A través de cinco siglos
desde que tuvo lugar
la aparición de la imagen
de nuestra Virgen celeste,
son numerosas las formas
narrativas de su hallazgo,
referencias fidedignas,
fundamentadas en hechos
de unánimes testimonios
que prueban ser auténticos relatos
con todas las garantías
de los sucesos históricos.
En un opúsculo antiguo,
tal vez único ejemplar,
nos sorprendió gratamente
una vieja narración.
La describen sus autores
José María Hinojal
y Teresa de Lencina
que redactaron su escrito
hace ya más de cien años (1).
El relato es sugestivo
por el modo de contarnos
la historia de nuestra Virgen,
y porque sus autores nos transmiten
la noticia de un dato muy valioso
y quizá desconocido:
quién gobernaba la villa
cuando ocurrió tal suceso.
Nos dicen que en la fecha conocida (2)
la fiebre amarilla invadió la ciudad,
sus vecinos, agobiados ante el riesgo
de la peste, dejaban correr el llanto
junto al lecho de muerte de sus seres,
la choza humilde y la opulenta casa,
sometidas todas bajo el mismo yugo.
Era corregidor de la ciudad
el varón don Federico de Guzmán,
cumplidor, activo, noble caballero,
figura autoritaria y relevante
al ser protagonista de la historia
por su directa y activa intervención
en el largo proceso del hallazgo.
Al ver que su villorrio sucumbía
con dolor que el alma laceraba,
hizo que convocara un fiel sirviente
al pueblo, a regidores y justicias,
y les habló así en pública asamblea:
—iVillenenses!, contemplo la desgracia
inmensa que azota a nuestro pueblo.
Ni el celo vuestro ni mi caridad
nada pueden contra el infortunio,
y sólo espero en la misericordia
que el Señor nos ofrezca desde el cielo.
Dispuso que en pública elección
se escogiera un santo por Patrono
que los salvara de una muerte cierta.
En consistorio reunidos, a todos
les expone su plan y cada uno
escribe en las cédulas su electo
para ser depositadas en la urna.
Había de ser un inocente niño
quien escogiera de ellas una sola.
El protector en el papel escrito
sería la expresa voluntad divina,
ya que ningún otro elemento humano
podía intervenir en el designio.
El niño entregó al corregidor
la pequeña escritura del papel.
Se hizo un gran silencio en torno suyo.
Leyó un nombre: «María de las Virtudes».
Sorprendida quedó la multitud
y extrañados cruzaban sus miradas,
sonó fuerte una voz en la asamblea:
—¿Quién ha escrito «María de las Virtudes»?
Su eco resonó sin que ninguno
replicara siquiera una palabra.
No salía Federico de su asombro.
—¿Acaso lo ignoráis? Llegaos aquí.
Acercáronse todos a la mesa
pendientes de aquel nombre inexplicable
en un intento de reconocer
de quién es la inscripción aparecida.
Ordenó se volviera a repetir el
acto, que de acuerdo fue anulado,
y de nuevo con sorpresa apareció
otra vez, María de las Virtudes.
—¡Villenenses!, el cielo lo ha dispuesto.
María de las Virtudes es la Virgen
que quiere ser Patrona de Villena.
Después, una veintena de jinetes
emprendieron gozosos una marcha
en dirección a la ciudad de Murcia.
Marchan porque el corregidor lo ordena en
busca de la Virgen ignorada.
A la vera de la misma Laguna,
que luego sería «Fuente del Chopo»,
se encontraron con dos peregrinos
portadores de un arca muy preciada.
—¡Dios os guarde, peregrinos! ¿Dónde vais?
—A Villena.
—De ella procedemos.
—Pero no penetréis en la ciudad
porque diezma la mortal epidemia.
— ¿Qué es lo que guardáis en esa arca?
— Un tesoro, señor, un don del cielo.
Guarda una Virgen que desconocéis:
la imagen de María de las Virtudes.
Nuestra misión aún no está acabada.
Sigamos a Villena, es su destino.
El pueblo entero esperaba impaciente
los emisarios, que ya estaban de vuelta
y formando una larga comitiva
con los jinetes y los peregrinos
llegaron al palacio del gobierno
donde fueron llevados con honor
en medio de un clamor indescriptible
a un regio salón, donde apiñados
están los estamentos de la villa.
En la presencia del corregidor
y magnates de toda la ciudad
descubrieron el arca tan ansiada;
radiante de hermosura apareció
la imagen sacrosanta de María
bajo la advocación de las Virtudes.
Los vítores y aplausos la aclamaron,
la multitud frenética vibraba,
los ojos se hicieron fuentes de alegría,
la voz enronquecía las gargantas.
Después, cuando el eco se apagó
y a los pechos volvió otra vez la calma,
al leer la inscripción que en su peana
campeaba: «María de las Virtudes»,
rezaron en silencio una oración:
«Reina de las Virtudes», Dios te salve,
gracias a ti Villena está salvada.
(1) María de las Virtudes. 1864.
(2) 1474.
Extraído de la Revista Villena de 1978
%20copia.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario