1977 VILLENA A TRAVÉS DE LA CRÓNICA DE VICIANA

VILLENA a través de la Crónica de Viciana
por Sebastián García Martínez
Entre los historiadores valencianos de la Edad Moderna ocupa un lugar muy destacado Rafael Martín de Viciana (1502-1582), notario de Burriana y autor de una Crónica de Valencia en cuatro partes, que constituye la más importante obra en este campo con anterioridad a las Décadas de Gaspar Escolano (1610-1611). El libro primero, que comprendía desde los orígenes hasta la Reconquista, ha desaparecido totalmente. Los tres siguientes, que salieron a la luz entre 1564 y 1566, tratan respectivamente de la nobleza del País Valenciano, de la época comprendida entre Jaime I y Felipe II, y monográficamente — sobre las Germanías.
La preparación de la reimpresión facsimilar de los libros segundo, tercero y cuarto, por encargo del Departamento de Historia Moderna de la Universidad de Valencia (1), me ha permitido estudiar, con cierto detenimiento, el contenido de la Crónica y anotar las menciones relativas a Villena, que cubren un amplio espacio cronológico desde 1265 hasta 1560. Prescindiendo de la cuarta parte — cuyos datos sobre la participación villenense en la represión de las Germanías reservo (por razones de espacio) para otro momento — he intentado, en esta ocasión sistematizar aquellos pasajes de los libros segundo y tercero, concernientes a Villena. Puesto que hasta 1476 fue una villa de señorío, no extrañará que la inmensa mayoría de las referencias versen sobre los magnates que, con diversos títulos, la dominaron durante la Baja Edad Media: los Manuel, don Alfonso de Aragón, María de Castilla, don Enrique de Aragón, los Pacheco. Y, menos todavía, que — dada la óptica del autor ¬se incline decididamente, en algunos aspectos controvertidos, hacia interpretaciones favorables al Reino de Valencia y a la Corona de Aragón en detrimento de la perspectiva castellana. En todo caso las noticias y opiniones de Viciana — de diverso valor y alcance historiográfico — aportan a la problemática de Villena otro enfoque, discutible a veces, pero no carente de interés. Para contrastarlo me he valido principalmente de los documentados trabajos de José María Soler, a quien tanto debe la Historia villenense y a quien hay que recurrir siempre que se trate cualquier cuestión con ella relacionada.

EL INFANTE DON MANUEL DE CASTILLA,  SEÑOR DE VILLENA
El linaje manuelino, que poseyó Villena con distintos títulos — señor, duque, príncipe — durante más de un siglo (h. 1261-1366) no podía estar ausente de la Crónica de Viciana. Las referencias más numerosas del historiador valenciano versan sobre la época del infante don Manuel, hermano de Alfonso X el Sabio y primer señor de Villena. Es sabido que en 1265 Jaime 1 el Conquistador —suegro a un tiempo del rey y del infante de Castilla — recobró el reino de Murcia y el señorío de Villena (cuyos vasallos musulmanes se habían sublevado en 1261, instigados por los granadinos) para devolverlos magnánima y respectivamente a sus yernos Alfonso X y don Manuel. El cronista, tras narrar la recuperación de Murcia, escribe:
«Otrosí socorrió el rey don Jayme al Infante don Manuel de Castilla, y le recobró Villena, Elda y Petrer, que los Agarenos a la sazón le hauían tomado.
En esta jornada siruieron muy bien al nunca vencido rey don Jayme: la ciudad de Teruel, con mil cargas de trigo, dos mil cargas de ceuada, veynte mil carneros y dos mil vacas; don Ramón de Moncada y don Ramón de Cardona, con dos mil caualleros Catalanes; don Guillem de Rocafull de Montpoller y deudo de la Reyna doña María; Bernardo Vilanoua, cauallero Catalán; don Ramón de Rocamora, hijo del Señor de Rocamoura en Francia, descendiente de la casa real de Francia (...). De manera que bien tenemos entendido que el triumpho desta conquista se deue y es del siempre vencedor Rey don Jayme de Aragón: porque el rey don Alonso de Castilla, su hierno, Murcia y su tierra se le rindió y no arrojó lanca ni tiró espada para ganarla. Pero este victorioso rey. a los apercebidos y fortificados acometió y venció, y lo que ya estaua perdido a su costa recobró y reintegró a su hierno como hauemos dicho» (2).
Este texto, que aporta interesantes datos sobre la contribución catalana y aragonesa a la empresa, apunta, por otra parte, a la mitificación de don Jaime, habitual entre los historiadores de la Corona de Aragón. En esa línea el autor insiste en el indudable mérito militar del Conquistador; pero no alude a las motivaciones de la devolución fueran su generosidad o, más probablemente, el designio de entregar el reino de Murcia a don Manuel, que fracasó por manejos de Alfonso X (3). En todo caso, la «graciosa» donación de las tierras nuevamente expugnadas al rey y al infante de Castilla constituyó uno de los no escasos y más graves errores políticos de don Jaime, frustrándose así otra magnífica ocasión de ampliar en profundidad los límites meridionales de la Corona aragonesa.
