Cuando el odio arde más que las llamas.
El pasado viernes, Villena asistió, con preocupación y estupor, al incendio de parte de la sede social del Bando Marroquí, una de las comparsas históricas de nuestros Moros y Cristianos, conocida popularmente como Los Marruecos.
No hubo que lamentar desgracias personales, que es, sin duda, lo más importante. Pero sí hubo daños materiales en un lugar que es mucho más que un edificio.
Entre esas paredes hay historia.
La historia de una comparsa fundada a mediados del siglo XIX, y de una sede social que lleva en funcionamiento desde 1966 y que, durante décadas, ha sido punto de encuentro de generaciones de festeros. Un espacio que, además, acababa de culminar una profunda reforma estructural en agosto de 2025.
Allí no solo había paredes, muebles o instalaciones. Había recuerdos, fotografías, conversaciones, celebraciones y una parte de la memoria colectiva de muchas familias villenenses.
Las imágenes del incendio fueron impactantes. Las llamas, la columna de humo y la intervención de los servicios de emergencia generaron una enorme expectación. Los medios locales y provinciales se hicieron eco de lo ocurrido y las redes sociales se llenaron rápidamente de mensajes.
Pero entonces sucedió algo que debería hacernos reflexionar.
Mientras Villena demostraba su capacidad para unirse —las otras trece comparsas, ciudadanos, asociaciones y empresas se movilizaban para mostrar su apoyo y solidaridad— aparecieron también mensajes de odio.
Mensajes racistas. Personas que, sin conocer la noticia, sin detenerse siquiera a comprender qué significaba "Bando Marroquí", leyeron simplemente una palabra: Marruecos.
Y fue suficiente para que algunos convirtieran un incendio en una cuestión racial, relacionándolo con Ceuta, celebrando las llamas y alegrándose del daño sufrido por una asociación cultural y festera de nuestra propia ciudad.
¡Qué fácil resulta odiar cuando no conocemos!
¡Qué sencillo es escribir desde la distancia, desde la pantalla, desde el anonimato y desde el prejuicio! Basta con unas pocas letras para construir una historia que no existe y encontrar un enemigo imaginario al que culpar o despreciar.
Pero Los Marruecos no son un país. No son una frontera. No son un conflicto internacional. Son villeneros. Son vecinos. Son personas que, como cualquier otra comparsa, forman parte de la identidad festera de esta ciudad.
Y quizá ese sea el verdadero incendio que deberíamos preocuparnos por apagar: el del odio que prende con una facilidad alarmante cuando dejamos de informarnos, de escuchar y de pensar.
El fuego puede destruir un edificio. Las paredes pueden reconstruirse. Los objetos pueden reponerse. La sede del Bando Marroquí volverá, con el tiempo, a ser un lugar de encuentro.
Lo que resulta mucho más difícil de reconstruir es la confianza cuando una comunidad descubre que algunos de sus miembros son capaces de alegrarse de la desgracia ajena simplemente porque han decidido interpretar una palabra desde el prejuicio.
Por eso, entre las cenizas de esta sede, debería quedar también una enseñanza. Villena ha demostrado estos días que sabe estar unida. Que sabe tender la mano. Que sus trece comparsas, sus asociaciones, sus empresas y sus ciudadanos pueden responder ante la adversidad como una comunidad.
No dejemos que unos pocos mensajes de odio sean capaces de quemar también eso.
Porque una sede social puede arder una noche.
Pero una sociedad que permite que el odio se convierta en norma puede tardar generaciones en reconstruirse.
Por José Manuel Penadés Cambra


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