1965 EN TORNO A LA FÉ

EN TORNO A LA FÉ
Por Antonio Hernández García - Licenciado en Ciencias Químicas
Esforzarse en alabar y acrecentar la fe de nuestro pueblo es tarea que especial-mente sacerdotes, y después literatos, filósofos e historiadores, pueden y vienen desempeñando competentemente desde años atrás en las páginas de esta revista. Para ellos queda esta misión, que la mía, a riesgo de caer en desinterés por parte de quien este artículo lea, obedece a otros objetivos impuestos por el espíritu crítico que anima diariamente mi trabajo. El tema no está elegido por comodidad, pues, a poca atención que se le preste podrá observarse que en esta ocasión he de enfrentarme, a título de ejemplo, con una postura contradictoria sostenida por compañeros de profesión. Algunos lectores creerán que los problemas generales no deben tener cabida dentro de una revista local, pero siento no estar de acuerdo con ellos, porque siempre el aire de los espacios abiertos beneficia a los locales cerrados. Una vez definido y justificado mi propósito entro en materia.
Hace días, a la salida de una reunión donde se habían discutido ciertos problemas biológicos relacionados con el origen y evolución del hombre, charlaba animadamente con un amigo, a quien bien conozco por su amor a que todos los científicos debiéramos enterrarnos en los nichos de la especialización, cuando la conversación entró en terrenos divinos. A decir verdad, nada me disgusta tanto como abandonar un camino a medio recorrer para escoger otro. A mi amigo, por el contrario, parece contentarle bailar entre uno y otro para aprovechar sus tramos más lisos.
La discusión desembocó, por su parte, en una crítica de los apóstoles de la fe por su labor de entorpecimiento al desarrollo de la ciencia.
—Han querido —me decía con desenfado— que nadie saliese de los cauces de la religión, con tanto ardor que, ante todo en algunos campos tales como la cosmogonía y la biología, se han empeñado en que ningún fenómeno natural obedeciera, de inmediato, a otras causas que las sobrenaturales. Como remate —me decía—le recuerdo a Bernardino de Saint Pierre. apóstol de las causas finales, cuya obra «Armonías de la naturaleza» es sintomática de ese celo, pues, llegó al extremo de explicar en ellas algunas cualidades de los seres vivos por el beneficio que al hombre reportan. Razonaba, ingenuamente, este autor acerca de por qué las pulgas son negras, del modo siguiente: «Las pulgas se echan dondequiera están sobre los colores blancos. Este instinto les ha sido dado a fin de que nosotros podamos atraparlas más cómodamente».
—A título de ejemplo —le respondí—apóstoles de la fe fueron también San Agustín y Pio XII y, sin embargo, han dejado libre campo a la intervención de las causas naturales. Para San Agustín, la evolución del mundo prosigue por la sola Dios le ha dado al crearlo, sin postular actividad de las fuerzas naturales que intervenciones especiales, tanto para la aparición de la vida, como para la formación de las especies...
Pio XII, ante el difícil problema de la evolución biológica, no dudó en decir en su Encíclica Humani Generis: «Por todas estas razones, el Magisterio de la Iglesia no prohíbe el que —según el estado actual de la ciencia y de la tecnología— en las investigaciones y disputas entre los hombres más competentes de entrambos campos, sea objeto de estudio la doctrina del evolucionismo en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente».
No he vuelto a verle de nuevo, pero no he olvidado esta conversación. Responde a una tendencia muy general dentro de un grupo de científicos bien definido. Se distinguen por sus pobres opiniones en todo problema que escape a los estrechos límites de su especialidad y por el ardor que ponen en justificar su ignorancia y en regalar su responsabilidad.
Y esto me acerca a mi propósito. Es curioso que esta postura tan radical, donde la única fe que se adivina es la fe en la razón se dé, contradictoriamente, la mano en este grupo de científicos con una fe o indulgencia extrema en los pequeños dioses que ellos han creado en ciencia. Y no termina en ello su confianza, pues, también su espíritu se ablanda mágicamente, ante los juicios de los especialistas de otros campos del conocimiento, a quienes no olvidan citar atropelladamente de ante-:nano cuando se les pide solución a un problema que apenas rebasa su especialidad.
No en vano dije al principio que de un problema general se trataba, pues, este cisma de conciencia, donde se cree y se deja de creer con la misma arbitrariedad, tiene raíces de mayor alcance por las que se mal nutre la conducta ordinaria de un gran número de gentes. Nos enzarzamos, como norma, en discutir sobre si creemos o no en algo determinado, pero rara vez nos detenemos a pensar en las bases mismas de la fe y de la razón, que nos darían la clave con la que poder seleccionar y aprovechar todo nuestro conocimiento.
Extraído de la Revista Villena de 1965

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