1982 EL GRUPO DE DANZAS DE VILLENA EN ALEMANIA Y SUECIA. Por JOAQUIN NAVARRO GARCÍA

EL GRUPO DE DANZAS DE VILLENA EN ALEMANIA Y SUECIA
Por JOAQUÍN NAVARRO GARCÍA
A NUESTRO AMIGOS del Sällskapet Gammeldansens Vänner y del Verein Für Brauchtumspflege Soest con nuestra gratitud.
Cuando todavía están frescas en la mente los recuerdos de nuestro viaje, cuando aún no hemos podido poner en orden tantas y tantas vivencias, ponemos manos a la obra de dejar, siquiera muy someramente, al menos lo intentaremos, constancia de la experiencia vivida por el Grupo de Danzas de Villena por tierras tan distantes y distintas, como Suecia y Alemania.
Nuestro autobús se puso en marcha en la puerta de «L'Agricola», a las 3,35 de la tarde del día 18 de Junio. Vicente, nuestro chófer, con su extraordinaria profesionalidad (y no es coba), puso rumbo al norte, siempre al norte. Digamos ya aquí, que gracias a él, nuestro horario no sólo se cumplió con exactitud, sino que en algunas cosas hubo un adelanto de dos horas o más, sobre todo en los embarques.
El camino se empieza bajo la refrescante sorpresa preparada por Leo, y así las primeras horas se pasan, entre nervios y canciones, y sin apenas darnos cuenta nos encontramos cruzando la frontera francesa.
Nuestro paso por el territorio «hermano», no requiere ni merece, a nuestro juicio, más comentario, tanto a la ida como al regreso.
La frontera alemana, nos sorprende por lo destartalada, y tras el «ojeo» de rigor, pasamos sin más complicaciones.
Los alemanes, celosos guardianes de su intimidad, han puesto una barrera infranqueable a sus autopistas, pues altos y esbeltos árboles impiden ver el paisaje; sólo muy de tarde en tarde, un claro nos permite ver algo del mismo.
Dinamarca nos da la bienvenida con un cachondo aduanero, al que nos ganamos al regalarle unas monedas del mundial.
Extensos campos de colza, tapizan su orografía sin solución de continuidad, con un intenso color amarillo, que nos hace adivinar la mala «uva» que tiene cuando no es tratada como es debido.
Por fin ¡Copenhagen!, bella y cosmopolita, y sobre todo, el primer baño desde que salimos de Villena.
El célebre Tívoli es punto de reunión de casi todos nosotros, pues se encuentra cerca de nuestro hotel, como así mismo, una calle repleta de Sex-Shop, que con cierta timidez visitamos por libre, pero que poco a poco nos concentra a casi todos delante de sus escaparates, produciéndose el consiguiente cachondeo ante las «mercancías» allí expuestas.
A la mañana siguiente, nuevo embarque y por fin, SUECIA.
En el puerto, Paquita, nuestra paisana e intérprete, y el Sr. Nilsson, director de nuestro grupo anfitrión. Tras los saludos de rigor, iniciamos el camino a Malmöe.
La primera impresión sobre la ciudad no puede ser mejor.
Sus amplias avenidas y sus frondosos parques, nos dan la bienvenida, como así mismo el resto de nuestros anfitriones que ya nos esperan en Pildammsteater, lugar a partir de hoy, de nuestros encuentros.
Nuestra primera actuación es como una salutación a la ciudad de Malmöe, y tiene lugar en la gran plaza del Ayuntamiento. Delante del mismo, nuestra bandera nacional ondea junto a la sueca, hecho que se repetirá en cuantos lugares actuemos.
Seguidamente empieza el recibimiento oficial con una espléndida comida que nos ofrece la municipalidad de Malmöe, a la que asiste el secretario general del Ayuntamiento, y que culmina más tarde con la recepción en el mismo por el Presidente de la Municipalidad.
