1987 ENRIQUE Y TARANCÓN DIALOGA EN F.P. VILLENA CON LA GENERACIÓN DEL RUIDO

Enrique y Tarancón dialoga en F.P. – Villena con la generación del ruido.
Era viernes y veintitrés de este frío enero, y también viernes del ochenta y siete que se ha impuesto dictatorialmente, sin nosotros poder evitarlo, como año nuevo; y ¡está fresco! pensaban algunos alumnos de profesional, sobre todo aquellos que renunciando al sol en el levante se ubican en la umbría, asistida y agudizada ésta por las arquitecturas de las aulas y los talleres; sí, los sitios ahí en la entrada, en esa plaza rectangular y abierta y semicubierta donde  don Antonio un busto —escultura de escultor— preside.
Era viernes —decía— y concretamente el cuarto del mes y del año. Los alumnos peticionarios que no pedigüeños, continuaban la huelga. Habían más, ¡claro! hubo clase-convocatoria a primera hora. pero sobre las diez y media, cuando cierto éxodo ya se había producido, se anunciaba que Monseñor Tarancón, que estaba en Caudete, iba a venir.
—Y ¿quién es ese Tarrancón?, preguntaban algunos.
Tarrancón no, hombre: TARANCON, el que fue Presidente de la Conferencia Episcopal Española.
¡Ah!, un cura.
Sí, efectivamente. Un cura muy importante que ha vivido directamente y en primera fila tanto la transcripción política de nuestro país, como la transcripción del catolicismo. Sí, el que siempre luchó —y le costó horrores para que se adoptara en España lo acordado en el Concilio Vaticano II. Eran tiempos difíciles.
Y... ¿qué hace aquí?
Pues mira, ha venido a Caudete a dar unas charlas. Ayer jueves habló sobre «la familia en la sociedad actual» y esta noche, creo, que va a dar otra sobre «La libertad: un reto para la juventud actual» y también hablará el sábado sobre el Cristiano en la sociedad de hoy.
— Bueno... pero... ¿qué va a hacer aquí en Profesional?
—Creo que viene a dialogar con vosotros, con los jóvenes...

Efectivamente. No eran todavía las once y media cuando don Vicente Enrique y Tarancón, obispo, académico y joven de setenta y nueve años, llegaba al centro de F.P. acompañado del Párroco de Caudete, don Miguel. Descendiendo del coche, ahí estaba. Su indumentaria negra, agrandada por una capa del mismo color, contrastaba con la blancura del cabello y creo que también con su animado corazón. Profesores, alumnos y algún padre, el daban la Bienvenida.
Desde el primer instante fue irónico y se reía de los malos fumadores de rubio mientras encendía su fuerte tabaco negro o, en su defecto, la picadura liada artesanalmente por él en sus escasos ratos de ocio. Todo esto mientras visitaba algunas de las dependencias del Centro. En los talleres se le regaló un crucifijo de metal hecho allí, que parece ser que fue de su agrado. Después del breve recorrido atendió a los medio jornaleros de la SER, advirtiéndoles que muchas veces sin querer, los medios de comunicación social engañan a la gente; debido principalmente al querer «sacarle punta a las noticias para interesar, para que tengan garra delante de la gente, y entonces, muy fácilmente al querer sacar punta se desfigura, se deforma, se subraya un aspecto que no es el más interesante y esencial». En este sentido —decía Monseñor— se engaña al pueblo, sin querer, sin mala voluntad.
Con el mismo interés respondía también a las preguntas de los jóvenes de la Radio-Megafonía-Interna de F.P. Entre otras afirmaciones les manifestó que «es agradable estar en un Centro donde bulle la juventud porque la juventud tenéis siempre algo de simpatía que gusta estar con ella». No obstante, les dijo también «que ya hay bastante de pasotismo y que asuman su responsabilidad (...) es una exigencia de la sociedad, porque la sociedad y la Iglesia os necesita a los jóvenes y sin vosotros, ni la Iglesia ni la sociedad, tendrán aquella vibración y aquel dinamismo que es indispensable».
Cumplidas las exigencias informativas, don Vicente pasó al Salón de Actos que estaba luminoso y por fin ¡limpio! Allí, tras ser presentado por don Jesús Santamaría, director del Instituto de F.P., comenzó su diálogo con los jóvenes en los siguientes términos.
