1983 EL PINTOR DOMINGO GIMENO

El pintor DOMINGO GIMENO: Una familia de artistas
Por JOSE M.ª SOLER GARCÍA
En el año de 1904, se estableció en nuestra ciudad un hombre de negocios llamado Domingo Gimeno, que entonces tenía 41 años, y que se dedicaba a la exportación de productos derivados del vino. Natural de Torralba, provincia de Castellón, estaba casado con Ana Fuster, valenciana, que conservó amorosamente su lengua natal. Se trataba de un hombre culto, aficionado a los libros y a las antigüedades y muy dado a los temas filosóficos.
El matrimonio estuvo domiciliado al principio en la calle de la Trinidad, número dos, casa en la que nació, abandonó y volvió a ocupar al cabo de los años el autor de estas líneas. Allí le nacieron dos hijas cuando menos: Ana, en 1904, y Victoria, en 1906. Mayores que ellas fueron Cipria-no, que había nacido en París y del que poco sabemos, y Sara, nacida en Benicarló en 1897. La familia cree que también nació en Villena, en 1901, otra hija llamada Luz, lo que no hemos podido comprobar.
Domingo Gimeno
En 1908, trasladaron el domicilio a la calle del Hilo, número uno, y, a mediados del año siguiente, al número uno de la calle Baja, junto al templo de Santa María. En este último nació Domingo Gimeno, el futuro pintor, a las ocho horas del día 15 de junio de 1909, no de julio, como se dice en alguna nota biográfica. Fue bautizado por don Gaspar Hernández, coadjutor del templo, el 24 de aquel mes, y fueron padrinos sus hermanos mayores, Cipriano y Sara. Por la partida de bautismo sabemos que sus abuelos paternos fueron José y Marina Gimeno, ambos de Torralba, y los maternos, Antonio Fuster y Germana Felipe, los dos de Valencia.
Antes de cumplir un año el futuro artista, la familia se trasladó a Sevilla, por exigirlo así los negocios del padre, en los que le ayudaba la hija mayor, Sara, tenida en concepto de maga por los vecinos al verla trabajar en el laboratorio con probetas y tubos de ensayo. De las vicisitudes del pintor y de su familia, a partir de su estancia en Sevilla, nos informa cumplidamente su biógrafo, Aquilino Duque, de quien tomamos gran parte de los datos que siguen.
Ana Gimeno, concertista de piano. Nacida en Villena en 1904.
Dado el temple cultural del padre, el ambiente que se respiraba en la casa era fundamentalmente artístico. De las hermanas que se dice nacieron en Villena, Luz, que era una bella muchacha, tocaba magníficamente la guitarra, pero falleció muy joven en París. Ana marchó también a la capital de Francia a los quince años, becada por el Ayuntamiento de Sevilla, para estudiar piano con Alfred Cortot, Lazare Lévy y Joaquín Nin. Falleció en Sevilla el año 1931, también en plena juventud, cuando todo hacía suponerle un magnífico futuro como concertista. Victoria también estudió con beca en París, y fue asimismo concertista de piano, pero al fallecer sus hermanas y contraer matrimonio, se retiró de la vida artística y reservó los conciertos para sus familiares.
Domingo, el hijo menor, que era poco aficionado a los negocios, poseía también grandes dotes musicales, pero hubo de abandonar el estudio del piano por motivos de salud, dedicándose de lleno a la pintura, en la que tuvo como profesores a Virgilio Mattoni, Gonzalo Bilbao y Manuel González Santos. En realidad, su primera y casi única maestra fue su hermana Sara, que le llevaba dieciocho años y había cursado con aprovechamiento las carreras de Bellas Artes y de Magisterio. A ella se debe el retrato del maestro Eduardo Torres, natural de Albaida, organista y maestro de capilla que fue de la catedral de Sevilla.
Victoria Gimeno. Pianista. Nacida en Villena en 1906
Sara fue un verdadero caso de fraternal abnegación. Al morir su padre, cuando ella se encontraba en plena juventud, hubo de afrontar unas responsabilidades impropias de su sexo en aquella época, pero tenía carácter e inteligencia y mucha fe en la vocación de su hermano, hasta el punto de renunciar a la suya propia. Al lado de Domingo permaneció, orientándole, animándole y protegiéndole hasta el día de su muerte.
