2005 ALFREDO ROJAS "RECUERDOS"

ALFREDO ROJAS NAVARRO “RECUERDOS”
No escribas bajo el imperio
de la emoción. Déjala morir
y evócala luego.
Horacio Quiroga.
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Para María, Alfredo y Maricruz
con el cariño de siempre.
JOAQUIN NAVARRO GARCIA
Alfredo Rojas 1996
Qué difícil es querer expresar algo, cuando la emoción domina todos tus sentidos y los recuerdos se agol­pan en la cabeza buscando salida. Con esta losa pesando sobre mi ánimo, pongo manos a la obra de escribir sobre el Amigo que se fue, con la esperanza puesta en que el cariño y la admiración que por él sentía, no me hagan per­der la objetividad y el equilibrio que el caso requiere.
Conocí a Alfredo antes de verle. Puedo decir que los "cuentecillos" que publicaba cada año, allá por los 50 del siglo pasado, en la Revista Villena, fueron mis primeras lec­turas. Todavía recuerdo y aún releo con cierto deleite "El Arcabuz", "Las toñas de Angela", "La aventura de Perico" o, aquella historieta a modo de pliego de cordel titulada "El pícaro Martín y el músico del flautín" del año 1956, ilus­trada, como los anteriores, por aquel genio del dibujo que fue Blas Hernández, que supo captar como nadie nuestra peculiar forma de ser y a quién la familia festera y aún Villena misma le debe todavía el homenaje de gratitud que se merece.
La primera imagen que guardo de Alfredo fue por un motivo muy triste para él. El entierro de su padre en 1959. No recuerdo bien si era cuando iba o volvía del colegio, de las "Escuelas Nuevas", pero cierta mañana fui testigo del paso de la fúnebre comitiva camino de Santiago desde el principio de la calle Castillo, donde vivían, hasta el comienzo de la calle Empedrada. La serenidad y ente­reza con que Alfredo presidía, junto a sus hermanos, la comitiva, sin que de sus ojos cayera una sola lágrima, me causó gran impresión y es la imagen que guardo de aquel momento y que con el paso de los años todavía aflora en mí.
"El pícaro Martín y...." 
Historieta. Dibujos: Blas Hernández. 1956
Pero es durante mi paso por la Banda Municipal, cuando comienza a cimentarse una amistad que perdura­rá en el tiempo, sólo truncada por su definitiva marcha. Desde ese momento, tengo que agradecer de Alfredo la benéfica influencia que ejerció sobre mí, sus consejos y enseñanzas. Poco a poco fui tomando conciencia de que si era capaz de no defraudarlo, había encontrado un amigo para toda la vida, como así ha sido.
Alfredo transmitía una gran confianza, pues -como los grandes hombres- jamás ponía barreras de ningún tipo ante quien a él se acercaba en demanda de cualquier cosa. Su "rebotica" en La Industrial Papelera, es buena prueba de lo que digo. Por ella pasaron a lo largo de muchos años, amigos y menos amigos, personas de todo tipo y condición y de cualquier tendencia, tanto política como religiosa, en busca del consejo, del consuelo a algu­na pena, del escrito para esta o aquella revista, del guión para una presentación ya de libro, festera o teatral. Todos encontraron la respuesta apetecida en este hombre amable, servicial, complaciente y desprendido, que nunca cobró nada por los favores que hacía y al que no todos supieron agradecer el escrito o los versos recibidos de su mano y autoría, pues alguno hay que cobró por un trabajo conjunto y ni siquiera se lo agradeció.
1980 Presentado el disco "Danzas Alicantina nº2"
Como diría alguno de sus personajes de las "Charraí­cas" o "Villenerías": -No tenía un no p'a naide-.
Tan alta opinión tenía del compromiso que algunas veces estos le desbordaban y se agobiaba por si no podía cumplir la palabra dada. Muchas veces me dijo que si alguna vez intentaba insinuar que no podía comprometer­se, la contestación siempre era la misma:

