27 ago 2026

2026 A FLORENCIO GUERRA, MÚSICO


A Florencio Guerra, músico

La casa duerme sobre almohadas perfumadas de notas.

La oscuridad se instala en la cocina, apenas rota por el leve sonido de los platos y las cacerolas. Ya nada parece tener aquella música de otros años.

Pero Florencio también duerme.

Duerme en el espacio abierto de las composiciones festeras, en los primeros pasos de la Entrada, en ese instante preciso en que la calle parece contener la respiración antes de entregarse al sonido.

Porque un músico no desaparece cuando calla su instrumento.

Permanece en el aire.

Florencio sabía ponerle colores a las notas y convertir el aliento en emoción. Porque antes que el instrumento está el corazón del músico: ese lugar secreto de donde nace el aire que después florece en los labios y se transforma en música.

Quizá por eso escuchar sea también una forma de entrar en la casa del otro.

Basta remontarse a la raíz para comprender que la música no empieza en el instrumento, sino mucho antes: en el pecho, en la respiración, en ese latido antiguo que busca una salida.

La voz es la primera música.

Y escuchar es acoger el espíritu del otro en la casa de nuestro cuerpo.

Así permanece Florencio.

En el oído de quienes alguna vez caminaron detrás de sus compases.
En las calles que todavía recuerdan sus melodías.

En la fiesta que aprendió a respirar con su música.

En quienes, muchos años después, escucharán una nota y sentirán que algo les toca por dentro sin saber exactamente de dónde viene.

Pon tu cara en mi pecho y escúchame.
Deja que la palabra no dicha, la que se gesta en la sangre, alcance suavemente el tímpano. Deja que vibre hasta convertirse en memoria.

Porque hay músicas que no necesitan sonar para seguir viviendo.

Se quedan en las paredes.

En las calles.

En los cuerpos.

En la memoria de una fiesta.

Y hay músicos que, aunque guarden silencio, continúan tocando.

Florencio es uno de ellos.
Su música duerme ahora en algún lugar de la memoria, pero basta cerrar los ojos para escucharla de nuevo.

Entonces comprendemos que la música nunca se marcha del todo.
Solo cambia de casa.

Fabiola Martínez
26/08/2026

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