1970 VILLENA Y LA SEGUNDA GERMANÍA

VILLENA Y LA SEGUNDA GERMANÍA Por Sebastián García Martínez
Cuando se habla de la Germanía o Germanías, la imagen más generalizada apunta a la violenta conmoción social —paralela cronológicamente a las Comunidades de Castilla, pero de signo diverso— que ensangrentó el Reino de Valencia durante los primeros años del reinado de Carlos I. La peste desatada en el verano de 1519 y el temor ante un posible ataque de los piratas berberiscos provocó una grave crisis en la capital, que evolucionó rápidamente hacia una lucha en gran escala entre burgueses, artesanos, habitantes de lugares de realengo y vasallos cristianos viejos, por un lado; y los caballeros, nobles terratenientes y sus siervos moriscos (descendientes de la población musulmana que desde la Reconquista vivió entre cristianos), por otro. No se trató de una sublevación contra el Emperador, sino del estallido del odio acumulado por las clases medias y bajas contra la aristocracia y los moriscos —a quienes se suponía en relación con los corsarios norteafricanos—. La nobleza consiguió identificar su propia causa con la real, lo cual explica el aplastamiento de las Germanías, seguido de una drástica represión —ajusticiamientos, fuertes composiciones pecuniarias a los gremios y lugares implicados— llevada a efecto, con singular energía, por la virreina doña Germana de Foix, viuda de Fernando el Católico.
La llamada Segunda Germanía fue también una revuelta de tipo social —menos conocida y con notables diferencias respecto a la Primera— que se produjo en ciertas zonas del País Valenciano, fundamentalmente la Marina, a finales del siglo XVII (1). Significó la culminación de las tensiones agrarias del Seiscientos, cuyo punto de partida hay que situar en la expulsión de los moriscos (2). La excepcional medida dictada en 1609 por Felipe III —cuyo valido era un noble valenciano, el duque de Lerma (y marqués de Denia)— zanjó el gravísimo problema que suponía la permanencia de esta minoría inasimilable en el seno de la España de los Austrias. Las consecuencias del extrañamiento de los cristianos nuevos fueron particularmente dramáticas para el Reino de Valencia, donde constituían el treinta por ciento de la población y vivían dedicados a la agricultura como vasallos de la aristocracia latifundista. La catástrofe afectó, en primer lugar, a la nobleza, sin brazos que cultivaran sus tierras; al no disponer de estas rentas, no pudo pagar a su vez las deudas contraídas con burgueses y comunidades eclesiásticas (censales), con lo cual la crisis agraria se proyectó, en cadena, sobre la economía urbana (quiebra de la Taula de Canvis —banco municipal de Valencia— en 1613). La repoblación de las tierras yermas, lentísima y plagada de dificultades, fue realizada por los terratenientes, asentando cristianos viejos de otras zonas del mismo Reino, mediante contratos pactados (cartas de población), cuyas condiciones variaron según lugares, pero que fueron durísimas en las comarcas meridionales. A mayor abundamiento, una sarta de calamidades —malas cosechas repetidas, terremotos, plagas de langosta—que culminaron con la gran peste de 1647-48, hizo todavía más lamentable la vida de los vasallos en los señoríos de nueva población (3).
Durante el último tercio del siglo XVII —y merced al sacrificio de dos generaciones— la situación mejoró relativamente en el ámbito rural, donde se crearon las condiciones materiales mínimas para plantear reivindicaciones jurídicas de largo alcance, que involucraban la revisión de las cartas de población, pactadas tras la expulsión. Obviamente el intento de actuar dentro del marco legal fracasó y, en consecuencia, se abrió el camino de la insurrección iniciada el 9 de julio de 1693 cuando cuatro vecinos de Villalonga, vasallos del duque de Gandía, se negaron a la partición de frutos, y fueron apresados por el baile del señor. La noticia circuló de pueblo en pueblo y a toda prisa se juntaron muchos campesinos de la Marina y las montañas en Potries y Fuente de Encarroz, donde tuvieron junta general. Ya en franca rebeldía se organizaron nombrando síndico a Francisco García —un labrador de Ráfol la Almunia que había presentado un memorial sobre el problema a Carlos II— y general del ejército de los agermanados a José Navarro —cirujano de Muro—. Los amotinados llegaron a reunir dos mil hombres —la tercera parte sin armas, el resto con armamento muy diverso—; llevaban dos estandartes con las efigies de San Vicente Ferrer y la Virgen del Remedio; y proferían gritos de «¡Viva el Rey de España, muera el mal gobierno! ¡Vivan los pobres, mueran los traidores!». El virrey de Valencia, marqués de Castel Rodrigo, que desde el primer momento se dio cuenta de la gravedad de la situación, aseguró la línea del Júcar y reforzó los puertos de la Marina —para localizar el conflicto—, enviando contra los sublevados a su guardia y parte de la milicia efectiva del Reino, bajo el mando de don Ventura Ferrer, lugarteniente de la gobernación de Játiva. La batalla se dio el 15 de julio en Cela de Núñez: las fuerzas reales —inferiores en número, bien armadas y con numerosa caballería— arrollaron a la masa de campesinos. La Segunda Germanía había sido sofocada; pero las operaciones de limpieza y represión se prolongaron todavía durante más de un año.
