1973 UNOS PAISAJES VILLENENSES EN EL MONASTERIO SEGOVIANO DE EL PARRAL

Unos paisajes villenenses en el Monasterio segoviano de El Parral
por José Mª Soler García
Corre por Segovia un viejo adagio que dice: «Los huertos del Parral, paraíso terrenal». Bello es el paraje, sin duda, junto a las riberas del Eresma, resguardado por una meseta de tierras rojizas, entre praderas verdes, acacias, chopos y álamos, muy cerca de la capital y del edificio que antaño ocupó la ceca o Casa de la Moneda. Allí se alza el Monasterio del Parral, y desde sus patios y claustros, muy maltratados por el tiempo y por los hombres, se contemplan, a lo lejos, al Alcázar y la Catedral, monumentos insignes que no necesitan de ponderación.
El Parral tiene para los villenenses singular interés, por estar en íntima relación con los Pachecos, Marqueses de Villena.

Dos hipótesis fundacionales se disputan la erección de este magnífico edificio, cenobio hoy de los monjes jerónimos. famosos en otros tiempos por su especial habilidad para preparar pergaminos y miniar cantorales y libros de facistol. Plumas muy autorizadas, entre las que se cuenta la del ilustre segoviano Marqués de Lozoya, afirman que la fundación del Parral se debe a Enrique IV, «el Impotente», quien lo cedió después para enterramiento de sus válidos, los Marqueses de Villena.
Pero hay otra versión más extendida, legendaria y bastante más poética. Cuéntase que don Juan Pacheco había de batirse con un espadachín en venganza de un ultraje que de él había recibido. Cobarde y artero, el adversario del Marqués compró a dos caballeros de capa y espada, quienes, en compañía del traidor y en un lugar solitario, cercano a una pequeña ermita que se llamaba la Señora del Parral, atacaron a D. Juan Pacheco. No se arredró el Marqués, a quien su reconocida agudeza le dictó en tan apurado trance una frase ingeniosa y salvadora: «Traidor —dijo— no te valdrá tu traición, pues si uno de los que te acompañan me cumple lo prometido, quedaremos iguales». La argucia dio sus frutos y acobardó a los atacantes, que quisieron huir. Pero sólo uno de los mercenarios lo consiguió, pues el Marqués atravesó con su florete a los otros dos. Dícese que, en cumplimiento de la promesa que hizo a la Virgen en momento tan comprometido, ordenó D. Juan levantar el Monasterio en el mismo lugar en que se hallaba emplazada la antigua y pequeña ermita.
Es lo cierto, sin embargo, que la iglesia no fue construida en vida de D. Juan Pacheco, si no en la de su hijo D. Diego, II Marqués de Villena. Así lo acreditan los dos hermosos escudos que adornan la fachada, debidos al cincel de Francisco Sánchez de Toledo. En el de la izquierda, se ven las calderas de «Pacheco», la cruz floreteada de «Pereyra», las cuñas de «Acuña» y las quinas de «Portugal», tal y como se repiten profusamente en el castillo de Villena y en tantos otros del Marquesado, pero, junto a estos cuarteles, luce también el ajedrezado de «Portocarrero» sobre los dos castillos y el león de «Enríquez», que son los blasones de doña Juana Enríquez, mujer del marqués D. Diego. El escudo de la derecha de la fachada corresponde exclusivamente a doña Juana.
Estos emblemas heráldicos aparecen por todas partes en el monasterio. Reproducimos el policroma-do que se halla sobre el arco que sostiene el coro, pero hay otros siete, labrados, encima de las ventanas de la capilla mayor, y otros dos sobre la puerta lateral de la iglesia que da entrada a la sacristía.
A la izquierda de esta puerta se halla el sepulcro, primorosamente esculpido, de doña Beatriz Pacheco, habida en doña Catalina Alfón de Lodeña y la mayor de los diez y nueve hijos que tuvo, entre legítimos y naturales, el marqués D. Juan.Aunque muchos de los enterramientos de miembros de esta familia se perdieron para siempre, aún se conservan el de D. Francisco López Pacheco, IV Marqués de Villena, junto al de su mujer, doña Juana Lucas de Toledo; y en la pared izquierda de la capilla principal, antes del altar mayor, puede verse todavía, bajo un escudo policromado sostenido por dos esfinges, una lápida que recuerda a otro D. Diego López Pacheco, hijo tercero del matrimonio anterior. Mencionemos por último una lápida dedicada a doña Luisa Pacheco Cabrera, primera esposa de D. Diego Roque López Pacheco, VII Marqués, que se halla en el suelo de la capilla mayor, cercana a las gradas del altar.
