1963 A DON SEGUNDO ARANZABE CREMER

A Don Segundo Aranzabe Cremer
Por Trino Cuellar Caturla - Teniente Coronel Ingeniero de Armamento
Me llega una petición de nuestro querido Alcalde y amigo, don Luis García Cervera, y es para mí como una orden. ¡Para eso soy militar! Tengo que resaltar una figura señera en el pueblo, para mí legendaria, ya que sólo la he conocido a través de sus familiares, algunos de los cuales cursaron sus estudios conmigo, y se fueron para siempre para ocupar un puesto en los luceros con José Antonio, y otros que viven, y a quienes profeso sincero cariño.
¡Teniente coronel de la Guardia Civil, don Segundo Aranzabe Cremer! ¡Retirado por la edad ! ¡Vivo aún! Y ¡cerca del siglo de existencia! Los tres Ejércitos, mejor aún, la Asociación de Retirados del Ejército, le homenajea y le concede su Premio por ser usted el jubilado de más edad de la provincia.
Y su alcalde, y su pueblo, no quiere quedarse atrás, y en prueba de sumisión y afecto busca no al mejor, no al que le conoce íntimamente a usted y sabe de sus actividades y avatares, tampoco busca al buen escritor, sino a otro militar, que de niño jugaba por las calles de Villena, rezaba en sus Iglesias, estudiaba en sus colegios y aprendió a querer todo aquello que tiene de noble en la vida; para que él, en términos distintos, pero sinceros, sea portavoz de este homenaje que tiene la trascendencia de ser dirigido desde una autoridad presente representante de todo un pueblo hacia una persona que años atrás también ejerció su autoridad, dentro de unos de los pilares de la sociedad política española, para la defensa de la paz v el orden y quien por ley inexorable de la vida se quedó solo, el primero en el escalafón de los retirados, y desde ahí pueda enjuiciar con la suprema justicia del desapasionamiento y saber si están haciendo bien las cosas.
Es alentador este homenaje. Cuando la vida civil, dichosamente materializada, vuelve sus ojos para enaltecer a un pundonoroso militar, a un santo sacerdote o a un íntegro magistrado, hace poesía y sin poesía no se puede vivir en el mundo. Cuando en el siglo XX, todo se mide a través del salario hora, unidad nada despreciable, yo invito a reflexionar a aquellos que lo desconocen, que existen destinos de servicio permanente que no pueden regirse por esta medida universal.
Hay sudores y lágrimas en cada vida y en los momentos cruciales de cada creación. Pero hay satisfacciones íntimas, goces infinitos, cuando se crea, se produce, se fabrica y el producto es útil y se sabe positivamente que disfrutarán de ello miles y miles de seres humanos. El labrador y sus productos agrícolas ; el zapatero y sus zapatos ; el ebanista y sus muebles ; el ingeniero y sus máquinas ; el conductor de coches y trenes y sus viajes ; el tendero y su clientela afecta ; el-- albañil y sus chapuzas ; el arquitecto, con el aparejador, y sus grandes edificios; el jardinero y sus flores; el contable y sus libros; el maestro y sus alumnos; la madre y su hijo; el médico y sus antiguos enfermos; la mujer y su hogar, etc., etc.
Pero hay seres que no pueden sentir lo mismo, son clase aparte, con misiones delicadas, que por contraste son más apreciados cuando no las ejercen. El magistrado, símbolo de la justicia, si ejerce es para sentenciar, reparar o compensar injusticias humanas. El Sacerdote representante de Dios, tiene por misión principal en sus relaciones humanas, perdonar, arreglar desavenencias, consolar, luego hay en el fondo de la cuestión una transgresión a la ley de Dios y el militar en paz es nada más que un ejemplo que recuerda sus glorias pasadas, porque su razón de ser es la guerra, ese jinete de apocalipsis temido en todo el mundo. O sea, si se ejercita en su profesión es para hacer revivir los otros tres jinetes del apocalipsis.
Sin embargo, en cada una de estas personas hay un alma, con toda su grandeza, porque proviene de Dios y con todas sus miserias, porque está encerrada en un cuerpo mortal. Los primeros, los que practican un oficio, pueden caer libremente en cada uno de los siete pecados capitales y redimirse por el perdón de Dios y por la perfección en la obra en que trabaja. Los segundos, si tropiezan, no son perdonados. Son como un tesoro, una cuenta corriente repleta, una conciencia inmaculada. Sus culpas y sus caídas son como números rojos.
De ahí que cuando un militar traspasa su edad de retiro, que es cuando parece que más solo se encuentra, y le llega un homenaje de los tres Ejércitos, el homenajeado debe sentirse orgulloso ; el pueblo que lo vio nacer, honrado; y la legión de gente ignorada que no saldrá nunca del anonimato, feliz; puesto que un acto de justicia redime todos los olvidos de todos y en todas direcciones.
En fin, y para terminar, yo quiero dar testimonio de mis sentimientos y que —perdón si me equivoco— son los de la generalidad de la gente. Quiero ensalzar al alma cristiana y caritativa que organiza un acto de solidaridad, hacia otra persona de cualquier profesión que por méritos lo hayan elegido como modelo. El acto del homenaje en sí, pequeño e íntimo, se asemeja al grano de mostaza de la palabra del Evangelio: su acción bienhechora va ex tendiéndose y llega a todos los corazones y es un bálsamo para ellos porque les inyecta la ilusión de que un día —que puede no llegar nunca— reconocerán todos la parte que existe en cara uno de los mortales. Y además el homenaje si llega, debe ser, como en este caso, al final de una vida, o sea, cuando las pasiones están calladas para siempre, no sea, que la enorme responsabilidad moral que recae sobre un escogido le abrume y le haga sentirse desasosegado Don Segundo Aranzabe Cremer, que su ejemplo sirva para, por lo menos, todas las generaciones actuales. Ese gran yo que existe en cada uno de nosotros, insensible muchas veces al del compañero, en esta ocasión usted lo ha hecho vibrar al unísono, y el Alcalde de Villena, sintió la llamada y buscó, y me encontró a mí, para que por mi destino militar, adormecido tras esta venturosa paz que nos ha proporcionado nuestro Caudillo Franco, mire hacia usted, hacia el Cielo, hacia Dios, y compruebe, en este caso, cómo el hombre, hecho a semejanza suya, puede ser digno de Él, ya sea como juez a estilo salomónico, va sea como Sacerdote y Santo, ya sea como militar justamente homenajeado.
Extraído de la Revista Villena de 1963

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