Una publicación sobre Joaquín María López.
Alfredo Rojas
En este año de 1998 se conmemora el segundo centenario del nacimiento de un ilustre villenense, D. Joaquín María López y López, que vino al mundo en nuestra ciudad durante la madrugada del 15 de agosto de 1798.
EI sacerdote que bautizó al niño unas horas después anotó en el correspondiente asiento que el nacimiento se produjo a las cuatro y cuarto de la mañana. La festividad del día probablemente indujo a sus padres, D. Alonso y Dña. Pascasia, a aplicarle el nombre de Joaquín María de la Asunción.
Son varios autores los que se han ocupado de la figura de López y del importante papel que desempeñó en una determinada etapa de la política nacional. Los trabajos a él dedicados, y las continuas referencias de los investigadores e historiadores que indagan en la época en que nuestro paisano ejerció su preponderante cometido, se complementan con la obra de Vicente Prats Un líder liberal para España donde se nos desvelan facetas ignoradas de la personalidad de López junto a numerosos testimonios de su raigambre local y de su estrecha relación con nuestra ciudad. Recomiendo su lectura: las dos partes en las que Prats divide su trabajo, El hombre y El político,» dan una clara idea, y nuevas luces, acerca de quién fue, en ambos aspectos, este villenense singular.
Es inútil que yo insista, por tanto, en lo que Prats da a conocer con la prolijidad y el rigor investigador del que ha dado ya suficientes pruebas. Menos aún, por la obligada concisión impuesta por el espacio de que dispongo. Me he propuesto solamente hacer hincapié y describir brevemente a los villenenses que no la conocen —la inmensa mayoría— otra extensa e importante obra que existe sobre nuestro paisano: la que publica su hijo Feliciano, quinto de sus descendientes y abogado del ilustre colegio de Madrid, bajo el título de Colección de discursos parlamentarios, defensas forenses y producciones literarias de D. Joaquín María López.
La obra consta de siete tomos en cuarto, con más de 2.800 páginas. Los tomos 1 al 6 responden fielmente al título; el séptimo lleva el subtítulo de Vida del Excmo. Sr. D. Joaquín María López y está escrito por su fraternal amigo Fermín Caballero, a quien también se debe el prólogo que figura al frente del primer tomo. La edición data de 1856 para los cinco primeros, y de 1857 para los dos siguientes, y está realizada en la imprenta madrileña de Manuel Minuesa. Rápidamente, pues, pusieron manos a la obra Feliciano López y Fermín Caballero, pues la muerte de Joaquín María sucedió el 14 de noviembre de 1855. Vicente Prats, en la obra citada anteriormente, también proporciona diversos y valiosos datos sobre la enfermedad y el penoso desenlace.
Esta publicación es conocida por los posteriores escoliastas y biógrafos de López; pero al ser muy escasos los ejemplares que todavía quedan, no es del dominio público, razón por la que pretendo hablar de su existencia y realizar una breve exégesis de su contenido. Tuve la probabilidad de adquirirla hojeando una de las acostumbradas relaciones de libros raros y antiguos que ofertan ciertas librerías especializadas, una de las cuales ofrecía los siete tomos de la obra completa con solamente las hojas, sin cubiertas. Me apresuré a adquirirla, la mandé encuadernar y la conservo como un pequeño tesoro bibliográfico, a la vez que sentimental por razón de paisanaje.
Como queda dicho, se inicia con un prólogo de Fermín Caballero, que debió de estar unido a López por una amistad íntima. A los encendidos términos de la introducción, y a las numerosas aseveraciones que lo atestiguan así, se unen otras demostraciones Una de ellas es una colección de planos, la posesión de cuya copia debo al afecto de un amigo, que trazó Caballero y que comprenden la casa de los López en la Puerta de Almansa, la finca y tierras de «Bulilla» de otra finca y tierras en «El Campo , en la zona aledaña a la carretera de Caudete, propiedades ambas de Joaquín María; y, finalmente, otro que reproduce el término villenense. Se trata de unos curiosísimos documentos gráficos levantados en julio y agosto de 1852, meses en que ambos amigos estuvieron en Villena. La colección, compuesta por seis láminas a gran tamaño, lleva una extensa dedicatoria del autor, encabezada por un elocuente Querido Joaquín donde es evidente el afecto que une a ambos.
