30 jul 2026

1998 SOBRE VILLENA DURANTE LA GUERRA CIVIL, 1936-1939, DE FERNANDO COSTA VIDAL (1)

Sobre Villena durante la Guerra Civil, 1936-1939, de Fernando Costa Vidal (1). Mateo Marco Amorós
Manuel Azaña, en uno de los cuadernos que por avatares del destino han venido a titularse robados, escribía el 11 de mayo de 1933, a tres años y pico del comienzo de la tragedia, lo siguiente —y lo escribía en clave de triste premonición—: «Un árbol magnífico, enorme, el más viejo y hermoso del jardín, se ha caído, dejando las raíces al aire. Pesaba mucho, y quizás el terreno, en declive, ha fallado. Lo siento mucho. Este árbol era un antiguo amigo. Desde hacía más de treinta años, siempre que pasaba por esa acera, y raro será el día que no haya pasado, le dirigía una mirada de contento. Era semejante a los cedros del Museo del Prado, y poco menos viejo. Me alegraba ver una obra tan hermosa. Derrumbarse, ¿será un presagio?». (2)
Y el augurio, la metáfora se hizo historia de sangre en los años de la guerra. El árbol —sea España, sea la República— efectivamente cayó. La República cayó, con todas sus esperanzas y contradicciones, porque perdió la guerra y España también se hundía, porque a pesar del altisonante eslogan de una España Grande, la nación vencedora no tuvo cabida para demasiados ciudadanos y ciudadanas que se perdieron mal en las represalias, mal en el exilio.
Se habían perpetuado las Españas machadianas, porque como matiza uno de los personajes de Las bicicletas son para el verano no llegó la paz sino la Victoria.
La Guerra Civil española despertó, ha despertado y sigue despertando un interés grande. Buena prueba de ello es la atención que ha levantado la publicación del libro de Fernando Costa Vidal que hoy presentamos.
En su momento, el mundo miró con expectación hacia la piel de toro que se desgarraba, expectación mundial que sobre todo se desviaría —en torno a 1938— cuando acontecimientos como la ocupación de Austria y Checoslovaquia por la Alemania nazi colocaron el punto de mira hacia lo que anunciaba un infierno, por superlativo, más preocupante. Aun así, como señala Juan Bta. Vilar en el prólogo del libro:
«Ningún capítulo de la historia española ha merecido mayor atención dentro y fuera de nuestras fronteras que la guerra de 1936-1939, tanto por su significación intrínseca como por sus implicaciones internacionales. Acaso sea con la revolución rusa de 1917 y la segunda conflagración mundial el episodio histórico más estudiado del siglo XX. Pese a ello, —continúa Vilar— este terrible drama humano, al propio tiempo emergente episodio en la lucha del hombre por el auténtico progreso, continúa oscurecido en su correcta interpretación por pasiones partidistas». (3)
Si la guerra convirtió sin solución de continuidad a cada español en militante, este partidismo también se ha transmitido a no pocos estudios. Por esto, si la objetividad es afán difícil en la labor del historiador que se precie, en el caso de la Guerra Civil española ha sido más dificultoso conseguir este objetivo neutral.
Por las violencias vividas que sembraron los rencores, por el silencio y los miedos preservados, por la documentación apartada de la luz pública por la ley y también por el triunfalismo de no pocos investigadores de oficio y oficiales cronistas, se hacía casi imposible —o mezquina— la tarea de historiar sin apasionamiento desmedido este periodo. Por lo visto, es difícil, muy difícil, reciclar el corazón.
Por tanto, ha sido en fechas relativamente recientes cuando hemos podido ir conociendo con más luz —y menos odio— los pormenores precisos de nuestra historia. Y eso que todavía, una vez aplicado el cedazo científico para cribar las manías, no es raro que a más de uno —o a más de una— le choquen, si quiera en el subconsciente, los conceptos ahora al uso de investigadores recientes y rigurosos: Rebelión militar, Pronunciamiento, Golpe de Estado contra aquello de Glorioso Alzamiento Nacional, Rebeldes, Sublevados frente a aquello de heroicos españoles... y tantos ejemplos similares que podríamos poner.
