1970 REQUIEM POR LA MADRINA DE LOS BEREBERES

REQUIEM POR LA MADRINA DE LOS BEREBERES
Tenía catorce años solamente. En el anterior número de VILLENA, sobre el blanco estucado del papel, junto a otras ocasionales compañeras, aparece su imagen: una boca perfecta, con un atisbo de sonrisa; ojos claros, ornados por un rizo del cabello descuidadamente suelto. Una belleza dulce y reposada, con cierta serena madurez impropia de su edad. Al pie, dos líneas escuetas: "Srta. Virtudes García Beltrán. Comparsa de Bereberes".
(Una vez más, el eterno homenaje viril a la mujer. La supuesta fiereza de los "Bereberes", presente en las fingidas armas, en los agresivos colores de su atuendo, en las hirsutas barbas, se rendía, como siempre, ante la gracia, el encanto y la belleza de la feminidad. De nuevo el hecho omnipresente en la historia, del sutil pero efectivo triunfo de la espiritualidad sobre la fuerza.)
Y de repente, el hecho, el hecho brutal e irremediable. Fue un sábado, el 30 de agosto del año pasado, ya anochecido. Había caído, poco antes, una de esas cortas y gratas lluvias de verano. Con las últimas gotas, volvió ella a casa. Fue a conectar un pequeño artilugio eléctrico. Tal vez cualquier pequeña avería, con la complicidad del calzado todavía húmedo, hizo posible el incomprensible suceso. Una fugaz corriente, un brevísimo segundo, y quedo vacía de contenido la belleza, rígidamente anulada la gracia, roto el encanto; ausente, como en un borroso espejo, la cálida transparencia de los ojos.
(Y el dolor. El más amargo, el más hondo, el más profundo dolor: el de la impotencia. El que no permite hacer nada, aquel en el que las energías y la sensibilidad se consumen totalmente con el solo fin de exacerbarlo. Y el "por qué". La eterna pregunta sin respuesta. Y el suceso irradiando en unas horas a toda la ciudad, poniendo un triste contrapunto en la circunstancia personal de cada uno, una tenue sordina en la alegre noche del sábado, un punto de tristeza en la duermevela de las alcobas.)
Horas después, domingo por la mañana, cruzaba la ciudad el jubiloso pasacalles, heraldo de las inminentes fiestas. Unas fiestas en las que ella hubiera tenido un importante cometido. Música y estampidos de arcabuces fueron acallados al paso por la casa, donde, a través de una reja, podía verse el cuerpo sin vida, la tranquila e inmóvil majestad de la que recibía el último, el mudo homenaje de todos los que tomaban parte en el acto. Pasaron los arcabuces con las bocas humilladas rozando el suelo; los hombres, casi de puntillas, mudos, empequeñecidos entre aquella atmósfera de susurros y sollozos. Y todos ellos fueron después, más tarde, a acompañarla cuando, materialmente cubierta de flores hizo su última andadura. Allegados, amigos, festeros, gentes que incluso no la conocían; una masa de gente dolorida, silenciosa, estupefacta...
(Yo creo, y perdóname por esto que te digo, que tu muerte fue feliz. Feliz, sí, porque te fuiste en lo mejor de la existencia, en la más gozosa, en la más grata etapa de tu vida. Cuando empezabas a ser mujer; cuando todo te sonreía; cuando estos moros te escogieron para ser, en ese año, la que presidiera sus fiestas; cuando, llena de ilusiones, te disponías a vestir el traje típico de la mujer villenense, que sólo sirvió para ser el definitivo. Nunca debiste ser más dichosa que en esos días: y tal vez nunca lo hubieras sido en tan alto grado, con tan puras e ingenuas ilusiones. No llegaste a conocer el dolor ni a presentir siquiera el inesperado final. Y pienso que debe ser consolador para los que te quisieron saber que te fuiste sin una sombra de aflicción, llena de alegría, de anhelos, de ilusiones.
(La recordaremos. Y con todos nosotros, la Comparsa que la eligió y la perdió en tan breve tiempo, sin llegar a ver el efímero reinado que crearon para ella. En la Revista del año anterior queda su figura; en el trono vacío, que nadie llenó en esos días, la vimos todos con el pensamiento. Roguemos hoy como lo hacía Marcial hace diecinueve siglos: "Y tú, tierra, sé peso liviano para ella. ¡Fue tan breve su paso sobre ti...!".
ALFREDO ROJAS
Extraído de la Revista Villena de 1970

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