Cuando octubre nos helaba las manos
Por Fabiola Martínez Espinosa
Ya no hace el frío de entonces. No es este frío a medias que tenemos ahora a mediados de octubre, que te deja salir casi en manga corta a ver las luces. Era otro frío. Un frío limpio y seco que bajaba de la sierra al caer la tarde, que te mordía las orejas, que te obligaba a meter las manos hasta el fondo de la cazadora vaquera. El que hacía que el aliento se nos hiciera nube cada vez que gritábamos en lo alto del saltamontes.
Hemos cambiado nosotros y ha cambiado la feria, pero sobre todo ha cambiado lo que significaba.
Entonces ir a la feria no era ir a una atracción. Era cumplir un sueño que habíamos tejido durante un año entero. Doce meses esperando. Doce meses de hucha de barro, de paga contada, de tachar días en el calendario del colegio, de promesas de "si te portas bien".
Recuerdo el olor, que ya no huele igual, colándose por las calles de Villena. Olor a churros, a gasoil de los generadores, a azúcar quemado. Recuerdo la liturgia: la ronda lenta y obligatoria por los puestos antes de pedir nada. Las paredes imposibles de juguetes colgados, las Nancy con flequillo perfecto, los camiones que hacían ruido, todo aquello que mirábamos con los ojos muy abiertos mientras nuestro padre nos decía bajito, "mira, pero no toques".
Y el algodón. Dios mío, el algodón. Aquella nube rosa más grande que nuestra cabeza que un hombre hacía aparecer de la nada dando vueltas a un palo. Nos lo comíamos con las manos heladas y se nos quedaba pegado a la boca, a la nariz, al alma. Nos duraba tres minutos y nos hacía felices todo el año.
Hoy vamos a la feria abrigados a medias. Antes volvíamos a casa con los mofletes rojos, cortados por el frío, con un coche de plástico barato apretado en el bolsillo del anorak como si fuera un lingote de oro. Con los dedos todavía pegajosos y el corazón caliente. Subiendo a casa de la mano de nuestros padres, con Villena oliendo ya a leña encendida y las luces quedándose atrás, parpadeando, despidiéndose hasta el año que viene.
Ya no hace aquel frío. Pero cada mediados de octubre, cuando el aire trae el primer aviso del invierno, aunque sea flojo, yo vuelvo a ser aquella cría. La de las manos heladas y el sueño cumplido.
Villena 16/10/2026

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