4 oct 2026

2026 MANIFIESTO PLATAFORMA ANIMALISTA

Manifiesto de la Plataforma Animalista de Villena
4 DE OCTUBRE DE 2026.
Hoy, Día 4 de Octubre, es el día Mundial de los Animales, y en lugar de celebrarlo, estamos aquí, reunidos frente a la plaza de toros de Villena para reivindicar su protección y el respeto a sus vidas. En esta misma fecha, dedicada a despertar conciencia sobre nuestra responsabilidad hacia las demás especies, nuestra ciudad acoge la final del Circuito Valenciano de Novilladas: un espectáculo en el que animales jóvenes serán heridos, torturados y morirán ante un público convocado para celebrarlo.
Esta contradicción nos interpela como sociedad. Reconocer que los animales sienten supone asumir que su dolor importa y esta capacidad de sufrir existe con independencia del uso que hacemos de ellos, y nuestra responsabilidad comienza precisamente cuando tenemos el poder de decidir sobre sus vidas.
Los novillos que esta tarde entrarán en la plaza son animales jóvenes, con una vida por delante. Su fuerza no los protege frente a un espectáculo organizado para vencer su resistencia; sus intentos de defenderse forman parte de una secuencia cuyo desenlace está decidido por quienes disponen de las armas, controlan el recinto y establecen las reglas. Llamar «lucha» a ese sometimiento oculta la desigualdad fundamental entre un animal que intenta sobrevivir y un dispositivo humano preparado para herirlo, torturarlo y matarlo.
Desde la Plataforma Animalista de Villena rechazamos que esta violencia reciba respaldo institucional y financiación pública. La Generalitat Valenciana ha gastado en este año más de un millón de euros en ayudas al sector taurino, entre ellas 300.000 euros para la Fundación Toro de Lidia, vinculados a la promoción taurina y al Circuito cuya final se celebra hoy. Cada ayuda contribuye a sostener las condiciones materiales y culturales que permiten la continuidad de estas prácticas.
El dinero público es nuestro dinero: el de los valencianos y las valencianas, el de los villeneros y las villeneras. Y cuando un gobierno decide cómo gastarlo, también nos dice qué es lo que considera importante y qué comportamientos y sociedad quiere construir. Al financiar la tauromaquia, hace algo más que pagar un espectáculo: transmite, educa y construye que herir, torturar y matar a un animal para divertirnos es lo que debe primar como sociedad y que por ello merece todo el apoyo de nuestras instituciones. Ese mensaje es el que llega a nuestros niños, niñas y jóvenes de la mano de quienes deberían enseñarles a respetar la vida. Cada euro destinado a promover este sufrimiento contradice la educación en empatía y compasión que queremos para ellos. Nuestro dinero debe servir para cuidar, educar y proteger; y nuestro poder sobre otros seres vivos debe hacernos más responsables de su bienestar.
Hoy queremos hacer visible el encuentro entre dos juventudes: la de los novillos utilizados en este espectáculo y la de los niños, niñas y adolescentes invitados a contemplarlo o formados para participar en él. Unos reciben las heridas. Otros reciben el mensaje de que esas heridas merecen aplausos.
Los animales jóvenes necesitan condiciones que les permitan vivir y desarrollar sus comportamientos. La infancia y la juventud humana necesitan acompañamiento para construir su criterio moral y comprender las consecuencias de sus actos. Ambas juventudes dependen de decisiones adultas; ambas merecen que esa responsabilidad se ejerza desde la protección. En esta plaza, sin embargo, el daño infligido a una se ofrece a la otra como motivo de admiración.
La analogía no exige que sus vidas sean idénticas. Nos obliga a reconocer una responsabilidad común hacia quienes están creciendo y cuya experiencia del mundo depende de nuestro poder. A los novillos se les priva de su futuro; a nuestra infancia se le propone contemplar esa privación como entretenimiento. El sufrimiento de unos se convierte así en una enseñanza para otros.
