1971 INTRODUCCIÓN A LA HISTORIA LINGÜÍSTICA DE VILLENA

INTRODUCCIÓN A LA HISTORIA LINGÜÍSTICA DE VILLENA
El habla de Villena es el resultado de la aportación de los re-pobladores venidos; del norte y este de la península —castellanos, aragoneses, catalanes, valencianos—, más los escasos residuos dejados por los árabes y algún mozarabismo. Sería ideal poder rastrear la evolución de cada palabra villenense a partir de sus orígenes. Desafortunadamente no hay suficientes documentos que nos permitan observar el vocabulario usado por los habitantes medievales de Villena. La nobleza castellana que, casi sin interrupción, se encargó de la administración de la ciudad durante los últimos siglos de la Edad Media, escribía en el más puro castellano los documentos oficiales. A veces, en muy contadas ocasiones, alguna palabra no castellana se filtra en las ordenanzas municipales, dirigidas al pueblo: se prohíbe la caza con perdigote (en castellano «perdigón») ; los maestros carpinteros hablan del golfo (en castellano «perni») ; la tahulla, medida de superficie, aparece hasta nuestros días en todos los documentos de compra y venta de tierras. Tenemos que llegar a fines del siglo XIX, para encontrar a algunos autores villenenses que se interesan por el habla popular y la recogen en sus escritos.
De todos modos, no podemos saber con seguridad la clase de lengua hablada por los villenenses durante los siglos XIV y XV. ¿Hablarían, como en la actualidad, una variedad de la lengua castellana abundante en castellanismos? ¿Hablaría el pueblo una lengua mixta, castellano-valenciana, que progresivamente fue desprendiéndose de la aportación valenciana?
En aquella época, el núcleo principal de la población cristiana villenense estaba constituido por inmigrantes venidos del reino de Castilla. Por otro lado, dada la situación geográfica de Villena, algunas familias del reino de Aragón, principalmente de procedencia valenciana, se asentaron en esta comarca. Estas dos comunidades lingüísticas tendrían que entenderse entre sí. Aún cuando se tomase como base principal de comunicación la lengua castellana, la aportación valenciana debió ser muy importante, habida cuenta del comercio continuo entre Villena y el país valenciano.
Esta antigua habla villenense ha evolucionado hasta nuestros días, perdiendo paulatinamente las palabras ajenas a la lengua española culta. No obstante, se conserva un nutrido grupo de vocablos de origen no castellano, testimonio de la antigua pluralidad lingüística.
Antes de su reconquista por las armas cristianas, la ciudad de Villena había formado parte del reino árabe de Murcia. Mezclados con los moros vivieron algunos cristianos, conocidos históricamente por mozárabes, cuya lengua procedía directamente del latín. De estos primitivos habitantes de Villena nos quedan unas pocas palabras, corno boa «anea», coleja «colleja», casporra «cachiporra», corbo «cuévano», barchilla «esportilla» y regomello «reconcomio». El sufrido mozárabe —echo se conserva en la palabra villenense ardacho «lagarto». La evolución fonética del topónimo Villena Bellius + ena) ha seguido la norma mozárabe. En la toponimia menor encontramos el nombre Pinchellos, probablemente otro mozarabismo.
Las voces dialectales villenenses tornadas de la lengua árabe son más numerosas. Se refieren generalmente a la agricultura: alhábega «albahaca», alfalfel «alfalfa», alcacil «alcachofa», arcazaba «mata del maíz», garrofero «algarrobo», abercoque «albaricoque, alpicoz «co-hombro», corta «cáscara, corteza», jabegón «herpil», zafa «alfarje», cofín «capacho de almazara», tahulla «medida agraria», etc. En la vida doméstica y social, marraja «damajuana», zafa «palangana», al-marga «jergón», majarra «hucha», galima «goloso», bacora «persona blanda de carácter», andolear «callejear», etc.
