1954 APUNTES PARA LA HISTORIA DE VILLENA SEGUNDO MARQUESADO "LOS PACHECOS"

APUNTES PARA LA HISTORIA DE VILLENA 
SEGUNDO MARQUESADO "LOS PACHECOS"
Por… Joaquín Candel
Hemos de proseguir las notas sobre el Marquesado de nuestro querido pueblo, sin abandonar el iniciado método cronológico. Pero tendremos que eliminar en él lo accidental; sincopar en el teatro pretérito de la historia los episodios influyentes y coetáneos al desarrollo de nuestra narración. Difícil será conseguir nuestro propósito, ya que el tráfago de personajes y la sucesión de acontecimientos es muy denso y profuso durante el siglo XV, especialmente en su segunda mitad. En su transcurso, no es posible desvincular de ellos a Villena, su Marquesado ni a sus titulares.
Acudimos a los hontanares bibliográficos, deseosos de escrutar y conocer, en el fluir de las fuentes históricas la clara objetividad de los hechos. Observamos en ello la dificultad de discriminar lo veraz de lo fabuloso, eludir la pasión que anima a los cronistas de la época y la divergencia en el sentido político de los historiadores.
De tan copioso acervo nos proponemos tan sólo aportar los datos culminantes, coordinándolos, en lo posible, sintéticamente, a modo de novela histórica.
Es nuestro constante anhelo, infundir con ello en los medios populares; sobre todo en nuestras juventudes, la curiosidad afectiva por conocer en el decurso de la historia, lo episódico e incidental que afecta a nuestro pasado; a sus próceres y estados, como influencia ancestral fundida en nuestro corazón e idiosincrasia.
UN PARENTESIS
El Marquesado como dotes
Abramos un paréntesis en la historia del Marquesado. Comprende de 1394 a 1445. En el primero de dichos años, recordemos de nuestro trabajo anterior, que se siguió ejecución por Don Enrique III contra el Marquesado, perteneciente entonces a Don Alfonso de Aragón, quedando incorporado a la Corona. En el último, después de la Batalla de Olmedo (29 de Mayo) Don Juan II lo otorga a Don Juan Pacheco.
Durante este lapso de tiempo, en tres ocasiones distintas, se ofrece en dote a dos Infantas y una Princesa.
La primera se refiere el concierto matrimonial, según Zurita, en tiempo del nombrado Don Enrique III, entre la hija de este Rey, la Infanta Doña María y Don Alfonso, que lo era de Don Fernando de Antequera, confirmado por éste en 1409. Contaba la Infanta siete años; suplicó el Monarca al Papa Benedicto XIII la dispensa de parentesco y la celebración del matrimonio Se reunieron los tres Estados y le asignaron como dote las villas que fueron poseídas por título por Don Alfonso Marqués de Villena para que la Infanta Doña María por título de Ducado las tuviese y se llamase Duquesa de Villena. Posteriormente su hermano el Rey Don Juan II encontrándose en Valladolid (8 Mayo 1415) no creyendo conveniente desvincular el Estado de Villena de la Corona, se compensó la dote por doscientas mil doblas de oro castellanas. Habíanse de pagar a la Infanta dentro de
dos años en Soria, Cuenca o Serón, donde ésta escogiese. Más tarde volvió a ofrecerse en dote a otra Infanta. La ocasión fue derivada de las pintorescas y dramáticas incidencias por consecuencia del secuestro de Don Juan II en Tordesillas, en Julio de 1420. Lo realizó el turbulento Infante Don Enrique de Aragón. Llevó éste al Rey a Talavera, donde consiguió desposarse Don Enrique con la Infanta Doña Catalina, su prima. Obligado el Monarca por el Infante, dio en dote a su hermana Doña Catalina, otra vez, el Marquesado de Villena, con sus villas, lugares y castillos y otorgó el título de Duque al secuestrador.
Libertado más tarde el Rey en Montalbán, por Don Álvaro de Luna y los Infantes Don Juan y Don Pedro, hermanos de Don Enrique, y noticioso el Monarca de que el Infante y su hermana Doña Catalina enviaron sus gentes a tomar posesión de Villena y sus estados, mandó que les fueran secuestradas las villas de que se habían posesionado y restituyó el Marquesado a la Corona. Novelesco relato hace Zurita de la persecución de Doña Catalina por Don Álvaro de Luna hasta Cullera y Denia (1422). Tuvo que refugiarse en el Reino de Aragón, después de haberle robado sus joyas.