El 27 de julio de 1693 el virrey publicó una crida o pregón, poniendo precio a las cabezas de García y de Navarro, como si fueran bandidos: por cada uno ofrecía, a quien los capturara vivos, mil libras valencianas —una cantidad enorme para la época, a pagar de su propio bolsillo —y cuatro hombres «fuera de trabajo» (o sea, indultados entre los delincuentes presos); si fueran entre-gados muertos, la recompensa sería de quinientas libras y dos reos liberados (4). Francisco García, dirigente ideológico del movimiento, considerado principal culpable, fue juzgado en rebeldía y condenado a muerte; pero no pudo ser aprehendido, pese a los denodados esfuerzos que se hicieron para lograrlo. José Navarro, jefe militar de la Germanía, corrió peor suerte. Un mes después de la acción de Cela de Núñez, mientras las tropas de Ferrer buscaban ansiosamente a los cabecillas, se supo que andaba por Onteniente (5). La primera noticia sobre la huida del general de los agermanados a Villena, donde tenía parientes y amigas, es de finales de septiembre: Ferrer se enteró, sin duda, por una delación, y envió un espía para vigilar sus pasos (6), puesto que ni él —como lugarteniente de la gobernación de Játiva— ni el marqués de Castel Rodrigo —como virrey de Valencia— podían actuar en tierras castellanas. En consecuencia, el virrey escribió al secretario del Consejo de Aragón para la negociación de Valencia, pidiendo que el Consejo de Castilla ordenara al corregidor de Villena la prisión de Navarro (7). Siguiendo el lento procedimiento usual esta carta fue objeto de dos consultas, casi idénticas, por parte del Consejo de Aragón —los días 20 y 29 de octubre— deliberando afirmativamente (8). Pero mientras eran elevadas a Carlos II, el asunto se estancó ante la desesperación de Castel Rodrigo, quien temía constantemente una nueva fuga. Poco después remitía a Madrid las señas personales —«Joseph Navarro, Barbero de Muro, buena estatura, delgado, blando de ojos» (9)— así como al corregidor de nuestra ciudad (10). A principios de diciembre envió una apremiante misiva al secretario Molina, comunicando que Navarro había huido a la corte, y que en Sierra Salinas y en la de Nuestra Señora de las Virtudes se ocultaba un grupo de agermanados; para capturarlos, proponía una operación de limpieza, en la que colaborarían, juntamente con su guardia montada, el corregidor de Villena y la caballería de Almansa (Apéndice Documental I). El Consejo de Aragón hizo —el día 15— una consulta en este sentido (11), resuelta ahora con cierta rapidez (12); pero mientras tanto los acontecimientos se habían precipitado en Villena.
