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5 sept 2026

1953-1954 TRIBUTO AL AÑO MARIANO

TRIBUTO AL AÑO MARIANO DE 1953 -1954
SANTUARIO DE LAS VIRTUDES-VILLENA
Con censura eclesiástica
NUESTRA SEÑORA DE LAS VIRTUDES
PATRONA DE LA CIUDAD DE VILLENA
Como un granito de incienso al año Mariano, centenario de la Definición Dogmática de la Inmaculada Concepción, a esta nueva reimpresión de la Tradicional novena a nuestra excelsa y venerada Patrona, quieren dar actualidad estas páginas sencillas, con el fin de que sirvan un poco de tradición e historia a su devoto poseedor.
ELECCIÓN DE NTRA. SRA. DE LAS VIRTUDES (1)
La importancia del monasterio o convento de Santa María de las Virtudes destaca en los mapas de los siglos XVI y XVII como digno de visitarse. El motivo de su construcción es el de haber aquí aparecido, según tradición, en el año 1474, la milagrosa imagen de Nuestra Señora de las Virtudes.
Una gran epidemia había despoblado a la ciudad de Villena ; la mayor parte, huyendo hacia el Oeste por los cabezos de San Bartolomé, llegó, bordeando la hoy desaparecida Laguna, hasta la Fuente del Chopo, manantial de gran importancia que la alimentaba, a unos 7 kilómetros de distancia.
No por eso cesó el contagio, sino que el estrago de aquel azote, que vulgarmente llegó hasta nosotros con el nombre genérico de «peste», hizo impotentes los medios humanos para remediarlo. No obstante, la Providencia de Dios, como Moisés, había guiado allí a su pueblo para libertarlo de aquella plaga. La aflicción purifica al alma y la une con Dios.
(1) Véase Historia de la Imagen de Ntra. Sra. de las Virtudes por D. José Zapater y Ugeda. Valencia 1884.
Imploraron los villenenses, por medio de la oración, un remedio del cielo, y, a este fin, en la Casa Consistorial sortearon un Santo Patrono, qué cada uno libremente eligió, y, examinadas convenientemente las cédulas, se depositaron juntas ante la autoridad eclesiástica y civil. La mano de un niño inocente fue considerada como el ángel de la elección: la cédula entregada decía: «María de las Virtudes». Se rompió aquella cédula imposible, pues por ninguno había sido suscrita, y nuevamente el niño sacó «María de las Virtudes». Refiere la tradición que, extrañadas las autoridades y, como pinta el antiguo cuadro, tentadas por el diablo de ser desconocida esta advocación de la Santísima Virgen, se rompió nuevamente y se sometieron todas las cédulas a una cuidadosa revisión; así, de esta manera quiso el cielo señalar por medio de esta tercera elección que Nuestra Señora de las Virtudes era la Patrona de Villena y su celestial abogada contra la «peste».
"Hoyo" de Las Virtudes, donde se encuentra la Fuente del Chopo, y obelisco que conmemora la milagrosa aparición.
MILAGROSA APARICIÓN
Partieron en seguida unos comisionados con el encargo de encontrar algún lugar en que se diese culto a la Virgen con la advocación de las Virtudes y adquirir una copia para traerla a Villena, pero en las mismas proximidades del Hoyo encontraron a unos peregrinos que llevaban en una caja una imagen de la Virgen de las Virtudes, que deseaban vender para regresar a su país. Sorprendidos los comisionados por este feliz encuentro y, prendida de alegría toda la ciudad de Villena, contemplaron aquella venerable, siempre bendita y pequeña imagen, de 87 centímetros, sosteniendo con ambas manos al Niño, cosa singular, sobre el costado derecho del hecho al que estaba unido, cuyo rostro era moreno, como muchas imágenes de la antigüedad.
Quisieron al mismo 'tiempo preguntar a los dos jóvenes peregrinos cuál era el precio de aquella imagen, y ellos, al punto, desaparecieron, por lo que fueron considerados como ángeles enviados por Dios, por eso se llevan en las andas de la procesión del 8 de septiembre, para entregar esta bendita imagen por Patrona de Villena y especial abogada contra la «peste», cuyo contagio cesó al instante, según dicen los antiguos gozos o alabanzas, extendiéndose su protección en la desaparición de mortales epidemias a otros pueblos, como Elda, Novelda, Almansa y, sobre todo, en la capital de Murcia, a donde se llevó como reliquia una manga del vestido en la primera mitad del siglo XVIII, y en Alicante, en el cólera «morbo» de hace cien años.