La tercera, sobrevino después de las paces concertadas entre los Reyes de Castilla, Aragón y Navarra en 1437. Estipulóse en ellas que el Príncipe de Asturias Don Enrique casara con la Princesa Doña Blanca de Navarra, hija de su Rey Don Juan. Llevaba como dote la Princesa las villas de Medina del Campo, Olmedo, Roa, Aranda y el Marquesado de Villena. En 1440 se celebraron en Valladolid aquellas ostentosas bodas de tan tristes y discutidas consecuencias para nuestra historia. No debió entregarse, o revertió esta dote a la Corona. El defecto fisiológico que se atribuía al Príncipe ocasionó que al poco tiempo de ellas se comentara públicamente la nulidad del matrimonio. El escandaloso proceso de divorcio fue acordado y declarado en 1446 por el Obispo de Segovia Luis de Acuña. Alzado en apelación a la Corte de Roma, el Papa Nicolás V, por su delegación, el Arzobispo de Toledo Carrillo, lo confirmó en Noviembre de 1453.


DON JUAN PACHECO
Su progenie y retrato
El apellido Pacheco, le hace proceder algún genealogista de antiguo linaje español, consideran su origen en Junnio Paciego citado por Aulo ardo al tratar de las guerras béticas. Otros, con mayor fundamento, creen procede del mote (El Rechoncho) de un caballero portugués, complicado en el asesinato de Doña Inés de Castro, refugiado después en Aragón o en Francia.
Don Juan Pacheco era hijo de Don Alfonso Téllez Girón, señor de Belmonte, y de la noble dama María de Pacheco. Adoptó, como sus sucesores, el apellido materno, excepto su hermano Don Pedro Girón que fue Maestre de Calatrava.
Reproducimos los retratos físico y moral que de nuestro personaje hacen dos célebres biólogos: El norteamericano William Thomas Walsh y el conocido publicista César Silió en sus respectivas obras «Isabel de España» e «Isabel la Católica».
Dice el primero Había en sus astutos ojos un guiño simpático, y su barba y bigote eran decididamente encantadores, con tanta ingeniosidad habían sido rizados. Iba, además, siempre deliciosamente perfumado de ámbar Su nariz era larga y aquilina, afilada en la punta; y su boca muy cercana a la base de aquella, muy estrecha y de labios pronunciados, daba a su cara una curiosa expresión de algo angelical. En ambos lados de la boca un bigote cuidadosamente encerado y peinado caía tristemente para elevarse luego en sus puntas airosas y altaneras». Suponemos que tal descripción, algo imaginativa está inspirada en los datos del cronista Alonso de Palencia y en la estatua orante de Pacheco que existe en su sepulcro en el Monasterio del Parral (Segovia).
Don Gonzalo de Guzmán, Bufón de la Corte de Don Enrique IV, después de un banquete exclamaba «Hay tres cosas por las que yo jamás pondría la mano en el fuego: El tartajeo del Marqués de Villena, la gravedad del Arzobispo de Toledo y la virilidad de Don Enrique«. De tal anécdota, se induce que Pacheco tenía cierta dificultad de expresión
El mismo Walsh, expresa, que aunque cristiano, era como uno de tantos conversos con sangre judía y que por ambos lados descendía del judío Ruy Capón. Tal opinión genealógica la toma de Amador de los Ríos. Disentimos de esta apreciación, que obedece a la obsesión judaizante del biólogo.
Silió traza el diseño psicológico de nuestro protagonista con las siguientes frases: «Pacheco obraba siempre con astucia y cautela, fingiendo y engañando y supo darse traza para medrar y prosperar aprovechando con unos y con otros las turbulencias que él mismo provocaba. Siendo Príncipe Don Enrique, y siendo Rey, se adueñó enteramente de su albedrío hasta encumbrarse a la mayor altura y convertirse en el señor más rico y poderoso de Castilla. Le sirvió cuando lo creyó conveniente, le combatió si en ello vio ventaja, retornó al, valimiento cuando quiso, sabiendo hasta que punto llegaban las flaquezas del Monarca y apenas tuvo eclipse su gran prosperidad».