En el testamento del Conquistador, firmado el 26 de agosto de 1272 — y que Martín de Viciana incluye traducido al castellano — hay dos menciones a su hija Constanza de Aragón, mujer del señor de Villena, relativas a la línea sucesoria y al legado correspondiente. Tras proceder a la nociva división de sus estados entre sus hijos legítimos don Pedro (reinos peninsulares) y don Jaime de Aragón (Mallorca y condados traspire-paicos) establece el monarca el orden de sucesión en los hijos varones de ambos infantes; en los descendientes de sus bastardos don Jaime de Jérica y don Pedro de Ayerbe; y, en su defecto, en los hijos de doña Violante (esposa de Alfonso X el Sabio), en los de doña Constanza y, por último, en los de doña Isabel de Aragón, reina de Francia (4). La marginación de la línea femenina, pospuesta a la ilegítima, tenía una clara intencionalidad política para prever cualquier contingencia que implicara injerencias castellanas o francesas. Por último, mientras que los bastardos obtuvieron algunos castillos y villas, los descendientes de las hijas de don Jaime hubieron de contentarse con los residuos de las dotes, según fórmula similar a la contenida en el caso de Constanza de Arazón:
«Mas que los hijos de doña Constança, hija nuestra, e del infante don Manuel, hermano del illustre rey de Castilla, e nietos nuestros, instituymos herederos en la recámara y otros bienes que dimos a su madre en tiempo de la celebración de su matrimonio. Y con ello queremos se tengan por contentos» (5).
Todavía en dos pasajes relativos a Elche, alude el cronista a don Manuel. Al describir esta villa, anota:
«También ay otro Monasterio de fray-les de la orden de la Merced, donde residen doze frayles. Este monesterio fundó el Infante de Castilla don Manuel, siendo Señor de Elig» (6).
Y más adelante:
«En Elig me mostraron sus priuilegios; y dellos vi que el Infante don Manuel, señor de Villena, con priuilegio dado en Murcia a dos de junio, año de mil dozientos y setenta y seys, hizo merced a Elig del agua de Villena» (7).
Esta concesión confirma el derecho prioritario de Elche a utilizar las aguas sobrantes de Villena, que mantuvo monopolísticamente desde 1270 (8) hasta 1386 (9), para abocar luego en una dilatada disputa entre los pueblos de la cuenca media y baja del Vinalopó (10).
LA EPOCA DE DON JUAN MANUEL
Del segundo matrimonio de don Manuel de Castilla con doña Beatriz de Saboya nació don Juan Manuel (1282-1348), hijo de infante, pero no infante él mismo, segundo señor y primer duque y príncipe de Villena, y una de las figuras capitales de la política peninsular del siglo XIV y de la literatura castellana medieval (11). Sobre su actividad sólo recoge el historiador valenciano esta escueta noticia:
«Don Joan, hijo del infante don Manuel, con priuilegio dado en Huete a ocho de Febrero, año de mil dozientos y ochenta y quatro, hizo merced a Elig del puerto de Santa Pola» (12).
Caso de no haber habido error de fechas por parte de Viciana, es evidente que no se puede atribuir la intencionalidad de la donación a don Juan Manuel, que entonces no habría cumplido dos años, sino a quien ejerciera la tutoría.
Aunque, como hemos indicado, es ésta la única alusión directa a don Juan Manuel, parece encajar también en la turbulenta etapa que protagonizó el ilustre magnate, parte del siguiente texto, relativo a Biar:
«La gente desta villa ha sido siempre bellicosa, según lo tenemos entendido de guando eran Agarenos, que no huuo castillo ni villa en este reyno que tantos días se defendiesse del Rey sin poder la entrar. Pues en las guerras de Castilla contra el Reyno de Valencia, siempre los de Biar ganaron honra en muchos rencuentros y correrías que hizieron contra los de Villena: y especialmente en vna jornada que los corrieron hasta encerrarlos en la ciudad, y les metieron fuego en sus casas: y por ende el rey don Pedro con priuilegio dado en Valencia a XI de Deziembre año MCCCI, dize que por quanto los vezinos de Biar hauían hecho gran-des gastos en la guerra contra Castilla, les haze merced y enfranquece para siempre del derecho de morabatí. Y con otro priuilegio dado en Valencia a XI de Henero, año MCCCXXXVII, el rey, considerando la mucha valor de los hombres de Biar: y los grandes gastos que hizieron en las guerras contra Castellanos, los enfranquecía del monedage para siempre» (13).
Independientemente del tufillo triunfalista que rezuman las frases precedentes (14) y del anacronismo de llamar ciudad a Villena en unos hechos situados en los siglos XIII y XIV (15), yerra el autor al atribuir el privilegio de 1301 (si no se trata de una errata) al rey don Pedro, pues en dicho año gobernaba la Corona de Aragón Jaime 11 (1291-1327). Sí que encaja, en cambio, el segundo privilegio en la época de Pedro IV el Ceremonioso (1366-87), aunque los mayores conflictos con Castilla fueron posteriores, contra Pedro I el Cruel (1350-69).
Lo curioso es que la única razzia individualizada de Biar contra Villena — fuego incluido—que el autor parece situar con anterioridad a 1301 (y por tanto durante los primeros años del señorío de don Juan Manuel) es quizá bastante posterior. En las respuestas despachadas por los oficiales de Villena en 1575 al cuestionario remitido por Felipe II, existe un fragmento con evidentes paralelismos respecto al texto de Viciana (16), fragmento que José María Soler sitúa en 1429 (17), esto es en tiempos del infante don Enrique de Aragón, tercer duque de Villena.
LA DECADENCIA DEL LINAJE MANUELINO
La muerte de don Juan Manuel implicó la decadencia de su extenso señorío feudal, sin que su hijo don Fernando Manuel de la Cerda y Lara (1348-50), que falleció posiblemente envenenado, y menos todavía su nieta doña Blanca Manuel (1350-60), que corrió igual suerte pese a ser una niña (18), pudieran enderezar la situación. Durante estos críticos años, que enmarcaron en Castilla el turbulento reinado de Pedro I el Cruel y la enconada guerra con Pedro IV de Aragón, hay que ubicar nuevas hazañas fronterizas, esta vez a cargo de Onteniente:
«Y porque hauemos dicho que la gente de Fontinent es valiente hallamos que en tiempo del rey don Pedro de Castilla los de Fontinent, defendieron muy bien la tierra y avn corrieron los enemigos, hasta encerrarlos en Vi-llena: y por esto el rey de Aragón les hizo muchas mercedes» (19).