En efecto, antes de que el caudillo de la Segunda Germanía huyera a Madrid —si es que era éste su propósito— fue aprisionado por don Luis Antonio de Mergelina y Mota, lugarteniente del corregidor. El 12 de diciembre llegó la noticia a Valencia y, sin pérdida de tiempo, el marqués de Castel Rodrigo despachó cartas requisitorias a nuestra ciudad, para que Navarro fuera entregado en la frontera entre los Reinos de Castilla y Valencia (Ap. Doc. II), comisionando a este efecto a don Juan de Tárrega, teniente de gobernador de Játiva, que sustituía a don Ventura Ferrer, cuando éste realizaba otras misiones de represión (Ap. Doc. III). Tres días después, el virrey informaba oficialmente sobre el importante suceso, haciendo constar que la ejecución de quien había sido cabeza de la sedición serviría de beneficioso escarmiento (13). El 19 de diciembre José Navarro se encontraba ya en las cárceles valencianas de las Torres de Serranos. Un nuevo informe de Castel Rodrigo aludía a la pronta conclusión del proceso y al desinterés de Mergelina, que había renunciado a liberar los cuatro reos —contenidos en el pregón de 27 de julio— «por más ofertas de dinero que le hicieron para que los sacase»; en consecuencia — y para recompensar esta gran hidalguía—, pedía las mil libras, una real carta de gracias, que el Presidente de la Cámara de Castilla lo propusiera para su corregimiento, y que fuera otorgado un hábito a un sobrino suyo, don José de Mergelina, que lo había solicitado poco antes (14). En carta al secretario del Consejo de Aragón, rogaba asimismo el hábito de la Orden de Montesa para Tárrega, aduciendo sus méritos al sustituir a Ferrer y, sobre todo, que «ahora acaba de traer de Villena a Joseph Navarro, habiéndose portado con maña y prudencia, cual era menester para sacarlo sin alboroto de aquel lugar, donde tenía muchos parientes y valedores» (15). El Consejo —en consulta de 22 de diciembre— rechazó la merced para Tárrega, pues cumplía con su obligación; en cuanto a Mergelina, aceptó la remisión de la carta de gracias —aunque no directamente del rey, sino del gobernador de Castilla en el real nombre—, la propuesta para el primer corregimiento castellano que vacare (previo decreto de Carlos II), y el hábito para el sobrino, pero insinuando que debería renunciar a la fuerte cantidad en metálico (16). Durante los dos primeros meses de 1694 la Audiencia valenciana concluyó el proceso contra Navarro. La cabeza del general de los agermanados, condenado a muerte el 27 de febrero, colgaba de la puerta de San Vicente dos días después (17).
Hemos examinado, con cierto detalle, los sucesos relacionados con la captura en nuestra ciudad del cirujano de Muro, a quien las circunstancias hicieron caudillo de la sedición de 1693. El fracaso de ésta y la represión subsiguiente inmovilizaron el campo valenciano durante los últimos años del reinado de Carlos II. Al morir sin descendencia, la Guerra de Sucesión a la Corona de España significó la imposición de un conflicto internacional a gran escala —donde se debatía, junto a la herencia del Hechizado, la antinomia supremacía borbónica-equilibrio europeo (Francia contra el Imperio, las potencias marítimas Inglaterra y Holanda, y otros aliados)— sobre una sangrienta conflagración civil —que enfrentó al nacionalismo castellano con el pactismo de la Corona de Aragón— complicada, además, por motivaciones sociales, muy claras en el País Valenciano. En 1705 la escuadra aliada desembarcó en Altea a un agente del Archiduque Carlos de Austria, el cual levantó en armas a los labradores, prometiéndoles la supresión de las cartas de población, esto es, el mismo objetivo buscado de manera pacífica y violenta en 1693. Es así como la contienda tuvo en Valencia un acusado carácter de lucha social entre «botiflers» —el partido borbónico, nutrido esencialmente entre los privilegiados— y «maulets» —el bando austracista, de raíz popular. La victoria final de Felipe V supuso, en este sentido, una nueva frustración de los vasallos y la reimposición del régimen señorial.