Don Juan Pacheco durante el reinado de Juan II
Aparece Pacheco en la Corte de Castilla por el año 1440. El Condestable Don Álvaro de Luna, de quien era paje, lo presentó al Rey Don Juan II, introduciéndolo en Palacio.
Por aquella época crecía el poder del Condestable Don Álvaro. El Monarca descargaba en él las preocupaciones del gobierno.
A los díscolos Infantes de Aragón Don Enrique y Don Pedro en la tregua de 1437, se les prohibió entrar en Castilla.
Se señalaron a Don Enrique y su esposa Doña Catalina 35.000 florines de oro.
Después del tratado de Gastronuño (1439), en el año 1440, los nobles confederados, desde Ávila, dirigen al Rey aquella célebre carta acusatoria contra Don Álvaro. Le consideraban como usurpador del poder real, expresando que el Condestable tenía ligadas y atadas las potencias del Rey por mágicas y diabólicas encantaciones.
Pacheco comienza a ejercer su poderío sobre el Príncipe Don Enrique. Influido por él, visita al Almirante de Castilla, uno de los confederados contra el Condestable, sin autorización de sus padres los Reyes. Fue su primer acto de desafección. Poco después cuando aun continuaban las fiestas de de su casamiento con Doña Blanca de Navarra, el Príncipe, instigado por Pacheco se rebela franca-mente contra su padre el Rey.
Se confabula contra Don Álvaro, uniéndose a los Infantes de Aragón y a Reina de Navarra y Castilla. Ello, según Silió, encendió la guerra civil de 1441. Formáronse dos bandos: el del Rey y el Condestable y el acaudillado por el Rey de Navarra y el Príncipe de Asturias. La diplomacia de Pacheco actúa en ambos, según sus conveniencias.
Después de sorprender y cercar al Rey y al Condestable, los conjurados en Medina del Campo, éste tuvo que huir por una salida secreta para salvar su vida. Juzgado posteriormente por el Príncipe y los nobles de su bando, a quien el Monarca dio poderes, se le condenó a no ver al Rey durante seis años, desterrándole en uno de los pueblos de su Señorío. Don Álvaro quiso hacer tratos entonces con Pacheco y con el Rey de Navarra. Estos se unieron más para perderle. La deslealtad de Pacheco con quien de paje le introdujo en la Corte, era patente. Su diplomacia sinuosa le hace figurar como actor en una contraliga para libertar al Rey Don Juan II, que tenía secuestrado el de Navarra en Tordesillas. Convenció para ello al Príncipe. Reunidos muchos nobles y caballeros después de un evitado encuentro y considerando perdida su causa, el Rey de Navarra dejó en libertad a Don Juan de Castilla y se retiró a su Reino en 1444.
La batalla de Olmedo - Concesión del Marquesado
Pronto volvió a Castilla el Monarca de Navarra, protegido por el Conde de Medinaceli y acompañado de su hermano el revoltoso Infante Don Enrique. Remontaban sus ejércitos los puertos castellanos camino de Olmedo. El Rey de Castilla, desde Medina del Campo, sale con sus huestes hacia aquellas tierras. Hubo de detenerle las misteriosas muertes de dos Reinas ocurridas en corto plazo, en aquel ario 1445: la de Doña Leonor de Portugal y la de su esposa, en Víllastin, en el intervalo de pocos días. Se sospechaba habían sido envenenadas con yerbas, según comentario del cronista Pérez de Guzmán, por orden de Don Álvaro.
Fijó el Rey de Castilla su real en Arévalo. Componían su lucido ejército: su hijo el Príncipe; el Condestable; los Condes de Haro y Alba y varios Prelados, con el Obispo de Cuenca. El rumor belicoso de las armas se oía por toda Castilla. Se presagiaba una gran lucha entre ambos mandos. Corrió el Rey sus pendones hasta media legua de Olmedo. Insistían los confederados en el destierro del Condestable. El sagaz Obispo de Cuenca dilató las pláticas hasta la llegada del Maestre de Calatrava con sus hombres. Pero la escaramuza de persecución al Príncipe, por el Infante de Aragón, en una salida que aquél hizo hacia Olmedo, precipitó el encuentro.