EXCELENCIA DE ESTA ADVOCACIÓN
Desde que Jesucristo, por especial testamento, constituyó la Maternidad Universal de la Virgen, en todo tiempo el pueblo cristiano la ha venerado filialmente, defendiendo siempre los singulares privilegios de la Madre de Dios; ha celebrado y la ha invocado en su Natividad, Anunciación, Dolores, ya con título de alguna de sus virtudes y oficios, siendo grande la influencia de las Órdenes Religiosas en extender su devoción bajo distintas advocaciones. Esta de las Virtudes dice muy bien por su síntesis completa y porque, siendo especial abogada contra la «peste», que por múltiples causas proviene, contagia y extermina innumerables cuerpos; así el poder de esta Señora de las Virtudes es, sobre todo, contra las malignas influencias del vicio, peste aún más contagiosa, que desde la charca de los pecados capitales azota a la humanidad.
Jardín y vista parcial del Santuario.
EL SANTUARIO
Después de la primitiva ermita, que debió ser como la de San Bartolomé y otras desaparecidas y de corta duración, empezaron los villenenses a edificar una iglesia digna de su venerada Patrona, anexionándole, para su servicio y culto, un monasterio de gran amplitud, monumento secular que ha llegado hasta nosotros.
Del examen de documentos antiguos se desprende que debió estar construido en el año 1490 o 91. El Emperador Carlos V escribió al Papa y a su embajador en Roma, en 22 de octubre de 1522, desde Valladolid, pidiéndole que no fuera anexionado a ninguna iglesia o monasterio, y dice que puede haber 25 años que lo construyeron: según esto, en 1497. Pero, en providencia real de 27 de julio de 1551, el mismo monarca lo supone construido desde hace 60 años. El edificio, bastante capaz, está en la falda del Cabezo de la Virgen, y cerca de él, en la misma situación, la Fuente del Chopo, extendiéndose entre ambos una pinada. Orientado hacia el Este; delante de la fachada hay hoy un jardín con muchos macizos y alameda de árboles; frente a la puerta, una cruz de piedra de 4 metros, y a su izquierda, un estanque con la típica «Rana» que había en el parterre de Villena; todo el jardín está rodeado de un pequeño muro con verja. Por una escalinata de ocho gradas se llega a la puerta principal que da acceso a un extenso patio, en cuyo centro hay dos cisternas de 4 metros de profundidad, 4 de ancho y 7 de largo cada una. En las paredes de la izquierda dice una inscripción: «Fabricaronse éstas cisternas el año 1692, a disposición del señor D. Die Ruiz, siendo Prior el muy Rvdo. P. Fr. Luis de la Concepción»; otras, dicen: «Pablo Fernández apañó los aljibes.» «Apañó este aljibe Vicente Sánchez, en 10 de enero de 1850.» Alrededor del patio hay un claustro con 22 arcos sostenidos por columnas. La planta superior también tiene claustros con 20 ventanales. Hay un patio-corredor que da a un extenso parador, en el que hay plantados varios pinos e higueras; también hay instaladas dos fuentes de agua potable y 14 celdas o viviendas con el correspondiente alumbrado eléctrico.
A la iglesia se entra por el claustro de la derecha y ocupa los dos ángulos del mismo; es bastante espaciosa. La nave central está separada por seis columnas que sostienen arcos aplanados; las dos primeras con escultura intercalada de cuerda y cadena; actualmente hay siete altares.
Los satánicos desmanes de la revolución del año 1936 ocasionaron el mayor sacrilegio de Villena aquí en el Santuario. Aún se conservan en el Camarín los frescos de diferentes escenas bíblicas típicamente marianas: la capilla vulgarmente de los milagros contiene bastantes exvotos. Los vejámenes sufridos reclaman una penitente reparación.
Claustro del Santuario y cisternas del mismo.
La ciudad siempre se reservó el derecho de patronato y lo defendió en pleitos con D. Arias Ga-llego, Obispo de Cartagena, en 1575, y con la Orden de San Agustín en 1756, dictándose autos definitivos por el Real Consejo de Castilla. Sometidos a este patronato, ocuparon dicho convento los religiosos de la Orden de San Agustín, de la provincia de Andalucía, hasta el 27 de mayo de 1542, y el 30 de diciembre de 1591 los mismos religiosos agustinos de la provincia de Aragón, que aún continuaban en el año 1757. La Desamortización del siglo pasado privó al Santuario de grandes extensiones de tierras (aún se conservan algunas cosas con la antigua denominación), con cuya riqueza se atendía a su esplendor y conservación. Su estado actual, a pesar de los esfuerzos del Ayuntamiento, Junta de la Virgen y diferentes capellanes, reclama atenciones apremiantes.
