1972 EL ARCABUZ Y SUS COMENTARIOS

EL ARCABUZ Y SUS COMENTARIOS - Por… José Serrano
Yo soy EL ARCABUZ; así como suena.
Me imaginó que les parecerá algo insólito que un arma de fuego tenga que hablar de sí misma, pero ¿qué remedio me queda? Tantos siglos integrado en las Fiestas y, sin embargo, nunca nadie, se ha ocupado de mí. ¿Soy un arcabuz o pasa un carro?
En esta anual «revista» que hace gente tan lista nunca sufrí una entrevista. Pues ahora me dejo caer como un paracaidista.
Arcabuz con llave de pistón, construído a mediados del siglo pasado. 
Modelo muy "festero"
Aquí estoy dispuesto a hablar de mí, debilidad bastante frecuente en el género humano, y a explicar cómo soy por fuera y por dentro; esto último ya no es tan frecuente entre los humanos.
Pertenezco a una importante y extensa familia cuya historia se inicia en cuanto aparece un hombre avispado que tiene la ocurrencia de inventar la pólvora. Hay vaguedad entre los expertos respecto a dónde y cuándo se inventó. Yo que tiene pero me lo callo. He prometido discreción a un viejo «mosquete» muy culto que una noche de charreta me lo contó, y he de mantener mi palabra.
Los especialistas en el terna barajan los nombres de Alberto Magno, de Baviera, año 1200; Roger Bacon, inglés, 1241; Berthold Schwartz, etc. Allá ellos. Cuando los chinos leen estos da tos, les baila la coleta de risa.
Arcabucero. Aguafuerte de 1607
No se manejan informes seguros hasta que, en 1326, fecha de un manuscrito en donde aparece el grabado del primer cañón conocido de Occidente, se da por primera vez la fórmula de la pólvora; a saber: siete partes de salitre (nitrato potásico), cinco de carbón vegetal y otras cinco de azufre. Combinación cualitativa que no ha cambiado hasta hoy. Por sus funciones y propiedades, estos tres productos reciben los nombres simbólicos de ALMA, CUERPO y VIDA respectivamente.
Los hombres que tanto en aquella época como esta han tenido bastante propensión a la animalada, utilizaron la pólvora y el cañón para hacerles la pascua a todos los que no pensaban como ellos, con el pretexto de defenderles de alguien que, en la mayoría de los casos, eran los propios defensores. Desde entonces, por estos y otros motivos, ha ido en aumento el progreso de máquinas para hacer pupa.
Del citado cañón primitivo se derivó, en 1346, el primer cañón de mano, que tenía la ventaja para el guerrero de poder llevárselo a su casa y hacer prácticas en el villorrio a la hora de la siesta. Este rudimentario artefacto tomó forma rápidamente y se convirtió en el primer arcabuz, mi querido y noble antepasado.
El pobre, a la hora de disparar, las pasaba bastante apuradas. El sistema de encendido por mecha, que fue el primero, era difícil de manejar, lento de funcionamiento, inútil cuando llovía, etc. Tuvieron que ser inventados sistemas mecánicos para ayudar a producir la inflamación de la pólvora. Estos sistemas, algunos en uso, son las «llaves».
Arma con llade de rueda exterior construída en 1525
La primera en aparecer fue la «llave de serpentín», pieza de hierro en forma de S que balanceaba por su centro al presionar con el dedo por un extremo. Resolvía el manejo de la mecha, ya que ésta iba sujeta al otro extremo de la S.
Se dio un gran paso al suprimir la mecha y aparecer la «llave de rueda», en la que intervino, ¡cómo no!, Leonardo de Vinci. Las chispas que encendían la pólvora se producían al aplicar un pedernal, sujeto por las mordazas de una pieza llamada «pie de gato», contra una rueda dentada que giraba sobre su eje movida a voluntad por un resorte. De este modo, don Leonardo, en el preciso momento en que inventaba este invento, fue sin duda el precursor del mechero encendedor.
