1970 LA COMPARSA DE ROMANOS

La Comparsa de Romanos. Por Alfredo Rojas
«Vendrá el cinco de septiembre y no saldrán los Romanos. Y dirán los forasteros: ¿Estarán los cuatro malos?
¡Los Romanos! La más ingenua, la más anacrónica, la legendaria Comparsa de Romanos. Ningún viIlenense deja de sentir, al evocarla, una agridulce melancolía. Y, junto con el recuerdo, viene casi siempre, a la mente o a los labios, la conocida cuarteta que encabeza estas líneas.
Los versos citados pertenecen a una composición en la cual los Romanos se despedían de los villenenses el año 1904, precisamente el mismo de la aparición de aquel célebre «Batallón Infantil» que tanto encomiaban nuestros abuelos. Los Romanos que participaron en los festejos de aquel año eran solamente cuatro, y les era ya imposible volver a hacerlo el año siguiente a causa de las dificultades económicas que les imponía su reducido número. En la Entrada de aquel año, los cuatro componentes de la Comparsa llevaron con ellos un carro en el que había un olmo seco y un cartel: «Olmo seco no da sombra». Este era, con ligera variante, el primer verso de otra cuarteta de aquella composición:
«Árbol seco no da sombra dice un antiguo refrán; por eso los Romanitos a otro año no saldrán».
Las circunstancias que llevaban a aquellos cuatro Romanos a determinar su retirada, eran prácticamente insalvables. Aquella tira de versos, tras cuyas ingenuas frases se podía descubrir fácilmente el dolor que les producía su situación, fue vendida a cinco céntimos el ejemplar por un pequeñuelo, Juan Catalán, que todavía vive, hijo de uno de aquellos cuatro célebres Romanos. Eran éstos Antonio Cañizares, «Botija»; Cosme Pérez, «Bandolero»; Juan Catalán y un tal «Farina». Volvamos a los versos que los identifican:
«Si no conocéis a éstos que a otro año no saldrán son Bandolero, Farina, Botija y Juan Catalán».
A la derecha, Emilio Cabanes San José; a la izquierda, Manuel Molina Tormo, ambos con el traje de Romano. Entre ellos, un componente de la Comparsa de Cristianos la fotografía data de 1928.
La Comparsa de Romanos con su antiguo traje.
Ya hacía años que la Comparsa no llevaba banda de música: no podía pagarla. Antón «el Judío» tocaba el tambor delante o detrás de ella, y hubo año en que el sonsonete rítmico pasó a segundo plano para servir de contrapunto a los sonidos de una trompeta, que tocaba un sajeño contratado por los Romanos y al que apodaban «el tío Baba». De aquellos últimos años, a caballo del cambio de sigilo, sólo quedan unos nombres, los del «tío Peleo» y Cristóbal «el Estrellao», miembros de la Comparsa antes de quedar reducida a los cuatro citados. Todavía recuerda hoy Juan Catalán cómo era el traje de aquellos Romanos. Textualmente, «unas sayicas azules, coraza de hojalata plateada, de pechuga; una capa azul, casco y medias de malla». A grandes rasgos esta era la Comparsa que en 1904 interrumpió su participación en los festejos.
Pero el padre de Juan Catalán no dejó de intervenir en el quehacer festero. Es frecuente en nuestra ciudad ver como los hombres que por cualquier circunstancia han dejado de salir en una Comparsa, van a otra o siguen desempeñando un nuevo papel que les mantenga dentro de las Fiestas. Salvo imperativos insoslayables, quienes han tomado parte en los festejos durante algunos años, no pueden dejar de seguir haciéndolo. Es este un suave estimulante que toman los villenenses y del cual no pueden ya prescindir.
Juan Catalán siguió teniendo un papel activo, aunque reducido, en las Fiestas. El, junto a Juan Martínez, «el Cuco», recitaba el día 9 de septiembre, en el patio del Santuario, la «Conversión del Moro al Cristianismo». Años después, concretamente el de 1914, estaban ambos, en la mañana del día 9, junto al ciprés, esperando a la Virgen. Basta, para los buenos villenenses entrados en años, decir «el ciprés», para saber de cuál se trata. Allí estaba la última parada de la Patrona, allí se le desceñía el manto de peregrina que estrechaba su familiar silueta durante la triste vuelta al Santuario, y desde allí partía una corta procesión que la llevaba hasta su trono.
En aquel lugar, y en la citada mañana, esperaban a la Virgen, con Juan Catalán y Juan Martínez, don Gaspar Archent, don José Hernández Villegas, don Miguel Esquembre y don José García. En la común conversación, se citó a la desaparecida comparsa. Los reunidos, cuyos nombres son conocidos de la mayoría de los villenenses, animaron a Juan Catalán a organizarla de nuevo. Llovieron, en aquel reducido círculo, los ofrecimientos de ayuda: Miguel Esquembre prometió a Juan Catalán el traje de embajador; los demás aseguraron asimismo sus aportaciones, bien en metálico o comprometiéndose a costear uno o varios trajes. Hacía falta poco para animar a Juan Catalán. Desde aquel día puso manos a la obra con empeño.