Nuestra entrada en el salón principal al ritmo de pasodoble, fue seguida de las palabras de bienvenida del Presidente, y tras la entrega de unos obsequios, se interpretó nuestro «Baile a Tres». Jamás pudimos imaginar marco tan espléndido para tan bello baile. Las enormes arañas que pendían del techo pugnaban por deslumbrarnos con los multicolores destellos de su cristal, orgullo de la industria nacional sueca.
Tras un breve refresco, el mismo Presidente nos acompaña, girando visita al resto de las dependencias, cosa que el Sr. Nilsson no comprendió, pues según él, era la primera vez que lo hacía con un grupo invitado.
Por la tarde hacemos un par de actuaciones. Una, en la residencia de ancianos, donde nos sorprenden los extraordinarios talleres que poseen los allí acogidos, y donde realizan toda clase de trabajos, tanto mecánicos como artesanales.
El bonito marco de Pildammsteater, fue escenario de nuestra siguiente actuación junta con el Sällskapet Gammeldansens Vänner, grupo anfitrión, al que en esta historia haremos referencia con las abreviaturas S.G.V.
Como decíamos, el marco no puede ser más original; el escenario se encuentra en el centro de un gran anfiteatro al aire libre, y el decorado de fondo, unos montículos tapizados de césped y cerrado por unos frondosos árboles. El mismo se halla abarrotado de público, en el que se encuentran también algunos españoles residentes en Malmöe.
Con esta actuación, dábamos por terminado nuestro primer día en Suecia; bueno, es un decir, puesto que el día como tal, en cuanto al papel que juega el astro rey, es un tanto raro. Nos explicamos: a las doce de la noche, aún es posible distinguir los rostros por un extraño resplandor que no se sabe de dónde proviene; y sin casi solución de continuidad, en muy corto espacio de tiempo, el sol vuelve a brillar, cosa que ocurre entre las tres y las cuatro de la madrugada, lo cual nos produce una confusión que algunas veces nos impedía dormir las horas necesarias. Esto, unido a la esclavitud a la que está sometida el sueco, a ese aparatito llamado reloj, y el apretado programa que teníamos, hacía que algunos, dada la distancia que les separaba del lugar de encuentros, tuvieran que estar en pie a las seis de la mañana.
Otra cosa que no pudimos asimilar fue el horario de las comidas: entre 7'30 y 8, el desayuno, a las 11'30 comida y a las 4'30 la cena; y los menús tan distintos de los que nuestros sufridos estómagos acostumbran a soportar, y que sin duda deben ser los causantes de que se críen tan espigados y guapetones.
En los días sucesivos y según el horario previsto, se fue cumpliendo el programa, bien dosificado a partes iguales en cuanto a actuaciones y visitas turísticas. De estas últimas, conviene resaltar las realizadas al castillo de Torup y a la ciudad de Lund, en donde actuamos el día anterior en un gran parque y donde el sol lució casi como en España, cosa que no ocurrió durante la visita, pues llovió en cantidad más que respetable.
Lund es una de las cuatro ciudades con universidad de Suecia. Destaca sobremanera su extraordinaria catedral, románica desde principio a fin, donde el paso del tiempo y las modas no han permitido el intrusismo de otros estilos. La gran cripta impone respeto por la cantidad de gente allí «hospedada», llamándonos la atención la gran profusión de columnas, no encontrando ninguna que fuese igual a otra, siquiera parecida.
Grandes piedras con caracteres RUNICOS nos dan la bienvenida a uno de los museos más completos que hayamos visitado. El paso de una sala a otra era una constante sorpresa. Arqueología, mecánica, etnología, bellas artes en todas sus ramas, todo está allí representado.
En una extraordinaria colección de vidrio, encontramos varias piezas antiguas de nuestros famosos de La Granja, Granada, Mallorca y Barcelona, lo que no deja de darnos un poco de orgullo.
