1988 VILLENA LA CIUDAD DEL TESORO - LA VERDAD

VILLENA LA CIUDAD DEL TESORO
SEMANARIO ALICANTINO LA VERDAD
En 1963 se descubrió una vasija con sesenta piezas de oro JOSÉ FERRÁNDIZ LOZANO
Esta vez el teléfono sí fue providencial. Era una tarde de octubre de 1963 cuando José María Soler, delegado en Villena del Servicio Nacional de Excavaciones Arqueológicas, recibió una llamada que, posiblemente, tardó unos segundos en atender. Del otro lado del hilo, la voz de un joyero amigo le anunciaba una sorpresa.
Los protagonistas del descubrimiento: de izquierda a derecha, Pedro Domenech, los niños Pedro y Enrique, Miguel Flor, Martín Martínez, J.M. Soler, Alfonso Arenas y Enrique Domenech.
- Le habían llevado una pieza extraordinaria: una brazalete que pesaba medio kilo. ¡Medio kilo de oro natural! Y había salido al hacer una casa aquí en la población.
Lo recuerda Soler, frente a los cuencos y brazaletes, limpios de polvo milenario, que se exponen a ojos atónitos de visitantes en el Museo Arqueológico de Villena. Y lo recuerda veinticinco años después. En realidad, aquel 22 de octubre se estaba recreando, por teléfono, la primera página de una aventura. No fueron necesarios travesías marinas, ni motines a bordo, ni mapas enigmáticos, como a John Silver, viejo pirata con muleta. Tampoco se tuvo que emprender viaje, en busca de una isla paradisíaca, como hubiera imaginado Stevenson. Cerca, muy cerca, a contados kilómetros de allí, en la ya célebre rambla del Panadero, aguardaba repleta una vasija. Repleta de oro.
Así estaban las piezas en la vasija. La foto fue tomada, el día del descubrimiento, por Miguel Flor. FERRÁNDIZ
PRIMERAS PISTAS
El brazalete se lo presentó al joyero una mujer, con el ánimo de informarse de su valor. Aseguró que su marido —albañil— se topó con él al echar mano de unas gravas que utilizaban para el hormigón de un edificio en construcción. Requerido éste, confirmó la versión de su esposa y entregó el brazalete a cambio de un resguardo. Con la oportuna investigación pudo reconstruirse, en cambio, su verdadera historia.
- De las arenas que llevan a la obra, a uno de los albañiles le sale —dice Soler—. El chico, un chico joven, como el objeto pesa medio kilo, tiene puntas y es redondo, cree que se le ha caído una pieza al motor de un camión. Se lo da al capataz y lo cuelga de un alambre allí en la obra, para que se lo lleve el del camión. Pero quien se lo lleva es otro de los albañiles. Y la mujer de éste, al día siguiente, al joyero.
Pero la tentación del joyero presta un trascendental favor a la Arqueología. Apenas transcurrido un mes la escena se repite. Otra mujer le presenta una pieza parecida, aunque sostiene que es una joya familiar. Su marido era transportista de gravas y eso suscitó suspicacias. Se actuó rápido y para el 30 de septiembre de 1963 se organizó una inspección ocular en una de las ramblas, señalada -tras confesión del transportista- como lugar de procedencia de este segundo brazalete.
A EXCAVAR
El 1 de diciembre, a las diez de la mañana, comienzan las excavaciones. Enrique Domenech, colaborador de Soler, no acierta a encontrar dos peones, pero se lleva a su hermano Pedro. Con ellos acuden sus hijos Enrique y Pedro.
- Empezamos a mover arena -recuerda Soler-, todo el día estuvimos allí. Y cuando estaba ya casi oscureciendo surgió la vasija, con todo el tesoro dentro.
Efectivamente, un golpe de azada de última hora de Pedro Domenech puso al descubierto un par de brazaletes que se hallaban junto a la vasija. Soler supo encontrar la euforia.
- Muchas veces me han preguntado ¿y qué sintió? Yo lo único que sentí fue responsabilidad. Se lo dije a los dos chicos que venían conmigo: no sé si os daréis cuenta, pero en este momento nos está mirando el mundo. De esto se va a hablar en todos los idiomas, les decía yo a ellos.
José M. Soler, a LA VERDAD: "Yo lo único que sentí fue responsabilidad". ANGELES BAÑO
La noche se les venía encima. «Pensar en cubrirlo de nuevo para volver al día siguiente mejor pertrechados era francamente temerario, y no debíamos tampoco levantarlo sin haberlo fotografiado previamente in situ». Se les ocurrió entonces mandar recado con los jóvenes Enrique y Pedro al abogado Alfonso Arenas, quien había convenido en ir a recogerles, para que localizara un fotógrafo. Entretanto, los hermanos Domenech y Soler soportaron el frío al resplandor de una pequeña fogatina. A eso de las siete llegaba Alfonso Arenas, con su coche, y un taxi conducido por Martín Martínez. Junto a ellos, los eficientes chicos y Miguel Flor.
