1962 LA UNIDAD, CAMINOS DE UN MUNDO MEJOR

LA UNIDAD, CAMINOS DE UN MUNDO MEJOR
Por Manuel Luca Pérez - Cura Párroco de Santa María
Los hombres al repetir y pronunciar con mucha frecuencia las mismas ideas y frases, a pesar de ser trascendentales y muchas de ellas alcanzan como proyección final la eternidad, llegamos a hacerlas vulgares. Es más, lo que en un principio al conocerlo nos entusiasma, después llega a producir en nosotros la apatía o desgana, sobre todo cuando su consecuencia es a largo plazo y su retribución económica no la vemos o no la tocamos con la mano. Cuando estas ideas o frases llegan, a fuerza de repetirse, a hacerse historia, tópico (hoy diríamos «slogans»), por mucha gravedad que suponga en nosotros la ausencia de ellas, llegan a producir la inconsciencia o irresponsabilidad sin prever lo inevitable, que es su propio fracaso y el de la sociedad, a la que por ley natural pertenece.
Este principio del cual hacemos estas afirmaciones, confirmadas por nuestra propia experiencia, viene a aplicarse en todo su realismo a la frase-idea de UNIDAD.
Hoy más que nunca se habla de unidad. ¿ Quién no ha oído con frecuencia estas frases : «Debemos estar unidos» ; «La unión hace la fuerza» ; «Todo reino dividido se destruye»? Se habla de unidad política, económica, social, religiosa. Cada uno de nosotros anhela en su interior esa unidad, en la cual ve una meta práctica para el desarrollo de su vida en todos los órdenes.
No es éste el momento, ni soy el indicado para hablar de la conveniencia, mejor, necesidad, para la consecución del fin de toda sociedad, que es el bien común de una unidad política ; además, confieso que no estoy preparado para hacerlo y que intentarlo sería una imprudencia imperdonable. Diré a este respecto que solamente en una nación hay prosperidad, belleza v alegría cuando en ella existe esta unidad entre los que mandan y obedecen, entre el súbdito y el superior. Unidad también horizontal, es decir, entre los que oficialmente colaboran en el ejercicio de la autoridad. ¿Cuándo ha sido más grande nuestra querida Patria? No dudamos en afirmar que cuando en ella ha habido más unión. ¿Cuándo hemos sido testigos de los mayores desórdenes y desastres, llegando a acciones inhumanas y propias de pueblos sin civilizar? Cuando ha habido desunión entre los hombres que la dirigían. Cada uno a la luz de estos sencillos principios puede sacar cuantas consecuencias crea convenientes y oportunas.
Hablar del campo económico y social tampoco nos atrevemos, sólo apuntaremos algunas reflexiones, partiendo del mismo principio, para llegar a la misma consecuencia. Se desea más que nunca terminar con la llamada «lucha de clases». Se intenta por todos los medios la unión de patronos y obreros, sin embargo, no se consigue. Razón : querer conseguir esa unión por la violencia o por un paternalismo mal entendido, con salarios injustos que hacen de los obreros esclavos con una esclavitud peor que la de los primeros siglos del cristianismo, creando en ellos un servilismo infamante y vergonzoso para sus mismos hermanos de condición social semejante, ya que rompe lo más noble y grande que tiene el hombre para valorarlo, que es su dignidad de persona humana, de hijo de Dios. Pues el hombre que apoya su valer en su carrera, en su dinero, en su cargo político, si es respetado sólo por esos valores relativos, vale muy poco, pues el día que por esa ley de la Historia perdiese esos valores, toda su personalidad y prestigio desaparecería. Para conseguir esta unión hace falta que los patronos tuvieran una gran dosis, virtud de humildad y caridad. Entonces los frutos serian evidentes y quizá a poco que pusieran más de su parte en eso que llamamos humildad y caridad, nuestra generación actual sería testigo de ese nuevo orden social que tanto se desea y se anhela y que no se consigue porque estamos poseídos de nosotros mismos, y en nuestra pobre naturaleza caída tenemos todos muy profundo clavado el aguijón del egoísmo y de la inmoralidad.
¿Qué decir de la unidad en la vida familiar? Reflexionemos un poco. No es una frase bonita ni soy su autor : «Estamos asistiendo tristemente a uno de los mayores males que puede sobrevenirle a una sociedad : la descristianización en masa de la vida familiar, de la primera célula vital de la sociedad» La ruptura de esa unidad que ha sido capaz durante siglos de mantener el equilibrio social de la Humanidad ha producido los frutos que todos conocemos. Desde el momento que esta unidad ha empezado a romperse, este equilibrio está desapareciendo. No pensemos sólo en el divorcio legal, condenado reiteradamente por la Iglesia, pensemos en otro divorcio más íntimo : el del corazón entre personas que viven y comen bajo el mismo techo. Es lamentable que la familia vaya perdiendo cada día su unidad y armonía.
¿Dónde está el respeto al principio de la autoridad? Existe una anarquía dentro de la propia familia. La casa ha ido perdiendo ese calor de hogar tradicional, sitio de reunión habitual para convertirse en un hotel, donde se va a comer y dormir, o adonde no se va muchas veces ni a eso siquiera por exigencias sociales, solemos decir, cuando la razón verdadera es que nuestro hogar nos pesa demasiado.