A pesar de la lluvia, no resistimos la curiosidad de visitar un poblado vikingo del siglo 8º de nuestra Era, trasplantado al lugar y que con un entorno acorde, forma parte del museo. El interior de las viviendas estaba solamente a falta de sus moradores, pues todos los utensilios se hallaban colocados en su lugar, como si estuvieran habitadas. Emotiva fue la visita a la capilla ¿o capillita? dadas sus reducidas dimensiones. Toda ella realizada en madera labrada a mano y decorada con unas deliciosas pinturas muy bien conservadas a pesar de su antigüedad. Una voz entona el tan querido «No hay madre tan pura, no hay madre tan buena...», y todo cantamos a la Morenica en tan peculiar marco. Muchos ojos se empañaron y al final un gran silencio se hizo cómplice de nuestra emoción. En el exterior, el cielo también lloraba.
El Castillo de Torup, vieja mansión de una culta marquesa, que además de lucir unos raros modelitos de sombreros, tuvo la santa paciencia de escribir la historia de la familia, con una caligrafía digna de un artista, y que se expone, entre otros muchos objetos, a la curiosidad del visitante. Así mismo, en uno de los pasillos, una gran colección de cuernos, pendían de sus paredes. Ignoramos quiénes serían sus propietarios, pero no dudamos que a la vista de algunos ejemplares, sus poseedores estarían muy satisfechos.
El lector se preguntará cómo nos entendíamos cuando no estábamos con Paquita o Torbjörn, su marido, que también hizo un buen papel de intérprete. Podemos asegurar que la falta de idioma se suple con una buena dosis de mímica.
Nuestras actuaciones se vieron siempre concurridas por un público muy correcto, que saludaban puestos en pie el paso de nuestra bandera, y premiaban las mismas con fuertes aplausos, pero siempre al concluir las piezas, nunca antes, para no interrumpir su audición.
También pudimos observar, que esa corrección se perdía en el momento que ingerían alguna bebida con cierta graduación. Así, nuestros vinos hicieron verdaderos estragos en algunos momentos. Estos, fueron obsequiados allí donde actuábamos, siendo muy celebrados dada la escasa graduación de los que por aquellas latitudes se beben, siendo el mejor regalo que podíamos hacer, según los suecos.
En casa de Paquita y Torbjörn celebramos dos fiestas, en las cuales, entre «vinicos» de Villena y «morcillicas de 'ca' Faenas», se cantó y bailó, sin faltar las inevitables comparsas al compás de los sones de nuestra Laureada Banda puesta a toda «leche» en el tocadiscos.
Otra fiesta tuvo lugar en el local de ensayos del S.G.V. El amplio local se llenó de cantos, bailes y juegos populares suecos y villeneros. Ya en solitario, Dorita y Facundo se marcaron unas buenas sevillanas, a los que se unieron Isabel y Paco. Por su parte, Karin, hija de un componente del S.G.V., hizo una excelente demostración de sus cualidades artísticas, a pesar de sus pocos años, interpretando un baile moderno.
Estamos llegando al final de nuestra estancia en Suecia. Las dos últimas jornadas las pasamos en Frostavallen, sita a unos 60 Km. de Malmö. El sitio es un complejo veraniego, enclavado a la orilla de un gran lago y circundado de un imponente bosque.
El alojamiento en el hotel, en el ala opuesta al S.G.V., fue motivo de disgusto por esta discriminación, tanto por parte de algunos componentes del S.G.V. como por la nuestra. Este pequeño «detalle» pudo dar al traste con la buena armonía tenida hasta el momento, y fue motivo de disgusto para Paquita, que verá mejor que nosotros lo «suecos» que pueden ser los suecos cuando quieren.
La bandera española junto a la sueca, a la entrada del complejo. A las cinco de la tarde, la primera actuación en un gran anfiteatro natural con capacidad para unas tres mil personas, y que para la actuación de la noche resultó insuficiente.