El obispo, hablando de sus contactos con los jóvenes, manifestó que los de ahora son distintos: «no es que seáis mejores ni peores, aunque es cierto que tenéis mala fama, vivís circunstancias distintas». Recalcó el importante cambio que había producido en todos los hombres y nuevas generaciones, la Segunda Guerra Mundial que supuso el derrumbamiento del mundo material y también de las personas.
Aludiendo al problema de la huelga de estudiantes les dijo: «creo que cosas que pedís son justas, creo yo sinceramente desde mi punto de vista. Otras quizá no tanto, porque el problema de la enseñanza, tal como está actualmente en España, creo que exigiría un enfoque, pero un enfoque decisivo, para formar personas; no para formar profesionales. Porque el ser profesional vendrá después de ser persona».
Continuó Tarancón hablando de la juventud, y por si surgía algún problema de entendimiento matizó: «Claro, yo me imagino que vosotros, jovencitos como sois, viendo aquí a un «carroza» eh, y ¡más que a un «carroza»! porque yo ya soy un «retablo» ¿no?, —primero es «carroza» después «retablo» ¿no?... —Porque claro yo tengo muchos años. Es verdad. Y entonces vosotros diréis: pero este viejo ¿puede entender nuestros problemas juveniles?... Y.… en teoría hay una dificultad. No cabe duda ninguna. En teoría es muy difícil que se encaje perfectamente vuestra psicología con la psicología de las personas mayores. Y es muy difícil porque hemos tenido otra formación y somos de épocas distintas.
¡En teoría! En la práctica, yo tengo ya bastante experiencia (...) no es tan difícil como parece. Siempre que haya un mínimo de buena voluntad por una parte y por otra, para no mantener diríamos disposturas extremosas, sino para buscar la luz y la orientación entre todos; que esto es lo que nos necesita».
Volvió a insistir en las dificultades de los jóvenes y les dijo: «la vida presenta para vosotros caracteres muy duros, aunque no sea más que el problema que me refería anteriormente que es el paro y el paro juvenil, y particularmente cuando es el momento de buscar el primer empleo, realmente la cosa no resulta excesivamente fácil y entonces ¿cómo ordenar y orientar la vida?» Expuso asimismo su preocupación por la escasa participación, prácticamente nula, de los jóvenes en la política propiamente dicha; y como sacerdote, obispo y cardenal no le dejaban de preocupar, por supuesto, los problemas de la juventud y la Iglesia, de la juventud y el Cristianismo. Recordó que los universitarios de Zaragoza le sugirieron en un Congreso, como tema la pregunta: ¿Tenemos espacio los jóvenes en la Iglesia? Al respecto reconoció que «nosotros, sobre todo en el aspecto religioso, habíamos creído siempre que el recogimiento, que el silencio, que la poca luz, que la modosidad, eran esenciales para entendernos con Dios. Y ahora resulta que van los jóvenes a la Iglesia y van con aquellas guitarras eléctricas que hacen un ruido atroz ¿no?... pero, además, que se mue-ven. No saben estar sin moverse y tienen que moverse por necesidad. parece que estén algunas veces descoyuntados de tanto como se mueven... y la gente un poco mayor...: ¡Caramba! qué falta de respeto. Y, sin embargo, no es; es otra manera de expresarse».
Terminado su preludio dio paso al diálogo diciendo: «estoy a vuestra disposición y claro, para contestar, para contestar también me vais a permitir, ya que estáis fumando algunos, que yo también fume mi pitillo. Porque discurro mejor cuando fumo mi pitillo...».
La primera pregunta le recordó la frase famosa de «Tarancón al Paredón» y gentilmente, y haciendo un detallado repaso del contexto histórico-político en el que nació dicho slogan, dijo que se debía a su gran empeño por «entrar en el camino que había señalado el Concilio Vaticano II», parece ser que algunos no estaban de acuerdo. «El aplicar —dijo— el Concilio Vaticano II a España suponía que el entorno socio-político y el Régimen, que se llamaba oficialmente católico, tenía menos justificación y validez (...) por lo tanto, la Iglesia no podía estar ligada al Régimen. ¡Claro! y esto a ellos no solamente les molestaba sino que les había de sentar pésimamente mal, por lo tanto, no es extraño que surgiese (la frase) desde donde surgió».