Como puede observarse el historiador valenciano repite, aunque con mayor brevedad, la estructura del texto relativo a Biar (20), si bien ahora admite la existencia de acciones defensivas, que lógicamente debieron alternar con las ofensivas, tratándose de choques limítrofes.
La última mención al linaje de los Manuel es una corta (y errónea) anotación a propósito de Enrique II de Castilla:
«Don Enrique casó con doña Juana, hija del infante don Manuel de la Cerda» (21).
Esta doña Juana Manuel de la Cerda y Lara (que efectivamente casó con Enrique de Trastámara en 1350) no era hija de quien dice el cronista, sino de don Juan Manuel y de doña Blanca de la Cerda y Lara y, al morir su sobrina (doña Blanca Manuel) pasó a ser quinta señora de Villena (1360-66), como hermana de don Fernando Manuel de la Cerda y Lara. De esta manera, cuando Enrique se convirtió en rey de Castilla — tras la tragedia de Montiel — su esposa aportó a la corona el enorme patrimonio de los estados manuelinos (22).
DON ALFONSO DE ARAGON, PRIMER MARQUES DE VILLENA
Enrique el de las Mercedes, haciendo honor al apelativo, donó (previo consentimiento de su esposa) el señorío de Villena, con el título de marquesado, a uno de sus más fervientes partidarios en la lucha fratricida con Pedro el Cruel don Alfonso de Aragón, hijo del infante don Pedro y nieto del rey Jaime II, conde de Ribagorza y Denia, y más tarde Condestable de Castilla y duque de Gandía. La donación, confirmada en las Cortes de Burgos (1366), establecía el primer marquesado que existió en tierras castellanas (23). Desde esta fecha hasta 1445 — cuando Juan II otorgó el título a don Juan Pacheco—transcurre otra etapa bien definida en la historia del señorío villenense, que encontró algún reflejo en la Crónica de Rafael Martín de Viciana. Así, al describir la batalla de Nájera (1367), donde fue derrotado Enrique de Trastámara, enumera entre los nobles que fueron aprisionados — al «Conde de Denia y Marqués de Villena» (24).
Poco después, al referirse a Pedro IV    Aragón, cita al «Conde de Pradas, hermano del Marqués de Villena» entre los miembros del consejo real partidarios de un entendimiento con Enrique II (25), cosa bien lógica por otra parte.
La mención más extensa sobre don Alfonso viene contenida en las páginas dedicadas al ducado de Gandía:
«Este título de Duque tomó su principio a XIII de Abril año de MCCCLXXXIX, que el rey don Martín de Aragón se coronó en Caragoça e dio título de Duque de Candía a don Alonso de Aragón que ya era marqués de Villena y Conde de Ribagorça; y por más honrarle después el rey le besó y le puso en la cabeca vn chapeo guarnescido de muschas piedras preciosas. Este Duque de Candía a X de Ebrero año de MCCCCXIIII, coronándose en la yglesia de Caragoça el rey don Fernando, armó cauallero al rey, porque _el rey se lo mandó por la dignidad, sangre y estados que tenía» (26).
Este fragmento, bien expresivo de la prepotencia de don Alfonso en el ámbito aragonés y del aprecio que se granjeó por parte de Martín I y de Fernando de Antequera, contiene sin embargo una equivocación: en 1399, al ser creado duque de Gandía, hacía cuatro años que había sido desposeído del marquesado de Villena. En efecto, la privilegiadísima posición que gozó en Castilla en vida de Enrique II, no sobrevivió mucho tiempo a su protector, fallecido en 1379. So pretexto de que no había ocupado uno de los puestos de tutor de Enrique III, fue despojado de la dignidad de Condestable de Castilla (1390) y luego, concluida la minoría, el propio monarca le arrebató, con motivos especiosos, los estados villenenses, ya anexados a la corona de 1395. De esta manera se conjuraba el peligro que para Castilla suponía la posesión del extenso y estratégico marquesado de Villena en manos de un noble aragonés, señor de Ribagorza y Denia, futuro duque de Gandía y además de sangre real (27). No en balde, don Alfonso habría de ser uno de los candidatos a la sucesión de Martín I, como recoge Viciana (28), si bien los compromisarios de Caspe se inclinaron por Fernando de Antequera, quien guardó a su anciano rival las consideraciones descritas.
El despojo impidió que el marquesado de Villena fuera heredado por sus hijos, don Alfonso y don Pedro de Aragón y Arenós (muerto éste en Aljubarrota) y por su nieto don Enrique de Villena, el «Astrólogo» (1384-1433), figura señera de la literatura y de la ciencia hispánicas del siglo XV (29). Sin embargo, cuando el autor anota las fechas en que fueron elegidas abadesas del monasterio de Santa Clara en Játiva, aún escribe:
«A XVII de Julio, año MCCCCXIX, doña Yolante de Aragón, hija de don Pedro de Aragón, Marqués de Villena» (30).
Ahora bien, tampoco don Enrique de Villena, hijo de don Pedro, consiguió que se reconocieran sus derechos al título, por más que pleiteara en este sentido (30-bis).
MARIA DE CASTILLA, SEGUNDA DUQUESA DE VILLENA
Al fallecer Enrique III en 1406, su viuda Catalina de Lancaster convino con el otro regente de Castilla durante la minoría de Juan II — Fernando de Antequera — el matrimonio de sus respectivos hijos, los infantes María y Alfonso, «dotándose, a nombre del Rey niño, con las tierras del Marquesado, pero con título de Ducado» (31). En consecuencia María de Castilla se convirtió, desde fines de 1409, en la segunda duquesa de Villena. La sentencia de Caspe alteró notoriamente este panorama, pues el infante don Alfonso, duque-consorte de Villena, sería pronto jurado heredero de la Corona de Aragón, que llegaría a regir efectivamente como Alfonso V en 1416. El historiador valenciano alude a la boda, al hablar del Magnánimo:
«Fue casado con doña María, hija del rey don Enrique de Castilla, con dote de dozientas mil doblas de oro castellanas» (32).