A los veintidós años, Domingo obtuvo premio extraordinario de fin de carrera con su gran retrato del picador «Perico el Loro». Este premio le llegaba en momentos difíciles para la familia, atacada por las enfermedades y por la ruina económica. Al morir Anita en 1931, Sara y Domingo hubieron de hacer oposiciones. Sara sacó plaza en el Instituto de Osuna, y Domingo, en los de Cervera del Río Alhama y Manzanares. La guerra civil les sorprendió a ambos en Madrid opositando a cátedras de dibujo. Domingo se libró de ir al frente al contraer una grave enfermedad del pecho y, gracias al temple de Sara, pudieron ser evacuados por Barcelona y desembarcados en Marsella, con sólo una carpeta de dibujos por toda fortuna.
Mujer joven con lazo verde
Los años pasados en Francia durante la guerra española fueron para Domingo de intensa actividad pictórica, y antes de volver a España en 1939, expuso por última vez en el Grand Palais de los Campos Elíseos.
Huyendo siempre de la guerra, en este caso de la Mundial, regresó a nuestra nación en momentos de penuria para reanudar las oposiciones que la contienda civil había interrumpido. Pronto se trasladó a Bilbao, en donde pintó algunos retratos y cuadros para la familia Oriol. Se instaló en Portugalete y, por espacio de veinte años, logró convertirse poco menos que en el pintor de cámara de la gran burguesía vasca, cultivando el retrato, género en el que tuvo sus mayores aciertos. Al decir de Aquilino Duque, en el retrato «procuró moverse entre Goya y los grandes maestros ingleses, aunque alguna vez no tuviera más remedio que hacer alguna que otra concesión a lo que cabría llamar el realismo burgués».
Por aquel tiempo, hizo exposiciones en Madrid, Bilbao y Vigo, y una muestra de su talento fue el dibujo que hizo del Marqués de Lozoya, gran admirador suyo y Director General de Bellas Artes por entonces.
La muerte de Sara, ocurrida en 1961, fue para Domingo una irreparable pérdida en todos los sentidos. «De pronto se quedaba —sigue diciendo Duque— sin su mejor crítico y sin el público que más le importaba. Siguió pintando y cumpliendo encargos, pero sin el entusiasmo y el tesón de antes». Dejó Vizcaya y se marchó a Sevilla, a pintar para él cuando el deseo le acuciara. En los museos de Vigo y de Valencia, en colecciones particulares de Bilbao, Barcelona, Madrid y Sevilla, y en colecciones privadas de Holanda, Bélgica, Francia, Estados Unidos, Canadá, Méjico, Brasil y Argentina hay cuadros de Domingo Gimeno, cuya producción estuvo representada en la muestra «Cuarenta años de pintura en Sevilla» que organizó la Caja de Ahorros Provincial San Fernando, por el retrato de Victoria Gimeno, la hermana del pintor, «obra de singulares valores que llamó poderosamente la atención y mereció encendidos elogios por su noble factura, su deslumbrante luminosidad y su fuerza expresiva y plástica», en frases del crítico sevillano Manuel Olmedo. Su última exposición la celebró en una galería de la plaza de doña Elvira tres años antes de su muerte, acaecida en Sevilla el 5 de marzo de 1978.
Paisaje de Marsella
En diciembre del pasado año, tuvimos la satisfacción de asistir a la inauguración de una muestra antológica de Domingo Gimeno organizada por la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Sevilla en colaboración con la citada Caja de Ahorros. Se exhibieron allí más de sesenta obras del extraordinario pintor, en las que predominaban los retratos, pero en la que había también paisajes, desnudos, bodegones, tipos populares, todo de una altísima calidad, de la que podrán dar una idea las ilustraciones que hemos seleccionado para este artículo.
Y es obligado dejar constancia de que, en una reciente visita de doña Victoria Gimeno, una de las hermanas del pintor nacidas en nuestro pueblo, nos hizo generosa entrega de un cuadro al óleo que representa la cabeza de una mujer joven con un lazo verde en el cabello. Es una gentil ofrenda a la ciudad en la que el pintor abrió los ojos a la luz de un atardecer primaveral del año 1909. Villena se siente orgullosa de esta circunstancia, y ha querido aprovechar la edición de su revista anual para divulgar la existencia de este gran artista que ha de ocupar, sin duda, un altísimo puesto en la historia de la moderna pintura española.
Extraído de la Revista Villena de 1983

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