1956 ESCENA

ESCENA por Alfredo Rojas
RETROCEDAMOS en el tiempo. Hagamos más pequeña nuestra ciudad. Borremos de su faz en segundos, con el pensamiento, la obra de los siglos. Reduzcámosla a un puñado de cosas, que reptan por un altozano hasta la rotunda fábrica del castillo, centro, ombligo, eje: entremos en él.
Está apenas empezada la mañana, una mañana clara y limpia de primavera, primavera madura ya, matrona. El año puede ser cualquiera de los que finalizan la segunda década del siglo XIV. Es rey Alfonso XI y gobierna la fortaleza D. Juan Manuel, Infante de Castilla, Adelantado Mayor de Murcia, de la más rancia nobleza castellana.
Si subimos por la escalera de piedra de la torre del homenaje y entramos en la más pequeña de las dos salas, veremos al Infante. Allí está, sentado en un alto sitial ante una mesa. Unos cuantos escabeles se distribuyen por la estancia. Las paredes están cubiertas por tapices, en los que rivaliza la severidad castellana con los musulmanes arabescos. Uno de ellos, más pequeño, cubre una pequeña puerta; ahora está recogido y deja pasar la luz que entra por un ventanal colocado frente a ella. En el suelo del aposento, la mancha de sol que proyecta la ventana se teje con el cañamazo que forma la sombra de la reja de hierro.
Largo rato hace que se disponía D. Juan Manuel a escribir; tiene cogida una pluma de ave. El retiro del castillo es aguijón para sus aficiones de literato, heredadas acaso de su tío, el Rey Sabio. Sin embargo no logra llenar su pensamiento completamente con el propósito. D. Juan Manuel es cortesano, es palaciego. Irremediablemente, como consecuencia, es intrigante. Las intrigas de la corte llenan su pensamiento hoy y no logra apartarlas de sí. Bruscamente ha dejado la pluma, se ha levantado, y con lentitud, la cabeza baja, las manos a la espalda, pensativo, se dirige al ventanal.
Aún no ha transcurrido mucho tiempo desde que salió el sol. La mañana es candorosa, sencilla, pura. Las casas, pequeñas, terrosas, son una parda saya ceñida al altozano, del que emerge la fortaleza. Rodeando el pueblo, está el verde cinturón, en infinitos tonos, de los sembrados, ceñido a su vez, más a lo lejos, por el bosque, que puebla las suaves laderas y llega, triunfante, hasta lo más alto de los montes que cercan el valle. Hay en todo ello, en el aire limpio, en el dibujado perfil de las montañas distantes, en la precisión de líneas de los rectángulos que forman los bancales cercanos, el encanto siempre nuevo de la naturaleza, acrecentado hoy: que es primavera, es Mayo, es mañana, es Levante. Está presente la perfecta obra de la creación en el ancho paisaje, en la silenciosa quietud, hasta en la pulida redondez de la gota de agua que el rocío, orfebre minucioso, dejó en el tallo más escondido de la hierba humilde.
D. Juan Manuel, sensible, esteta, se ha fundido en el instante; está absorbiendo, con los sentidos alerta, la belleza, el silencio, el suave olor que exhalan los pinos cercanos, la exquisita gradación de azules de las montañas. Se han suavizado los rasgos de su rostro; su cabeza se ha levantado; casi imperceptiblemente, se ha alzado su pecho. Las preocupaciones anteriores se desvanecen; las ha disipado la silenciosa armonía de las cosas, perfecta, definitiva, acorde. . .
Ha vuelto el Infante a desandar el camino que va desde la reja a su sitial. Está sentado en él. Su semblante sereno, sosegado, dice de la paz que el paisaje ha llevado a su interior. Ha cogido de nuevo la pluma de ave. Está escribiendo ya; dice lo escrito:
"En una villa había un hombre bueno que había un fijo, el mejor mancebo que…"
Extraído de la Revista Villena de 1956
Cedido por... Avelina y Natalia García

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