Pero conviene indicar que esta fuerte suma fue aportada a cambio de que los estados villenenses fueran reintegrados a la Corona de Castilla (33), puesto que su mantenimiento en manos no castellanas (y más en poder del rey de Aragón) significaría una grave amenaza para la estabilidad de aquélla.
EL INFANTE DON ENRIQUE DE ARAGON, TERCER DUQUE DE VILLENA
Ello se puso de relieve en 1420 cuando otro de los hijos de Fernando de Antequera — el infante don Enrique de Aragón — comprometido en las banderías que convulsionaron la Castilla de Juan II, unió a sus títulos catalanes (condado de Ampurias) y castellanos (el maestrazgo de la orden de Santiago (34), el condado de Alburquerque y el señorío de*Ledesma) las tierras del marquesado villenense, que reclamó como dote de su esposa la infanta Catalina. Sobre este turbulento infante, emparentado con las Casas reales de ambas coronas (hermano de Alfonso V el Magnánimo y de Juan II de Aragón y Navarra, cuñado y primo de Juan II de Castilla) inserta Viciana un extenso pasaje (35). que inicia hablando de la descendencia de Fernando de Antequera:
«Don Henrique. tercero génito, fue Maestre de Sanctiago. Duque de Alburquerque (36). Conde de Lesma (37). señor de las siete villas del Marquesado de Villena (...). El dicho don Henrique presidió en el maestrazgo XXXI año: y casóse con su prima doña Catherina. Infanta, hija de don Joan segundo, Rey de Castilla, nombrada la hermosa y de ruuios cabellos: concluyeron el matrimonio a XII de Julio, año MCCCCXX. Y luego entre el rey y su cuñado nascieron algunos enojos, por ciertos respectos y especialmente porque el Infante pretendía hauer con la dote de su muger el Marquesado de Villena y otras tierras (38). Y no faltaron émulos y reboluedores, que procuraron con el Rey que mandasse prender al Maestre su cuñado. Y de hecho a XIIII de Junio, año MCCCCXXII fue preso y encastillado en el castillo de Mora de Castilla. Y guando la Infanta, que estaua en Ocaña, supo la prisión de su marido: partió luego para la villa de Segura: y de allí se vino a esta ciudad de Valencia, donde por los Valencianos fue bien rescebida, seruida, y con dineros socorrida para su necessidad: y con cartas auisó a los Reyes sus cuñados, pues no tenía otro mejor arrimo. Fue detenido el Infante en el castillo hasta diez de Octubre, año de MCCCCXXV y estuuiera algo y mucho más tiempo, si no fuera que los Reyes con guerras crueles apretaron tanto al Rey de Castilla, que por fuerza huuo de poner en libertad al infante: y entonces cessaron las guerras (39). Fue este infante de los más osados, valientes y diestros caualleros que en sus días se hallaron: y assí hizo dos entradas contra infieles en el reyno de Granada, año de MCCCCXXVIII y año MCCCCXXVIIII que arruynó muchos lugares (40) que dende los Agarenos no le osauan esperar. Casó segunda vez con doña Beatriz, hija de don Rodrigo Alonso Pimentel, Conde de Benauente, de quien procedió a XI de Junio año MCCCCXXV don Henrique: y el padre murió en Calatayud a XV de Nouiembre del mismo año de vna herida que tuuo en la mano en la batalla de Olmedo: y la infanta murió año de MDLV» (41).
Este texto, aparte de alguna imprecisión (la infanta Catalina no era hija sino hermana de Juan II) constituye una clara apología del personaje. cuyas cualidades son explicitadas (42), mientras que los aspectos negativos son hábilmente tergiversados o escamoteados, en especial su actuación en Castilla, de la cual fue don Enrique uno de los más eficaces «reboluedores», en unión de sus otros hermanos, don Pedro y don Sancho — los «Infantes de Aragón» — de las coplas manriqueñas.
En efecto, omite el cronista que en 1420 don Enrique de Aragón «se apoderó en Tordesillas de la persona del Rey so pretexto de defenderlo contra la turba de vasallos que lo dominaban. En estas circunstancias, consiguió desposarse con la infanta doña Catalina, hermana del Rey, y que se le entregara en dote el antiguo Marquesado de Villena, elevado a la categoría ducal, como ya lo había poseído su cuñada doña María antes de su matrimonio con el Rey de Aragón» (43). Así pues, no hacían falta «émulos» para avivar los «enojos» de Juan II, que provocarían el merecido encastillamiento del inquieto prócer. Las tierras villenenses que el autor presenta como pretensión del infante (al que sólo titula «señor de las siete villas del Marquesado de Villena») fueron exigidas como dote de la rubia Catalina y poseídas realmente por don Enrique de Aragón en calidad de tercer duque de Villena (44). Más tarde sería despojado del ducado, que revertiría a la Corona, así como de casi todos sus títulos castellanos (45).
Por lo demás otros pasajes de la Crónica inciden sobre la liberación, títulos valenciano y descendencia de don Enrique. En el primer aspecto figuran las recompensas obtenidas por Gabriel de Azagra (46) y don Ramón de Perillós (47), entre otros motivos por su intervención a favor del infante. Por otra parte — y quizá para compensar la pérdida de influencia en Castilla (que le había dejado prácticamente reducido al condado de Ampurias) — recibió de su hermano el Magnánimo la ciudad de Segorbe; las baronías de Paterna y Navajas; los castillos y valles de Uxó y Suera; el castillo y sierra de Eslida; los castillos y villas de Benaguacil y Puebla; los castillos de Castro y Villahalit; y los lugares de Xeldo, Fanzara y otros:
«Todos estos estados dio el Rey don Alonso al Infante don Henrique su hermano y a sus descendientes, con toda jurisdicción alta y baxa, mero y mixto imperio, según paresce por dos priuilegios hechos, el vno, año MCCCCXXV. Y el otro MCCCCXXXVIII» (48).