FIESTAS, EL VOTO Y LA ESCLAVITUD
Durante los días 5 al 9 de septiembre se celebran en Villena solemnes fiestas tradicionales en honor a su Patrona, arrancando recuerdos de la Reconquista con sus moros y cristianos, castillo de embajadas y simulacros de guerrilla. En un marco de extraordinarias iluminaciones, colgaduras y arcos, músicas y detonaciones de arcabuces, afluencia extraordinaria de naturales ausentes, forasteros y amigos que inundan de alegría a la ciudad, se levanta en su centro, la arcedianal de Santiago, el magnífico e ingenioso trono que data del 1752, en el que la venerada imagen de Nuestra Señora de las Virtudes recibe el fervor filial de todos los villenenses que llenan en todo momento la monumental iglesia para comulgar, oír misas y asistir a solemnes Sal-ves. En el año 1923 tuvo lugar la coronación canónica de la imagen, por el Obispo de la Diócesis, Excmo. P. Vicente Alonso y Salgado, predicando el Sr. Obispo, D. Francisco Frutos Valiente. Son dignas de recordarse las fiestas de las Bodas de Plata del año 1948, tan extraordinarias y reparadoras, en las que el Excmo. Sr. Obispo de la Diócesis, D. Miguel de los Santos Díaz y Gómara, repitió el acto con una nueva y valiosa Corona, suscripción del entusiasmo popular.
Existen, además, dos extraordinarias romerías al Santuario en los días tradicionales del Voto y la Esclavitud. En todo tiempo vienen los villenenses, en cumplimiento de sus promesas, como un continuo peregrinar durante el año.
Interior de la Iglesia
La fiesta del Voto arranca del 25 de marzo de 1624, día de la Anunciación, habiendo venido procesionalmente al Santuario, como ya era costumbre, gran concurso de fieles, con el Concejo, Justicia y Regimiento de la ciudad; celebró Misa de Pontifical el Obispo de Cartagena, D. Fray Antonio de Trejo, y después se hizo voto y juramento (cuya acta firmaron 40 eclesiásticos de Villena, dando fe el doctor Juan de Zarachaga Landa, Secretario y Notario Apostólico) a la «Purísima Virgen de las Vírgenes, Santísima Madre de Dios, Emperatriz y Reina del Cielo», postrados ante la sagrada imagen de Nuestra Señora de las Virtudes, «de defender, leer, predicar y enseñar que por los méritos de Jesucristo Nuestro Señor, Hijo Unigénito de Dios y vuestro, desde la eternidad previstos, fuisteis preservada, por singular privilegio, de la mancha del pecado original de que os libró la gracia divina, santificándoos desde el dichoso instante de vuestra Purísima Concepción». Se hizo ley para siempre de no admitir a ningún oficio eclesiástico, beneficio o capellanía al que no hiciera el mismo juramento. Entonces era Arcipreste de Santiago, D. Juan Bautista Ruiz; Rey de España, Felipe IV, y Sumo Pontífice, Urbano VII. Hay unas notas marginales del año 1727, firmadas por el Dr. Mariano Fernández Vila, cura propio de Santiago, y el Dr. Fernando Díaz Ossa, de defender este Misterio, dando mil vidas, si se tuviera. Semejante juramento lo vemos en las Ordenanzas Municipales de Villena, aprobadas por S. M. y el Supremo Consejo de Castilla, en 9 de marzo de 1704. La renovación y conmemoración de este Voto, con obligación de sufragar los gastos, ha llegado hasta nosotros, celebrándose el domingo siguiente al de Pascua de Resurrección.
El valor de aquel acontecimiento, conservado en este documento histórico, dice muy alto sobre la religiosidad y amor a la Virgen que respiraba España y es una gloria de Villena, a 230 años del 1854, en que fue definido este Misterio como dogma de fe.
En el domingo inmediato al 8 de septiembre se celebra otra romería, conocida con el nombre de la Esclavitud Mariana, denominada así desde tiempo inmemorial, existiendo una Cofradía que costeaba los gastos de esta fiesta. El Papa Clemente XII concedió muchas gracias espirituales a dichos esclavos, consistentes en indulgencias plenarias en el día de su inscripción, hora de la muerte y a los mismos que visitasen esta iglesia con las debidas disposiciones desde las primeras vísperas de la festividad del Dulce Nombre de María hasta la puesta del sol; otras, de siete años y siete cuarentenas, y, en fin, varios Prelados de distintas Diócesis concedieron indulgencias a aquellos que delante de dicha imagen dijesen Avemaría Purísima o rezasen un Avemaría o Salve.
CONCLUSIÓN
La Historia de Villena, con su célebre Marquesado, sus títulos de nobleza, su histórico castillo que la señala, se prestigia con los hechos reseñados de fe cristiana y amor a la Santísima Virgen de las Virtudes. Todos los villenenses están obligados a ser virtuosos y dignos hijos de tan excelsa Patrona, manteniéndose unidos a las gloriosas tradiciones de sus antepasados y conservando con especial cuidado esta herencia y relicario de su Morenica.