Por lo que respecta a Villena —e independientemente de la peripecia personal de José Navarro, fruto del azar histórico— la Segunda Germanía invita a plantear —y en sus estratos más hondos— la diferenciación radical entre aquélla y el Reino vecino, durante el dilatado periodo de la Edad Moderna anterior a la unificación borbónica. En otras ocasiones he estudiado temas que suponían ciertamente una eficaz colaboración, así como aspectos que conllevaban fricciones seculares entre ambos (18), determinados en uno y otro caso por la perdurabilidad del «hecho fronterizo» —aquí castellano-valenciano— respetado con todas sus implicaciones por los Reyes Católicos y los monarcas de la Casa de Austria a escala general de sus dominios. Sin embargo, es evidente que la castellanidad básica de Villena —forjada en el glorioso pasado medieval, mantenida por la proximidad insoslayable— se puso de relieve, sobre todo, en la actitud asumida ante las Germanías del siglo XVI y la Guerra de Sucesión, esto es, los conflictos decisivos que inauguraron y clausuraron la trayectoria de la dinastía halos burguesa en el Reino de Valencia. Durante la Primera Germanía, Villena jugó, en efecto, un destacado papel en el bando nobiliario: plaza de armas del ejército realista, refugio de muchos partidarios del virrey don Diego Hurtado de Mendoza tras su derrota en Gandía a manos de Vicente Peris, base del marqués de los Vélez en la campaña que culminó con el triunfo militar (19). Se sabe que los agermanados intentaron inútilmente atraerla a su causa; el mismo Encubierto envió un emisario, que fue descuartizado en Albaida; vecinos de la villa lucharon en la reducción de Orihuela, Alicante, Játiva y Alcira: todo lo cual sería motivo principalísimo para la concesión del título de ciudad, otorgado por Carlos I el 25 de febrero de 1525 (20). La negativa a agermanarse y la participación activa del lado aristocrático-real no se explican sólo por tratarse de una población castellana, y menos todavía de realengo: las Germanías se extendieron por varias zonas murcianas, así como por muchas ciudades y villas reales. En mi opinión la clave del asunto reside en la ausencia del problema morisco —liquidado drásticamente en 1476— y en la estrecha alianza con la corona, pactada entonces y mantenida después.
1476 es efectivamente una fecha angular para Villana, quizá la más importante de su Historia desde la Reconquista hasta la actualidad, y que señala nítidamente el comienzo en ella de la Edad Moderna. A principios de aquel año, y aprovechando la guerra civil castellana, en la que se veía envuelto don Diego López Pacheco —último señor con dominio efectivo sobre la villa y castillo— los villenenses sacudieron el yugo feudal en el curso de un memorable alzamiento —dirigido por el bachiller Fernando de Mergelina, iniciado al toque de cinco campanadas en la torre de Santa María— que degeneró en saqueos y matanzas de conversos, y cuyas consecuencias postreras serían la incorporación de Villena a la autoridad directa de la corona (21). Los Reyes Católicos —cuya actuación en el conflicto del Marquesado, aunque acorde con las circunstancias políticas y estratégicas, no estuvo exenta de maquiavelismo— mostraron repetidamente su agradecimiento a la villa por el servicio que la rebelión contra el Marqués les había supuesto, concediendo perdón general por los crímenes y robos de 1476, otorgando diversos privilegios, confirmando las capitulaciones e incluso visitando la población en 1488 (22). Desde el ángulo que nos ocupa —y por sus múltiples consecuencias de cara al futuro— interesa destacar un hecho: fuera o no completo el exterminio de cristianos nuevos, desde 1476 no hubo «cuestión morisca» en Villena, lo cual significó el elemento más eficazmente diferenciador de cara a la problemática histórica del País Valenciano. Este aspecto explica sobradamente desde la posición adoptada durante la Primera Germanía —doblada quizá por la «fidelidad» a la corona, tan beneficiosa recíprocamente— hasta la marginación de la violenta convulsión producida por la expulsión de los moriscos y los problemas posteriores de la repoblación, que habrían de conducir a la Segunda Germanía. A mayor abunda-miento, la Guerra de Sucesión no revistió aquí el carácter de confrontación social que tuvo en el Reino vecino. Acorde con su castellanidad, Villena abrazó entusiásticamente la causa felipista, fue depredada por el ejército aliado y —tras la victoria de Felipe V— recompensada con la leyenda «Muy Noble, Muy Leal y Fidelísima» añadida a su título de ciudad. A partir de la unificación borbónica, las relaciones entre Villena y Valencia se plantearían en otro contexto. Pero la diferenciación esencial —compleja siempre por múltiples conexiones— ha continuado siendo, hasta la actualidad, uno de los rasgos arquetípicos de su personalidad.