Aclararé que Caballero fue correligionario de López, y que se le considera como una de las figuras más destaca-das del periodismo del pasado siglo. Durante varios años dirigió el periódico El Eco del Comercio en el que asimismo colaboró López. Un libro de María Cruz Seoane, Oratoria y Periodismo en el siglo XIX (Editorial Castalia 1977), dice de él que es uno de los mejores, más combativos y más consecuentes periodistas del siglo XIX.
Vuelvo a la obra que motiva este artículo para señalar que los tomos 1 al 3 recogen los Discursos Parlamentarios que abarcan desde 1834, año en que López es elegido diputado, hasta 1843 en el que accede a la presidencia del gobierno, que cuenta entre sus miembros a Fermín Caballero como ministro de la Gobernación. Los graves acontecimientos de los últimos meses de este periodo llevaron finalmente a López a alejarse de la política durante un paréntesis de varios años hasta su nombramiento como Senador del Reino, cometido que desempeñó desde 1849 hasta 1853. El tomo tercero recoge igualmente las contadas intervenciones que desarrolló en el Senado durante estos cuatro años. Los índices de estos tres tomos señalan la fecha y el tema de cada intervención, y abarcan, como cabe esperar, numerosos asuntos de diversa y en ocasiones jugosa índole.
El torno cuarto está dedicado íntegramente a las defensas forenses. Se recogen veinte, y es curioso leer las explicaciones del abogado que no consigue, y quién sabe si no desea, olvidar los artificios de la oratoria parlamentaria y emplea en el foro sus argumentaciones lastradas con la barroca resonancia del estilo que solía utilizarse entonces en el Congreso. A pesar de ello, Caballero, en el prólogo con el que se inicia la obra, dice que era superior en el Parlamento porque la fogosidad, la brillantez y «el entusiasmo embriagador que rayaba en el delirio, no podían obrar sobre la austera razón de los magistrados como lo hacían sobre la apasionada multitud.
El tomo número cinco, referido ya a las producciones literarias y otras actividades salidas de su pluma, se inicia con las lecciones de política constitucional desarrolladas en la Sociedad de Instrucción Pública de Madrid. Siguen las llamadas «Lecciones de elocuencia» ofrecidas en el Ate-neo madrileño el año 1852. Una nota al pie de la primera página de estas lecciones, dice textualmente: Estas lecciones fueron explicadas (sic) dos años después de haber publicado el Sr. López la obra en dos tomos de elocuencia en general, de elocuencia forense, de elocuencia parlamentaria y de improvisación». Las recogidas en este tomo son solamente tres y abarcan treinta y cuatro páginas; los dos tomos a que se refiere la nota deben encontrarse en bibliotecas especializadas. Y en cuanto atañe a las lecciones pronunciadas en el Ateneo, su escaso número se debe a que se suprimen por orden del gobierno algunas actividades de la institución, lo que obligó a suspender aquéllas. Y el compilador, su hijo Feliciano, no recoge ninguna otra de los dos tomos a que la nota se refiere.
En el plan de la obra contenida en este quinto tomo se suceden diversos trabajos, discursos y pensamientos que continúan en el tomo sexto con una miscelánea iniciada por un cuento fantástico seguido de unas descripciones del mar y de una salida del sol en la costa alicantina. Se transcribe también el discurso que pronuncia como Jefe del Gobierno en el acto de colocar Isabel II la primera piedra del actual Congreso de los Diputados, y hay también diversas oraciones fúnebres como las dedicadas a Espronceda o al General Castaños.
El tomo recoge asimismo una novelita, Elisa y el extranjero, inacabada, de corte autobiográfico, donde parece describirse a sí mismo y a la mujer ideal que buscó en vano, como suele suceder a quien se obstina en ello. Y entre otros pequeños trabajos, un minucioso relato de los sucesos acaecidos en 1843, los de su presidencia, con la transcripción de varios documentos directamente relacionados con este importante y agitado periodo político.