LAS VIRTUDES, 8 de Diciembre 1953
José Joaquín Martínez
Capellán del Santuario
Retablo de Ntra. Sra. de las Virtudes
NOVENA A LA EMPERATRIZ DE LOS CIELOS
MARÍA SANTISIMA DE LAS VIRTUDES
En cuyo glorioso título 
es soberana patrona de 
la muy noble, muy leal 
y fidelísima ciudad de Villena 
Por D. Antonio Costa Cerdán
 



 
 


 Cedido por... Pepe "La Merced"

3 sept 2026

1961 VILLENA - TORRELAVEGA... IMPRESIONES APRETADAS DE UN VIAJE RÁPIDO

VILLENA - TORRELAVEGA
IMPRESIONES APRETADAS DE UN VIAJE RÁPIDO
Por Sebastián Antonio García Martínez 
Uno de los autocares de la expedición
26—Viernes. Indudablemente el viaje se ha convertido en algo que vive todo Villena. La aglomeración de gente en las cercanías del «Cocinero» es una prueba evidente. Familiares, amigos, curiosos. Bromas, risas, ilusión. Las chicas —nerviosas— hablan, chillan, ríen, se afanan por cualquier cosa, pasan una y otra vez aunque sólo sea para lucir los pantalones. Por fin, la salida. Los primeros kilómetros son los peores. Después, el cuerpo se insensibiliza y lo mismo dan 20 que 200. Decaen las voces y quien más, quien menos, intenta dormir. Almansa, Chinchilla. Parada en Albacete. Hace frío. En el bar, un hombre vende cuchillos y navajas. Otra vez en marcha. Ahora es mayor el silencio. Apenas se ve nada por las ventanillas. De vez en cuando abrimos los ojos al pasar por uno de esos pueblos de la provincia de Cuenca: por El Provencio, El Pedernoso, Mota del Cuervo, y vemos unas casas pequeñas y blancas que tienen a la puerta un carro con los travesaños apoyados en el suelo. A las cinco de la mañana, Quintanar de la Orden. Salimos a la media hora llevando a dos francesas cuyo coche se ha estropeado. 
Esta foto no es de la Revista (cedia por Cari Cabanes)
Amanece. La Mancha. Alta, seca, dura y terrible. Sobrecoge. Kilómetros y kilómetros de estepa desnuda, blanca y gris, interrumpida por algunas mieses cercanas a un pueblecito en el que hay gente por las callejas. Es cierto, no hay curvas. Pero, de cuando en cuando, aparece un altozano que desciende en seguida para fundirse con la meseta infinita. Empavorece no ver nada : una casa aislada, un parador o un coche que se cruce con nosotros. De improviso, árboles v plantas, vegetación fresca junto al Tajo: Aranjuez, la excepción verde que no hace sino confirmar la regla. Entrevemos los palacios de estilo francés, los estanques, los jardines espléndidos. Pero el sueño dura poco. De nuevo, la desolación, la tierra desnuda y los pueblecillos míseros. Madrid, el monstruo urbano: viviendas protegidas, casuchas, afueras, el Manzanares, calles animadas. Bajamos en la plaza de España. La Torre de Madrid se yergue esbelta superando limpiamente al Edificio España. Una vuelta y, a la hora, en marcha. Puerta del Sol, Gibe les, la Castellana. Al final, el Monumento a Calvo Sotelo con la proa gallarda y los relieves estilizados. El paisaje es ahora más grato. Buitrago : la ascensión se va haciendo penosa. Somosierra. Rocas grises. Entramos en la provincia de Segovia. Las tierras altas siguen siendo pobres. Unos cuantos toros nos miran asombrados e inmóviles desde una altura. Cerezo de Abajo, Boceguillas, Fresno de la Fuente : casas de tejados rojizos y paredes de adobe desmochadas junto a una iglesia que parece una ermita. La Ribera —ya en la provincia de Burgos— abre otro paréntesis de verdor en la rotundidad de la meseta. Aranda: carteles del I Festival de la Canción del Duero. Cruzamos el Esgueva y el Arlanza. Burgos. Bajamos para comer. El invierno debe ser terrible. Atravesamos el Arlanzón —pequeño y susurrante, con el cauce cuajado de árboles— por un puente de piedra. La Catedral es un prodigio y, una vez dentro, nos quedamos sin saber dónde mirar. Los relieves y esculturas lo cubren todo. La nave central está aislada de las laterales. En el ábside, la magnífica Capilla del Condestable, oscura, grave, y silenciosa, presidida por el solemne retablo y los escudos de los lados casi barrocos. Antes de dejar Burgos —ya en los coches— contemplamos la estatua de Rodrigo, desafiante, guerrero, al aire la capa y las luengas barbas montando en Babieca. Imperceptiblemente, algo —colinas, matas, linos árboles— nos dice que la meseta está muriendo. La parte alta de Burgos no es —geográficamente— Castilla, como no lo es Santander, sino algo muy distinto: Cantabria. La carretera se va elevando. Los pueblos que recorremos —tejados empinados, soportales y pórticos— no tienen nada de castellanos. Subimos al Escudo, por la vertiente más alargada : altiplanicies extensas, una laguna acerada, nubes plomizas,. el Monumento a los Italianos. El descenso es lento. En una de las revueltas se nos revela de improviso la Montaña, el paisaje' más bonito —no más bravío, hermoso u original— de España. La impresión —sinfonía en verde claro mayor— es más intensa para nosotros, que hemos dejado atrás las tierras vacías de la meseta y las desoladas de la Mancha. Torrelavega, una pequeña parada y a pernoctar en Polanco. Hemos recorrido 625 kilómetros.