Mandaba la vanguardia del ejército real el Condestable con el Mariscal de Castilla y nutrida compañía de nobles próceres y donceles. Don Juan Pacheco, con otros ilustres caballeros, capitaneaban las compañías o tropeles
Renunciamos, por su extensión, a narrar la interesante descripción que hace el cronista del lujoso atuendo de las huestes del Condestable. No se vio jamás en otro ejército: celadas guarnecidas con joyas; cimeras con penachos de ricas y polícromas plumas; emblemas de plata y oro sobre los arneses; mallas de acero en los cuellos de las caballerías, pendiendo de ellas campanillas y cascabeles de oro. Fulgía el sol sobre tanta riqueza, filtrándose entre las copas de los altos y frondosos pinos. Le ocultaban las nubes de polvo que levantaba la batalla en aquellas ocres y dilatadas llanuras. Omitimos relatar los pormenores de la lucha. Fue completo el triunfo del Condestable en aquella jornada del 29 de Mayo, de 1445. Entre los muchos prisioneros se contaba al Almirante Don Enrique y a su hermano el Conde de Castro. Resultaron heridos el Infante Don Enrique de Aragón y el Condestable. El triunfo de Olmedo obligó a retirarse al Rey de Navarra y al Infante Don Enrique a Aragón. Murió éste en Calatayud, a consecuencia de habérsele enconado la herida.

Fue el Rey apoderándose de todas las villas y castillos de los magnates rebeldes. A Don Iñigo López de Mendoza le hizo Marqués de Santillana y Conde del Real; a Don Juan Pacheco, Privado del Príncipe, Marqués de Villena, y a su hermano Don Pedro Girón, Maestre de Calatrava. Tan luego supo Don Juan la muerte del Infante Don Enrique, nombró al Condestable Don Álvaro de Luna, Maestre de Santiago.
Continuemos apuntando brevemente la intervención del nuevo Marqués en los sucesos posteriores hasta la muerte del Rey Don Juan.
Se dolía éste, mientras los sarracenos se introducían por las mejores tierras andaluzas, de ver a su hijo, el Príncipe, víctima de la sagacidad y codicia de su valido Pacheco. Obligó el Marqués al Príncipe, para conseguir nuevas mercedes y estados, a que tratase con el Almirante y el Conde de Benavente.
El Rey, no obstante las adversidades que le rodeaban, cumpliendo los deseos del Condestable, contrae matrimonio con la Infanta de Portugal Doña Isabel. Se celebraban las bodas por Agosto de 1447 en Madrigal de las Altas Torres.
Desafortunado fue Don Álvaro al proponer esta unión real. La envidia de la nobleza, el amor y ascendencia que la hermosa soberana alcanzó sobre su esposo, originaron su dramática caída y el suplicio de su muerte.
El disgusto de Don Juan con Don Álvaro, por las concesiones de mercedes que éste hizo a los antiguos enemigos del Rey, para alejarlos del Príncipe, lo comunicó a su esposa. La ingratitud de Doña Isabel, con quien la elevó a la realeza, se demostró en su resolución de preparar y contribuir a la prisión del Condestable. El acuerdo fue en principio secreto.
Al siguiente año 1448, surge una nueva intriga. Es su principal autor Marqués de Villena, el que con su codiciosa diplomacia se confedera entonces con el Maestre Don Álvaro y el Obispo de Ávila, para ser ellos solos los que gobernaran libremente al Rey y al Príncipe. Los dos validos, dicen los cronistas, imperaban sobre la voluntad de Don Juan y Don Enrique. Les unían y separaban según sus intenciones y propósitos. Llevó Don Álvaro al Rey a Tordesillas; Pacheco al Príncipe a Villaverde, para que se entrevistasen en medio del camino. De tal entrevista y concierto consiguiente, salió acuerdo de prisión contra el Almirante, su hermano Don Enrique, los Condes de Benavente. Castro y Alba y los poderosos hermanos Quiñones. Los válidos pretendían eliminar sus influencias en la Corte.
Se sucedían las discordias y levantamientos sobre la empobrecida y anárquica Castilla. Los moros de Granada penetraban en el Reino. El Rey Aben-Osmín (El Cojo) llegó hasta los campos de Murcia.