Se prepararon los nuevos trajes de Romano para el siguiente año, 1915. Constaba de una coraza con pechinas metálicas, larga capa, de color verde, una túnica violeta, medias de malla, botas, casco con un alto plumero, la lanza y una pequeña ro dela. Juan Catalán pudo reunir hasta 28 futuros Romanos. Pero él ya no iba a poder participar con su flamante traje de embajador. Murió el día 4, horas antes de la aparición de la Comparsa. A las dos de la tarde del día 5, a hombros de sus amigos, hizo Juan Catalán su último desfile. Todas las Comparsas, las autoridades, acudieron a acompañar el cortejo. Y muy poco después, en la Entrada, los festejos llevaban todos un lazo negro en homenaje a aquel buen festero y villenense.
Romanos luciendo ya el traje con el cual desaparecería la Comparsa.
El mismo año en que moría Juan Catalán, nacía otro Romano —claro simbolismo de la permanencia de nuestros festejos— que iba a serlo desde que pudiera andar hasta llegar a ser testigo activo de la desaparición de la Comparsa. Era éste Manuel Molina Tormo. El apellido Molina ha estado ligado a la historia de la Comparsa a través de numerosos miembros de ella durante esta segunda época; segunda, al menos, en cuanto a nuestras noticias se refiere. El citado Manuel Molina, que forma parte hoy de los Almogávares, naturales sucesores de los Romanos, recuerda los nombres de los participantes que destacaron junto a él: Francisco Molina, Segundo «El Majo», «El Pintao de la Biara», Diego y Francisco Pardo, «El tío Colache», los hermanos Eustaquio y Antonio Gabanes, los también hermanos «Rosigas»...
Estos, entre otros, son quienes dan pujanza a la Comparsa y establecen modificaciones durante 1923 y 1927, que suponen sólo ligeras variantes, en su clásico e inconfundible traje. Juan Catalán, hijo del que murió en 1915, sigue igualmente las huellas paternas dentro de la Comparsa, y asimismo sucede a su padre recitando anualmente el día 9 la «Conversión del Moro al Cristianismo». Uno de los más significados protectores de los Romanos en esta época, e incluso muchos años después, es don Juan lbern, que sufraga los gastos, en 1927, de la compra de unos plumeros para coronar los cascos, y que donará a la Comparsa, más tarde, unos trajes femeninos que recuerdan a los de las antiguas matronas romanas. Es curioso consignar que don Juan Ibern fue uno de los promotores de un nuevo castillo de embajadas, por los años 1926 a 1928, que se hubiera instalado en el clásico emplazamiento de da Puerta de Almansa, y que hubiera permitido pasar a través de él a los vehículos. La silueta de aquel castillo, que quedó solamente en proyecto, puede verse en la rodela que exhibe Manuel Molina en la fotografía que ilustra este trabajo. Tal vez, no obstante esta acertada intuición, hubiera resultado hoy insuficiente para la creciente circulación rodada que nos ha tocado sufrir.
El año 1939 va a traer nuevos vientos para la Comparsa; pero éstos no resultan muy gratos, puesto que los Romanos empiezan a decaer sensiblemente. Turnan en la presidencia Juan Bellod, Andrés y Manuel Molina, Antonio Cabanes; pero todos ellos encuentran grandes dificultades para poder hacer frente a los gastos que las Fiestas traen consigo. Manuel Molina, Bellod, y algún otro, llegan hasta a recurrir a los buenos villenenses para que les ayuden, anualmente, a sufragar los desembolsos que origina la participación en los festejos. Pero no es ésta, con ser importante, la única dificultad.
Ocurre algún año en que hay que buscar participantes que, sin pagar, o haciéndolo con una cuota mínima, vistan el traje en los desfiles para no tener que efectuar éstos con un número reducido de festeros.
No debió contribuir poco a este decaimiento el sentir general, lógicamente compartido por la Comisión de Fiestas, de que los Romanos era una Comparsa fuera de lugar en unas Fiestas de Moros y Cristianos. Y en 1948 se repetirá, como en 1904, la desaparición de la Comparsa, para ser ya, definitivamente, un recuerdo en la mente de los villenenses.
Hemos querido recoger los nombres de aquellos Romanos que hace veintidós años hicieron su último desfile como tal Comparsa. El cabo era Francisco Molina Serrano. Le seguían —no descartamos el temor de que alguno haya escapado a nuestras pesquisas— Antonio Cabanes Molina, Francisco Bellod Cabanes, Emilio Cabanes San José, Andrés Molina Serrano, Manuel Molina Tormo y Tomás Soriano, «El Valenciano». Este último no se resignó a ello, y todavía hizo una salida en la Entrada del año 1949. Entre los Americanos, otra Comparsa también desaparecida poco después, y los Cristianos, figuró solo, sin que nadie se atreviera a apartarlo del desfile, acaparando los aplausos y la simpatía de los espectadores. Con él moría la Comparsa de Romanos.
Tal vez hubiéramos podido copiar más datos sobre estos festeros. Pero una sucesión de nombres y cifras resulta larga y tediosa para nuestra Revista. Hemos preferido hacer esta exégesis como homenaje a la Comparsa de Romanos y como modesto punto de partida para una labor que algún día pueda sernos más viable y cuente con un vehículo distinto al que VILLENA constituye hoy. Aspiramos; sólo a que pueda ser de algún interés a los lectores actuales y a que resulte de alguna utilidad en el futuro.
Extraído de la Revista Villena de 1970

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