Viciana no podía, por último obviar el conflictivo tema que agrió las relaciones entre Villena y el Reino de Valencia durante varios siglos: la disputa con Caudete por la zona de los Alhorines. En el libro tercero, al tratar de esta villa, escribe lo siguiente:
«Capdet dista de Valencia XVII leguas y su término es contornado de Biar, Fuente de la Higuera, Fontinent y Castilla, aun que Villena le tiene vsurpada vna manga de término, y pone a Capdet y su término dentro en Castilla: lo que no se ha de creer que el reyno de Valencia tenga vna villa ayslada dentro en Castilla. Y esto que pretende Vi-llena, procede de guando Capdet fue arruynado por las guerras, y no hauía quién sus derechos defendiesse, Villena se enseñoreó y aproprió para sí toda aquella manga de tierra. Y pues los de Capdet fueron pocos con poco campo de labrana se sustentauan. En este medio los de Villena entrauan harando por los campos de Bugarra, cogiendo los panes y aplicándose los campos: y en este passaron muchos años hasta que los de Capdet crescieron en número y poder: y quisieron cobrar todo su término y hechar dél a los de Villena. Entonces los de Villena por su pretendida possessión firmaron de derecho, por lo qual anda el pleyto y dura hasta agora» (62).
Este texto no es sino un conglomerado de errores, inexactitudes y vaguedades. En manera alguna convencen la argumentación del enclave y la inconcreción en cuanto a la agresión viIlenense — como ha señalado José María Soler (63) — ni la pretendida indefensión de Caudete, villa que contó con el apoyo, dentro y fuera de Cortes, del Reino de Valencia (64) y con la entusiasta colaboración — incluso en el recurso a la violencia — de Onteniente, Biar y Fuente la Higuera, entre otros lugares del País Valenciano. Pero sobre todo no cabe hablar de «usurpación», porque los Alhorines nunca fueron de Caudete como ha demostrado cumplidamente Soler en un espléndido y reciente trabajo (65). Viciana, en suma, muy lejos de los hechos originarios, repite los tópicos habituales y se hace eco — como es lógico — del interesado punto de vista valenciano ante el complejo problema, que seguiría debatiéndose todavía durante muchos años.
NOTAS
(1) VICIANA, Martín de: Chrónyca de la ínclita y coronada ciudad de Valencia y de su reyno. Reimpresión facsímil de las ediciones de Valencia (1564 y 1566) y Barcelona (1566), estudio preliminar e índices por S. García Martínez. Valencia, 1972-77, 4 vols.
(2) Ibid, III, 340.
(3) SOLER GARCIA. J. M.: La relación de Villena de 1575. Edición comentada y Apéndice documental. Alicante, 1974, 2.a edición, 88 y 89.
(4) VICIANA, III, 77.
(5) Ibid, 78.
(6) VICIANA, II, 101.
(7) Ibid, 102.
(8) Cuando el mismo don Manuel permitió a los pobladores de Elche llevar el agua de Villena y permitió ayudarles con la mitad de su coste (SOLER GARCIA, J. M., op. cit. 173).
(9) Fecha en que el marqués de Villena, don Alfonso de Aragón, otorgó las sobrantes a Elda (Ibid., Doc XXVI, 264 y 265).
(10) GARCIA MARTINEZ, S.: «Evolución agraria de Villena hasta fines del siglo XIX». Saitabi, XIV (1964), 186 y ss. y «La cuestión de aguas 1908-1913». Villena, XVI (1966).
(11) SOLER GARCIA, J. M., op. cit., 91-94.
(12) VICIANA, II, 102.
(13) Ibid, III, 366.
(14) En especial el inefable siempre aplicado a «muchos reencuentros» de lo que cabe desconfiar a priori, en virtud del carácter peculiar de las correrías fronterizas.
Estas tierras integrarían el señorío de Segorbe que heredó, con el título de duque, su hijo don Enrique de Aragón y de Sicilia. conocido como el Infante Fortuna (49) y luego su nieto don Alfonso de Aragón. que acrecentó enormemente su patrimonio al casarse con la duquesa heredera de Cardona (50).
LOS PACHECO, MARQUESES DE VILLENA
El 12 de septiembre de 1445 Juan II de Castilla hizo marqués de Villena a don Juan Pacheco, Mayordomo Mayor de su hijo el infante don Enrique de Castilla. Con esta merced, el rey premiaba la destacada actuación de aquél en la batalla de Olmedo, en la que fueron derrotados Juan II de Aragón y Navarra y su hermano el infante don Enrique de Aragón, exduque de Villena; pero sobre todo cedía a los ruegos de su hijo, cuya voluntad había sido ya captada por Pacheco. Desde entonces y hasta la rebelión de los vasallos en 1476 transcurre el último período de la historia del señorío villenense, al que Martín de Viciana no presta tanta atención como a los precedentes, sin duda por su menor relación con la problemática de la Corona aragonesa. Acerca de don Juan Pacheco, segundo marqués de Villena y privado de Enrique IV, sólo incluye una breve alusión al relacionar los maestres de la Orden de Santiago:
«Don Juan Pacheco fue electo maestre por el prior del convento de Uclés y por los trezes. Y confirmado por Papa Sixto quarto; presidió seys años y murió» (51).
El plazo que señala Viciana fue más amplio, puesto que don Juan fue investido con el maestrazgo en 1467 — fecha en la que cedió el marquesado de Villena a su hijo don Diego — y falleció el 4 de octubre de 1474 (52). Al controlar la primera de las órdenes militares castellanas, cumplía Pacheco una de sus mayores ambiciones, conseguida tras no pocas intrigas (53).