Nuestros bailes arrancan grandes aplausos, cosa que no ocurre con los suecos, quizás por conocidos o por falta de «Temperamental», como dicen ellos. La velada de noche, en la que tuvimos dos actuaciones, culminó con el baile de las antorchas, interpretado por el S.G.V. Nos cuesta trabajo encontrar las palabras justas para describir tal espectáculo, digamos que todo allí estaba confabulado para que el mismo fuera realmente impresionante.
A la una de la madrugada, fiesta preparatoria a la salida del sol. El menú típico para la ocasión no resulta del agrado de alguno de los nuestros; la mesa está presidida por nuestros Arcabucero, Tesoro, Costa Blanca y Martín Menor, que desplazan a las cervezas y demás refrescos.
Los suecos, con el mismo cuidado que si fueran medicinas, y algunos hasta con cuenta gotas, nos ofrecen su licor nacional, un aguardiente de patata con 46º, que por donde pasa, quema. Coa esta mezcla explosiva, llegamos a la hora anunciada para la salida del sol, espectáculo sin igual, que hay que contemplar desde la orilla del lago. Este rito siempre tiene el mismo final, la gente se lanza al lago, no sabemos si por higiene o para calmar los calores producidos por la ingestión de tantos grados, nos inclinamos por esto último.
Nuestro última día en Suecia se caracteriza por dos cosas: una, la resaca y otra la lluvia. Después de la última actuación en Frostavallen, comienza una lluvia, tímida al principio, diluvio después, que ya no nos dejará hasta que estemos en el ferri.
En Folkets Park realizamos nuestra definitiva actuación en suelo sueco, que por causa de la lluvia se hace en interior.
Y la despedida. Allí están aguantando la lluvia, muchos de nuestros amigos, Birgitta y Leif, inseparables desde el primer día, y que nos sirvieron de gran ayuda, Mats, con su risa contagiosa, que ahora no puede reprimir la tristeza, Anette, Hákan y toda su familia, Agnetta, Yvonne, Alf, etc... en fin, casi todos.
El autobús se aleja lentamente del lugar y no sabemos por qué, los rostros de nuestros amigos se van borrando de nuestras retinas más rápidamente de lo que quisiéramos, sin duda es a causa de la lluvia que azota nuestros cristales...
Ya en el puerto, Inga y Erik nos despiden. Paquita y Torbjörn, con sus hijos Elizabhet y Mikel, embarcan con nosotros hasta Dinamarca, donde nos dan el último adiós.
Nuestro viaje a Soest transcurre sin ningún contratiempo, si exceptuamos la confusión sufrida y que impidió recoger a Pedro Marco a nuestro paso por Hamburgo, y que hizo tuviera que desplazarse en tren hasta Soest.
Sobre la idea que teníamos de Soest, nos sorprendió encontrarnos con una gran ciudad de unos 45.000 habitantes. Como nos sorprende igualmente el cálido recibimiento que nos hacen nuestros anfitriones. El lugar, una antigua granja habilitada en parte, para estos menesteres. Nada más cruzar la amplia puerta, el conjunto de instrumentos del grupo, ataviado con sus trajes típicos nos dan la bienvenida. Después tuvimos ocasión de degustar gran variedad de dulces realizados por las anfitrionas y café, mucho café. Difícilmente olvidaremos esta delicadeza.
Una vez en nuestros respectivos domicilios, tenemos ocasión de comprobar con qué ilusión nos estaban esperando. Las atenciones y detalles, desbordaban el límite de lo normal.
Por la noche tuvimos una velada de convivencia en el teatro de Badd Sasendorf, lugar donde actuaríamos al día siguiente. Nuevamente como en Suecia, sus bailes y juegos, junto con los nuestros, hicieron que la noche transcurriera dentro del regocijo de todos. Aprovechamos esta ocasión para entregarles los obsequios que llevábamos, los cuales fueron muy bien acogidos, y por supuesto en las mesas, muy bien surtidas por cierto, nuestros vinos una vez más hicieron honor a su fama.