Grupo de expedicionarios, a su llegada a Torrelavega
27, sábado: A la luz del día, Polanco es maravilloso. No es más que una aldea, o quizá no llegue a eso: casas unidas —formando callejas empedradas— o separadas y praderas de hierba. Aunque sea tópico, hay que volver a hablar de verde, verde claro, intenso, rabioso, purísimo, abrumador, que lo tapiza todo y no deja ver el suelo. Vamos a la casona de Pereda, grisácea y maciza, con enredaderas y verjas de hierro combado: un patio de gravilla donde juegan dos niños y una galería sostenida por columnas. Desde la ventana, nos ve una señora joven, vestida de negro : la nieta del escritor. Le preguntamos a uno de los niños: «¿CÓMO te llamas?» «¿Yo? José María». La señora nos introduce en una habitación de la planta baja, encerada, amplia, con muebles rojos. En una vitrina, el manuscrito de «Peñas arriba» : una gran libreta mostrando una caligrafía regular y apretada. En las paredes, fotos de la casona y caricaturas de los personajes de «La Puchera», cuya acción se desarrolla aquí precisamente, de «Escenas montañesas» y «Tipos y paisajes». Al final, la mesa donde escribía Pereda, pequeña y recoleta, con el libro en donde firman los visitantes y su sillón, confortable y negruzco, con los brazos tapizados de cuero. Mientras me siento, oigo hablar a la señora amablemente sobre el Escudo y lo que cuesta pasarlo en invierno. En la enorme página del libraco, bajo upas líneas de un inglés, otras —muy ampulosas— de un venezolano, una poesía y varias firmas, escribo unas palabras. La señora se acerca, dice : «Qué bonito», y vuelve a su actitud anterior, un poco de cicerone, pero —eso sí— distinguidísimo. Los autobuses ya se han ido. Intentamos sin éxito coger el tren y hacer auto stop. De Polanco a Torrelavega hay seis kilómetros y una buena carretera. Pasamos cerca de la colosal factoría de la Sniace: ferrocarril propio, grandes grúas, terraplenes, vagonetas, y —un poco más allá— viviendas para obreros, escuelas y parques. Torrelavega es la clásica ciudad norteña, limpia, rica, con una potente industria, calles regulares y extensas plazas porticadas con cafés. Damos una vuelta y recalamos en «El Cosechero», una taberna que pretende ser típicamente riojana, aunque lo único desusado para nosotros sean los taburetes, el vino —flojo, sin graduación, ni color, jamón y chorizo superiores y el letrero: «Se prohive cantar». En Polanco, después de comer, vamos a visitar el busto dé Pereda con lo que queda —un trinco abierto, negro y fantasmal— de la cajiga que aparece en «El sabor de la tierruca». Cuando llegamos al Garcilaso, el' nerviosismo es total. Él único tranquilo es Alcalá, muy en su papel de técnico de telecomunicaciones, con todo preparado para retransmisión y meditando ante una cuartilla en la que acaba de escribir «Entrevistas. ¿Cómo ve a Chapí en «La Tempestad»? Por fin aparece Ruiz, ya vestido de juez, con dos amigos y una botella camuflada con papel de periódico que esconden —tras hacer una ronda— entre los cachivaches del escenario. Las chicas dejan de corretear y se arrodillan en escena. Silencio. Se apagan las luces y suena la música del preludio. 
