El último Villenense de la Guerra de África
Por: JOAQUIN NAVARRO
ANTONIO NAVARRO IZQUIERDO.
en el Regto. Luchana-28 do Tarragona, Año 1921.
Quizás lo que menos se puede borrar de nuestras mentes, durante toda la vida, sean los cuentos que cuando niños nos cuentan nuestros padres. Pero creo que son pocos los que han tenido la suerte de oír en sus cuentos hechos verídicos como yo.
Desde mi más tierna infancia nombres tan exóticos como Ahuí-Kamara, Larache, Magarta, Jacobí, Alhucemas, Cala del Quemado, Melilla y otros formarían parte de mi léxico, como podían serlo la «placeta Santiago», «las piscinas» o «la elbaraera el gallo». Pero sobre todos estos nombres destaca uno por el cual sentía una extraña mezcla de odio y admiración, Abd el-Krim, caudillo de la revuelta armada contra la protección española.
Mi admiración era al personaje que lucha por la libertad de su pueblo, con todo lo que esto entraña, valor, aventura, peligro y todas esas cosas con que los niños suelen aureolar a sus héroes. El odio (inexplicable a mi edad) era por el hecho de que este personaje tuvo prisionero a mi padre. ¡Sí, mi padre estuvo prisionero de los moros! Ahora, al cabo de los años y después de su muerte, mi cabeza es un volcán de recuerdos que se agolpan por querer salir a la luz de estas líneas.
Recuerdo cómo si, sentado sobre tus rodillas, me contaras aquella interminable marcha a pie, de diecinueve días con sus noches, desde Larache a Alhucemas, pasando por Xauen y Alcazarquivir, camino del cautiverio en la cabila de Abd el-Krim, con un fusil en cada hombro para «equilibrar el peso». El día en que el propio caudillo pidió de entre los prisioneros un carpintero. Desde entonces todo cambió para ti: pasaste a ser «carpintero de palacio», como te llamaban tus compañeros de infortunio y gozabas de cierta libertad, que se acrecentó cuando tuviste la feliz idea de hacerle un avión de juguete al hijo del cabecilla, el cual, muy complacido, hizo que se te recompensara todas las semanas con media docena de huevos y un cuarto de tabaco picado, los cuales eran siempre compartidos con todos tus compañeros. Otro día era una mesa de despacho, por la que te regaló una libreta con tapas de tela marrón, a la que el paso de los años ha quitado el color, y que te sirvió de diario. Ahora es una veleta en forma de avión, cuyo nombre era «Panatelas», con hélice rotora, que se colocó en la chimenea de «palacio». Con el paso del tiempo, tu, llamémosla libertad, dentro de la cabila fue en aumento, aunque tu sueño siempre era velado por la llave en una celda. Esta libertad de movimientos te permitía estudiar los puntos vulnerables de la misma, para poder preparar en su día la fuga.
Tal confianza tomó contigo Abd el-Krim que, temeroso de que sus enemigos envenenaran el agua del pozo de donde él bebía, te hizo el encargo de cerrar el dicho pozo, cosa que solucionaste realizando un cerramiento por medio de dos puertas, con distintas cerraduras, de una de las cuales, la segunda puerta, tú eras depositario de una llave, con todo el riesgo que ello entrañaba.
ANTONIO NAVARRO, 1.° por lo Izquierda JOSE HERNANDEZ. 2.° por la Izquierda. Foto fechada en Mexerach el 20 de octubre do 1922.
Pero el hombre, como el pájaro, no quiere jaulas de oro, y la fuga se gestaba por las noches, cuando eras encerrado con tus paisanos —otro «privilegio» que te otorgó el cabecilla— José Hernández Beneito, alias «Pescaíco»; Juan Martínez Marcos, alias «Seturno» (léase Saturno), y Miguel de Sax; de éste nunca llegué a saber los apellidos, simplemente era «mi tío Miguel» de Sax. Habían transcurrido 770 días, contados uno por uno, desde que fuisteis hechos prisioneros el 13 de noviembre de 1923, y el día de la fuga fue designado el 24 de diciembre de 1925, el día de Nochebuena.
Cuatro interminables días escondidos y caminando por la noche, hasta que llegasteis a la posición española de Cala del Quemado. Allí, hospitalización, preguntas, interrogatorios, periodistas y una frase: «Si pudiera volar, indicaría las posiciones enemigas». Al día siguiente, la visita del comandante Ramón Franco y el vuelo en su hidroavión Domnier 18 desde la base de Mar Chica, indicándole al comandante Franco todos los lugares de interés militar. Recibiste como derechos de vuelo 7,50 pesetas. Días después de este vuelo, la aviación española bombardeó la zona enemiga y desarticuló el Estado Mayor de Abd el-Krim.
El hombre que vio los baúles llenos de monedas de plata y billetes (cuatro millones de pesetas) del rescate del General Navarro, el que voló indicando posiciones enemigas, el que quizás fuera artífice —¿por qué no?— de una acción decisiva en esa guerra. Al que dijeran después de su evasión que era propuesto para la Medalla de Sufrimientos por la Patria y la del Mérito Militar Individual y que el paso de los años dejó en eso, en la propuesta, fue licenciado sin darle la hoja de servicio y lo que, según decías tú, era peor, sin la licencia. Sólo te quedó de esta experiencia una vieja libreta, tu diario, unas fotografías con tus compañeros de cautiverio, siete cincuenta guardadas como recuerdo durante años y que luego tuvieron que servir para pagar parte del féretro de un tío tuyo. Una postal de la Virgen de las Virtudes, que fue tu compañera y guardiana durante todo tu cautiverio y en la que escribiste la fecha que fuiste prisionero y la siguiente promesa hecha junto con tus compañeros de Villena:
PROMESA DE LOS TRES PRISIONEROS DE VILLENA
Prometemos los tres el ir el domingo
más próximo de nuestra llegada, al
Santuario de las Virtudes, para decirle
una Misa y nuestras familias
con nosotros, después de celebrar
la promesa, hacer una suculenta
paella, para olvidar lo que ahora
estamos pasando.
Y, sobre todo, unos recuerdos que jamás se borrarían de tu mente.
Vaya desde estas líneas el homenaje mudo a esos compañeros que te precedieron y con los que ya estarás en el más allá. Héroes anónimos que, como tú, sólo recibieron por recompensa 7,50 pesetas por derechos de vuelo y que tantas páginas han escrito en nuestra Historia.
Descanse en paz el último héroe. Villena y junio de 1978.
Extraído de la Revista Villena de 1978
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