Asimismo sintética, y sobre la misma cuestión, es la referencia a don Diego López Pacheco, tercer marqués de Villena y último con dominio efectivo sobre todas las tierras que integraron el señorío:
«El marqués de Villena, hijo de don Juan Pacheco, fue electo maestre y murió antes de hauer la confirmación del Papa» (54).
La designación de don Diego, enormemente conflictiva (55), fue inoperante debido a la oposición de los Reyes Católicos (56). En efecto, el marqués se vio envuelto, como tutor de doña Juana la Beltraneja, en el conflicto sucesorio planteado a la muerte de Enrique IV de Castilla. Los vecinos de Villena y de otros lugares del marquesado, azuzados por Isabel y Fernando, se alzaron en 1476 contra su señor y consiguieron sacudir el yugo feudal (57). En estas circunstancias don Diego perdió buena parte de sus posesiones patrimoniales, que pasaron a la corona, y por supuesto el maestrazgo de Santiago, absorbido finalmente por los monarcas, al igual que los maestrazgos de las otras órdenes militares. Unas alusiones marginales a la hija de don Juan Pacheco (58) y a los descendientes de don Diego (59) — que conservaron el título aunque no las tierras de Villena — completan las relativas a esta familia que trae la Crónica de Martín de Viciana.
OTRAS REFERENCIAS A VILLENA
En la segunda parte de la obra, marcada por una fuerte impronta genealógica, se contiene, junto a varias menciones de tipo incidental (60), otra de mayor entidad, dedicada al linaje Tárrega, contemporáneo del autor:
«De la Familia de Tárrega.
Mossén Gaspar de Tárrega y su hermano Bernardo, Miguel luan de Tárrega, Alcayde de Villena, son Hidalgos y tienen probada su generosidad con sentencia dada del Juez Ordinario desta Ciudad, en el año de 1560. Su Solar conocido en Villafranca de Panadés en Cathaluña, de donde vino Gaspar de Tárrega a servir al Rey Cathólico en la jornada de Villena; al qual el Rey dio en Tenencia los Castillos de Villena y Almansa, y donde sus hijos y nietos han tenido la dicha Tenencia.
Las Armas desta Familia son vn Escudo en el tercio de la cabeza, campo de oro, media Aguila de sable con dos cabezas, y en los dos tercios baxos tres Ramos de Taray, árbol de sinoble con fruto de Gules, y vna venda que ata los troncos de los tres ramos, y por timbre vn yelmo cerrado». (61).
(15) El título de ciudad fue otorgado a la villa de Villena por Carlos I el 25 de febrero de 1525 (SOLER GARCIA, J. M., op. cit., Doc CXXX, 506-508).
(16) «En la ciudad de Villena, en tiempo que Castilla tenía guera con el reyno de Valencia, muy gran copia de gente del reyno de Valencia, vinieron contra esta ciudad Villena y entraron por sus arravales quemándolos, y entraran de hecho dentro de lo cercado de la ciudad si no cerraran las puertas con una puerta levadiza que estava pendiente en maromas, que dexándola, cerró e atajó la entrada; y en las armas que contra ellos se hizieron mataron alguna gente y entre otros mataron dos honbres principales e nobles que se dezían los Mellinas, en cuya memoria, en la parte do acaesció su muerte se puso una cruz grande de piedra» (Ibid., 37).
(17) Ibid., 143.
(18) Ibid., 94 y 95.
(19) VICIANA, lll, 360 y 361.
(20) Elogio (más moderado) de la valentía; escaramuzas defensivas y ofensivas (ésta casi con los mismos términos, pero excluyendo el fuego); y mercedes reales (sin concretar cuáles ni por quién).
(21) VICIANA, III, 173.
(22) SOLER GARCIA, J. M., op. cit., 95 y 96.
(23) Ibid, 97.
(24) VICIANA, III, 24. Por cierto que. para liberarse, tuvo que dejar en rehenes de los ingleses a sus dos hijos don Alfonso y don Pedro (SOLER GARCIA. J. M., op. cit., 97).
(25) VICIANA, III, 30.
(26) Ibid, II, 25.
(27) «Pues no veían con buenos ojos que un territorio tan importante y frontero de Aragón se hallase en manos de un descendiente de los monarcas de este reino» (SOLER GARCIA, J. M., op. cit., 98).
(28) VICIANA, III, 141.
(29) SOLER GARCIA, J. M.: Villena. Prehistoria-Historia-Monumentos. Alicante, 1976, 93-95 y 110.
(30) VICIANA, III, 334. Quizá el fundamento de esta atribución resida en que don Alfonso «había cedido el señorío a su segundo hijo, D. Pedro, reteniendo el usufructo durante su vida», aunque en 1395 «el Rey se dirige ya a Villena, llamándola su villa» (SOLER GARCIA, J. M.: La relación..., 98).
(30 bis) Sobre otra de sus pretensiones (el maestrazgo de Calatrava) tuvo mejor fortuna. Viciana, al tratar de los mandatarios de esta orden, anota en el lugar vigésimo: «Don Enrique, nieto del rey don Enrique, presidió diez años» (III, 159). Estos diez años son los comprendidos entre 1404 y 1414, en que el Capítulo de la Orden declaró nula una elección debida al favoritismo del Monarca (COTARELO, Emilio: «Don Enrique de Villena», Madrid, 1896, 29-32).
(31) Ibid., 99.
(32) VICIANA, III, 146
(33) SOLER GARCIA, J. M.: La relación..., 100.
(34) El 10 de febrero de 1414, Fernando I, tras coronarse rey de Aragón en Zaragoza, armó caballeros a sus cinco hijos, otorgándoles diversos títulos, de los cuales correspondió a don Enrique el de maestre de Santiago (VICIANA, III, 145).