Esta foto no es de la Revista (cedia por Cari Cabanes)
Lentamente se alza el telón. Se reza de verdad. Las voces titubean al principio: «Estrella de los mares que brillas en la altura...», no sabemos si porque lo exige la obra —fuera ruge la tempestad: efectos especiales de Cirilo y de su hijo— o por algún temblor interno y colectivo. Pero el recio «Oí !» nos da una sensación de seguridad que se acrecienta al aparecer Ángel Torres en medio del grupo y actuar con su maestría característica. Antes de acabar el primer acto, salimos y vamos a la Feria, que en nada se diferencia de tantas otras. Las Fiestas de Torrelavega, plácidas, sin excesos ni pasión —como vino suave y descolorido—, festejos que se suceden a lo largo de un mes, desde la Feria hasta el Concurso Nacional de Zarzuelas, son antitéticas de las nuestras, cortas, intensas —como el rojo y espeso tinto de la tierra—, cinco días plenos que valen por muchos más. Al volver al Garcilaso nos dicen que el público ha aplaudido mucho el Concertante y que se han oído varios «¡Que se repita!» La Agrupación dará todo de sí en la función de la tarde, lo cual le restará fuerzas para la noche. Baracaldo no incurrirá en este generoso error. Atisbamos entre bastidores. Antes de la escena del sueño, viene Pedro a ponerse la peluca y le tenemos el espejo. El grave fallo de «La Tempestad» es el tercer acto. Si —como dice Azorín— los actos terceros de cualquier obra teatral son actos fallidos, no es «La Tempestad» una excepción. Porque la zarzuela —dejando de lado cuestiones valorativas— es tan teatro como el sainete, la ópera o el drama. Al caer el telón, el espectador —lejano ya de la brillantez de los dos primeros actos v del alarde final del Concertante— se queda algo defraudado por la endeblez del final y por la duración total. En la función de la noche, el público no se entrega. La primera ovación —luego comprobaremos que también la mayores para el Monólogo. Un señor voluminoso, de rostro grave y circunspecto, sólo se dignó aplaudir —y levemente— en esta ocasión. Pero esto es una excepción. En general todos los números musicales —unos más otros menos— fueron aplaudidos, pero manteniendo siempre una fría reserva. Pese a que «La Tempestad» ha sido un éxito —ahí está el magnífico segundo premio— no se oyen demasiadas ovaciones.
Parada en Madrid
28, domingo: La Iglesia de Polanco parece un templo románico, vieja, con piedras vetustas de color tierra —un color extraño en Santander—, pero nueva, enyesada y vulgar por dentro. Tras oír Misa y cantar a las hermanas la Alborada, reanudamos nuestro contacto con los coches. En una hora, Santander. La plaza porticada se encuentra acotada y con graderíos para los Festivales de España. Volvemos por una calle moderna y ancha, junto al mar, que tiene cierto parecido con la Explanada, aunque sin el colorido, palmeras y elegancia. En el Sardinero —frío, cielo plomizo, amenaza de lluvia— después de comer, alguien recuerda que es el día del Pasacalles y se forma una escuadra ante la extrañeza general. A las seis, llegamos a Laredo. Se celebra la batalla de flores y la aglomeración es enorme: coches, motos, bicicletas v una masa ingente que nos tira por las ventanillas flores y confetis. Laredo, pueblo pesquero, con una población inferior a los 10.000 habitantes, rebasa ahora los 70.000 —como sabremos después— la mayoría extranjeros y veraneantes del Norte. En el puerto —no muy grande— están surtas unas cincuenta embarcaciones y cinco naves rodias sin pintar todavía, que intervendrán en el rodaje de «El Coloso de Rodas». La escayola y el cartón-piedra han hecho prodigios estrechando la bocana —sobre la que se elevan las piernas del Coloso hasta las rodillas (ya que el resto del cuerpo se instalará en Barajas y el trucaje óptico hará el resto)— y convirtiendo un almacén en palacio y las farolas del muelle en columnas clásicas. Laredo, pintoresco, muy hermoso, con un puerto seguro y confortable, monte que cae a pico sobre el mar y contra cuyas rocas se abaten las olas, y una de las mayores playas del Cantábrico —8 kilómetros—, es el sitio ideal para rodar los exteriores. Al llegar a Bilbao, damos varias vueltas para localizar al otro autobús que se nos había adelantado. Cenamos en una tasca o restaurante típico, en una calleja os-cura y húmeda cerca de la ría: largas mesas con manteles sucios, bancos de madera alargados y una serie de parroquianos, verdaderos tipos barojianos, borrachos, gritando y un pobre idiota medio epiléptico haciendo extraños visajes.
Los expedicionarios posan al pie del Acueducto de Segovia.
