1950 LA CAMPANICA DE LA VIRGEN

LA CAMPANICA DE LA VIRGEN.
Tiene esta campana, de sones juveniles y alegres, una emoción inconfundible. Nuncio de la llegada de nuestra Patrona, lanza sus notas que el vien­to recoge en vibraciones y transmite al Santuario. Ya los vencejos, con sus chirridos, merodean la Torre de Santia­go, y hay en la plazo y callejas circundantes, movimiento de vísperas de fiestas.. Allá -en el Santuario- rodeado por hoyos repletos de juncos y terrenos pantanosos, salada­res y acequias, chopos y acacias, camino de los alamicos, el viejo y severo ciprés, herido y hendido en su rugosa corteza por la mano del hombre que le arrancó trozos de madera para sahumar sus ropas en la antigua arca. Se levanta un edificio alto y monástico; blanco de cal, arcos y piedras, altiplanicie con bancos de piedra labra­da, verja de hierro y celdas habilitadas para viviendas, con grandes patios que fueron para los bártulos de los romeros. Caminos polvorientos, hollados y pedregosos; en ocasiones, arenales con pesadumbres de desierto. Por uno de ellos, conocido por el Caminito Viejo de la Vir­gen, va y viene a Villena; viene y va, cada año, La Mo­rena, con su manto de viaje y su cinturón ceñido y sus viejos faroles de las andas. Al llegar a San Sebastián, ad­quiere amplitud el manto, ya libertado, y también la imagen que ha sido transportada en un haz de las pro­mesas y de la piedad. Gentes descalzas, enfervorizadas y creyentes, han ido dispersándose al llegar al pueblo; su cometido quedó cumplido, y ahora, con la sencillez de los actas sublimes, recoletos y humildes, desaparecen en su piedad franciscana. Este cortejo es sustituido por el del pueblo en fiestas. Poco después se trocará el sencillo manto por uno esplendente; los farolillos, que ardieron en cera, por magnífica iluminación, las andas serán sustituídas, pero, al regreso, a la despedida, volverán nuevamente los atavíos de viaje, el tropel en multitud silen­ciosa, por el Camino Viejo de la Virgen; lentamente el Rosario será rezado en sus Santos Misterios, y las invo­caciones de las almas irán surgiendo como los viejos cangilones de una noria.
Pequeñas tradiciones; sublimes en su significado; la campanica de la Virgen; el Caminito Viejo; el manto de viaje; el acompañamiento. En esto, la prosperidad indus­trial y mecanizada ha quedado inerte por la devoción. No se puede hacer de otra forma; no hay nada que pue­da mejorar este traslado de la virtud, de la tradición, y de la fe. Estamos ante la esencia misma de lo perma­nente. Nacer y morir tampoco han sufrido transforma­ción alguna a través de las edades ni de los tiempos. En lo definitivo, no caben mutaciones; están por encima de nosotros mismos. Han pasado los años; la campanica desgrana sus sones con la misma alegría de todos los tiempos, y con la misma esperanza llama al pueblo en fiestas; este moro viejo es igual que aquél que conocimos; esta comparsa es la misma que vimos siendo niños; es­tas embajadas son igualmente anacrónicas; este arcabuz fué del tío Fulano que falleció hace tanto tiempo; estos romanos son siempre los mismos; también el castillo; también la Mahoma; también los festejos.
Así, en estos días, nada se renueva, todo es per­manente, todo tiene el encanto del milenio; hasta la efusi­vidad y confraternidad de los abrazos tienen el encanto de la concordia que imprime en la vida tan sólo, la paz de los espíritus.
Eduardo Solano Candel
Revista Fiestas de 1950
Cedida por... Mercedes Pardo

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