A los padres y a los hijos les corresponde en mutua colaboración volver a que la familia recobre su sentido tradicional; a los padres sabiendo mandar con caridad; a los hijos sabiendo obedecer con humildad, y sobre todo que los padres prediquen con su ejemplo habitualmente en el hogar.
Llegamos con todo esto a una primera consecuencia, y es que ante estos hechos que hemos analizado en la brevedad que supone siempre un artículo, nuestra postura no ha de ser de lamentos, sino de actuación. Ante esta crisis en los diversos órdenes, cuyas consecuencias estamos todos sufriendo, no cabe sino una única postura : revisión a fondo y con serenidad, sin apasionamiento, de los hechos y de las causas de este desequilibrio al que estamos asistiendo, para juzgarlo a la luz única y verdadera, la del Evangelio, para tomar cada uno de nosotros una postura definida y concreta, ya que cada uno somos en más o menos grado responsables de este orden de cosas.
¿Por qué hemos llegado a este caos? Porque la unidad ha dejado de existir en el propio individuo. Es absurdo que uno sea testigo diario de un hecho que produce armonía y equilibrio y no intente imitarlo. Por mucho que nos digan los sabios es difícil que nos muestren un ejemplo de unidad más perfecta y por otra parte más sencilla que la del cuerpo humano. Los miembros, gracias a esa unidad v colaboración en dar y recibir, llegan a producir la conservación de lo más querido por nosotros, que es nuestra propia vida. Esto hablando en un orden puramente fisiológico, donde nuestra libertad es siempre limitada y condicionada y la ruptura de esa unidad no la intentamos porque nos amamos demasiado.
Pero en el cuerpo humano hay algo más. Aquí sí que se ha roto la unidad. Somos seres racionales dotados de inteligencia y voluntad y libertad. ¿Qué ha ocurrido? La inteligencia no admite ya la verdad una, sino múltiple, acomodaticia, conveniente. Así hay una anarquía de ideas. Nunca ha habido, nos atreveríamos a afirmar, más desorden en los sistemas filosóficos que hoy. Nunca, como consecuencia, ha habido más confusionismo de ideas, de verdades relativas. El relativismo histórico llegamos a resucitarlo, cuando lo dábamos por muerto. Hoy se duda de todo y de todos.
¿Y la voluntad? Ruptura del orden moral. Los principios eternos de la moral hemos sido capaces los hombres de intentar destruirlos, llegando a crear una moral de situación, dando motivo, por haber tomado caracteres alarmantes entre el mismo sector católico, a que actúe la Iglesia, maestra infalible de la Verdad, para corno a niños volver a repetirnos que la moral es una v absoluta, no relativa ni puramente subjetiva, y que es bueno o malo no sólo lo que nos agrada o desagrada, sino aquello que según la norma remota de moralidad, actualizada en cada momento de nuestro obrar, nos ha dictado a través de los siglos y de la Historia.
¿Qué ha ocurrido? Que el hombre ha llegado a la ruptura de sus relaciones íntimas con Dios, y así asistirnos a lo que se ha llamado separación entre la religión y la vida.
El hombre actual ha llegado a traicionar su propia vocación de cristiano, ha roto la unidad predicada y deseada por Cristo en los momentos más íntimos y culminantes de su vida, ha olvidado las frases de Elías : «¿Hasta cuándo andaréis cojeando con dos muletas? Si Yavhé es el verdadero Dios, seguidle ; si es Baal, id tras él». Es la imposible pretensión de querer servir a dos señores. Una tentativa estéril que ni en lo humano puede ser eficaz.
Es preciso, pues, volver a la unidad de vida. Para ello se necesita de hombres capaces de dar un testimonio auténtico, que sea capaz de reproducir su fe en su vida, sin falsearla, para que a través de ella los hombres vuelvan a reconocer a Cristo. El bien y la verdad informando al hombre harán revivir en cada uno de los cristianos los rasgos de la faz de Cristo. Esta es la tarea del hombre actual. Su omisión u olvido es la razón y causa de ese desequilibrio que estamos condenando. Cuando e! hombre lleno de humildad y caridad sea capaz de encarnar en su propia vida, antes que predicarlo o esperarlo de los demás, la unidad de los principios del Evangelio, el nuevo orden reaparecerá, el Mundo mejor predicado con angustia del Padre común, Pío XII, será una realidad.
¿ Un modelo de esta unidad de vida? Nuestra Virgen Morena. ¿Quién pueda dudar de la existencia de esta unidad en Ella? Su vida fue una unidad de vida, fue una humildad y una caridad, y por ello en Ella había belleza, alegría y paz; había sumisión de su ser humano al ser divino, a su Creador.
Nuestras fiestas en su honor, un espectáculo maravilloso de luz y de belleza. Que nosotros que las hemos hecho con el calor y el entusiasmo que nos caracteriza para ofrecérselas a Ella, recibamos su felicitación desde el cielo, traducida en abundancia de bienes espirituales y materiales.
Que Ella, que es madre de unidad, nos alcance de su Hijo esa unidad, para que tengamos tal armonía y equilibrio que haga de nosotros el pueblo noble, leal y fidelísimo qué nos dejaron nuestros antepasados, en los que, sin duda alguna, había mucha unidad, porque había mucho amor a su Virgen de las Virtudes.
Extraído de la Revista Villena de 1962

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