NOTAS
Sobre este tema se puede ver el volumen II de la obra clásica de P. BORONAT: Los moriscos españoles y su expulsión. Estudio histórico-crítico (Valencia, 1901); las monografías de A. SALVA BALLESTER: Sedición del año 1693 en el Reino de Valencia (Valencia, 1941) y F. MCMBLANCH: La Segunda Germanía del Reino de Valencia (Alicante, 1957) , aunque con muy exigua base documental; y, por último, S. GARCIA MAR¬TINEZ: Fonaments del País Valenciá modem (Valencia, 1968, p. 66-84) y En torna a los problemas del campo en el Sur del Reino de Valencia (comunicación al VIII Congreso de Historia de la Corona de Aragón, Valencia, 1967; en prensa).
Véase el estado actual de este problema básico en J. REGLA: Estudios sobre los moriscos (Valencia, 1964).
A este respecto es aleccionador el caso da Muro, estudiado por F. MOMBLANCH, op. cit., p. 13 y ss, e Historia de la villa de. Muro (Alicante, 1959, p. 127 y ss.).
Publicada por P. BORONAT, op. cit., p. 374¬376; A. SALVA BALLESTER, op. cit., p. 27¬29; y F. MOMBLACH, op. cit., p. 125-129.
Carta del virrey, marqués de Castel Rodrigo, al secretario del Consejo de Aragón, don Juan Bautista Pérez de Roca, el 18-VIII-1693. Comunicaba haber avisado a Ferrer sobre la estancia de Navarro, con tres hombres armados y a caballo, en Santa Bárbara de Onteniente, desde donde, guiado por un clérigo, intentaba pasar a Muro (ARCHIVO DE LA CORONA DE ARAGON. Consejo de Aragón. Legajo 581. Expediente 5-5).
Castel Rodrigo, al secretario del Consejo de Aragón, don José de Molina, el 29-IX-93 (ACA. CA. Leg. 581. Expd. 2-41).
Castel Rodrigo a Molina, el 13-X-93 (ACA. CA. Leg. 579. Exped. 48-68).
ACA. CA. Leg. 579. Expeds. 48-69 y 48-65..
Castel Rodrigo a Molina, el 3-XI-93 (ACA. CA. Leg. 579. Exped. 48-22).
Castel Rodrigo a Molina, el 10-XI-93. Avisaba que las enviará para que el corregidor, don Simón Ricardo y de Ribera, pudiera ejecutar mejor la real orden que se le ha dado de capturar al cirujano de Muro (ACA. CA. Leg. 579. Exped. 48-64) . Una carta del secretario del 11 -que se cruzó con la anterior- hacía saber que el Consejo de Aragón había pasado las señas al rey, para que, en consecuencia de lo resuelto, las hiciera llegar a Villena (ACA.. CA. Leg. 579. Exped. 48-19).
ACA. CA. Leg. 579. Exped. 48-66.
Molina a Castel Rodrigo, el 23-XII-93, informando reservadamente sobre la orden dada por el rey al Consejo de Castilla para que el corregidor de Villena apresara a la cuadrilla oculta en Sierra Salinas y en la de Nuestra Señora de las Virtudes (ACA. CA. Leg. 579. Exped. 48-67). Ignoramos la suerte corrida por este grupo de fugitivos de la Germanía. Otra carta del secretario -también el 23 de diciembre- avisaba al virrey de que Su Majestad había mandado prevenir el cordón de la corte, para prender a Navarro, en el caso de que intentara entrar en Madrid (ACA. CA. Leg. 579. Expediente 48-31).
Castel. Rodrigo a Carlos II, el 15-XII-93 (ACA. CA. Leg. 581. Exped. 2-50).
Castel Rodrigo a Carlos II, el 19-XII-93. El virrey hacía notar que el proceso contumancial de ausencia, que la Audiencia valenciana había incoado a Navarro, se tendría que convertir -sin haberse acabado los términos forales- en proceso de presencia, pero que se concluirla brevemente. Insistía asimismo en el enorme servicio hecho por Mergelina, pues había tales reos en las cárceles de la capital que hubieran causado mucho daño al Reino, de ser liberados (ACA. CA. Leg. 581.. Expeds. 2-49 y 2-44). Aunque, según el pregón, era el propio Castel Rodrigo quien tenía que desembolsar las mil libras, en esta misiva pedía que fueran pagadas por la recepta de la Bailía General (íd.).
