1928 NUESTRAS FIESTAS

NUESTRAS FIESTAS
ENVÍO - Al pueblo que me vió nacer y contempló los risueños días de mi dichosa niñez. A Villena, porque es como el estuche que guarda las preciadas joyas de mis afectos más caros... Recibe, de tu hijo ausente, esta cordial exaltación de tus festejos, como un férvido homenaje de cariño. 

EL delicado Homenaje a la Vejez. y a la Belleza, que el pasado año prestigió el programa de nuestros festejos, merece ciertamente el honor de ser perpetuado, no sólo por su alta calidad espiritual, sino también, porque es como un símbolo de lo que nuestras fiestas son: un rendido tributo a la belleza—sedas, colores, músicas...— y un piadoso recuerdo de aquella gloriosa gesta que escribieron con su sangre nuestros antepasados, llenos de religioso ardor, en defensa de un bravío ideal de independencia.
Vive en la entraña de nuestras fiestas una bella tradición, que renace briosa con el creciente entusiasmo de nuestros festeros. Sin las típicas comparsas de moros y cristianos, perderían nuestros festejos su castiza fisonomía, su original carácter. En ellas se perpetúa todo lo bello de esa tradición, una tradición quintaesenciada, de la que se ha borrado su primitiva tosquedad, en una constante superación de sí misma.
En estos días, las casas de mi pueblo, blancas de cal, remozadas, con olor de pintura reciente, abren sus puertas en amplio gesto de hospitalidad y, sus moradores, reciben con albricias a los amigos forasteros, para compartir con ellos su pan y la alegría de las fiestas. Hasta las humildes cuevecitas surgen entre las verdes chumberas, como blancas palomas, posadas sobre el gris de la sierra; el sol pone su dorado tinte sobre la ingente mole del viejo castillo, evocador de legendarias aventuras guerreras. La ubérrima huerta engalanada con variados matices del verde, por los cultivos de verano, muestra, a trechos, la breve barbechera de algún bancal, y en las viñas, de entre el verdor lujuriante de los pámpanos, destacan las uvas, cuya piel de terciopelo se tornasola de rubor, a los cálidos besos del astro rey.
El pueblo quiebra el ritmo normal de su vida laboriosa; y cuando ya está todo—personas y cosas—vestido de fiesta, el alegre repique de la Campanica de la Virgen hallará un eco en el corazón de cada villenense, al despertar en él los dulces recuerdos de otras fiestas que fueron...
Las gentes, en bullicioso tropel, acuden a la estación para recibir a las músicas. Una tras otra, hasta diez o doce, entran en el pueblo ejecutando un alegre pasodoble de salutación. Comenzaron las fiestas y con ellas, ese entusiasmo desbordado, que en el pueblo se traduce en palabras atropelladas y risas fuertes, y en los ojos de nuestras mujeres brilla como un resplandor que ilumina y anima sus mejillas, embelleciéndolas.
La religiosidad muéstrase en Castilla, como un misticismo concentrado y austero, que parece transmitido por uno de esos Cristos atormentados, de trágica lividez espectral, que se ven con frecuencia en las viejas iglesias castellanas. Aquí, la devoción, parece inspirada por la dulce belleza plástica de una virgen de Murillo. Es bulliciosa y alegre y se traduce en ansias de vivir, como si el hombre buscase a Dios por el camino de la belleza. Por eso nuestras fiestas son una apoteosis de ces, de colores, de músicas, en un raro prodigio de armonías.
Por doquiera la vista y el oído gustan a todas horas, la serena emoción de una belleza sugestiva y vistosa.
La entrada de las comparsas, en la tarde del cinco de Septiembre, es un magnífico desfile, a los sones alegres de las músicas. Un sol que ha perdido la furia de los días estivales, quiebra sus dorados haces sobre las sedas de gayos colores dé los trajes festeros. Los cabos de gastadores marchan garbosos al frente de su escuadra y su marcial prestancia despierta la admiración de las mocitas. Sus bruñidos alfanjes desnudos reflejan al sol, entretanto que miran retadores a los balcones, exornados por un ramillete de bellas mujercitas.
Mientras duran las fiestas, parece Villena como una gran caja de música que sonara sin interrupción. A ratos, con un aire ligero y retozón de musiquilla de revista; ahora, con las clásicas estrofas de una pieza de concierto magistralmente interpretada. Ya bien entrada la noche, como si el aparato se resintiese de su forzada marcha, rotos los resortes, suenan desconcertados varios instrumentos de viento, acompañados del bombo, los platillos y un tambor, en una algarabía de jaz-band, ese infernal invento, que es algo así como un humorista bilioso, que escupiese sus ironías a la belleza. Se hace el silencio por unas pocas horas, y en lo más hondo de la noche, la faz de la luna acentúa su mueca de pálida ironía y una muchedumbre de estrellas brillan más cercanas, como si antes se hubiesen asomado para ver y oír mejor.