Ante la pregunta sobre los jóvenes y la Iglesia contestó con optimismo que «se está notando una vuelta de la juventud a la Iglesia y a la Institución, con aspecto crítico, lo cual es bueno y lo propio de la juventud, porque una juventud que no sea un poco crítica, no es tal juventud. Una juventud conformista está abjurando de su propia condición de joven que ve siempre cara al futuro y que nunca se puede contentar con añoranzas del pasado ni con el presente (...) Sois la generación del ruido». Al respecto de los problemas entre la juventud y la Iglesia matizó también que «la equivocación de vosotros jóvenes y de muchos que también tratan con jóvenes, es pensar que los líderes de los jóvenes han de ser jóvenes. Eso es una tontería; y en la historia de la humanidad nunca se ha conseguido así ¿por qué?... y la razón es obvia, de tipo psicológico, los jóvenes buscan en el líder lo que ellos no tienen: el conocimiento del mundo, la madurez, le fortaleza; lo que ellos no tienen. Entonces no puede ser un joven. Un joven tendrá «fans» como tienen los cantantes de ahora».
Otra pregunta hizo alusión a la polémica de sus escritos. El autor de «Recuerdos de juventud» y otras obras, se centró en sus periódicas colaboraciones en «Vida Nueva», señaló que en sus últimas cartas bajo el título «¿Miedo en la Iglesia?» mostraba su preocupación ante ese temor, producto de las circunstancias, que existe en algunos creyentes ya que, según él, «el miedo no es cristiano».
La última pregunta se interesó por la mujer dentro del catolicismo a lo que el cardenal respondió que es una cuestión que hay que resolver científicamente «porque veinte siglos de tradición en la Iglesia tienen mucha fuerza, es un lugar teológico. Si en veinte siglos se nos mostrara que la voluntad de Jesucristo era que tan sólo varones fuesen sacerdotes, no hay quien lo cambie. Ahora, si se demostrara, yo creo que es demostrable, que si no han sido más que varones es porque la mujer socialmente no tenía ninguna... entonces son razones coyuntura-les, son razones sociales, no son la voluntad de Jesucristo...».
Con este análisis, don Vicente Enrique y Tarancón terminaba el diálogo con los jóvenes de F.P. Eran algo más de la una y marchó rápidamente hacia Caudete...
Este viernes que parecía ser normal rompió la monotonía con la visita de don Vicente, incluso nos dio la impresión de tener menos frío, o al menos, ver más luz.
M. Marco y Radio-Megafónica F.P.
Fotos: Soli
EL FENÓMENO «TARANCÓN»
Sucedió en Biar y volvió a suceder en Caudete. La llegada del cardenal Vicente Enrique y Tarancón a Biar el 12 de mayo de 1986 sumió a la comunidad en una alegría adicional a la de la conmemoración del día de la Patrona, sintiendo muy conscientemente la presencia de una figura clave en la historia reciente de España. Igual que en Caudete los días 22, 23, 24 y 25 de enero de 1987. Las tres conferencias ofrecidas por el cardenal en la Casa de la Cultura la dejaron pequeña. Media hora antes del comienzo de las mismas el salón de actos era un hervidero.
Mariano Martínez, coadjutor de la parroquia de Santiago y profesor de religión en el Instituto de Formación Profesional «Navarro Santafé», con muy buen criterio, consideró oportuno invitar al cardenal a conocer las instalaciones y los habitantes del centro, en una jornada, la del viernes 23 de enero, realmente marcada por los conflictos estudiantiles en todo el país cuyo eco también llegaba a Villena.
El carisma del cardenal Tarancón es innegable. Su lucidez, a pesar de su edad, demuestra, como en el caso de nuestro paisano José María Soler García, que cuando el intelecto se desarrolla constantemente, la capacidad de raciocinio va casi más allá de las demás constantes vitales. Ha existido, en estos encuentros del cardenal con las gentes de acá, esa curiosidad mezclada con la admiración que se siente hacia los importantes por el pueblo. Pero este «importante» no ejerce de tal, y es en su sencillez y en su campechanía donde reside uno de sus grandes atractivos. Sencillez en el fondo y sencillez en la forma, como demostró Francisco Javier Esquembre cuando en un auditorio de cerca de mil personas se dirigió al cardenal de tú a tú, como hermano en Cristo.
La historia de la iglesia postconciliar española es en buena parte fruto de las concepciones de religiosos como el cardenal Tarancón, papable en su día, controvertido y polémico, excesivamente progre para algunos mientras él no oculta la estricta postura de la iglesia en temas como los del aborto y la sexualidad libre, «que nunca, nunca aprobará».
Carisma y personalidad de la que siquiera unas horas hemos podido saborear por estas tierras. Que se repita.
Antonio Sempere
Fotos Soli
Revista cedida por... Mateo Marco Amorós

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