(35) Ibid., II, 70 y 71. La rareza de este Libro segundo de la Chronyca de la ínclita y coronada ciudad de Valencia y  de sv reyno, del que sólo pudimos disponer de un ejemplar incompleto (114 páginas), nos forzó a completarlo en nuestra edición facsimilar con las páginas 115 a 169 procedentes de una de las reimpresiones. En ellas el autor vuelve a tratar de la familia Aragón (p. 115 a 118) introduciendo algunas variantes y modificaciones, de las cuales anotaremos las más significativas.
(36) Aunque Viciana escribe, en ambas variantes, «duque de Alburquerque» (título que ya existía en su época) se trata de un anacronismo, pues en tiempos de don Enrique era sólo condado (Cfr. nota 44).
(37) «Conde de Lerma» (VICIANA, II, 115). Las dos variantes son erróneas por erratas de imprenta («Lesma» y «Lerma» en vez de «Ledesma») y también por equivocación del autor («Conde» por «Señor»). El título correcto era, pues, «señor de Ledesma» (Cfr. nota 44).
(38) «Y luego entre el Rey y su cuñado nacieron algunos enojos de interesses, porque el Infante pretendía haver, con la Adote de su Muger, el Marquesado de Villena y
otras Tierras. Y como esto es publicasse, y el Rey Don luan quería abonar su parte, escrivió ciertas cartas a vn Cavallero de la Casa de Moncayo en Aragón, para que aquello tratasse con los hermanos del Infante, según dichas cartas tratamos extensamente en el Libro de Nobleza e Hidalguía, en el «Título de Moncayo. Empero, no faltaron émulos, que procuraron con el Rey (...) (VICIANA, II, 116).
(39) «Estuvo el Infante preso hasta 10 de Octubre de 1424 y estuviera mucho más, sino fuera por la muy cruel guerra que los Reyes hizieron en Castilla; y assí el Rey de Castilla puso en libertad al Infante y las guerras cessaron» (Ibid.). Puesto que don Enrique permaneció en prisión dos años, la fecha correcta de su liberación fue la de 1424 y no la de 1425, como aparece en la primera variante.
(40) «...y arruynó muchos Lugares, en los quales tomó más de quinientos Agarenos; a todos los quales mandó cortar las orejas y libertelos, de que todos los de la tierra de Granada quedaron amedrentados, que en oír el nombre del Infante, no le ossavan esperar» (Ibir).
(41) «...y la Infanta murió año de 1455» (Ibid). Evidentemente ésta es la fecha verdadera y no la de 1555, que por errata aparece en la primera versión.
(42) En la breve reseña que Viciana hace de los maestres de Santiago en la tercera parte de su Crónica, repite asimismo, aunque más condensadamente, los elogios: «Don Enrique, infante e hijo del rey don Fernando de Aragón, presidió 31 año, fue muy valeroso y esforçado, hizo dos entradas en tierras de Granada contra infieles, donde ganó gran prez y honrosa fama» (III, 168).
(43) SOLER GARCIA, J. M.: La relación..., 100.
(44) En un documento de 20 de enero de 1421, exhumado por José María Soler, se intitula así: «Don Enrrique, infante de Aragón et de Secilia, duque de Villena, conde de Alburquerque, sennor de Ledesma, conde de Anpurias, por la gracia de Dios Maestre de la Orden de la Cavallería de Santiago (...)». (Ibid Doc. XLVII, 303).
(45) «Después de la batalla de Olmedo, en que D. Enrique fue vencido, recibiendo heridas que fueron la causa de su muerte, le fue confiscado el Ducado, del que ya había sido privado en vida de la Infanta su esposa, a quien, en compensación de su dote, se le habían dado las ciudades de Alcaraz y Trujillo y algunas aldeas de Guadalajara, con la suma de doscientos mil florines (...). Muerto D. Enrique en Calatayud el año 1445, el rey D. Juan II dispuso de la mayor parte de sus bienes, que repartió entre sus más fieles servidores (Ibid)., 100 y 101.
(46) Este caballero valenciano, camarero mayor de María de Castilla (reina de Aragón y — como hemos indicado exduquesa de Villena), recibió de Alfonso V «cient onças de oro de renta en la ysla de Sicilia», según privilegio firmado en Teruel el 16 de febrero de 1428 «en satisfacción de los seruicios que le hauía hecho en las guerras del cerco y presa del castillo de Bonifacio en Córcega: y en Nápoles: y en la liberación de la persona del Infante don Henrique: con effusión de sangre de su persona: y gastos de su propia hazienda» (VICIANA, II, 50).
(47) A quien el Magnánimo, por privilegio despachado en Barcelona el 15 de septiembre de 1431, hizo merced de los castillos y baronías de Seta y Travadell, en el Reino de Valencia «por lo que hauía seruido al rey don Joan de Nauarra, su hermano y a los Infantes don Enrique y don Pedro también sus hermanos: y en las guerras de Serdeña, Córsega, Sicilia y Apulla, y en las dos entradas que hizo con gente de guerra en Castilla. La vna por causa de la prisión del Infante don Enrique, al qual el rey de Castilla injustamente detenía preso. Y la segunda: porque el mesmo rey de Castilla le, nouira guerra procurando de entrar en los reynos de Aragón y de Valencia (...) (Ibid) III, 31).
(48) Ibid., II, 71, 72, 117 y 118.
(49) «Alguno me podría interrogar — explica el cronista — qué fue la causa que don Enrique se nombrasse infante no siéndolo, sino hijo de infante. Es para esto mi respuesta: que estando el rey don Juan de Aragón biuo e con sólo vn hijo fuéle preguntado por los grandes que pues no tenía hijo segundo ¿quién ternían por infante de Aragón?
