A través de Facebook en un comentario nos llega esta declaración de un canario y su amor por Villena y por la comparsa del Bando Marroquí, merece la pena leer este relato escrito con el corazón. Muchas Gracias Pepe.
Soy canario, de Tenerife. Llevo mi tierra y sus tradiciones profundamente arraigadas en el corazón. Pero hubo un momento de mi vida en el que el destino quiso regalarme otra tierra, otra familia y otras tradiciones que, con el paso de los años, también terminarían formando parte de mí.
Ese momento llegó cuando conocí a quien se convirtió en mi esposa, mi amiga, mi compañera y mi cómplice; quien fue, es y será el amor de mi vida. Y con ella conocí Villena. Conocí a mi familia villenera, me fui adentrando poco a poco en su sociedad, en sus costumbres, en su manera de vivir y de sentir, y descubrí unas gentes sencillamente extraordinarias. Tuve entonces el honor y la enorme satisfacción de ser plenamente aceptado y participar en las Fiestas de Moros y Cristianos, incorporándome también a una tradición profundamente arraigada en mi familia villenera: su pertenencia al Bando Marroquí. Y lo que inicialmente conocí desde fuera despertó en mí un profundo cariño, interesándome por su historia, orígenes y sus gentes. Escuché con verdadera emoción aquellas conversaciones de los mayores, sus anécdotas, sus recuerdos y sus vivencias. Historias aparentemente sencillas que, con los años, uno comprende que constituyen la verdadera memoria de un pueblo.
Y recuerdo especialmente las que me contaba mi querida suegra, D.ª Ángeles Ferrándiz, una mujer excepcional donde las hubiera. Todavía puedo escucharla recordar, con aquella alegría con la que se evocan los momentos felices, las mañanas de las Dianas:
«Ezequiel traía a casi toda la Banda a desayunar a casa…»Y aquella frase tan sencilla decía muchísimo más. Hablaba de una casa abierta, de amistad, de fiesta, de hospitalidad, de compañeros, de familia. Hablaba, en definitiva, de una forma de entender Villena y de vivir el Bando Marroquí.
También permanece imborrable en mi memoria mi primera llegada a la Casa del Bando Marroquí. Yo iba vestido de «marrueco». Era el recién llegado. El canario. El que venía de fuera. Pero allí nadie consiguió que me sintiera extraño. Todo lo contrario. Me recibieron con un cariño extraordinario y consiguieron que, desde aquel primer momento, me sintiera uno más de la gran familia marroquí.
Y hay otro recuerdo que jamás olvidaré. La primera vez que tuve el honor de acompañar al pueblo de Villena hasta Las Virtudes para ir a buscar a su Morenica. Aquello me emocionó profundamente. ¿Y por qué? Primero, por contemplar aquella extraordinaria manifestación de devoción popular: una multitud inmensa, todo un pueblo recorriendo unido el camino de ida y vuelta hasta Las Virtudes para encontrarse con su Patrona. Pero hubo algo más. Algo profundamente personal que me tocó especialmente el corazón.
Al contemplar a la Morenica descubrí inmediatamente algo que la unía, en mi sentimiento, con la Patrona de mi propia tierra. Porque las dos son morenicas, y las dos llevan al Niño Jesús en su brazo derecho.
Hoy, 15 de agosto, precisamente el día de la Patrona de mi tierra, la Virgen de Candelaria, nuestra Chaxiraxi, como la llamaron mis antepasados guanches, escribo estas palabras desde Canarias con una profunda tristeza por el incendio sufrido en la sede del Bando Marroquí.
Ver las imágenes produce dolor, porque allí no han ardido solamente unas dependencias materiales. Cuando un lugar acumula tantos años de historia, de reuniones, preparativos, música, conversaciones, abrazos, fotografías, recuerdos y vivencias compartidas, sus paredes terminan convirtiéndose también en depositarias de la memoria de quienes pasaron por ellas.
Pero si algo he aprendido conociendo Villena es precisamente la extraordinaria idiosincrasia de sus gentes.
Por eso, desde Canarias, tengo el pleno convencimiento de que la solidaridad, el empeño, la voluntad y esa capacidad tan villenera de unirse cuando las circunstancias lo exigen harán que el Bando Marroquí renazca de sus cenizas, como el ave Fénix. Y volverá. Volverán sus encuentros, sus músicas, sus trajes, sus desfiles, sus abrazos y esa particular manera de vivir unas fiestas que trascienden la propia fiesta para convertirse en sentimiento de pertenencia.
