1987 EL AMUERZO

EL AMUERZO Por Alfredo Rojas
La cita se convino el viernes, ya muy tarde, cuando sé determinaron las compras que cada uno debía llevar a cabo el día siguiente. Ya es sabido cómo se establecen todas las circunstancias de estos eventos: éste se encarga del vino, el otro de las olivas, o de la fruta, yo me bajaré el coche, entonces si tú y éste os lo lleváis, yo no lo saco... lo de siempre. La hora, las ocho de la mañana del domingo. Pudo ser en la churrería de la Paloma o en el tío Frasquito: lo mismo da que lo mismo tiene, que dijo uno de ellos. Lo que se acuerde, sentenció al final. La última frase fue la de costumbre:
-El último que llegue paga los cafés, los churros y la copica de cantagüeso.-
A poco de dar la media, las ocho y media, se entiende, ya salieron los dos coches. La mañana era fresca, a pesar de estar mediada la primavera; pero en los árboles no se movía una hoja. El sol ya estaba arriba; el campo verde, los trigos, altos, el aire, limpio y transparente, aire de mañana recién estrenada que permitía ver los menudos detalles de las sierras lejanas. Un breve viaje, y la casa. La puerta, enrejada, con dos ruedas de carro insertas, una en cada hoja; el cerrojo chirriante, los coches que se aparcan bajo de unos árboles y a sacar las cosas, los apechusques, así los nombró uno, vete a saber de dónde sale esa palabra. Y rápidamente se entró todo hasta la amplia mesa, mientras uno traía sarmientos y otro, unos pequeños tacos de leña de olivera.