La primera monografía gruesa que leí sobre la Guerra Civil española fue la de Hugh Thomas. Una vez más, otro autor extranjero venía a aclarar y a saciar de momento mis curiosidades de estudiante de Historia. Subrayo lo de otro autor extranjero porque, a saber: aprendí de Henry Kamen los entresijos de la Inquisición; de Julius Klein la organización y pormenores de la Mesta; el complejo Mediterráneo lo entendí de la mano de Braudel; supe valorar y estimar a Felipe II desde las perspectivas de Geoffrey Parker y John Lynch (Titus Burckhardt me enganchó a la civilización hispanoárabe con un librito que releo con el deleite de la primera vez; desde entonces quedé seducido por al-Ándalus); la epopeya del descubrimiento y conquista de América la supe a través de John H. Elliott, y por terminar lo que podría ser una larga lista, viví con pena y rabia la pasión y muerte de Federico García Lorca, víctima entre tantas de la Guerra Civil, desde la lectura del estudio de lan Gibson. En fin, tantos autores extranjeros para tantos temas de interés de la Historia de España.
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1.- El 24 de abril de 1998 se presentó en la Biblioteca Pública "Miguel Hernández" de Villena el libro de Fernando Costa Vidal. El artículo reproduce las palabras que pronunció M. Marco en dicho acto.
2.- Manuel Azaña, Diarios, 1932-1933. "Los cuadernos robados", Crítica, Barcelona,1997, p. 275.
3.- Juan Bta. Vilar, prólogo al libro Villena durante la Guerra Civil, 1936-1939 de Fernando Costa Vidal, Juan Gil-Albert – Ayuntamiento de Villena, Alicante, 1998, p.12.
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Como se ve al final del balance de aquellas lecturas, que nos habían acompañado en nuestro aprender, uno descubría al tiempo que lamentaba, la ausencia de voces patrias que eran añoradas no por menos interesantes y autorizadas las otras, sino por echar de menos las nuestras, verdaderamente escasas.
Sin caer en el papanatismo mojigato localista o provinciano -tanto monta- de menospreciar o acaso desconfiar por ser los otros quienes investigaban, extrañábamos nuestro silencio y presentíamos demasiada visceralidad como si las pugnas inflamadas entre Sánchez Albornoz y Américo Castro nos hubieran castrado para la Historia científica. o corno si la arenga de Unamuno del que inventen ellos» hubiera cuajado para toda disciplina,
Afortunadamente, no sería todo silencio y pronto supimos de voces de y alrededor de Vicens-Vives y Tuñón de Lara por ejemplo; por señalar a quienes crearon sólidas escuelas. Aun así, y cito ahora a Ricardo García Cárcel y a Lourdes Mateo Bretos:
«En las últimas décadas la historiografía española se ha insertado perfectamente en las líneas de investigación que se siguen hoy en Europa, aunque los historiadores españoles todavía se muestran muy reticentes a abordar temas de la historia española, con lo que todavía sigue siendo vigente cierto complejo de aislamiento respecto a Europa». (4)
Si para tantos temas había habido tantos prejuicios, bastantes más escrúpulos cabían -viviendo muchos de los protagonistas y tensas las venas de sangre caliente-para el estudio de la Guerra Civil. Y si, como hemos dicho citando a Vilar, la Guerra Civil ha sido y es uno de los temas más investigados de nuestra historia contemporánea, también ha sido por las versiones contradictorias uno de los más confusos y, en su dimensión local -quizá porque cuando acercamos la lupa es cuando más nos asalta el desgarro- es un tema en muchos lugares inédito.
Por ello... y ya va siendo hora de que hablemos del libro que aquí nos ha traído por ello y de entrada, si imaginamos la historia como esa molla de caracol que se esconde en espiral tras ese terso telo en espera de la lluvia y el sol -luz de verdad- para salir al campo, a los romeros; si así nos la imaginarnos, hemos de agradecer a Fernando Costa el que haya vuelto a traer la lluvia del rigor y la luz necesaria para romper el telo del tiempo y volver a mostrarnos y continuar enseñándonos aspectos interesantísimos de nuestra Historia. He dicho volver a y continuar porque no concibo el libro que hoy presentamos sin el otro estudio de Costa sobre la Segunda República en Villena, no menos interesante y que nos descubrió al Costa historiador, este profesor, este maestro, que venía dosificándose historiador en artículos que hemos leído con querencia en la revista Mena.