Entonces el rey don Juan llamó a don Enrique, hijo del infante don Enrique su hermano: e dixo respondiendo a los grandes:
Este es e terneys por infante de Aragón» (III, 174).
(50) Que aportó — como dote — el ducado de Cardona, el marquesado de Pallás, el condado de Prades, el vizcondado de Vilamur, la baronía Dentenza y el título de gran condestable de Aragón. «De manera que ajustados todos los estados deste señor — concluye Martín de Viciana — hallamos que tiene más Castillos, villas y lugares, que otro señor de la corona de Aragón: y que le rentan poco más de quarenta mil ducados de ordinario, sin muchos otros aprovechamientos y mercedes que tiene de los Reyes» (II, 70 y 72).
(51) Ibid, III, 169.
(52) SOLER GARCIA. J. M.: La relación..., 102.
(53) Indica Viciana que don Beltrán de la Cueva y el infante don Alfonso de Castilla, antecesores del marqués de Villena en el maestrazgo de Santiago, renunciaron a ruegos de Enrique IV (Cfr. nota (51). El cerebro de las sucesivas renuncias y último beneficiario de las mismas fue, naturalmente, Pacheco (CANDEL, J.: «Continuación de los apuntes para la historia del segundo Marquesado de Villena». Villena, VIII (1958).
(54) Cfr. nota 51.
(55) Al fallecer don Juan Pacheco, su hijo reclamó el maestrazgo de Santiago y Enrique IV se lo concedió sin previa consulta. El capítulo de la orden se dividió: parte del mismo, reunido en Uclés, eligió maestre al conde de Paredes, mientras que otros caballeros, reunidos en San Marcos de León, designaron a don Alonso de Cárdenas. La prisión de don Diego por el conde de Osorno y sobre todo la muerte del rey el 12 de diciembre de 1474 auguraban ya la frustración del ambicioso designio del marqués. (CANDEL, J.: «Continuación...» Villena, IX (1959).
(56) SOLER GARCIA, J. M.: Villena..., 112. Una de las condiciones exigidas por don Diego para someterse a los Reyes Católicos fue su reconocimiento como gran maestre de Santiago. (CANDEL, J.: «Continuación...» Villena, X (1960).
(57) TORRES FONTES, J.: «La conquista del Marquesado de Villena en el reinado de los Reyes Católicos». Hispania, XIII, núm. 50 (1953).
(58) Al tratar del duque de Maqueda «don Diego de Cárdenes, Adelantado Mayor de Granada que fue casado con doña Mencía, hija de don Joan Pacheco, Marqués de Villena y Maestre de Santiago, de quien procedió don BeMaldino de Cárdenes, Duque de Maqueda y primero Marqués de Elig: al qual el Emperador, por Marco año de mil quinientos y veynte, en Bañiessa lugar del reyno de León, dio título de Marqués de Elig (...) (VICIANA, II, 100).
(59) Entre los nobles castellanos que juraron a Carlos I en las Cortes de Valladolid de 1518, cita el historiador valenciano al marqués de Villena (III, 195). Por último, al enumerar los caballeros que acudieron a Cartagena en 1563, con el fin de acudir al socorro de la fortaleza de Mersel-Kebir, atacada por turcos y argelinos, nombra Viciana a «don Joan, hermano del Marqués de Villena» (III, 284).
(60) Como las relativas a límites de la baronía de Elda (III, 104) y a una rama de la familia Arrufat. Miguel de Arrufat, que se distinguió en el cerco de Sagunto cuando la Unión (1365), tuvo dos hijos. Uno de ellos. Pedro «assentó su casa en la villa de Fontinet, de quien sus hijos y nietos se derramaron por Villena y Biar» (Ibid., 68).
(61) Ibid, 159.
(62) Ibid., 367 y 368.
(63) «Que el reino de Valencia tuviera una villa aislada dentro de Castilla no debía extrañarle tanto al cronista valenciano. Le bastaba con recordar el caso de Ademuz, por no citar sino un ejemplo valenciano entre los muchos «enclaves» aún subsistentes en la geografía española: Treviño, Petilla, Llivia, Anchuras, etc. Por otra parte, debería haber precisado y justificado cuándo Villena se enseñoreó de aquella manga de tierra que no le pertenecía y qué guerras fueron las que arruinaron a Caudete» (SOLER GARCIA, J. M.: «Aportación al estudio del pleito de los Alhorines». Primer Congreso de Historia del País Valenciano, vol. III (Edad Moderna), Valencia, 1976, 28).
(64) Cuyos brazos se ocuparon del asunto en las Cortes de Monzón (1537, 1585, 1626) y Valencia (1604), así como en numerosas ocasiones sin estar reunidos en Cortes (GARCIA MARTINEZ, S.: «Intervención del Reino de Valencia en la disputa secular entre Villena y Caudete por los Alhorines. Aportación documental». Villena, XVIII (1968). Para no desarbolar el mito de la indefensión caudetana, silencia Rafael Martín de Viciana la actuación de los estamentos en pro de Caudete, villa de realengo con voto en Cortes (y por tanto con amplias posibilidades para ser escuchada y apoyada), pese a que él mismo no podía ignorar esta situación. «Por que soy testigo de vista — anota en la tercera parte — y he sido Síndico en tres Cortes por villas reales, me ha parescido escrivir algo del assiento de la corte, el qual es assí (...)» (III, 202). En efecto Víciana participó activamente como procurador por Burriana del brazo real — en las cortes de 1542 y 1547 (GARCIA CARCEL, R.: Cortes del reinado de Carlos I. Valencia, 1972, 170 y 224), inmediatas a las de 1537, que registraron la primera intervención del Reino de Valencia, a ese nivel, en favor de Caudete.
(65)    Op. cit. en la nota 63, p. 11-46.
Extraído de la Revista Villena de 1977

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