Pero de los innumerables recuerdos de los Pachecos que guarda la iglesia del Parral, nos interesa resaltar que, en dicha capilla mayor, a ambos lados del altar, se conservan dos magníficos sepulcros de alabastro, de los primeros Marqueses de Villena, atribuidos a Juan Rodríguez y a Lucas Giraldo, discípulos ambos de Vasco de la Zarza, uno de los mejores escultores del siglo XVI.
En el correspondiente al lado del Evangelio, blasonado con los cuarteles de Pacheco y Acuña, se halla la estatua orante de D. Juan Pacheco, armado de punta en blanco y acompañado por un paje que le sostiene el yelmo y el escudo. En el lado de la Epístola, frente al anterior, hay otro mausoleo similar, con la estatua orante de doña María Portocarrero, segunda esposa de don Juan.
Pero lo importante para nosotros no son las estatuas de los Marqueses, con serlo mucho en el terreno histórico-artístico, ni las escenas bíblicas que les sirven de complemento, lo mejor, sin duda, de ambos sepulcros, sino los paisajes esculpidos como fondo de estas escenas. Obsérvese en el sepulcro de la Marquesa, tras las figuras que representan el entierro de Cristo, una torre de tres cuerpos, con chapitel piramidal, en la que cualquier villenense podrá reconocer sin gran esfuerzo la de nuestra iglesia de Santiago, que ya estaba acabada a principios del siglo XVI y cuya torre tenía entonces una balaustrada de piedra como la que allí se ve. Fue una de nuestras acompañantes villenenses, la joven Anita Gil Sánchez, quien primero se dio cuenta de este extraordinario parecido.
Pudiera pensarse en otras torres semejantes de nuestra región, como las de Yecla, Jumilla o La Roda, por ejemplo, pero si la imagen se complementa con el trozo de muralla que corre oblicuamente hacia la izquierda, y que no es otra cosa que la defesa exterior de una ciudad, como la tuvo la nuestra, y a mayor altura, sobre cimiento rocoso, otro trozo de muralla perfectamente asimilable a la de nuestro castillo de la Atalaya, cuya torre no figura seguramente por falta de espacio, no es muy aventurado suponer que el paisaje que ha querido representarse no es otro que el de Villena, muy de acuerdo con el título que ostentaba la Marquesa allí enterrada.
Algunos errores de perspectiva o aditamentos de relleno, perfectamente explicables en artistas cuya pretensión sería simplemente la de aludir, y no la de reproducir con exactitud, no logran desvirtuar el recuerdo del paisaje original.
De concepción más libre, pero con similares elementos decorativos, más disimulados tras la escalera y las cruces del episodio bíblico, es el paisaje que se observa en el fondo del sepulcro del Marqués, también con torres de remate piramidal como las villenenses. Hemos examinado con cuidado muchos monumentos sepulcrales de la misma época y de diversos autores, también con paisajes esculpidos, y ninguno de ellos tiene la más remota semejanza con los del Parral.
No es ésta la única alusión a nuestra Ciudad que hubo en el Monasterio. Entre los sepulcros desaparecidos estaban el de D. Diego López Pacheco, Hl Marqués de Villena y Moya, duque de Escalona, conde de Santisteban y de Xiquena, y el de su mujer doña Luisa Cabrera y Bobadilla. Según acuerdo tomado por la Junta de Enajenación de Edificios y Efectos de Conventos de la provincia de Segovia el 18 de julio de 1838, fueron vendidas en pública subasta dos laudas de bronce o azófar que adornaban ambos sepulcros. Las dos llevaban inscripciones en latín terminadas con los escudos de Villena, Escalona y Moya. No sabemos a dónde irían a parar aquellas preciosas lápidas.
Si la visita a Segovia es obligada para cualquier español sensible a las llamadas de la Historia y del Arte, ningún villenense debería dejar de recorrer alguna vez el Monasterio del Parral, siquiera como homenaje de agradecimiento a los artistas que dejaron esculpidos aquellos entrañables paisajes.
Por nuestra parte, queremos dejar constancia de nuestro agradecimiento a fray Antonio de la Palma, prior del convento, por las facilidades que nos dio para contemplarlo y fotografiarlo a nuestro placer, y no sería justo silenciar la valiosa mediación que nos prestó D.ª Josefina Bertomeu, viuda de un malogrado segoviano, D. Justo Muñoz Gordo, médico que fue durante varios años en nuestra Ciudad.
Extraído de la Revista Villena de 1973

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