-Lo primero, la gachamiga, que es lo más pesao de hacer. Trae un plato grande y agua, que hay que deshacer la harina.-
¿Quién se encarga de la ensalá? Los tomates están ahí. Las cebollas y las lechugas, en esa bolsa. Hay tres o cuatro rábanos también. Y una cornetica picante.-
-¿Sabes lo que podías hacer tú? Acercarte al cabezo y traer tomillo, pa después del almuerzo. Pero no arranques las matas, que cada ves hay menos. Llévate las tijeras de podar y lo cortas, que se quede la raíz. Búscalas en el almacén, están colgás de un clavo.-
Ya está la harina disuelta, ya es un caldo blanco que baila en la sartén. Poco después es una masa blanda que la paleta bate incansablemente.
-!Falta un poco aceite!-
-¿Tú qué sabes, si no has hecho ninguna ni aún?-
-Verás como te se pega.-
!Ya veremos!-
Y la paleta va y viene, una y otra vez; rebaña los bordes de la sartén, se hunde en la blanca masa, la aplasta, la despega del fondo, agrupa los menudos trozos que se separan, mientras brota el sudor de la frente del que la maneja, tanto por el esfuerzo como por la proximidad
del fuego.   
-Atiza un poco la lumbre. No tanto. Poca pero que no falte.- Uno, los brazos remangados, el ancho cuchillo en la mano, prepara la ensalada. Otro ha sacado una abultada bota de vino que va ofreciendo a los demás. Un tercero lee el periódico que compró antes de salir del pueblo.
-Dos cero ganó el Madrí anoche. -
-Ya lo sé. Lo oí en las noticias de las doce. Falló un penalti.-
-¿Y el Barcelona?-
-El Barcelona juega esta tarde.-
La gachamiga ya se va dorando poco a poco. El improvisado cocinero ha sacado dos o tres veces la sartén del fuego y ha dado limpiamente la vuelta a la gachamiga. En la última de ellas se le ha caído un pequeño trozo de masa.
-!Te s'ha caído una poca!-
-Ese es el pedacico que sobraba.-
Entra el que fue por el tomillo; lo
extiende en una mesa pequeña y le quita la leña para dejar solo las ramas finas con las minúsculas hojas. Agita una mata y se la pone en la nariz a uno de ellos.
-!Huele! ¿Qué te parece?-
-Pos tomillo. ¿A qué querías que oliera?-
-El tomillo pasa a un puchero casi lleno de agua, y se aprieta para que quepa todo. Se tapa y se coloca en un rincón del hogar, junto al fuego.
-¿Le has puesto sal a la gachamiga?-
-No. Estábamos esperando a que vinieras tú a decirlo.
-Hombre preguntar no es errar. ¿Vostés son putes? ¿Sabéis el chiste ése?-
-Yo lo sé desde que andaba a tatas.
Ese chiste lo sabe to Villena.-
La mesa ya está dispuesta. La trenza de pan cortada a trozos, el plato de las olivas, las tápenas, unas cebollicas en agua sal, la ensalada... En un plato, un queso blanco cortado a rebanadas; en otro unas anchoas nadando en aceite. Encima de unas hojas de lechuga, unos trozos de toñina de zorra. En el centro de la mesa, varios periódicos atrasados van a servir de soporte a la sartén.
-Venga, que ya está. No la apures más que se va a quemar.-
-Sabéis lo que los digo? Que ésta es la última ves que la hago, que siempre me toca a mí la china.-
-¿Y lo buena que te sale? Si no hay quien la haga como tú. El año que viene tienes que hacer la de la Comparsa, que seguro que te llevas el premio.-
-Venga, hacer sitio que va p'allá.-
-!A almorzar se ha dicho!-
Sentados al fin todos, cinco, que antes no se dijo, empiezan a almorzar. Por la estancia se difunde el olor a tomillo que hierve en el puchero. Pasa la bota de uno a otro, sin descanso, que el chorro es fino. La mano oprime firmemente la base; el chorro, al salir con fuerza, es una aguja que hace cosquillas en la lengua. Mientras la nuez sube y baja lentamente, los ojos, entornados, miran sin ver las irregulares vigas encaladas. La gachamiga se come en la misma sartén, mojando con pan. El queso, como la toñina, se corta en pequeños trozos y se pincha con la navaja, que los lleva a la boca.-
-Las olivas están bebeoras.-
-Me comeré medio rabanito, a ver si me hace efecto.-
-¿Ya estás así? ¿Ya te hace falta ayuda?-
-Yo no digo na, que luego to se sabe.- -Y hablando de to un poco. ¿Cómo van los zapatos en tu fábrica?-
-Por los suelos, como siempre. Ahora estamos con las muestras.-
Pos nosotros tenemos aún faena por lo menos pa un mes. Y todo es el viajante de Barcelona, que no para, el tío.-
-En la mía, las reposiciones. Cuatro parecicos de matacagá.-
Terminado el almuerzo, con la destreza que da la costumbre, cada uno hace una tarea. Uno está fregando; otro limpia la mesa con un trapo, echando cuidadosamente las sobras a un cubo. Un tercero, arrodillado cerca del fuego, pasa un papel una y otra vez por la sartén, quitándole el aceite. Otro vierte el tomillo, con el auxilio de un colador, en unos vasos grandes. Aquél saca unos puros, que ofrece a los demás.
No, que yo, con el puro, me hincho como una bota. Tírame el paquete, que está en el escullero. -!No puedo yo con los puros!-
-Pos no sabes lo que te pierdes. -
 Sentados de nuevo, mientras charlan, fuman y se beben el tomillo. El que fregaba, sale con un trapo en la mano.-
-!,Queda pa mí?-
-Ahí tienes tu vaso.-
-Mira que está bueno el tomillo. ¿Y sabes por qué? Porque está cogío de hace un rato.-
-Claro. Ahora, un suponer, me llevo yo ese que ha sobrao. Lo mete mi mujer en una ollica y dentro cuatro días, cuando quiera hacerme un tacita, ya s'ha resecao.
-¿Y sabes a qué echa gusto? - A na.
-A yerba linde.
-El tomillo, como to las cosas del campo, recién cogías.-
Se retiran los vasos, se limpia una vez más la mesa. Mientras, uno de ellos sale fuera y entra de nuevo.
-Hace una mañana que da gusto; se está mejor fuera que dentro. ¿Sacamos la mesa al solecito?-
-No, que se nos va a calentar la cascarra y ahora mismo nos tenemos que entrar. !Aquí mismo!-
¿Y el catacismo?-
-¿Qué catacismo?-
-!Las cartas, hombre!-
-Ahí están, en el armario. Las chinas están dentro un bote.-
-!Bueno! Pos ahora, un truquecico. Y el que más sepa, pa él.-
Se extiende una manta sobre la mesa, se apilan las chinas en el centro y, sentados de nuevo, comienza uno a barajar. Humean puros y cigarrillos, se concentran todos en las cartas, se miran a hurtadillas buscando las señas. Uno de ellos, finalmente, dejando resbalar lentamente los naipes entre los dedos, los pone encima de la mesa, mira a todos, ve la señal de asentimiento del que está enfrente y exclama:
-!Truco!-
Otro mira las cartas, a los rostros de los demás, vuelve a mirarlas, se queda un instante suspenso y por último, levantando el culo de la silla e inclinándose sobre la mesa, con gesto fiero dispara más que exclama:
-!Retruco!-
Fuera, efectivamente, empieza el sol a calentar. Entre los verdes bancales destacan los árboles. A lo lejos, sobre el telón de fondo de la sierra de la Villa, las casas del pueblo, los altos edificios en primer término, la inconfundible silueta del castillo detrás, los pardos conos que coronan las torres de Santiago y Santa María. Más cerca, a un lado, una columna de humo dormido, mironiano, asciende lenta y verticalmente al cielo azul.
Extraído de la Revista Villena de 1987

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