Más interesante todavía que todas estas muestras de la facundia de López y de su producción literaria, es la Vida Excmo. Sr. D. Joaquín María López que escribe «su íntimo amigo Fermín Caballero», que así figura en la portada del tomo séptimo de esta colección. Pruebas hay sobradas, como ha quedado dicho, de que efectivamente lo fueron, y el biógrafo se apresta a reflejar lo que ha sido la existencia de su amigo una vez que ésta ha concluido. Apenas cabe suspección de parcialidad en Caballero, puesto que no utiliza éste su trabajo para componer una sarta de elogios al camarada fallecido, que no faltan cuando los considera merecidos, sino para contar sinceramente también sus ocasionales disensiones y los menudos defectos que también existen donde tanto abunda el mérito y la grandeza Dice, paladinamente, que «López es mi amigo, pero es más amiga mía la verdad». Y narra su vida con lo que parece, al menos, una sincera objetivad.
Croquis que levanta Fermín Caballero donde refleja el término villenense y, en él, las fincas de Joaquín María López.
Caballero enumera siete biografías de López que existen ya cuando él pone manos a la tarea. Tres de ellas, -fuente de donde se tomaron las demás- y cuyas inexactitudes corrige, se incluyen en un extenso apéndice de este séptimo tomo, en el que figuran también las partidas de nacimiento, boda y defunción, croquis del término de Villena donde se señalan las propiedades de López, el árbol genealógico de la familia y documentos importantes referidos a su vida política, como, por ejemplo, los reales decretos relacionados con los altos cargos que desempeñó. Constan en este importante conjunto su testamento y la Real Orden de 9 de septiembre de 1836 que establece el partido judicial de Villena. Esta modificación geográfico-administrativa no se reduce a este concreto cambio, sino que afecta a otras varias poblaciones de nuestra provincia. Es curioso consignar que, antes de estas alteraciones, Sax pertenecía a Yecla, Biar a Jijona, Benejama a Alcoy y nuestra ciudad a Almansa. López era en la fecha de la Real Orden subsecretario de Gobernación, y dos días después, el 11 de septiembre, fue designado ministro del ramo, según nos refiere Prats en su obra repetidamente mencionada.
La biografía es detallada y cabe arriesgarse a apostillaría como rigurosa. Porque si el afecto que mueve la pluma del amigo lleva a peregrinos ditirambos como Demóstenes de los tribunales, Cicerón de nuestros días, y Mirabeau de las Cortes españolas al referirse a sus dotes como orador, no faltan discretas referencias que lamentan escenas bochornosas, pasos degradantes, asuntos de censura y anécdotas deplorables. Pero, como ya se indicó anteriormente, y deja el autor claramente establecido, son incontables sus méritos, en contraste con ciertos escasos defectos que no constituyen deturpación de las cualidades que adornaron al ilustre villenense.
A todo ello se sobrepone siempre el afecto que sin duda unió a ambos hombres. La biografía concluye con una «Despedida» donde Caballero refleja con emocionado verbo su dolor, junto al testimonio de una amistad que permanece inalterable en el que continúa con vida.
La obra termina con una corona fúnebre, costumbre entonces en boga. Los autores son una veintena que tejen sus versos, algunos de una extensión poco común —hay una oda de catorce páginas— con sólo dos trabajos en prosa. Destacaré entre tales autores a Gertrudis Gómez de Avellaneda y a Núñez de Arce.
Al final de algunos de los tomos se incluye una relación nominal de suscriptores de la publicación con expresión de la población donde radican. En la lista figuran, junto a una dilatada serie de brillantes personalidades de Madrid, algunos otros de provincias, de las de ultramar incluso, a la vez que varios suscriptores de Villena.
En resumen, esta compilación que nos ofrece la vida y la obra de nuestro paisano, constituye un amplio y valioso documento que nos ayuda a adentramos en su compleja idiosincrasia. De su actuación política ya nos habla por extenso Vicente Prats en su citada obra, como asimismo de ciertas circunstancias personales. Pero no resisto yo al impulso de fiar aquí algunas de mis propias impresiones derivadas de la lectura de estos tomos, cortas y deslavazadas, sobre este personaje que tan de cerca nos afecta a los que, por haber nacido aquí, latimos con él en algunos aspectos comunes pese al lapso de tiempo transcurrido.