Y volverán los Marruecos.
Porque aquello que comenzó allá por 1866, aquellos «arrastraos», como cariñosamente fueron conocidos los integrantes del Bando Marroquí del Riff, no puede desaparecer entre las cenizas de un incendio. Hay demasiada historia detrás. Demasiadas generaciones. Demasiados recuerdos.
Y demasiadas personas que dedicaron una parte de sus vidas a mantener viva esta extraordinaria tradición.
Por eso hoy también quiero recordar a quienes, a lo largo de tantos años, asumieron la responsabilidad de conducir al Bando:
Antonio Guillén (1866), Fernando Estevan (1894-1928), Joaquín López (1929-1935), Emilio José Manzaneque (1939-1951), Juan Hernández Camarasa (1952-1962), Francisco Menor Marco (1963-1979), José Marco Hernández (1980-1982), Ezequiel Martínez (1983-1985), Pedro Juan Molina Camús (1986-1987), José Estevan Albero (1988-1993) y Antonio Martínez Martínez (1994-1999).
Nombres que forman parte de una historia colectiva que merece ser recordada y transmitida.
Y ese mismo recuerdo debe convertirse ahora en estímulo para quienes posteriormente recogieron el testigo y para quienes hoy tienen la responsabilidad de conducir al Bando: Manuel Díaz Sánchez, Victoria Hernández Abellán, Juan Antonio Lillo, José Antonio Iniesta y su actual presidenta, Cristina Domene García.
Estoy convencido de que este doloroso acontecimiento será también un motivo para sobreponerse, reconstruir y continuar. Porque motivación no les falta, ni les faltará.
El sentimiento y el orgullo de ser y pertenecer al Bando Marroquí forman parte de una herencia transmitida de generación en generación; casi una carta de naturaleza que nace de algo mucho más profundo: ser villeneras y villeneros, amar profundamente su tierra y sentirse orgullosos de su gente.
Los edificios pueden reconstruirse, Los objetos pueden sustituirse.
Pero hay algo que ningún incendio puede consumir: la memoria, el sentimiento y la voluntad de un pueblo de mantener vivas sus tradiciones.
Y mientras exista un marrueco dispuesto a ponerse su traje, mientras vuelva a escucharse la música, mientras alguien recuerde las historias de quienes estuvieron antes y mientras las nuevas generaciones continúen sintiendo orgullo por aquello que recibieron de sus mayores, el Bando Marroquí seguirá vivo.
Hoy, desde Canarias, desde Santa Cruz de Tenerife, este canario y villenero por adopción quiere enviar a toda la familia del Bando Marroquí un abrazo inmenso y expresar mi más absoluta solidaridad.
Pero no podría terminar estas palabras sin hacer una mención muy especial, íntima y emocionada., a mi suegro, Ezequiel Martínez.
Villenero hasta la médula. Marrueco de corazón.
Un hombre profundamente unido a sus fiestas y a su Bando, que durante tantos años vivió intensamente aquello que amaba y que, por culpa del maldito Alzheimer, ya no ha podido continuar disfrutando de sus queridas fiestas como tantas veces hizo.
Quizá por eso, en un día como hoy, su recuerdo adquiere para mí todavía mayor significado.
Porque cuando Ángeles me contaba que «Ezequiel traía a casi toda la Banda a desayunar a casa», en realidad me estaba hablando de mucho más que de un desayuno.
Me estaba hablando de amistad. De compañerismo. De hospitalidad. De tradición. De familia. Me estaba hablando del Bando Marroquí.
Y estoy seguro de que ese mismo espíritu que llenaba entonces aquella casa será el que ahora ayude a levantar de nuevo la Casa de todos.
Desde Tenerife, a más de dos mil kilómetros de distancia, pero sintiéndome hoy especialmente cerca de Villena: un enorme abrazo a todos los Marruecos.
Que las cenizas de hoy sean solamente el comienzo de una nueva página de vuestra historia.
¡Viva Villena! ¡Viva la Morenica!¡ Y viva siempre el Bando Marroquí!
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