29, lunes: De noche, Bilbao —lo poco que hemos visto— no es una ciudad muy atractiva. Las calles, asépticas, semejantes a las de tantas capitales. La ría, envuelta en sombras, llena de barcazas, reflejando con un brillo muy particular —hecho de reflejos sucios, irisados y grasientos— la luz de las farolas y bombillas. A las dos de la mañana, salimos para San Sebastián. Llegamos al amanecer y nos quedamos cierto tiempo en los coches intentando dormir. Cuando bajamos, medio en sueños, la anchura del cauce del Urumea —muy cerca de la desembocadura— nos hace confundirlo con el mar. La Concha es una playa distinta de las levantinas, pero no por ello menos bonita. La cierran dos montes, el Igueldo y otro, de abundante arbolado vegetación verde oscura. No hay mucha. arena, sí la suficiente. La playa está desierta en estos momentos. Unos empleados recogen las sombrillas. Las casetas forman un magnífico edificio al otro lado del cual hay hoteles y mansiones lujosas. Los alrededores del parque, el Casino y el Ayuntamiento son deliciosos. San Sebastián nos parece mucho más bonita como ciudad que Santander y su luminosidad —suave, pero firme, de tonos claros y serenos— muy otra. Nos bañamos. El agua —de un azul constante— no está tan fría como ciertos optimistas creían y es casi dulce. El sol no llega ni a acariciar de débil y nos hace dudar de la autenticidad de buena parte de los bronceados que se exhiben. A las doce, en ruta hacia Pamplona. El paisaje ya no es el de la Montaña. Se incrementan las manchas oscuras de verde violento en árboles y matas y, de trecho en trecho, aparecen riscos no cubiertos totalmente de vegetación y suelos desnudos. Pero, de todas formas, aún estamos en el Norte —ese Norte revelación y paradójico, deslumbrante y plomizo, verde y gris— que surgió ante nosotros en la parte alta de la provincia de Burgos y cuya muerte anunciarán, poco antes de Pamplona, los páramos desnudos y tostados por el sol de agosto apenas interrumpidos por cultivos v sementeras. Nos detenemos cerca de la plaza de toros. La puerta tiene delante una valla, seguramente para encauzar a los astados en el encierro. Pamplona es una ciudad pequeña, tranquila, grata, con grandes plazas en las que extienden sus mesas bares y cafés, calles de ensanche urbano con bloques vulgares de viviendas, u otras típicas, enlosadas, estrechas, llenas de tascas y de tiendas en cuya puerta hay —colgando—botas de las tres zetas. Después de comer, seguirnos el viaje hacia el Sur, que se nos muestra más desolado a medida que descendemos. Llegamos hasta tal grado de insensibilización por tantas horas en ruta que la llegada a Zaragoza nos sorprende. No esperábamos encontrar una capital moderna y urbanizada, de anchas calles, multitud de comercios que hacen relampaguear los anuncios luminosos v cines de lujo con espaciosas entradas, algunas tan enormes que bajo ellas se extienden largas filas de tiendas. Subimos por la escalinata del famoso «Palafox», pero sin poder entrar. Tras la noche anterior, una cama —aunque sea demasiado alta y tenga excesivos muelles— se agradece de veras.
Esta foto no es de la Revista (cedia por Cari Cabanes)
30, Martes: La fachada del Pilar es más bien fría. El interior, típicamente barroco, tiene su centro neurálgico, no en el Altar Mayor, sino en el del Pilar, reluciente de dorados y mármoles, y abarca varias capillas autónomas que corresponden a las cúpulas que se ven desde el exterior. Banderas hispanoamericanas, azules y blancas, de dos en dos, adornan las paredes. El tesoro de la Virgen es rico e interesante, así como el coro de sillería negra trabajada en esculturas, con grandes libracos de gregoriano abiertos en atriles. En el Altar Mayor, el magistral retablo de Forment, retirado y solitario. Una vez fuera, caminamos en dirección contraria a la Seo v vemos restos de la primitiva muralla romana empotrados en una pared y la estatua de Augusto sobre un pedestal Cruzamos el Ebro —sucio, ancho, de un color de barro— por un estrecho puente metálico en el que hay que pagar cierto peaje. En la otra orilla, una alameda extiende sus árboles, delgados y altos, muy juntos, y existe una zona acotada para baños y botes de alquiler. Volvemos a cruzar el río por otro puente, ahora de piedra. Aún tenemos tiempo de hacer una rápida visita a la Seo antes de que la cierren. La vista se pierde en las góticas bóvedas, las ventanas altísimas y la abundante decoración escultórica. Comemos tranquilamente y volvemos a pasear por el centro tomando un tranvía de circunvalación, que nos lleva cerca del edificio enladrillado y gris de una Facultad —no podemos apreciar cuál—, por la zona de ensanche, la sede de la Editorial «Luis Vives» y centro otra vez. Tras algunas discusiones, salimos a las seis para Teruel. El paisaje sigue siendo desnudo y uniforme. Aquí s. rodaron algunos de los exteriores de «Salomón y la Reina de Saba», por su parecido con Palestina. Cerca de Cariñena, se extienden vides y más vides de un verde pámpano, recostadas en suaves colinas. Llegamos a Teruel de noche. El Turia, extraño profundo, se desliza susurrante en el cauce excavado. Cenamos y damos una vuelta por la plaza principal, con todos los edificios oficiales —Ayuntamiento, Gobierno Civil—, nuevos de después de la guerra. El Monumento a los Amantes —declive escaleras empinadas— debe de jugar su papel para el turismo local. Atravesamos un triste parque vacío donde un solitario guardia nos deja jugar en los columpios y toboganes. Las últimas singladuras. Hacia Valencia, por la ruta del Cid. De madrugada, paramos en la calle de Játiva. Plaza del Caudillo, Lauria —con los trasnochadores habituales— Barcas. En la glorieta, la silueta del Rey Don Jaime se recorta en el cielo azul negro entre las palmeras. Boca de la calle de la Nave, estrecha, dormida, etérea, las casas de huéspedes, las librerías de lance, tascas, encuadernaciones y tiendas cerradas. En lo alto, las casas parecen unirse y, al final, la Universidad y el Patriarca se funden en una mancha borrosa. Calle de la Paz con aspecto de boulevard, los comercios cerrados, las aceras vacías, el aire inmóvil y, al fondo, la silueta barroca ceniza de la Torre -de Santa Catalina. Subimos con melancolía por última vez al autobús. Amanece. El humor no decae. Se improvisa una representación parcial de la obra, ensayos incluidos. El Castillo. El paisaje familiar. Las primeras casas. Entramos cantando. Hemos recorrido unos 1.700 kilómetros.
