El HILO, ENTRE EL AGUA Y EL VINO
Por Fabiola Martínez Espinosa
Hay calles que solo son calles. Y hay otras que guardan bajo sus piedras una parte de la historia de una ciudad.
La calle El Hilo es una de estas últimas.
Su nombre nos lleva hasta el agua. Mucho antes de que sus casas conocieran bodegas, talleres y comercios, por aquel entramado urbano circulaban los antiguos hilos de riego de Villena. Uno de ellos era el Hilo del Rey, llamado anteriormente Hilo de Don Juan, cuya existencia está documentada desde 1455. El agua recorría la población por canales que, en muchos casos, pasaban por debajo de las propias casas antes de continuar hacia la huerta.
Aquella agua no era un elemento invisible de la ciudad. Servía para los lavaderos y las viviendas, para regar huertos, mover norias y molinos y abastecer distintas actividades artesanales e industriales. Era, en definitiva, parte de la vida cotidiana de Villena.
Y mientras el agua seguía su camino bajo tierra, sobre ella comenzaba a crecer otra historia.
El vino llega a El Hilo
En el número 34-36 de la calle El Hilo se instaló una de las empresas familiares que protagonizaron el desarrollo de la industria vitivinícola villenense.
La documentación estudiada por Jesús García Guardiola sitúa allí, en 1863, la sociedad Bartolomé Catalán e Hijos, dedicada a la fabricación de aguardientes, compra y venta, con un capital social de 440.000 reales de vellón.
Décadas después, en 1894, aquel mismo edificio aparece como domicilio social de la sociedad Hijos de Luis García Poveda, constituida por Luis, Antonio y José María García Catalán. Su objeto era la fabricación, compra y venta de alcoholes y vinos.
La escritura de constitución resulta especialmente reveladora. El edificio de El Hilo 34-36 albergaba una fábrica con aparatos para destilar alcoholes, depósitos de vino y otros utensilios necesarios para la actividad.
No estamos, por tanto, ante una pequeña bodega doméstica.
Era una industria.
Y aquel vino no se quedaba en Villena. Un anuncio publicado en 1902 presenta a los Hijos de Luis García Poveda como cosecheros, almacenistas y exportadores de vinos del país, además de fabricantes de alcohol rectificado de vino, con exportación a otras provincias.
Una calle que estaba cambiando
La historia de El Hilo coincide con un momento decisivo para Villena.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, la ciudad se convirtió en un importante centro de producción y expedición de vinos del Vinalopó. El ferrocarril favoreció la salida de los caldos y Villena pasó a ocupar una posición destacada en el comercio vitivinícola de la zona. El crecimiento de esta actividad generó empleo, atrajo población y contribuyó a la transformación económica y social de la ciudad.
En ese contexto, El Hilo no era una calle al margen de aquella transformación.
En sus números 34 y 36 había una fábrica de alcoholes y vinos.
Y debajo, o junto a las casas, seguía estando aquel otro Hilo mucho más antiguo: el del agua.
En 1915, las instalaciones de la antigua fábrica de aguardientes y alcoholes fueron objeto de trabajos de remodelación a petición de Luis García Catalán.
La calle se modernizaba mientras conservaba, escondida bajo sus edificios, una infraestructura de siglos anteriores.
Dos hilos
Quizá ahí esté la verdadera historia de esta calle.
Dos hilos.
Uno llevaba agua.
El otro, vino.
Uno había nacido siglos antes y formaba parte de la antigua organización hidráulica de Villena. El otro representaba la nueva economía que estaba transformando la ciudad.
El Hilo del Rey había acompañado a generaciones de villeneros. Por sus aguas pasaron lavaderos, huertos, norias y distintas actividades productivas. La memoria de aquel recorrido ha podido reconstruirse gracias, entre otras fuentes, al trabajo de investigación y a los testimonios de vecinos que todavía recordaban su trazado.
Pero el sistema del agua también acabaría cambiando. Alrededor de 1920, el descenso de los niveles freáticos hizo necesario recurrir a motobombas, poniendo fin progresivamente a aquella antigua forma de abastecimiento por aguas caballeras.
El agua dejaba de correr como antes.
El vino, entretanto, había encontrado en Villena una industria capaz de crecer y mirar hacia fuera.
Una calle que guarda más de lo que parece.
Hoy caminamos por El Hilo y vemos una calle.
Pero debajo de nuestros pasos permanece una historia mucho más profunda.
En ella se cruzan la Villena del agua y la Villena del vino; la ciudad de las antiguas acequias y la que comenzaba a industrializarse; las casas que tenían derecho a su propia agua y las empresas que ya pensaban en vender sus productos más allá de nuestras fronteras.
Incluso el subsuelo ha seguido devolviendo pequeñas señales de ese pasado.
Por eso quizá El Hilo no debería leerse únicamente con los ojos.
También habría que imaginarlo.
Escuchar el agua bajo las casas.
Oler el vino de las bodegas.
Escuchar el trabajo de quienes allí fabricaron, almacenaron y transportaron sus productos.
Y pensar que, durante generaciones, los villeneros caminaron sobre una ciudad que escondía otra ciudad debajo.
El Hilo no solo fue una calle. Fue un lugar donde el agua y el vino se encontraron.
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