El nuevo día es el mecánico diligente que engrasa y hace sonar de nuevo la caja de armonías.
Si tu fe, lector, te lleva una mañana a la iglesia, bajo las altas bóvedas góticas, entre las mujerucas que rumian sus rezos con un monótono canturreo, descubrirás unos ojos negros, velados y ensombrecidos por el encaje de una mantilla, que miran sumisos y recatados a un libro piadoso. Más tarde, quizás cuando en un concierto se eleva tu espíritu por la mágica inspiración de nuestro Chapí, tu carne se abrirá gozosa a la dulce penetración de una mirada, buida como un puñal, de aquellos ojos negros, que saben orar y saben herir.
En otra ocasión, cuando contemples un desfile de las comparsas, tu atención se prenderá en el rojo de unos labios que sonríen con malicia. Acabada la cena, tu buen humor te llevará a reír con el gracejo de la retreta y tal vez, entre tanta mujer bonita, reconocerás el rojo de aquellos labios, que como un clavel reventón, se abren ahora en franca risa y muestran el blanco prodigio de los dientes.
Y gustarás, lector amigo, de pasear alguna noche bajo la fronda luminosa de la Corredera. Charlarás con tus amigos y mientras sale de tus labios un elogioso comentario de los festejos, tus miradas se sentirán presas por el encanto de una muchachita de talle gentil, que al caminar parece como si repicase a gloria con el prodigio de sus pies menudos. Tu vehemencia española, a su paso, te dictará un piropo; y al día siguiente en el desfile de coches, entre un grupo de chicas, hallarás la grata sorpresa de aquella muchachita de bello palmito, que en un escorzo gracioso y ágil, lanza una serpentina. Su rostro se anima en el ardor de la fútil lucha y tú mismo, enardecido, acabarás por tomar parte en aquella incruenta batalla, que es como un torneo de florida oratoria. Los frágiles rollitos rojos, azules, verdes..., salen disparados, se elevan en graciosa curva parabólica al desliarse, para caer por fin, cruzando el espacio. Y tejen las serpentinas unas telas polícromas, que ligan puerilmente, unos a otros, los coches engalanados.
A veces son también el hilo conductor de una simpatía, que comienza en lucha y acaba en bodas.
Lector; si posees el don de la ubicuidad, podrás saborear, además, el infantil encanto de las típicas guerrillas y embajadas, presididas por la gigantesca efigie de Mahoma—delicia de la chiquillería —solemnemente cómica sobre el feble castillo de madera. Podrás gozar también la ingenua belleza. de los fuegos de artificio, y ser un galante guerrero en la batalla de flores, que lanza con ardor los bellos proyectiles perfumados, desde su carro de guerra adornado con rosas. Presenciarás la alborada; escucharás los múltiples conciertos y contemplarás los desfiles; y quizás aun te quede tiempo para engullir de prisa tu comida y para descansar cuatro o cinco horas durante la noche, hasta que te despierte la alegre diana.
Sigue a la traca final un murmullo de decepción, porque se acabaron las fiestas, y se hace el silencio en la ciudad. Ya sólo queda por unos días, como flotando en los sentidos, la ilusión de las músicas y del bullicio y la bella policromía de los trajes festeros. En la calle los trozos de serpentinas sucias y descoloridas y las maderas del desarmado castillo de embajadas, son como los mustios testigos que nos persuaden de que aquellos dichosos días no fueron un mágico sueño. El corazón se llena de nostalgia, y quizás en algún espíritu de mujer, queda una dulce inquietud melancólica, porque acarició su alma de muchachita pueblerina, tranquila como un lago, un amor bello y efímero, como una joya.
Lentamente la ciudad va recobrando el ritmo monótono de su tranquila laboriosidad.
Este es un pueblo levantino, generoso y artista, que con gesto de prócer desprendimiento vuelca su espíritu, de tan vigorosa personalidad, para asombrarnos con la belleza de sus festejos.
José Mª Soler
D. Quintín Esquembre Sáez. Eminente guitarrista y celebrado compositor villenense, autor de la delicada página musical inseta en este número.
Extraído del periódico Villena Joven de septiembre de 1928

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