descubrirá saqueada de las alhajas que le conferían un distingo especialísimo en el mundo; entonces nada la consolará de la pérdida, como en este momento le sucede a la comunidad arqueológica internacional, todavía consternada por la gravedad y por lo irreparable del extravío. Entretanto, asistimos abochornados al juego público de sacudirse la responsabilidad sobre las demostradas carencias en la protección del extraordinario conjunto de cuencos, pomos y brazaletes; es decir, si fue el ayuntamiento o si fue el ministerio, o si fueron ambos y aun cuantos peritaron y aprobaron las luego insuficientes medidas de seguridad, pues apenas bastaron unos cuantos minutos para perpetrar el robo. Aunque si algo ya supera lo enojoso es sopesar que antes de la inauguración del espléndido y nuevo museo, el llamado MUVI —o sea, Museo de Villena; hoy no solo cerrado por las últimas investigaciones policiales, sino desentrañado quizá para siempre del ajuar que lo dotaba de un sobresaliente interés—, cuando lo precedía aquel otro, mucho más modesto y en los bajos del ayuntamiento, abierto allá por finales de los años cincuenta del siglo pasado y que tan feliz hizo a su laborioso creador, José María Soler García, durante un tiempo cuando resultaba impensable el hallazgo de este prodigioso conjunto ahora sustraído, y que se arrellanaba sobre un austero salón donde, apenas fueron acumulándose piezas, se vio condenado a presentar un aire de galpón para ruinas, con antiguas vitrinas cercadas por poderosas porciones de capiteles y de bichos mitológicos ibéricos y romanos, y hasta por algún que otro blasón medieval rescatado de la demolición de una vetusta casona; en fin, toda una colección de formidables vestigios pétreos, entre cistas con los huesos incinerados de remotos habitantes de la comarca, dispuestas aquí y allá, e intentando guardar un orden cronológico imposible a primera vista, y donde a su debido momento también se instaló una caja fuerte, iluminada por dentro como un cofre maravilloso, en el que descansaba, muy ordenada, una copia-señuelo ante la posibilidad de un hecho tan nefasto como este reciente asalto a su heredero, el MUVI. Acertada precaución impuesta entonces por una visión humilde y ajustada a los parcos medios de seguridad disponibles, mientras que ahora, ante la soberbia y, a la postre, catastrófica decisión de exponer el original al público, no es que se lamente el siniestro resultado, es que simplemente se subleva la ira.
Y, desde luego, no supondrá el menor consuelo proceder a la adjudicación punitiva de responsabilidades sobre este o a aquel otro cargo político o técnico —si bien fuera escrupulosamente pertinente que, bajo la mayor discreción, uno tras otro, incluido, claro es, el ministro, fueran presentando sus dimisiones irrevocables—, pues el único alivio posible para la actual desdicha es la recuperación, sino de la integridad de lo sustraído, al menos, del mayor número de sus componentes. Demasiados lo deseamos ansiosamente, comenzando por los desolados empleados del MUVI, quienes se hallan anonadados ante la súbita esterilidad de su cometido, cuando hasta hace unos días era una tarea no solo prometedora de enormes sorpresas —véase, por ejemplo, el reciente descubrimiento de hierro meteorítico en una de sus pulseras—, cuanto elogiada con amplias y agasajadoras sonrisas por sus vecinos.
En fin; que la vida se impone indiferente a nuestros anhelos en tanto las comparsas pasan jolgoriosas.
Desde La Cibeles para Paco Micó, Ricardo Menor, Toni el Potas, Pedro Calabuig, Paco el Tuti, Vicente el Silen, Paco el Morata, Juanito el Teje, Jaime Ferri, Paco Torreblanca, Toni Torreblanca y Pepe el General
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