Fernando Costa ha roto otra vez el silencio y nos ha traído la memoria de un periodo silenciado de nuestra historia, aportando los valiosísimos documentos del Archivo Histórico Nacional de Salamanca.
Si entonces, con el libro de la Segunda República, supimos de las esperanzas, de los deseos de reforma, de las ilusiones y también del principio de la crispación y de las tensiones, en éste, en el de la Guerra. hemos sabido de la tragedia, no sin haber visto materializados y practicados algunos de los deseos. «Años de esperanza, tiempos de tragedia» sintetiza el historiador Javier Paniagua para la década de los treinta en España». (5)
Pero Fernando Costa, en este libro que presentamos, nos ha traído de una manera diferente al común de las historias locales nuestra historia de la guerra, nos la ha traído arropada de una historia general de la Guerra Civil. Me explico. Si normalmente los estudios que catalogamos como locales se circunscriben casi en exclusiva al análisis de lo acaecido en el espacio reducido de un lugar determinado, Costa -apostando fuerte por lo pedagógico- ha querido abrigar esta historia local con la historia nacional y regional si no provincial. Así, lo que para algunos lectores podría ser defecto por exceso de lo conocido, para otros lectores es virtud por complementario y útil; pues, sin duda, esta triple perspectiva de análisis ayuda a la comprensión de los hechos estudiados en su marco global y viene a ser lazarillo eficaz, en especial, para aquellos lectores que se aproximen por vez primera al tema de la Guerra Civil.
El libro, de cuidada edición, prologado por Juan Bta. Vilar, se estructura en una introducción a la que siguen ocho capítulos y apéndices documentales. Todo ello acompañado con interesantes cuadros y fotografías de los protagonistas y de arquitecturas perdidas de una Villena, en parte, perdida también.
Después de la lectura entretenida, señalo los aspectos que han espoleado mi atención:
Los capítulos centrales, en todos los sentidos -nucleares dice Vilar en el prólogo- son el IV y el V donde se habla de la Revolución económica y del C.R.E.S. (esto es, del Consejo Regulador de Economía Socializada). El C.R.E.S., ejemplo de colectivización prácticamente total de la economía de Villena con ramificaciones comarcales, vino a fraguar, tras las incautaciones, el paraíso que anhelaban los libertarios. Y fue ensayo, en difíciles circunstancias, de una nueva sociedad con la que tantos proletarios y jornaleros habían soñado. El C.R.E.S. convirtió la esperanza de muchos en realidad que si bien frustrada a pesar de sus halagüeños comienzos, vino a mostrar para algunos las mieles de la sociedad solidaria, de la sociedad sin clases y sin propiedad privada; para otros, subrayando las contradicciones y desavenencias que surgieron, vino a mostrar la inviabilidad, lo quimérico, de esta pretendida sociedad.
También interesante - no podía faltar un apartado dedicado a los aspectos educativos y culturales de una ciudad ya populosa como era Villena» nos dice el autor-, es para nosotros el capítulo VI donde, entre otros aspectos, reaparece aquí la reivindicación de la construcción de un Instituto para la enseñanza secundaria, solicitud que arrancaba, a saber, desde los primeros momentos de la Segunda República y que como bien sabemos habría de esperar muchos años para verse cumplida.
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4.- R. García Carcel, y L. Mateo Bretos, La leyenda negra, Anaya, 1990, p. 83.
5.- Javier Paniagua, España: siglo XX 1931-1939. Anaya, Madrid, 1988, p. 4
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Fernando Costa, escritor, en la presentación libro, La Guerra Civil en Villena; Vicente Rodes, alcalde de Villena y Mateo Marco.
Una Villena muy solidaria, a pesar de los críticos momentos, también nos aparece en el estudio de Costa. Envíos de víveres y aportaciones económicas a los frentes, la labor preocupada del Socorro Rojo Internacional y del Hospital de Sangre y de la Comisión de Asistencia Social, la acogida y atención a los refugiados, entre ellos muchos niños que nos han traído a la memoria imágenes del otro árbol de Guernica, son ejemplos, entre otros, de esa Villena filantrópica que, al tiempo que humanitaria con unos, no supo o no pudo evitar los desmanes contra las iglesias, o los humillantes como siniestros paseos de conciudadanos... en fin, la locura del fácil dedo acusador y ejecutor.