La dimensión educativa de este espectáculo está en lo que se aplaude, en lo que se premia y en aquello ante lo que se pide guardar silencio. Cuando la herida y el sufrimiento recibe una ovación y la muerte se convierte en un trofeo, se transmite que la compasión debe quedar suspendida, anulada, para entonces disfrutar. Se ofrece una excepción pública a los principios que enseñamos en las aulas y en los hogares: no agredir, no humillar, no hacer daño a quien es vulnerable. Les pedimos que ayuden, que cuiden, que se pongan en el lugar de los demás.
¿Qué sentido tiene llevar después a esa infancia a una plaza y presentar la agresión a un animal como una hazaña?
¿Qué aprende cuando el miedo provoca diversión, cuando la herida y el grito de dolor recibe una ovación y cuando la muerte se convierte en un trofeo?
Denunciamos ese modelo porque la sensibilidad moral necesita coherencia. La empatía se fortalece cuando aprendemos a reconocer el miedo y el dolor, incluso en seres diferentes a nosotros, y a responder con responsabilidad. Una educación en valores debe ayudar a comprender que tener poder aumenta nuestras obligaciones de cuidado; nunca convierte el daño en un derecho.
También cuestionamos que se forme a jóvenes (a los novilleros) para obtener reconocimiento social u oportunidad laboral mediante la agresión a un animal. Sus aspiraciones y su esfuerzo merecen oportunidades que les permitan desarrollar capacidades sin hacer depender su desarrollo profesional y personal en las heridas, torturas y la muerte. El apoyo institucional debería ofrecer referentes de valentía vinculados a proteger, ayudar y actuar frente a la injusticia. Porque ser VALIENTE es detener una agresión, negarse a aplaudirla, defender una vida incluso cuando hacerlo resulta incómodo.
No afirmamos que cada persona que asiste a una novillada carezca de sensibilidad. Afirmamos que asistir a este espectáculo reduce esa sensibilidad: mirar el daño y celebrarlo, escuchar el sufrimiento y continuar aplaudiendo. Y nos negamos a aceptar que ese sea el modelo educativo y cultural que nuestras instituciones ofrecen a las nuevas generaciones.
La cultura puede ayudarnos a comprender, a sentir y a convivir. Puede abrir nuestra mirada hacia otros seres vivos. Por eso exigimos una cultura pública que fortalezca la empatía hacia las personas, los animales y la naturaleza.
Esta elección presupuestaria resulta aún más indignante ante las necesidades de la sanidad, la educación y la protección de nuestro territorio. Los servicios públicos necesitan personal y medios para atender a la población; nuestros bosques necesitan prevención, vigilancia y capacidad de respuesta frente a los incendios; nuestros municipios necesitan prepararse ante las emergencias climáticas. Reservar más de un millón de euros en un solo año para el sector taurino constituye una prioridad política que rechazamos mientras siguen pendientes tantas necesidades de cuidado.
Cada euro público expresa una prioridad. Y nosotros y nosotras decimos que cuidar la vida debe ser una prioridad por encima de promover espectáculos que la destruyen.
No queremos que nuestro dinero enseñe a normalizar el sufrimiento. Queremos que ayude a prevenirlo.
No queremos que la infancia aprenda a apartar la mirada de una herida. Queremos que aprenda a reconocerla y a cuidar.
Por todo ello, exigimos el fin de la financiación pública de la tauromaquia y la abolición de los espectáculos basados en la tortura y la muerte de animales. Las tradiciones son decisiones humanas que pueden revisarse, y su continuidad debe someterse al juicio ético de una sociedad capaz de reconocer el sufrimiento que antes aceptaba.
En este Día Mundial de los Animales, pedimos a la Generalitat que convierta la protección de la vida en una prioridad real. Pedimos a Villena que acompañe esta transformación y que ofrezca a las nuevas generaciones una cultura fundada en el respeto, la empatía y la compasión.
Por los novillos que esta tarde intentarán defender su vida. Por la infancia y la juventud, que merecen aprender a cuidar. Por una sociedad capaz de ampliar su compasión.
Con nuestro dinero, no.
Con el dolor de los animales, no.
Por la empatía, por la vida y por el fin de la tauromaquia.

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