1952 UNA VISITA EVOCADORA

UNA VISITA EVOCADORA
Por Eduardo Solano Candel
Íbamos platicando a la luz de la luna, subiendo lentamente los semicírculos de escale­ras de piedra que rodean la Fuente de la rectangular Plaza del Mercado de hoy: antaño la más señorial y preeminente del pueblo. La fuente tiene una hornacina sin Santo. A su derecha, sobre la fachada de una casa, el escudo nobiliario. A su izquierda, en otra casa, dos lápidas conmemorativas nos dicen que allí nació Chapí y que de reciente se han cumplido cien años. Habíamos entrado a la Plaza bajo el gracioso arco, frente a la sepul­tada Fuente de los Burros, situada aledaña a la Casa de las Cadenas, donde dicen que descansó la Reina Gobernadora. En esta Plaza cerrada, el firmamento aparecía ungido por la hermosura de la tradición y del misterio. Salimos de ella, hollando los escalones comidos y desgastados, y desembocamos frente a la Parroquia de Santa María, con su cuadrada torre campanario que termina en forma piramidal. Sazonábamos nuestros vie­jos recuerdos ilustrando a los forasteros acerca del porqué en esta iglesia se tocan cinco campanadas en vez de tras al alzar a Dios. Fue por al año de 1.476; era Marqués de Villena Don Diego López Pacheco y la arrogancia de este hambre debía erguir e almenada y sola. Su reto infanzón y feudal fué ensoberbecido por las prebendas y preeminencias del cargo; tal fué su poderío que apoyó a los moriscos y declaró la guerra a su Rey; el pueblo, a una señal convenida -las cinco campanadas de la Torre de Santa María--arremetió contra los moros y les causó miles de bajas; Pacheco perdió todo su poderío; las hidalguías y pingües caudales a su señorío concedidos le fueron arrebatados; desde entonces se con­serva esta tradición. Nos dirigimos por la calle Mayor hacia la Plaza de Santiago, nos si­tuamos aproximadamente donde estuvo emplazado el Orejón y admiramos absortos las callejas moras que serpentean hacia el Castillo; que arrancan y trepan perpendiculares inundadas de luna, escalonadas con pequeñas y cuidadas piedras sobre el suelo, enjalbega das con cal y nítidas. La vista del Castillo provocó la admiración y el silencio de nuestros acompañantes que con los brazos cruzados y los manos en los sobacos, contemplaban ab­sortos y vibrantes tanta grandeza con las pupilas inflamadas por la pasión. Esta fortaleza -les decía-de origen romano, fué de los árabes hasta que la conquistó para la Cristiandad Jaime I de Aragón, quien, en virtud del tratado de Almizrra, lo cedió a su yerno el Infante Don Alfonso de Castilla; pasó después a Don Juan Manuel, Duque de Peñafiel, quien lo le­gó a su fallecimiento, ocurrido en el siglo XIV, a Doña Juana, casada con Enrique el de las Mercedes; éste lo donó con título de Marquesado al Infante de Aragón Don Alfonso, quien, como una más; de sus; debilidades, lo pasó a su privado Don Alvaro de Luna. En 1.445 fué concedido a Don Juan Pacheco, que era Duque de Escalona y Maestre de Santia­go, el que se levantó en armas contra los Reyes Católicos en defensa de Doña Juana la Beltraneja, y Don Fernando le desposeyó del Castillo, trance éste al que nos hemos refe­rido con motivo de las cinco campanadas de Santa María. En 1.811, los franceses invaso­res volaron el Castillo reduciéndolo en gran parte a ruinas. Este Castillo, con su gigan­tesca Torre del Homenaje, rodeada de cubos y murallas, con revestimientos del siglo XV, de la época de Los, Pachecos, que fueron grandes constructores de castillos, tuvo doble murado con doce torreones; hubo aljibe y pozo; las paredes de la torre son de tres me­tros de espesor en sus tres pisos superpuestos y ahí queda, rodeado de chumberas, patriar­cal y vigilante perpetuo, acechando y oteando los caminos que afluyen a Villena, viejo guardián del medioevo; más que Palacio, baluarte de guerra, almacenando todos los vestigios del pasado; amparando al pueblo y testimoniando su fortaleza en un pretérito guerrero.
Eduardo Solano, gran catador de esencias villenenses, ha contemplado muchas veces escenas semejantes a las que se desarrollan en este pequeño "film". A ellas hace alusión en las emotivas lineas de su artículo.
