1956 LA VIRGEN, ESTROFA CAUDAL DE NUESTRAS FIESTAS

LA VIRGEN, ESTROFA CAUDAL DE NUESTRAS FIESTAS
Fragmento de la conferencia pronunciada por don Jerónimo Hernández en el salón de actos de la Jefatura Local del Movimiento de Villena
Foto CANTOS
...La Roma que no muere aún, de los oradores y césares, y la Grecia de los guerreros y filósofos, que desbarraron en el concepto de la divinidad al admitir una proliferación desorbitada de dioses, hasta el punto de que los atenienses levantaron, para estar a cubierto de cualquier olvido involuntario, un templo más «Deo ignoto», «al Dios desconocido»; estos pueblos forjadores de la cultura milenaria, de la nuestra, que lo es porque es de ellos, nos enseñaron a magnificar a nuestros dioses (perdón: a nuestro Dios), como ellos lo hicieron: consagrándole también fiestas populares.
Recordemos los celebérrimos «ludí», juegos de los romanos, acompañados de carreras de caballos, sueltos o uncidos a carros, los triunfales, en honor de Júpiter victorioso, en los que se celebraba una procesión desde el Capitolio hasta el Circo; los ceriales y apolinares, consagrados a Ceres y a Apolo; los capitolinos, a Júpiter, conservador del Capitolio; y sobre todos ellos, los famosos juegos de Grecia, los olímpicos, celebrados cada cuatro años, cerca de la ciudad de Olimpia, donde se levantaba el gran templo a Júpiter Olímpico, con sus carreras de bigas y cuadrigas, lanzamientos de discos y jabalinas y variedad de luchas. Tal preponderancia alcanzaron que el legislador Licurgo ordenó una tregua sagrada que obligaba a todos los que tomaban parte. Y aún en nuestros días siguen ejerciendo tanta influencia que se han conservado su nombre y el período de tiempo de su celebración.
Así manifestaban su devoción los pueblos antiguos y así hacían honor a sus dioses. De este modo nosotros también no inventamos nada nuevo, si recurrimos como expresión certera del sentimiento religioso a la celebración de fiestas profanas y populares. Si aquellos juegos, además de ser expansión, arte y recreo, componían las estrofas de un himno mayestático que el pueblo cantaba a sus dioses, nuestras fiestas lo son también: himno y salmo, verso, estrofa y rapsodia que Villena canta a su diosa, la Virgen de las Virtudes.
Estrofa de este himno triunfal son sus comparsas, tan viejas y siempre tan nuevas, renacidas cada año, como el Ave Fénix, de sus propias cenizas, que nos traen al recuerdo mágicos sueños de pretérito poderío, de históricos episodios, de viejas tradiciones; que nos hacen soñar, envueltas en los cendales de sedas y rasos orientales, cuando avanzan como marea pletórica de colorido, al sol sus rodelas y escudos, por nuestra Vía imperial de la Corredera, que hierve y se derrite al paso de legiones y guerreros.
Estrofa y verso es la noche perfumada de septiembre, más amable aún qué el claro día, livianamente refrigerada por el primer soplo del otoño, tibia y fresca como la pura carne de un ángel, que se despereza por las calles y plazas villenenses al embrujo de un incendio de luces; Venus negra, que se hace blanca por el resplandor de otras estrellas que hemos colgado en torres, arcos y balcones..."
Y verso es las banderas que ruedan, sus alas al viento; la Patria que rinde su enseña en gráciles giros; la que siempre está enhiesta e izada porque un león la defiende, se ablanda derretida y se hace corola y abanico.
Y las lágrimas que ruedan silenciosas, cuando los ojos cansados de tanta materia se posan en la perenne serenidad de nuestro ídolo, también es verso y estrofa. Y lo es el pecho emocionado que se inflama; el leve escalofrío de nuestra carne; el alma que se asoma por las ventanas de los ojos, que suelen ser, como dijo Lope: «lenguas de amor cuando la lengua calla». Y estrofa y verso, poner en manos de nuestra semidiosa lo que sólo de valor tenemos: la riqueza de nuestra pobreza y de nuestra indigencia, para que Ella nos la devuelva multiplicada en un ciento por ciento. Villena versifica en sus Fiestas y labra sus estrofas, las cincela más o menos perfectas, pero tienen sin duda un valor positivo, porque nacen al calor del corazón.