López es, a juzgar por los testimonios que poseemos sobre sus intervenciones, un excelente orador, sin duda alguna. Poseen sus razonamientos una gran claridad; son correctas las frases, bien construidos los periodos, habilidosas las argumentaciones. Es sólido, brillante, riguroso y sin anacolutos, prolijo y detenido en los alegatos que reafirma y repite, en ocasiones, de forma tautológica, vistiendo la misma idea con diferentes ropajes; ingenioso y lleno de recursos en las refutaciones. Tal como es costumbre y la época exige, se nos muestra barroco y amanerado; pero el énfasis y la afectación de que se reviste es común a todos sus colegas. En ese aspecto López es hijo de su tiempo y estos calificativos, por tanto, no constituyen un reproche. Aduce incansablemente ejemplos, emplea con profusión citas históricas y literarias, en alguna ocasión traídas por los pelos; evoca églogas pastoriles para abominar de las pretendidas excelencias cortesanas y cantar el soberbio espectáculo de la naturaleza, de cuyas primicias ya gozó, cuando ni sabía leer siquiera, en la finca villenense de la Hoya Hermosa, donde vivió casi aislado varios de sus primeros años. En este recurso, tantas veces utilizado, tiene celebres antecesores, como Fray Luis y Lope entre tantos otros.
Pero el orador no es sólo lo que dice: a las palabras se añade un complejo entramado de aspectos que constituyen un valioso complemento. No cabe duda de que López poseía el resto de elementos que son parte importante de la oratoria. Era fogoso y vehemente, y su clara y notable inteligencia, su singular memoria, que Caballero encarece como prodigiosa, debieron de prestar alas a sus argumentaciones, que resultaron temibles para sus adversarios políticos y llenarían de satisfacción a sus correligionarios.
Hoy nos quedan sus palabras, mas no podernos apreciar las circunstancias que sin duda poseyó y que debe conocer y dominar el buen orador que aspira a convencer con sus argumentaciones. En sus Lecciones de elocuencia dice que ...la acción es una lengua que viene en auxilio de otro lenguaje; el tono, las modulaciones de la voz, el gesto y la expresión de la fisonomía, auxiliares todos tan poderosos, no se transmiten en el papel, en el que sólo puede trazarse una copia muerta al lado del cuadro vivo y animado. La acción, con todos sus otros auxiliares, es la que da vida a la palabra. Ella hace de un sonido, un dardo; de un acento, una conmoción, y de una voz, una tempestad.
E insiste diciendo que tan grande la diferencia de oír un discurso bien pronunciado a leerlo después, que puede decirse con verdad que la imprenta, aunque copia con fidelidad la palabra, no nos transmite más que su sombra. Conocer, por tanto, a un orador por sus escritos, es no conocerlo».
Habla Caballero de sus intervenciones en el Congreso y menciona uno de los que califica como diabólicos alardes, Se refiere al galanteo a cierta dama que ocupaba una tribuna reservada y a la cual declaró sus preferencias en lenguaje figurado que cualquiera entendió como correcta referencia al asunto de que se trataba; y que la dama, sin embargo, percibió claramente como a ella dirigido. Dice, asimismo, que en cierta intervención, citó como ejemplo de sus palabras a Alfonso VI para relacionarlo con, una hermosa judía de Toledo que cierta cristiana presente entendió como personal alusión.
Tiene razón el biógrafo al considerar que rebasaban con mucho los méritos de nuestro paisano a sus defectos. Fue López liberal, desprendido y generoso, sincero y leal, amigo del pueblo llano y de sus libertades, por cuya consecución luchó a lo largo de su existencia. Pudo haber hecho una fortuna, y a su muerte apenas se cuenta más que con el patrimonio familiar que recibió de sus padres. Proclamó siempre su devoción a la Virgen de las Virtudes y su amor a Villena, a la que siempre tuvo presente y que fue para él, en muchas ocasiones, el mejor lenitivo para sus malos momentos.
La obra a que me refiero y que motiva este artículo es inapreciable para aquilatar quién fue nuestro célebre paisano. Su excelente complemento, la varias veces mentada de Prats, con alguna otra, y numerosas referencias, ponen de manifiesto los indiscutibles valores de un hijo de Villena cuyo paisanaje debe ser motivo de orgullo para todos cuantos hemos nacido aquí o simplemente vivimos en esta ciudad.
Extraído de la Revista Villena de 1998



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