Llevaron el tesoro a casa de Soler. Y justo al subir por la escalera un vecino se encontró con ellos. Al poco, el acontecimiento había trascendido.
- Eso no ha sucedido jamás, es la primera vez que sucede. Está el «Villenense» al lado, es un Círculo. Jugando a las cartas, jugando al dominó. Se dejaron todas las partidas. «¡Que hay un tesoro en casa de Soler!». Se dejaron el dinero, las fichas, las cartas y se vinieron todos a casa. Eso no ha sucedido jamás. Ya se sabe lo que son los jugadores, ¿no? Que truena, pues es igual. Ellos siguen. Que pasa la música, lo mismo les da. Ellos siguen.
Lo que el tesoro de Villena significó fue la existencia, en la Edad de Bronce, de reyezuelos ricos, que posiblemente fueron proveedores de los fenicios. La vasija contenía, además, dos piezas de hierro, sin duda importantísimas. Este detalle pudo desconcertar a los historiadores, convencidos de que el hierro no podía ser anterior a los siglos VII y VIII a. C. Con todo, Soler, en la redacción de la memoria del descubrimiento, publicada en 1965, vaticinó que el tesoro podría ser anterior al año 1000 a.C. «El hierro —dice— es mucho más antiguo de lo que nos habíamos figurado».
*
De Velius a Villena
J.F.L,
Villena es hoy la séptima ciudad de la provincia de Alicante por su población, con más de treinta mil habitantes, y la segunda en extensión, con un término municipal de 344 km2, sólo superado por el de Orihuela, con 456 km2. Su nombre actual aparece documentado por vez primera en el siglo VIII, en el pacto de Teodomiro, citado por el geógrafo al-Himyari.
María Jesús Rubiera sostiene, no obstante, que su nombre no es árabe sino romano: «su terminación -ena es un gentilicio romano muy frecuente en la Península Ibérica, tanto en su forma masculina como femenina: Mairena de Marius; Lucena de Lucius; Crevillent de Cervilius; Ontenient de Antonnius; Luchent de Lucius, etc. Así Villena procedería de Velius, que sería el nombre de un posible propietario rural romano».
Chapí, el hijo ilustre. FERRÁNDIZ
Paseo por el pueblo de Chapí
J. FERRÁNDIZ LOZANO
«Tengo predilección por Villena; no me toquéis a Villena». La frase la firmaba un escritor ilustre nacido unos kilómetros más a la costa: Azorín. «En Villena —añadía—existen las ruinas de un castillo medieval con su torreón casi intacto. Se dispone, asimismo, de un bello paseo por donde divagar cuando nos encontramos cansados de la casa». Nadie, que se sepa, ha logrado sintetizar con tanto ahorro de oratoria lo que son los símbolos más villenenses, a pesar de la omisión de la iglesia gótica de Santiago, de fines del siglo XV o primeros del XVI.
El castillo de Villena, que tal vez tenga su origen en los romanos y que debe posteriores reconstrucciones a los árabes, no sólo fue una fortificación que se disputaron castellanos y aragoneses, en tiempos de correrías cristianas por estas tierras de moros, sino que tuvo prestigiosos inquilinos en su historia. La estancia del infante don Juan Manuel entre sus muros, donde escribió parte de su obra, es capítulo aparte.
Pero Azorín, en su cita, menciona un punto de encuentro sustancial en la convivencia de la ciudad: «un bello paseo».
El 11 de marzo de 1882 se estrenaba en el Teatro Tívoli una zarzuela: La tempestad. El éxito obligó a los actores a repetir varios de sus números y a los autores a subir al escenario. Tanto aplauso parece que acomplejó a uno y otro —eran dos— y cada uno cedía el honor al otro. La voz de un espectador —debió ser una estentórea voz— puso fin a esta escena de modestia.
- ¡A ver quién es el culpable!
Y los culpables eran Miguel Ramos, autor del libreto, y un compositor nacido en Villena en 1851: Ruperto Chapí, que aquella noche vivía el primero de sus grandes éxitos, mucho antes de que elevara a la fama aquello de «Ay. Felipe de mi alma».
Villena a consagrado su mejor rincón, ese paseo de debilidad azoriniana, a su genio. Allí asiste Chapí —petrificado— al diario acontecer de sus paisanos. Allí se le dedicó un monumento que preside el paseo de su nombre. Y a su espalda la fachada del Teatro Chapí.
Cedido por... Pablo Domene
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