Y la estrofa caudal, el último verso, ya no lo compone Villena, porque el dedo de Dios fue quien lo ha escrito: es la Virgen, es la Madre, y de Ella se ha dicho ya tantas maravillas que nada nuevo nos asombra. Se ha dicho que el fanatismo es la locura de los cuerdos, y que el hombre se siente fanático alguna vez en la vida hasta el punto de no importarle la muerte, como Santa Teresa, siendo niña, cogida del brazo de su hermano, escapó de su casa para ir a tierra de moros en busca del martirio; o como los peregrinos indios del golfo de Bengala que, al paso del ídolo llevado en un enorme carro, se lanzan bajo sus ruedas, convencidos de que la muerte les asegura placeres en la otra vida. Sin llevar nuestro fanatismo a tal extremo, si hemos de enamorarnos de un ideal, si soñamos con algo grande, seamos un poco fanáticos por la Virgen Madre, ya que Ella siente dilección y fanatismo también por nosotros sus hijos: No nos pese esta locura digna del que cuerdo está, porque la verdadera locura por lo más grande que existe: el amor a la madre, tiene mucho de verdadera sabiduría. Por esto los sabios perfectos han sido los santos. Nadie nos ha dado en la vida más que la madre. Si el instinto humano las lleva hasta los despojos fétidos de sus hijos hasta el extremo, como dice Goncourt, de que «podrá el muerto estar descompuesto, podrido, con un olor y palidez tremendos. Como es una madre la que viene, se arroja encima y lo abraza... ¡No hay más que ella que lo haga»!; si el amor humano las lleva a esto que parece una aberración, multipliquemos en progresión aritmética hasta el infinito y tendremos un cálculo del amor divino de la Virgen, de la Virgen de las Virtudes.
Detengámonos un momento a considerar lo que significa este nombre aurísono de las Virtudes, que para nosotros suena como dulce arpa. Virtud es sinónimo de verdad. Y de ella ha escrito Benavente: «Si cada día hallara una nueva verdad en mi espíritu, y al hallarla tuviera que destruir cada día mi vida por completo, sin dudar la destruiría para vivir cada día una nueva vida con una nueva verdad». Luego la verdad, como los tesoros, no se encuentra una cada día. Lo mismo que la virtud. Y Quevedo dice que «la verdad es la lengua de Dios, y la lengua de Dios nunca fue muda». Luego la verdad es virtud, porque todo lo de Dios es virtud. Y de la verdad afirmaba Jovellanos que «es el principio de toda perfección, y la belleza, el gusto y la gracia no pueden existir fuera de ella». Luego la verdad es virtud porque la perfección también lo es. Virtud es asimismo sinónimo de belleza, de belleza inmaterial, que no cansa ni se marchita. «Siempre he creído que lo bueno no era sino lo bello puesto en acción», dice el filósofo. Luego belleza es virtud. Aparte, pues, de los otros dones sobrenaturales que designamos con el nombre de virtudes, también la virtud significa todo esto: verdad, bondad y belleza. La Reina de las Virtudes será por tanto Reina de la Verdad, de la Bondad, de la Belleza. Y porque en aquellos años, que ya se van alejando, de fatídico recuerdo, cuando la horda salvaje trató de hipotecar a España a los banqueros judíos de Moscú; porque entonces se eclipsó la Reina de las Virtudes, con Ella desapareció de Villena la Verdad, la Bondad y la Belleza. Y un pueblo huérfano de lo sublime no es una comunidad de almas, sino una sucursal del infierno. Estrofa y verso es nuestra Virgen del himno de nuestras Fiestas. Ya no sé decir más. Termino con el pensamiento de un 'dramaturgo francés: «Las madres perdonan siempre; han venido al mundo para eso». Que la Madre de las Virtudes me perdone, si me atreví a cantarla...
Jerónimo Hernández Santiago – Pbro.
Extraído de la Revista Villena de 1956
Cedido por... Avelina y Natalia García

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