Al día siguiente hicimos una visita a la presa de Móhnesee, quedando sorprendidos por la obra de ingeniería y el exuberante paisaje que la circunda. Al medio día, bajo una lluvia torrencial, recogimos a la familia Marco en la estación de ferrocarril, ocasión que aprovechó Cabanes para perder el pasaporte.
La actuación en Badd-Sasenford, fue un éxito. Con el recinto abarrotado de un público que en todo momento premia con grandes aplausos cada una de las interpretaciones, y mostrando ostensiblemente su admiración por nuestros trajes de invierno, que al final nos querían comprar.
Al día siguiente visita a la ciudad, en donde aparte de lo bien cuidado de sus edificios, nos sorprendieron el número y categoría de sus iglesias, algunas verdaderas catedrales.
La comida, como la cena de la noche anterior, fue en la llamada «casita del bosque», increíble lugar dentro de una urbe. Sus altos árboles impiden que el sol llegue a besar su suelo y donde los gamos y ciervos campan por respetos' como verdaderos dueños del lugar. En un amplio claro, la casita, toda de madera con un olor penetrante a resinas, las mesas y asientos realizados en gruesos troncos de pino, todo el ambiente en sí predispone a fantásticos pensamientos.
Por la noche, después de actuar en el hospital-residencia, quisimos obsequiar a nuestros anfitriones del Verein Für Brauchtumspfleg Soest con una comida típica española, y qué mejor que una paella. ¡Menudo tinglado?... Como carecían de paellera, llevaron a la granja una cocina de campaña enorme. Todos pensábamos lo que podía salir de todo aquello. El jefe de cocina fue Pepe, el cartero, y mientras unos trocearon pollos, otros limpiaron el arroz y prepararon los demás ingredientes, que por la mañana habíamos comprado en unas grandes galerías, acompañados por nuestra guía e intérprete, Eduarda, ¡ahí es «na» la broma que le gastó su padre con el nombre!, pero desde el principio quedamos en llamarla Edu, que además de tener unos ojos preciosos, es de la Línea de la Concepción, ¡ea!
Siguiendo con la paella, digamos que el éxito no pudo ser mayor y que en honor al cocinero salió estupenda. Los alemanes repitieron varias veces. Un detalle, el colorante era de Novelda y nos lo proporcionó Edu ya que por esos lares no se utiliza.
Después de la cena, entre bailes y alegría, fuimos obsequiados por nuestros anfitriones con unos recuerdos de Soest, que nosotros a su vez agradecimos con un nuevo obsequio, siendo esta vez un plato de cerámica de Biar con nuestro anagrama. De esta manera transcurrió nuestro último día en Soest.
A la mañana siguiente todos nos fuimos reuniendo en el jardín de Gerd para iniciar el retorno a España. El autobús se fue llenando de maletas y paquetes. Gisela, que ese día cumplía años, bandeja en mano nos obsequiaba con licores de cerezas y manzanas. Las últimas fotos se hacen apresuradamente y los besos y abrazos se suceden uno tras de otro.
Una vez el autobús en marcha, la mujer de Gerd, saca, no se sabe de dónde unas sábanas que agitan entre todos, lo cual dentro de la tristeza de nuestra partida, nos hace sonreír Edu, con su coche nos conduce hasta la autopista. Ya en ella, Vicente enfila su nave hacia el sur y como dice el poeta «no corta el mar sino vuela». Esto hace que podamos realizar una breve escala de 6 horas en Colonia para admirar su extraordinaria catedral y hacer algunas compras, y visitar también la bella ciudad de Freisburgo.
Y casi sin darnos cuenta nos encontramos en suelo español. Se nota España. En el idioma, en el paisaje y sobre todo en el calor; veníamos de sitios donde por la noche hace falta calefacción, donde era verano pero la ropa de cierto abrigo no molesta. Por fin ¡España! y sobre todo Villena. Ella no nos ha abandonado en ningún momento. Por Ella y para Ella ha sido nuestro esfuerzo de colocarla en el lugar de honor que se merece.
JOAQUIN NAVARRO
Extraído de la Revista Villena de 1982

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