Mientras deambulamos hacia la Plaza de Santiago, apoyándonos más y más en nues­tra individualidad histórica y roquera, daremos con Ganivet que el espíritu territorial es la médula de un país y que para nosotros, que hemos abarcado en muchos atardeceres todo el plástico encanto de la belleza territorial de Villena, nos encontramos como ese Cas­tillo, calcinados y fundidos con su payado y con su presente. Hemos desembocado en la Plaza de Santiago; los seis escudos tallados en piedra de las armas de Sancho de Medina aparecían mutilados y lisos, víctimas inermes de un daño estéril; también esta Iglesia góti­ca y conventual, orgullo del pueblo, perdió el enverjado del siglo XVI que cerraba el presbiterio. Fué ya profanada en la Guerra de Sucesión, cuando Villena se declaró par­tidaria de Felipe V y las tropas del Archiduque irrumpieron en el templo. Desde entonces, el Ayuntamiento costea una función de desagravio. No respetada tampoco ha sido en sus reformas, que debieron ser tendentes a la conservación más que al remozo y cambio de su noble material constructivo. Su parte externa, de un amarillento mohoso, calcinado por el sol, hermana bien con la hermosa y bella fachada del Municipio- Ambas dánse en la plenitud permanente y eterna de la época en que fueron creadas. Igual ocurre con el señorial edificio del Asilo, que no requiere más cuidado que el de su conservación.
Yo quería transmitir mi efusiva, honda y concentrada admiración por Villena a quie­nes me acompañaban. No quería limitarme a una ligera exposición histórica, sino que pretendía ahondar en el espíritu y en la sensibilidad de los visitantes, desnudándoles el alma del pueblo. Ignoraba lo vano de mi deseo; retrotraer todo un pasado para hacerlo ingerir en unas horas es absolutamente imposible. No, no podían sentir como yo porque, ni habían bebido en la Fuente del Chopo; ni se habían descalzado en el «Hoyo de la Vir­gen»; ni habían visto salir a la Morenica de su Santuario ni volver a él; ni comieron la mona en las laderas de sus desnudas montañas; ni habían ido a merendar por las tardes a las Cruces; ni juguetearon de niños junto a los seculares muros del Castillo ni pincháronse en sus higos chumbos; ni comieron pan candeal recién amasado con aceite y sal en el invierno; ni fueron a la Escuela del pueblo; ni tomaron «gachamiga» en el campo; ni la torta y el gazpacho con perdiz y conejo; ni sardinas fritas con huevos y «boticas»; ni las habas cocidas de Santiago y Santa Ana; ni presenciaron la matanza casera; ni jugaron con la bufete del cerdo; ni trigo picado probaron; ni vieron pisar la uva, ni fermentar el mosto, ni trasegarlo, ni echarle la cal y la sal; ni escucharon los cantos de otoño en las vendimias ni los bailes al son de las guitarras; ni vieron sacar la parva; ni cazaron con reclamo; ni fueron con la luna a prender mochuelos; ni saben lo que es una «tutuvía», ni un engaña-pastor, ni un chorlito; ni del campo conocen un cornijal, ni un rastrojo; ni su­ban de los peligros del «aracrán» ni del veneno del «sucre» . Gentes afables y cultas, de otras regiones, que bastante hacían con admirar lo gótico de nuestros monumentos, las columnas salomónicas, los escudos de los Sancho de Medina, el histórico monumento na­cional de nuestro Castillo, rendido su poderío unas veces a Castilla, otras a Aragón, en po­der de tan diferentes Marqueses, cabeza de más de treinta poblaciones, incorporado a su corona por los Reyes Católicos; la belleza, en suma, plástica y serena de una noche de ple­nilunio, preñada de recuerdos históricos. Pero obligarles a sentir la emotividad que todo el conjunto de la tradición encierra en alguien que desde niño haya tenido impregnada su alma de esas cosas pequeñas de la vida que son como los eslabones que forman toda una cadena que es la existencia misma, era impo­sible. En efecto, al dejar el pueblo de Villena, remontando la cuesta de la Tía Ángela y a la altura de la Venta del Gitano, cada uno de nuestros acompañantes nos hablaba de cada lugar en los que transcurrió su infancia, con la misma vehemencia con que acabábamos de hablarles de Villena; mientras uno de ellos remozaba su espíritu con recuerdos monta­ñosos de Asturias, yo tenía puesta mi alma y mi pensamiento en aquel Santuario encalado y jovial, con plantaciones de álamos y cho­pos, pensando intuitivamente en volver a des­hacer lo andado en vísperas del cinco de septiembre.
Revista Villena 1952
Cedida por... Elia Estevan

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