1963 EL REMEDIO EN LA MEMORIA

EL REMEDIO EN LA MEMORIA
Por Josevicente MATEO
He leído —temeroso de repetirme— lo que hace un año, también con la mira en Villena, escribí. Un ario, a cierta edad, empieza a ser, si plazo largo para las actitudes cautelosamente críticas, breve para las espontaneas y cordiales. A estas alturas, cuando uno se arrima —contando de antemano con la suerte— a su media jornada, la posición y el talante personales no se modifican así como así. Haría falta, previsiblemente, el revulsivo de algún grave acontecimiento, de algo que se hiciese historia y experiencia íntimas después de serlo circunstantes y colectivas. Y, es sabido, del verano que pasó al que todavía está siendo, nada notorio, capaz de conmover nuestro sistema de ideas, creencias y conducta, pasó por el mundo, España o Alicante. Andamos, pues, por donde el inmediato antaño y, más o menos, como entonces: recordando.
Sabemos que recordar no es vivir; que la pasión de la memoria es sustitutivo a que el presente obliga escapatoria para eludir —no muy valerosamente que digamos— las tarascadas de la existencia que, con sus alrededores, nos toca. Sospechamos el gesto entre fastidiado y desdeñoso con que el presunto lector de esta revista que, por festival, debe transportar escaso lastre —no nos asuste proclamarlo— un frívolo y amable airecillo, se dirá: «Este hombre quiere contarnos sus memorias en entregas anuales».
Bien, ¿y por qué no? No se trata de que lo que uno pueda referir sobre sí sea particularmente valioso, rico en peripecias o poco o mucho aleccionador. La verdad es que un recuento realizado con una veracidad mínima no da para forjarse demasiadas ilusiones. La suma y calidad de la historia no justifican, objetivamente, su público pavoneo. «¿Entonces?», insistirá, con ese dejo de ironía que los villenenses tan bien conocemos, el impaciente lector.
Nuestras razones son claras. Se nos cita desde Villena y estamos lejos. No mucho por la geografía, pero sí bastante por el tiempo. Somos —manejemos la expresión sin los matices políticos que ha venido a adquirir en exclusiva— unos exilados Exilados de la ciudad en que discurrió y corrió —más lo primero que lo segundo— nuestra niñez, y exilados del depósito de vivencias, del manadero de posibilidades que yace en el fondo de cada criatura, en su infancia. Irremisiblemente exilados —todo destierro, trastierro o lo que sea es, a nuestro parecer, irremediable, porque si se vuelve se es, y para siempre, extraño en el hogar propio—, no nos queda otra posibilidad de vida que el recuerdo. Lo demás sería ensueño e invención, peregrinación a ciegas, hacia los orígenes, tanteando verosimilitudes por una «terra incógnita», la de la desconocida actualidad.

Así, pues que no queremos ni podemos negarnos a la amistad que nos pide unas cuartillas, tendremos que insistir una y otra vez en el pasado. Villena, la nuestra, la sentida y convivida, no es la de ahora, la de los arraigados, es la de ayer y anteayer, la que nos llevamos al partir y, seguramente idealizada, sólo subsiste, existe en nosotros. A tal extremo que es dudoso puedan identificarla, situarse en ella, quienes pertenecientes a nuestra generación han hecho quince años de su vida paralelos y simultáneos de los nuestros. Para ellos, en contacto permanente con la ciudad, Villena es una realidad concreta y dinámica que acordada o discrepante con sus gustos y preferencias se transforma a cada instante. Para ellos, para los villenenses que la están haciendo sin pausa —la empresa colectiva de un pueblo si se para perece—, Villena, que puede no ser un tema de meditación, es —desde luego— el tema de acción.
¿Qué resulta de la resta a los que partimos? No nos atreveremos a afirmar que es nuestra, sólo nuestra, la voz antigua de la tierra, mientras los radicados conservan la hacienda, la casa y lo demás. Pero sí es cierto que nosotros no poseemos, no nos llevamos en la mochila más que la canción y unos cuantos jirones de nostalgias, pedazos e imágenes sueltas de la vida efectiva que ya nunca llevaremos, que sólo podremos evocar, animar retrospectivamente. Permitidnos, ya que es nuestro único vínculo, que esta revista que sale con el sol más que maduro del verano sea, anualmente, la taza de té en que los villeneros ausentes hundimos, como Proust, la magdalena que nos hará rescatar el tiempo perdido, nuestra perdida historia de Villena.
Extraído de la Revista Villena de 1963
Cedida por… Avelina y Natalia García

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