Castel. Rodrigo a Molina, el 19-XII-93. Añadía que Tárrega había conseguido la renuncia por escrito de don Luis Antonio de Mergelina y Mota al indulto de los cuatro hombres (ACA. CA. Leg. 581. Exped. 2-47).. Con la misma fecha el virrey informaba al presidente del Consejo de Aragón, duque de Osuna, sobre la prisión de Navarro, pidiendo que tanto Mergelina como Tárrega fueran recompensados (ACA. CA. Leg. 581. Expediente 2-51).
Reconocía el Consejo que Mergelina tenía derecho a las mil libras, pero que al estar exhausta la recepta de la Bailía General -en caso de tenerse que pagar esta suma, lo fuera del caudal de la administración de justicia; aunque «se juzga que habiendo cedido con tanta hidalguía los cuatro delincuentes, también cederá la del dinero» (ACA. CA. Leg. 581. Exped. 2-48). Asimismo hacía constar que se concedía el hábito a don José de Mergelina en virtud de los méritos de su tío al prender a Navarro, y no por los suyos propios (haber acudido a la defensa de Alicante en 1691, cuando el bombardeo por la escuadra de Luis XIV, y en agosto de 1693, con ocasión de otra alarma marítima: Cfr. 5. GARCIA MARTINEZ: En torno a las relaciones históricas entre Villena y el Reino de Valencia durante el reinado de Carlos II. «Villena», XVII, 1967, Ap. Doc. VIII y VII). Una nueva consulta, dos días después, reproducía los términos de la anterior, pero con el voto particular del regente valenciano don Juan de la Torre, oponiéndose a que Mergelina cediera las mil libras, puesto que pondría mala fe a los pregones, «único medio que hay en aquel Reino para prender, o por lo menos ahuyentar, los delincuentes» (ACA. CA. Leg. 579. Exped. 48- 30). La Torre había sido oidor criminal y civil en la Audiencia de la ciudad del Turia y conocía bien los resortes para combatir a los bandidos -plaga endémica del Seiscientos valenciano- aunque obviamente no lo fuera Navarro. El 30 de diciembre el nuevo secretario del Consejo de Aragón, don José de Haro, comunicaba a Castel Rodrigo la resolución real, conformándose con el voto de La Torre y ordenando el pago a través de los fondos de justicia (ACA. CA Legajo 581. Exped. 2-53). Sin embargo, Mergelina renunció finalmente al dinero.
Castel Rodrigo a Carlos II, el 2-111-94. El virrey aprovechó esta ocasión para insistir en que don Luis Antonio de Mergenila y Mota obtuviera un corregimiento, recordando su desinterés al renunciar al premio pecuniario y a los cuatro reos (ACA. CA. Leg. 579. Exped. 48-29). El 13 de marzo el Consejo de Aragón elevaba una consulta al rey, para que la Cámara de Castilla acomodara a Mergelina (ACA. CA. Leg. 581. Exped. 12) . Pero en septiembre de aquel año todavía no se había resuelto. Una carta de Castel Rodrigo al presidente del Consejo de Aragón, duque de Medina-Sidonia, repetía -el día 14- las anteriores representaciones en pro del lugarteniente del corregidor de Villena, haciendo mención del gran crédito de la justicia por la prisión y condena de Navarro (ACA. CA. Leg. 579.. Exped. 48-28). Una última consulta del Consejo acordaba -el 29- que Su Majestad mandara ver las órdenes dadas a la Cámara de Castilla en este sentido, y que las repitiera con el aprieto correspondiente; y esto no sólo por el servicio hecho, sino también porque, teniendo Navarro muchos parientes en Villena y divagando por aquellos parajes Francisco García, se podía recelar maquinaran contra la vida de Mergelina (ACA. CA. Leg. 579. Exped. 48-27).
Cfr. el artículo citado en la nota 16; y además: Intervención del Reino de Valencia en la disputa secular entre Villena y Caudete por los Alhorines. Aportación documental. «Villena», XVIII, 1968.
J. M. SOLER GARCIA: Villena y el Emperador Carlos I. «Villena», VIII, 1958.
J. M. SOLER GARCIA, op. cit.
J. TORRES FONTES: La conquista del marquesado de Villena en el reinado de los Reyes Católicos. «Hispania», XIII, núm. 50, 1953.
J. M. SOLER GARCIA: Villena y los Reyes Católicos. «Villena», III, 1953..
APENDICE DOCUMENTAL (ver fotos)
Extraído de la Revista Villena de 1970

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