En 1449, se produce en Toledo un movimiento popular a causa de un empréstito forzoso que pidió el Condestables. Tras sangrientas incidencias, el gobernador del Alcázar y Alcalde Mayor por el Rey, Pedro Sarmiento, llama al Príncipe y le entrega la Ciudad, pero no su Alcázar. Continuó la lucha hasta 1450, en que Pacheco y otros caballeros consiguen de Don Enrique se entregue el Alcázar al hermano del Marqués, el Maestre de Calatrava Don Pedro Girón.
El mismo tiempo que estos sucesos, se formaba la segunda gran confederación contra el Condestable. La integraban el Rey de Navarra, el Príncipe de Castilla, el Almirante, el Marqués de Villena y los más poderosos nobles del Reino. Para desvirtuarla, el Rey y Don Álvaro consiguieron del de Navarra aceptase ciertas condiciones. Era una de ellas, que se posesionase el Infante Don Alfonso, hijo de este Rey, del Maestrazgo de Calatrava, que tenia Don Pedro Girón No podemos silenciar que en el año que se firmó este pacto, 1451, el 13 de Abril vino al mundo la mujer que había de trazar la ruta gloriosa de nuestra historia patria: la Infanta Isabel.
Dos años más tarde, consecuencia de las confabulaciones, insidias y codiciosas intrigas de la nobleza unidas al odio de la Reina; moría en 2 de Junio de 1453, en la plaza Mayor de Valladolid sobre un tenebroso cadalso, el Condestable y Maestre de Santiago Don Álvaro de Luna. El verdugo vestido de rojo, había extinguido y separado para siempre con su puñal la poderosa influencia del valido.
Exigua supervivencia concedió el destino a los Reyes de Castilla Don Juan II y Don Enrique IV, su hijo, tras la muerte de sus respectivos favoritos. Finaba el primero al año siguiente del suplicio de Don Álvaro en 21 de Julio de 1451. Menor fue la de Don Enrique: moría Don Juan Pacheco en 4 de Octubre de 1474; tan sólo le sobrevivió su señor tres meses, hasta el 12 de Diciembre del mismo año.
Es interesante consignar para la narración futura de nuestra historia que el Rey Don Juan dejó para su hijo el Infante Don Alfonso el Maestrazgo de Santiago, que disfrutó su valido. Poseerlo fue la mayor ambición de Pacheco. Suspendemos la continuación de estas notas históricas sobre el Marquesado y las referencias de las actuaciones de su protagonista Pacheco. Relatarla durante los veinte años del reinado de Don Enrique IV (1454-1474) aún sintéticamente, supondría una extensión superior al espacio disponible en las páginas de esta revista.
Es imposible desconectar ambas figuras preeminentes durante el transcurso de dicho Reinado en todos sus acontecimientos. En él se mostró Pacheco (comenta Walsh) como un ladino y astuto ajedrecista. Sobre el tablero de la historia mueve sus principales figuras a su antojo y apetencias: Enrique IV; Doña Juana la Beltraneja; los Infantes Doña Isabel y Don Alfonso. Se otorgó al Maestrazgo de Santiago a sí mismo, sin la autorización del Capítulo, del Rey y del Infante Don Alfonso ni conseguir la Bula Papal. Cedió después el Marquesado a su hijo Diego López Pacheco. Llegó hasta conseguir la posesión del Alcázar de Madrid poco antes de su muerte. Expiraba en Santa Cruz de la Sierra, cuando finalizaban los tratos de su última presa (Silió, la ciudad de Trujillo, con el gobernador de su fortaleza Gracián de Sesé.
Sentimos por lo indicado cortar el hilo de nuestras notas en el momento más interesante. Lo continuaremos en el año próximo, si la Providencia nos lo concede.
FINAL
Este año, como otros, al acercarnos emocionados a nuestra Ciudad, oteamos desde lontananza, su caserío envuelto por el oro suave del ocaso. Contemplamos como el índice perdurable de su historia emerge sobre la línea difuminada de sus tejados, mostrando su airosa y caballerosa silueta Símbolo inabatible, que reitera nuestra congoja y anhelo de no persistir en su olvido y abandono.
Reunamos un grupo de Villenenses deseosos de honrar nuestra historia vernácula, manumitiéndola de su silencio. Constituyamos la Asociación «Los Amigos de los Castillos» como existen en otras ciudades.
Sería el título con que pudiéramos solicitar los medios para la restauración y conservación decorosa del que fue raíz de nuestro poderoso Marquesado.
Extraído de la Revista Villena de 1954

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