No se oculta por otro lado, en el estudio que comentamos, la guerra dentro de la guerra, tragedia dentro de la tragedia, que se vivió dentro del bando republicano de una manera no menos cruel que la otra, si bien en el ámbito villenense, a pesar de las diferencias, con prioridad imperó la unidad.
No deben pasar desapercibidos para el lector, los hombres que jalonan este periodo; y a riesgo de ser injusto o aventurado en la selección, he de señalar el interés de figuras como José Cañizares Domene, José Maruenda Santana, Marcelo Lillo Catalán, Ginés Camarasa García, Pedro Muñoz Vera, Lorenzo Navarro Richarte, Pascual Poveda Poveda, Jerónimo Rico Rico, José Seva Verdú, Pedro Baenas Molina y José Tortosa Moya, que de seguro alguno de ellos satisfará la curiosidad de los investigadores amantes de la biografía.
Finalmente, y como guinda para la desazón, el autor nos recuerda las evacuaciones desde el puerto de Alicante finalizando la guerra. Por un lado, la proeza del buque Stanbrook —hasta Orán y en Orán— que siempre me recuerda otra imagen de extrañamiento de españoles, el derivado de la expulsión de los moriscos; como si fuera la misma escena salvados los siglos.
Por otro lado, la desesperación de los que no pudieron embarcar, Algunos se suicidaron, al verse entre mar y enemigo.
En fin, que si el autor se proponía, como nos dice en la introducción, «presentar la azarosa vida de la ciudad de Villena durante las cambiantes y peligrosas condiciones que impone una guerra a los ciudadanos (...) ha conseguido al menos sugerirnos muchos más aspectos para nuestro interés de esa Villena en la retaguardia, en el caso de que para una guerra civil podamos hablar de retaguardia. Si atendemos a las cifras de Gabriel Jackson hubo más muertos por represalias políticas durante la guerra que en los campos de batalla, que víctimas de bombardeos y por enfermedades y desnutrición todos juntos. Y a pesar de la disparidad de las cifras generales, no por dispares menos espeluznantes, las que computa Salas Larrazábal para la provincia de Alicante nos hablan de la muerte por ejecución u homicidio de 1.905 personas y 2.325 por acciones de guerra, aproximadamente mitad y mitad.
Otra vez la realidad dictaba versos al poeta:
«Nada es lo mismo, nada
permanece.
Menos
la Historia y la morcilla de mi tierra:
se hacen las dos con sangre, se repiten». (6)
Termino ya.
Anita Brenner, corresponsal en España durante la guerra, escribía para el New York Times Magazine en agosto de 1936:
«Cuando todo un pueblo se transforma a sí mismo en una fuerza de combate, convierte sus casas en arsenales, sus teatros y escuelas en hospitales, sus torres y ventanas en guarida de tiradores y sus calles en campos de batalla, está escribiendo la historia con una magnitud tal, que no es posible describir los acontecimientos ni tampoco comprenderlos en función de lo que está pasando cada día». (7)
Gracias, Fernando, por empezar a poner luz, con sólida estructura, para poder describir lo que no era posible describir y comenzar a comprender lo que costaba comprender en función de lo que pasaba cada día.
Gracias por enseñarnos —al menos esto he aprendido yo— que por las ideas quizá valga la pena morir, pero nunca matar.
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6.- González, Gloses a Heráclito de Muestra de algunos procedimientos..., cit. en Juan García Hortelano, El grupo poético de los años 50. (Una antología, Taurus, Madrid, 1970. p. 62
7.- Anita Brenner, «España ante su gran alternativa», del New York Times Magazine, 2 de agosto, 1936, cit. en Gabriel Jackson (ed), La Guerra Civil Española. Antología de los principales cronistas de guerra americanos en España, Barcelona, Icaria, 1978, p. 38.
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Extraído de la Revista Villena de 1998

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