-"Si eso te lo encuentras tú hecho"-.
A lo que él respondía:
-"El que se lo encuentra hecho eres tú”
Algunos componentes del "Comité de homenajes" 1996
Alfredo, para algunos que sólo le conocían de vista, podía parecer distante y hasta antipático -nada más lejos de la realidad- tenía un fino sentido del humor y aún diría más, una aguda y rápida cualidad para la improvisación, que hacía, cuando menos jocosa, una situación de lo más común. Esto podemos asegurarlo los que estuvimos cerca de él. A la mente me llegan aquellas reuniones de lo que dimos en llamar "Comité de Homenajes", o las muchas mañanas que dedicamos a la elaboración de "El Esla­bón", para su envío a los villeneros ausentes, y del que Alfredo fue el alma hasta pocos días antes de su marcha. En estas reuniones de trabajo -en las que se hablaba de todo- siempre sobresalían los chistes y chascarrillos que contaba Alfredo y la cita de éste o aquel autor, para los que tenía una memoria prodigiosa. Los que no estaban tan cerca de nuestro personaje pueden acercarse un poco a él y lo que venimos diciendo, con la sola lectura de sus escritos, sobre todo de sus "Villenerías" y "Charraícas del Paseo", es ahí donde Alfredo utiliza, con una gracia sin igual -como nadie lo ha hecho hasta el momento- nuestra lengua vernácula, con una fina prosa dialectal, sin recurrir en ningún momento a la frase chusca ni soez tan fácil en estos escritos.
1996 Alfredo dando las gracias en su comida de homenaje. Las "Villenerías" y "Charraícas" son retazos de uno vida pasada -perdidos de no ser por los escritos de Alfre­do- llenos de la gracia y socarronería tan propios de los que hemos nacido en esta tierra.
Alfredo sabe transmitir a sus personajes esta forma de ser con singular acierto y es el mejor legado que un villene­ro de pro como fue nuestro personaje podía dejarnos.
Esta forma de escribir de Alfredo, será, a no dudar, re­ferente obligado para todos los que en el futuro quieran cultivar esta forma tan nuestra de literatura.
Portada "Charraicas del Paseo" y "Villenerias" Dibujos: Vicente Rodes Amorós.
Una de las muchas cualidades que adornaban a Alfredo era su gran capacidad de trabajo, y no me estoy refiriendo a su labor literaria, ciertamente muy importante, ni a su saber hacer en el ramo de las artes gráficas. Me estoy refiriendo al trabajo puro y duro. Veamos algunos ejemplos de lo que digo:
Cuando surge la idea de la creación del boletín "El Eslabón" en la cabeza de otro ilustre villenero, Vicente Prats, Alfredo hecha sobre sus hombros todo el peso de la realización. El, como buen impresor, lo compone, maque­ta, escribe los magníficos textos que acompañan las ilus­traciones de portada, escribe sus noticias y cuando ve que queda algún hueco con lo que los demás le entregába­mos, escribe la "cuña" que cubre ese vacío. Lo entrega a la imprenta, lo recoge cuando está impreso y lo lleva al local de "APADIS" -nuestro cuartel general- y allí, como uno más, dobla, grapa, pone fajas, cuenta, separa por provincias y países, y cuando está listo para el correo, con su coche en la puerta, carga y a Correos. ¿Quién da más?
Alfredo fue durante bastantes años el primer director de la Fundación Municipal José María Soler. Su cometido al frente de la misma le ocupaba la mayor parte de su tiem­po libre y aún del laboral. A su puesta en funcionamiento dedicó muchas, muchísimas horas, pensemos por un momento las dificultades que conlleva una obra como esta partiendo de la nada. Aunque la Fundación cuenta con una Junta Rectora, no tiene sin embargo un asistente técnico que cubro los trabajos propios de una entidad de estas características. Y ahí está Alfredo, haciéndose cargo de cualquier trabajo que surja -sólo ayudado algunas veces por Laura Hernández- desde organizar y citar a reu­niones, recibir los trabajos del concurso anual, nombrar jurado, edición de los premiados... a organizar los actos anuales de aniversario del hallazgo del Tesoro, etc., etc...
Como remate a su ingente labor en la Fundación, cuando una vez fallecido José María Soler hay que sacar de su casa de la calle Trinidad todo lo que conforma su inmenso legado a los villeneros, compuesto por miles de libros, documentos, discos, cuadros y recuerdos, Alfredo -ya jubilado- no duda ni un momento en arrimar el hombro y como un peón más carga con cajas de libros y demás ­que previamente había empaquetado- para su traslado al local de la Fundación en la plaza de Santiago. Una vez allí, únicamente él y su buen amigo Paco García -pues no consiente que otros le ayudemos, para no molestarnos- se encargan de ordenarlos y colocarlos en sus estanterías, y así durante meses.
1996 Alfredo con José María Soler días antes del fallecimiento de Soler.
Mi amigo Alfredo estaba en posesión de una cuali­dad cada vez más rara de encontrar en nuestros días. EstaEsta era la elegancia con que hacía y decía las cosas, que fue su modo de conducirse por la vida. Un ejemplo: En cierta ocasión le fue ofrecida a una entidad cultural local, por parte de otra bancaria, la posibilidad de adquirir un libro muy interesante para la historia de nuestra ciudad. El libro en cuestión es la magnífica monografía que sobre la Iglesia de Santiago realizó en 1878 D. Manuel de Assas. Como no se contaba con efectivo, fue Alfredo quién adelantó el dinero, con el fin que no se perdiese la ocasión y con la condición de que le fuese devuelto cuando hubiese efecti­vo. La cifra -bastante importante por cierto- nunca fue reclamada por Alfredo y a día de hoy -al menos que sepa­mos- no ha sido devuelta.
Otra vez, un amigo en apuros recurrió a él en deman­da de cierta cantidad de dinero; desprendido -como siem­pre- ayudó al amigo. Fallecido este, su viuda reconoció la deuda y se comprometió a pagarla, Alfredo fue dando lar­gas al asunto para que pasara el tiempo y se olvidara, y de esta forma no cobrarla.
Otro ejemplo nos lo dio con su enfermedad, la cual sufrió en todo momento con la elegancia y dignidad que habían caracterizado toda su trayectoria vital. Siempre recordaré cuando en la plaza de Santiago me hizo partíci­pe de la gravedad de la misma y que el mal era irreversible. A pesar de la entereza y conformidad con que me hablaba y la serenidad con que me decía que estaba preparado para cuando llegase el momento, no pude evitar que mis ojos se nublasen por unos instantes. En aquel momento, incapaz de articular palabra, se me presentaba otra ima­gen suya mucho más reciente en el tiempo que aquella otra del entierro de su padre, cuando en la comida que le ofrecimos algunos de sus muchos amigos con motivo del nombramiento de Hijo Predilecto, abrumado y aún sonroja­do por el honor, quiso dar las gracias, se le quebró la voz y a sus ojos acudieron las lágrimas, lágrimas sinceras, de amis­tad y de agradecimiento.
Muchas más cosas podría contar sobre Alfredo que harían interminables estos deslabazados recuerdos, hilva­nados con premura solamente para que tengan cabida en este homenaje que le dedica la revista Día 4.
Sólo me queda esperar de mi Amigo, donde quiera que esté, no sea muy duro conmigo, por haber contado algunos de sus recuerdos, que seguro que él, con su natu­ral discreción, no hubiera desvelado nunca.
JOAQUIN NAVARRO GARCIA
Fuente... Día 4 que fuera. 2005

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