1954 ANTE EL PRIMER CENTENARIO DE LA MUERTE DE DON JOAQUÍN Mª LÓPEZ

ANTE EL PRIMER CENTENARIO DE LA MUERTE DE DON JOAQUÍN Mª LÓPEZ
El día 14 de noviembre del próximo año de 1955 habrán transcurrido cien años justos desde la muerte de aquel preclaro hijo de Villena que se llamó don Joaquín M.ª López. Como pregón del acontecimiento, del que, sin duda, el Ayuntamiento de la Ciudad tendrá ya en preparación los actos conmemorativos, nuestra revista, sensible a todo cuanto suponga exaltación de las glorias villenenses, se honra en publicar unas cuartillas del culto abogado don Aurelio López-Tarruella, descendiente de aquél, quien exhuma unos ignorados e interesantísimos datos biográficos del insigne hombre público e incomparable orador. Agradecemos a don Aurelio López la gentileza de habernos confiado la publicación de estos históricos datos.
Tengo para mí que el hecho de ser descendiente de don Joaquín M.ª López es el que ha determinado me hayan sido pedidas unas líneas sobre el mismo, dado que el año próximo se cumplen cien años de su muerte. Ahora bien, no se me ha dejado en libertad, sino que, sin duda pensando que en cualquier biografía suya pueden hallarse múltiples datos sobre su vida, se me ha sugerido delicadamente que me ciñera al aspecto humano, a ese carácter íntimo que deja las almas al desnudo. Omitiendo, pues, sus actos como Diputado, como Senador, como Alcalde de Madrid, como Ministro y como Presidente del Consejo de Ministros, sin mencionar otros cargos y sin olvidar su vida como Abogado en ejercicio, me ciño a su simple condición de hijo (nacido del matrimonio de don Alonso López Pérez, Abogado de los Reales Consejos, Regidor de Villena, y de su consorte doña Pascasia López Cervera) y a su calidad de cristiano.
Es indudable que toda deformación del sentimiento es reprobable si se produce con fines interesados, aunque no lo advierta el propio sujeto; pero también es cierto que esas desviaciones de lo que consideramos rectilíneo son dignas de todo respeto y disculpa si aparejan para el sujeto pérdida tan importante como su misma vida, sin perseguir, en compensación, otra finalidad que el cumplimiento del deber cual aquél lo entiende. Este fue el caso de don Joaquín ante la proximidad del fallecimiento de su madre, el gran amor de toda su vida.
Mucho he pensado y trabajo me cuesta traer al conocimiento público su vehementísima devoción filial, y si lo hago es pensando que me lo perdonará, al menos por la buena intención que me guía, tanto más cuando todo lo suyo pertenece a la Historia.
Tenía veintisiete arios. Era el 16 de noviembre de 1825 cuando su madre, doña Pascasia, entró en período preagónico. Agonizaba ella físicamente; su hijo Joaquín, espiritualmente. Sin poder sobreponerse a la idea de perder a su madre, insomne, lloroso, los cabellos en desorden, transido de dolor, sin darse, como espíritu superior, a expresiones verbales, buscando un medio para decir el desgarramiento íntimo que sentía, toma la pluma y escribe: «Mi madre va a expirar, y yo debo seguirla. La memoria de sus desgracias, memoria que no me abandonaría jamás, es para mí un tormento mil veces más terrible que la misma muerte. El anheloso afán que ha mostrado siempre en mi favor, y el amor y ternura con que me ha mimado, me imponen el deber de acompañarla y de dejar un país en que sólo podría arrastrar una vida miserable y acerba». Habla a continuación, en el documento autógrafo que tengo a la vista, de sus hijos, de la «mujer a quien amo con toda la efusión de mi alma», de su padre, de los amigos «cuya consecuencia y lealtad han sido tantas veces el consuelo de mis días». No olvida a nadie, y añade: «No creáis, no, que soy en este momento insensible a vuestra suerte. Mis ojos se apartan por un instante del objeto que excita mi resolución, para fijarse en vosotros, y mi mano apenas tiene valor para sacarme de esta mansión de desdichas al acordarme que dejo en ella todo lo que más amo después de mi Madre. El único consuelo que llevo conmigo es el de haber sido en todo tiempo el apoyo y sostén de aquella infeliz, llenando cumplidamente los deberes de la Naturaleza y de la gratitud». Después de la firma, don Joaquín, también de su puño y letra, agregar «Un temor me asalta al cerrar ésta, y debo desvanecerlo. Tal es el que se crea que un desprecio u olvido criminal de nuestra religión me induce a este paso de desesperación. No lo creáis. Yo la he profesado toda mi vida con pureza y sin fanatismo, y creo cuantos artículos exigen por la fe nuestra creencia». Hay otros párrafos en la carta que transcribo, uno de ellos de tipo filosófico, que no modifican los copiados, y termina: «Adiós, Padre, mujer e hijos míos. adiós otra vez Aprended de mí a despreciar la vida y tendréis mucho adelantado para ser honrados y virtuosos».
Murió la madre. Don Joaquín, tal vez llamado a la reflexión por el propio dolor, debió pensar mucho sobre aquella su resolución, y posiblemente sus sentimientos de esposo, de padre y de buen cristiano le hicieron ver claro en su cerrazón primera y desistir de lo que hubiera sido fatal para él, para los suyos y para la Patria.
Como terminación diré que el documento mentado, hallado no hace mucho, contiene una petición «encarecida», que dirige como «último favor a todos», pero de esto hablaremos, si llega el caso, el año próximo, cuando vaya a cumplirse el centenario de su muerte.
AURELIO LÓPEZ-TARRUELLA
Extraído de la Revista Villena de 1954
Cedida por... Avelina y Natalia García

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