A mediados del siglo XIII los moros perdieron el dominio de Villena, que pasó a formar parte del patrimonio de los Manuales, infantes de Castilla. El idioma castellano se impuso como lengua oficial. No obstante, este castellano antiguo no era el mismo que hablamos en la actualidad en España. Se han incorporado palabras nuevas, mientras otras han desaparecido. Dado su alejamiento geográfico de la corle, Villena ha conservado una serie de palabras castellanas no usadas ya en el español moderno: enfoscarse «obscurecerse, nublarse el cielo», costero «costado del cauce de un río», atancar «detener el agua», majuelo «viña nueva», tobar «empollar el ave los huevos, bufar «soplar», fosar «vomitar», agror «agrura», ensordar «ensordecer», nano «enano», percanzar «alcanzar, comprender», encortar «acortar, turbar», malencolía «melancolía, merecina «medicina», enantes «antes» y mester «menester». La influencia valenciana parece haber sido decisiva en la conservación de estos arcaísmos, puesto que corresponden a los términos valencianos enfoscarse, cotser, tancar, mallol, covar, bufar, bossar, agror, ensordar, nano, percatar, encortar, malenconía, melecina, enantes y mester. Otros arcaísmos castellanos no tienen correspondencia en valenciano: bajura «hondonada, sitio bajo», cospe «tepe», moteja «molleja», esquimo «esquilmo», arciprés «ciprés», berbajo «comida de animales», agrearse «agriarse», sa(g)udir «sacudir», retorcijón «retortijón», senonjil «liga femenina», contino «continuamente» y metá «mitad».
La aportación lingüística catalana es inferior únicamente a la castellana. La gran mayoría de las palabras dialectales villenenses o bien tienen un claro origen catalán o son de uso corriente en valenciano. La influencia catalana se refleja en toda la terminología relativa a la vida material. En la agricultura son catalanismos ceche, camarroja y prebella «nombres de plantas», borde «chupón del árbol», zuro «corcho», jeja «clase de trigo», garba «gavilla de mieses», dalla «guadaña», ruldón «rulo de la era», pansirse «pasarse, con referencia a las frutas», rebuche «rebusca», etc. Los nombres de pescados son generalmente de procedencia catalana, como llus «merluza», rajá «raya», sorel «jurel», pelaya «platija», cipia «sepia», etc. En la vida doméstica, llanda «bandeja usada para cocer alimentos en el horno», rustir «asar», molla «molledo», solaje «poso», menchuga «comida, sustento», rosigar «roer», espolsaor «sacudidor, zorros», etc. En la vida social, noviaje «noviazgo», lladre «ladronzuelo», embolicar «enredar», espolsalse «desembarazarse de algo desagradable», adevinalla «adivinanza», rolde «juego de muchachos», etc. En los oficios pescatero «pescadero», torratero «vendedor de cascajo», correchero «correero, talabartero», perpal «palanca», golfo «pernio», lita «hita», simén «juntera», galse «jable», galsaor «acanalador de tonelero», enclavillar «enclavijar», etc.
Algunas palabras villenenses parecen tener origen aragonés: pajuzo «desperdicio de la paja», vendemar «vendimiar», molondra «cabeza», molondrón «chichón», lapo «bofetada», biscuejo «bisojo», carcallá «carcajada», píndola, maya y patosca «juegos de muchachos».
Son también corrientes en Aragón y Cataluña los siguientes términos villenenses: runa «tierra de aluvión», aluciar «afilar la reja del arado», estrinque «cadena de hierro usada por los carreteros», baga «lazada, nudo corredizo», morcas «heces del aceite», corta «carcoma», caparra «garrapata», salmorra «salmuera», mardán «morueco», noguera «nogal», astral «hacha», farinetas «clase de comida», endefiarse «enconarse una herida», charrar «charlar», embozar «obstruir un conducto», etc., etc.
La mayoría de estas palabras se incorporaron al habla de Villena. a fines del siglo XIII o durante el XIV. Aquellas voces dialectales villenenses, procedentes del catalán o del aragonés, que contengan la consonante zeta, debieron entrar antes del año 1400, como cipia «sepia», argunzar «columpiar» o embozar «obstruir un conducto». Al contrario, el valencianismo simén «juntera» es relativamente moderno. Es ilustrativo el caso del catalanismo galze «gálgol, jable», que ha dado en Villena dos formas distintas: galce «gárgol» y galse «jable». La forma con zeta es la más antigua.
