1987 SEMANARIO "EL BORDOÑO" 1908

NOTA INTRODUCTORIA.
Alfonso Arenas Marín, nació en Villena en 1887, ahora hace un siglo, y murió en 1930, poco antes del advenimiento de la II República, a la edad de 43 años. Colaboró con frecuencia en la prensa local y provincial con escritos políticos y literarios. Formó parte del consistorio municipal durante siete años: cuatro y medio como concejal y dos y medio como alcalde. De tendencia política liberal ejerció la abogacía en Villena hasta la fecha de su muerte.
El artículo que aquí se reproduce apareció en el número especial que El Bordoño, semanario villenense de la época, imprimió con motivo de las Fiestas Patronales de 1908.
Dicen que nada se resiste al paso del tiempo, pero hay sentimientos hondos de amor por lo propio que se conservan incólumes, (borradas si acaso las impurezas), frente al implacable Cronos. Esa debe de ser la razón del estremecimiento que me recorrió cuando leí los últimos párrafos de este corto y emotivo artículo.
Sirva lo presente como recordatorio de éste y otros antepasados nuestros que, en tiempos pretéritos, hicieron del amor por su pueblo objeto fundamental de afanes y desvelos.
(Agradecemos a D. Vicente Prats Esquembre que nos haya permitido extraer el escrito de hemeroteca privada.)
NOTA: El presente artículo es copia literal de un periódico de la fecha, en el cual se ha respetado la ortografía del autor.
FRANCISCO ARENAS FERRIZ Villena - Julio - 1987
Extraído de la Revista Villena de 1987
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EL BORDOÑO. SEMANARIO FESTIVO-LITERARIO
Villena 5 de septiembre de 1908 – 15 céntimos
DEDICATORIA
La juventud que defiende los intereses generales, poniendo su inteligencia, iniciativa y actividad al servicio de tu mejoramiento y progreso, te dedica el presente número extraordinario para que lo que él valga se confunda entre la belleza y alegría de las melodías, colores. luces y sonrisas que llenan tus calles, y logre aumentar la nota de tu cultura. patria querida, Villena amada.
La Redacción.

CUADROS DE FIESTAS
DECLINA el sol cuando llegan por la ancha avenida las últimas comparsas: son los tercios de Flandes con sus trajes sencillos de bizarra condición. Desde mucho antes han arribado los restantes bandos, encarnación imperfecta de una epopeya heroica, cuyos individuos reposan ahora confundidos entre la gente, esperando el momento de comenzar el desfile.
En las aceras, frente a las puertas que manos cuidadosas limpiaron recientemente, hay animados corrillos que charlan, locuaces, de los festejos que presencian, mientras engullen con deleite las típicas pastas hechas en casa, regalo obsequioso de su dueño, o miran con beatífico gesto á las alturas para recibir mejor el fino caudal de rojo líquido que el importado barral lanza a sus gaznates.
De cuando en cuando, abriéndose valientes un camino por entre la apiñada, compacta multitud que se agita bullidora, avanzan grupos de mozas con atavíos domingueros; el milagro de su belleza provoca galanterías infinitas pagadas con risas argentinas; crúzanse retadoras las miradas, menudean las flores, y su paso se marca por una estela bendita de juventud y alegría. En pos de ellas, corretea una vieja á la que su amor por la Virgen impulsó a sacar las prendas guardadas cariñosamente en el fondo de histórica arca, entre perfumados trozos de ciprés y olorosos membrillos; reliquias de tiempos pasados, la blanca mantellina que envuelve la cabeza temblorosa y el refajo de lana que ciñe el desmedrado cuerpo, son una nota de encanto, de verdadero amor regional que el cosmopolitismo moderno borra despiadado. Párase un momento frente al arco, levanta sus ojos cansados de ver y al recordar que sólo en honor de Ella está construido, dibuja en su rostro expresión de contento; luego, al divisar abierta la entrada de la pequeña iglesia, marcha hacia ella, presurosa, para coger el sitio desde donde contemplar mejor la Imagen, depósito de sus ingenuos amores.
LA LLEGADA
En el ambiente, hay música de carcajadas y rumor de bendiciones. Por doquier se dirija la atención nótase alborozo consolador y sano esparcimiento; inútil buscar un gesto de dolor; las palabras salen vibrantes de los labios con acentos halagadores; ríen los ojos, júbilo inmenso retratan los semblantes y espónjanse gozosos los cuerpos adquiriendo aposturas gallardas ó de adorable mimosidad. Diríase que Pan, el enemigo de la tristeza, reina absoluto, durante algunas horas en aquel lugar.
El manto obscuro de la noche, cae sobre la tierra. A lo lejos, colocadas en caprichosa desproporción, agitan sus llamas inquietas las hogueras que la Piedad colocó para alumbrar el paso de la adorada Patrona.
De pronto, un rapazuelo, uno de esos seres encantadores, fanal de inocencia y encarnación de la libertad, lanza un grito que cien voces repiten y hace que la multitud se estremezca placentera. !Ya está ahí!, dicen, y los ojos inquieren ansiosos hasta divisar las luces que trémulas, titilantes, se acercan despacio, balanceándose al tardo compás de los que la conducen, con su oscilar tembloroso de suspiros reprimidos, como mensajeras de un algo inmaterial.
Aparece, por fin, la Imagen sagrada, al pie de la empinada cuesta que conduce al pueblo. Extremécese la multitud como impelida por invisible fluido; las notas valientes de la Marcha Real que muchas bandas entonan, llenan el espacio confundidas con las salvas guerreras de la arcabucería; cohetes voladores lo rasgan con sus estelas de chispas brillantes; suenan las campanas con repique glorioso que alegra los corazones, y un !Viva la Morenica!, estruendoso, magnífico, potente, que mil bocas pronuncian, dominándolo todo, hace correr por nuestro cuerpo la sensación de escalofrío que lo sublime produce.
A. ARENAS MARIN
Extraído del Semanario El Bordoño 1908

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