1956 LA VIRGEN VIAJERA

LA VIRGEN VIAJERA - POR CRISTÓBAL PÉREZ GOZÁLBEZ
Las últimas notas marciales, retozonas y alegres de la fiesta del pasodoble, con la que se inician y dan comienzo las de nuestra Ciudad, hace poco que se han extinguido. Desfilaron por las calles de costumbre, al efecto señaladas, las doce o catorce músicas que toman parte en ellas, con la veterana Municipal al frente, y hay unas horas de remanso en las que cada casa y cada villenense última sus preparativos para las fiestas. Son ya las tres de la tarde del día 5 de septiembre. El reloj de la vieja y esbelta torre de Santiago termina de marearlas con tres tañidos graves y sonoros de su campana mayor, y, al momento, todas las sus hermanas de la torre y de la Ciudad toda, suenan alegres y alborozadas en confuso tropel, anunciando que las fiestas religiosas comienzan, con la salida del Clero y las Autoridades en dirección al Santuario de las Virtudes. Sobre todas ellas y la última que termina de sonar, destaca la voz atiplada e infantil de la conocida por «la campanica de la Virgen». No habla más que en estos días. Todo el año está en reposo, y es su tañido tan dulce y tan vibrante, que más que de bronce parece un campanita de cristal. ¡Simpática y querida «campanica» cuyos sones penetran por mis oídos para alojarse directamente en mi corazón! ¡Cómo alegró tu fina vocecita los años de mi niñez y de mi juventud, cuando el alma rebosa de ilusiones, y cómo aún hoy, en mi madurez me inundan de dulces nostalgias!
Mediada la tarde, allá en el Santuario de la Virgen de las Virtudes, nuestra Patrona desciende de su trono y se dispone a emprender su viaje a Villena para dedicar a sus hijos la visita anual que se digna dedicarles. Desprovista de joyas y adornos, no lleva más que su traje de camino. Un modesto manto blanco rodeado de un cintillo que lo defiende del viento, sobre unas ligeras andas. Su carita morena, como si el sol de septiembre de tantos años la hubiera tostado en estos viajes a través del campo dándole el color del trigo en las eras, sonríe dulcemente y mira amorosa a los hijos que la rodean y vinieron a acompañarla en el camino. ¡Qué bella está la Virgen y qué hermoso está el campo! Con su modesta indumentaria, desprovista de toda pompa y etiqueta, con su carita alegre y satisfecha de verse así, como Ella fue siempre, me recuerda aquel otro caminar suyo en que con la misma pobreza y similar indumentaria, le sorprendió la noche y tomó asilo y posada en un establo de Belén, para darnos al hijo de sus virginales entrañas que nos traía la luz de la Verdad y había de ser la redención de la Humanidad toda. Detenida por un momento en el pórtico del Santuario, ya cara a los dilatados horizontes del campo que va a cruzar; nimbada por la magnífica corona de la plena luz del sol que Dios le envía, con toda la inmensa bóveda celeste como grandioso y merecido camarín, mientras sus hijos la aclaman, así, cuanto más pobre y modesta más grandiosa, la miro extasiado, la contemplo y la adoro con arrobo y una dulce ternura inunda todo mi ser y sube a mi garganta para silenciosamente repetir el pensamiento: ¡qué bella está mi Virgen, Madre de mi Dios y Madre de todas las criaturas! En aquellos momentos de dulce paz, sin etiqueta ni mundano aparato, rodeada de una muchedumbre fervorosa, se me representa como la fiel imagen de la humildad, de la pureza, de la santidad. Como una limpia gota de rocío que el amanecer dejara sobre la delicada flor de una azucena, y para ella parecen haber estado escritos aquellos versos que produjo la fina inspiración de Gustavo Adolfo: Cendal flotante de leve bruma—Rizada cinta de blanca espuma—Rumor sonoro—De arpa de oro—Beso del aura, onda de luz—Eso eres Tú.—Seguidamente emprende viajera, a hombros de sus hijos que porfían por llevarla, su caminar por las verdes huertas de «la Laguna» que tantos siglos lleva cruzadas; luego, por las peladas tierras de olivar de «Los Cabezos». Camina y camina lentamente por los ubérrimos y alegres campos, mientras allá, a lo lejos, todavía se escuchan los ecos del constante tañir de la esquila del Santuario amado que nos parece quedó solo, vacío y sin alma al ausentarse su augusta moradora... Tan tan; Tan tan. Adiós, Adiós, parece decirle plañidera... y así llega a la ermita de San Bartolomé, para ya dar vista a Villena y su feracísima huerta, que desde aquella altura nos ofrece con la lujuriante policromía de sus cultivos, todos los colores del Iris.
Así desciende arrobada y seguida por los cánticos de adoración de sus seguidores, por sus vivas y gritos de júbilo, por sus plegarias, por sus ruegos y súplicas, por sus alabanzas, y en la plena majestad de la tarde que declina, el campo todo parece entonar un himno de puro amor a su hermosura: Finge el Cielo un altar.—Son los maizales—al viento, coro, musical alarde — de voces quedas y providenciales;—incensario a Tu gloria, huele y arde—el paisaje de olivos y frutales —en la Catedral limpia de la tarde.—Tras leve descanso en la ermita, reemprende su caminar hacia Villena donde llega ya entre dos luces, para rendir su viaje en el Oratorio de los P. P. Salesianos.
Allí, en la explanada, la espera el pueblo entero en una explosión de júbilo, en la que se confunden los vítores atronadores de sus hijos, las notas y acorde de la Marcha Real que ejecutan todas las músicas, los estampidos de los arcabuces de las Comparsas, la vertiginosa y luminosa estela de miles de cohetes, las luces cegadoras de las bengalas, y todo ello, confundido, constituye la apoteósica bienvenida que los hijos de Villena ofrecen a su Virgen morena, a la Reina y Señora de todas las Virtudes, al consuelo de todas sus tribulaciones y dolores, a quien jamás les falta en sus angustias, a la Virgen viajera que un año más viene a visitarles para, por unos días, compartir con ellos sus alegrías o sus penas y ser dulce consuelo de sus tristezas, esperanza de los enfermos, amparo de los desvalidos, de los que han hambre y sed de justicia, por la injusticia de los que deben ser sus hermanos, valedera de sus semejantes los humildes, que son sus más queridos y predilectos hijos, y, con todo ello, ofrecer a los villenenses, a propios y extraños, en los azarosos tiempos de turbio materialismo que atravesamos, el espectáculo más grandioso, más emotivo y más sublime de nuestras fiestas, que sólo por él y por lo que representa, merece la pena de vivirlas.
Extraído de la Revista Villena de 1956
Cedido por… Avelina y Natalia García

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