En catalán y castellano antiguos existía una consonante prepalatal africada sonora, conservada actualmente en el valenciano alicantino, y que acústicamente se asemejaba a una y española. Este antiguo sonido ha dado j en todas las palabras villenenses de origen no castellano, anteriores al último cuarto del siglo XIV: bajoca. «judía», gemecar «gimotear», rajá «raya» o solaje «poso». Ha evolucionado, sin embargo, a ch en las palabras villenenses tomadas del valenciano a fines del siglo XIV o en los dos siglos siguientes: menchuga «comida», correchero «correero» o rebuche «desecho».
Los catalanismos se han acomodado a los hábitos lingüísticos villenenses. Cuando la palabra catalana terminaba en una consonante o grupo consonántico no existente, como final, en castellano, se añadió generalmente la vocal e: cat. viso «liga para cazar» vill. visque, id.; cat. bord «bastardo» vill. borde, id. Si la palabra catalana terminaba en una vocal o en una consonante existente en castellano en posición final, no se añadió vocal alguna: cat. orri «granel, porrillo» vill. orri, id.; cat. perpal «palanca» vill. perpal, id. Se exceptúan, en este último caso, los sustantivos y adjetivos que admiten variación de género, los cuales añaden la vocal o en el masculino: cat. torrater «vendedor de cascajo» vill. torratero, id.; cat. pescater Algunas de las voces dialectales villenenses de origen catalán, aragonés o árabe, son también usuales en la huerta murciana. Hay además un grupo de palabras que relacionan el habla de Villena, y el dialecto murciano en general, con el andaluz: bordoño «chorro grande agua», calderón «navajo», cordón «montón alargado de trigo», rodete «rodezno», cuchara «álabe», tápena «alcaparra», charro «ternero recental», rumear «rumiar», cuerva «clase de bebida, garibola «caja en el que el cazador lleva metido el hurón», etc. Sin embargo, no es el léxico la característica principal que une el habla villenense a los dialectos murciano y andaluz, sino la evolución fonética moderna. La consonante s, final de sílaba, se ha perdido, dando lugar al alargamiento de la consonante siguiente o al alargamiento y abertura de la vocal precedente. Las palabras muslo y mes han evolucionado, en el habla villenense, a mul:o y me: (los dos puntos indican alargamiento del sonido anterior).
Para finalizar, resumiremos brevemente las diversas aportaciones lingüísticas que han formado el habla de Villena. Desde la reconquista, el castellano se impuso como la lengua oficial. Hubo además un habla popular villenense, propia de los comerciantes, artesanos y agricultores, la cual tenía como base el castellano, pero que estaba literalmente plagada de catalanismos. Si examinamos de cerca las palabras villenenses relativas a las plantas, árboles, pájaros, pescados o labores agrícolas, notamos que, frecuentemente, son las mismas que en valenciano, aunque la pronunciación sea en ocasiones distinta. Esto no quiere decir, por supuesto, que todas las palabras villenenses relativas a la agricultura hayan sido tomadas del catalán, aunque así haya ocurrido en algunas ocasiones. La palabra villenense puede ser un arcaísmo castellano, que se corresponde en cuanto a la forma con una palabra valenciana, o un arabismo, usual también en valenciano.
En cuanto a la aportación aragonesa, resulta difícil apreciar su importancia. La fonética histórica del catalán ofrece ciertas características no existentes en castellano o en aragonés. Basándonos en tales rasgos distintivos, hemos podido identificar los catalanismos recogidos en este capítulo. Con el aragonés, desafortunadamente, no podemos proceder del mismo modo, pues son escasos los rasgos que lo diferencian del catalán o del castellano. De todos modos, no creemos que la aportación aragonesa pueda compararse, en importancia, a la catalana o valenciana.
La influencia del dialecto murciano o del dialecto andaluz en el habla de Villena es mínima. Las pocas palabras villenenses usadas también en Murcia y Andalucía, y no recogidas en castellano o catalán, pudieron ser mozarabismos o antiguas acepciones castellanas que todavía no han sido documentadas. Respecto a la pérdida de la s final de sílaba, creemos que se realizó en Villena con total independencia del murciano o del andaluz.
por Máximo TORREBLANCA ESPINOSA
Este trabajo forma parte de la tesis doctoral que ha valido a su autor la nota de «Sobresaliente cum laude» en la Universidad Central.
Extraído de la Revista Villena de 1971

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