Piensa que te piensa y con años por delante, se dio con la «llave Snauphance», palabro holandés que se traduce por «picoteo de ave» que, con leves variantes, puede considerarse como el gran hallazgo de la «llave de chispa», que desplazó por completo a los anteriores sistemas. Consiste en el clásico pedernal atrapado por el «pie de gato» que, movido por la fuerza de un muelle, golpea la cara frontal y rayada del rastrillo, pieza de acero basculante. Al golpear, resbala sobre el rayado y al mismo tiempo lo desplaza hacia adelante, dejando al descubierto la cazoleta llena de pólvora. Esta fricción ha producido las necesarias chispas que llueven sobre lo pólvora de la cazoleta, inflamándola.
El paso final es la «llave de percusión», perfeccionamiento simplificador. La cazoleta es sustituida por un cilindro de acero con el eje taladrado, llamada «chimeneílla». Comunica por la parte inferior con la recámara y, en su extremo superior, se coloca esa cápsula detonadora tan familiar a todo festero: el pistón. Sólo necesita ser golpeado. Este sistema, queridos lectores, es el mío. Desde que vino al mundo el cañón bebé hasta este momento, han transcurrido 646 años.
El tema del arcabuz también tuvo sus variaciones. Cuando aumenta de envergadura y calibre se denomina «Mosquete», y de ahí deriva «mosquetero». Cuando disminuye, se le conoce por «trabuco», y de ahí derivan el José M.ª «El Tempranillo» de antes y todos los José María «Tempranillos» de ahora, pero sin trabuco. Hay otras variantes pero, al igual que con los pepinillos, no conviene abusar de ellas, así es que etc., etc.
Limitándome a un servidor, soy de elevada estatura, moreno nogal mi cuña y culata. Acostado sobre la caña y perfectamente mullido en ella, el largo y pavonado cañón de abocinada boca. Grabados en mi lomo, volutas y lazos cincelados a mano. Una fecha y un nombre: el de mi artesano; vanidad perdonable, pues hizo un buen trabajo. Mi garganta, suave; en el centro, la llave; encima, el perrillo, que mira hacia abajo, comprometedor, al gatillo, rodeado del guardamonte bonachón y protector. Dentro de la llave, el muelle real, fuerte, azul acero; músculo poderoso que impulsa al perrillo en curva veloz para acabar aplastando al pistón contra la chimeneílla. En el fondo del cañón, mi recámara, donde cómodamente pienso, y en línea recta con ella, el «ánima»; más allá, al final, el Azul...
Llave cincelada , de 1660
He ahí mi anatomía.
Por mi oído y por mis años he aprendido cosas; por mi boca las digo. En esto soy igual que los hombres, y aún me parezco más, porque, también como en ellos, el oído es más pequeño que la boca. Pueden mis lectores sacar sus propias conclusiones y encontrarán respuestas a muchos problemas de diálogo.
Mi verdadera personalidad aparece cuando. después de cargado, se me dispara. Algo enorme ocurre dentro de mí. Ha llegado mi momento en la fiesta y todo yo me convierto en sonido sólido, en fuerte explosión de vida. Sólo a mí se me oye; lo demás es menos, casi nada. Mi reinado es breve; tan bruscamente como empezó acaba. Así es la vida también.
Normalmente no hay que temer nada de mí; estoy previsto para estos achuchones. Lo malo es cuando algún festero de las cavernas, crin los hay, me pone más cartuchos de la cuenta. En estas ocasiones corro serio peligro y él también. Recuerdo una vez después de «la Entrada». ¡Qué rato pasé, rayos y truenos! ¡Hala, venga pólvora! Poco faltó para desintegrarme y reventar de indignación por la fuerte comprensión que produjo en su explosión la pólvora en el cañón al detonar el pistón aquel festero melón.
En fin, no quiero cansarles y termino. Deseo, sin embargo, aprovechar el momento y rogarles que traten bien a mi querida familia. Las Fiestas, el público y yo se lo agradeceremos.
Extraído de la Revista Villena de 1972

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