Trabajo galardonado con el premio «Gaspar Archent», en el Certamen Literario convocado por el M. I. Ayuntamiento de Villena en Abril de 1961.
REPORTAJE GRÁFICO DE IÑIGUEZ
Extraído de la Revista Villena de 1961
Cedida por... Avelina y Natalia García

13 ago 2026

LA LAGUNA Y LOS SALEROS DE VILLENA

LA LAGUNA Y LOS SALEROS DE VILLENA
Senderos de la sal. Diputación de Alicante
En el término municipal de Villena existen explotaciones de sal desde muy antiguo y que todavía permanecen en activo. Dichas salinas se encontraban a las orillas de lo que antaño fue la Laguna de Villena. Se agrupan en una parte del término donde abundan los materiales arcillosos con presencia de sales, en la zona conocida como Los Cabezos. En ella destaca la presencia de pequeñas lomas redondeadas por efecto de la erosión, debido a las características de los materiales que las componen. Las abundantes aguas que brotaban en toda la zona, unido a las características de la cuenca, propiciaron la existencia en el pasado de una extensa lámina de agua. El príncipe D. Juan Manuel, gran aficionado a la caza, se deshace en elogios hacia el humedal, el cual divisaba desde su torre en el Castillo de la Atalaya. Esta laguna hoy ha desaparecido debido, sobre todo, a las obras de drenaje llevadas a cabo. Aunque no debemos engañarnos: a pesar de que no se hubieran realizado, la disminución actual de los caudales difícilmente haría revivir la imagen que vio el Infante.

La Laguna de Villena Hasta el siglo XIX existió en las cercanías de la ciudad de Villena una laguna de considerables proporciones. Dicha laguna, juntamente con la de Salinas, que se encuentra algo más al sur, ilustra en la provincia de Alicante un curioso fenómeno geológico que se conoce como endorreísmo: ambas lagunas se encuentran en las zonas más deprimidas de extensas depresiones o cuencas, cuya principal característica es que las aguas no encuentran salida y allí se acumulan, pudiendo llegar a aflorar como fue el caso. También es común a ambas la existencia de numerosas surgencias de agua, por ser la zona de descarga de importantes acuíferos. Al contrario de lo que ocurre con la mayoría de lugares contemplados en este libro, no hemos encontrado en la obra del eminente botánico Antonio José Cavanilles sus interesantes descripciones sobre la Laguna de Villena antes de su desaparición.

El motivo no es otro que durante su ya celebre viaje por el Reino de Valencia, que comenzó en la primavera de 1791, Villena pertenecía al Reino de Murcia. Sí hemos encontrado referencias en el Libro de la Caza, que escribiera en 1325 el Infante Don Juan Manuel, Señor de Villena y morador de su castillo: [ Et Villena ay mejor lugar de todas las caças que en todo el Regno de Murçia Et aun dize don Iohan que pocos lugares yio el nunca tan bueno de todas las caças, ca de çima del alcaçar vera omne caçar garças e anades e gruas con falcones e con açores e perdices e codornices e a otras aves llaman flamenques que son fermosas aves e muy ligeras para caçar sinon porque son muy graves de sacar del agua ca nunca estan sinon en muy gran laguna de agua salada.] El estancamiento de las aguas estaba en el origen de las fiebres Tercianas, conocidas así por los periodos de fiebre que el paciente sufre de forma reiterada cada tres días. Estas azotaban periódicamente a Villena y, aunque el dicho popular afirma que “por tercianas no doblan las campanas”, se empezó a contemplar su desecación. Así, el 23 de abril de 1803, Carlos IV encargará a su Arquitecto Mayor, D. Juan de Villanueva (el arquitecto del Museo del Prado), los trabajos para desecar la zona. La obra principal que se llevó a cabo fue la excavación de la llamada Acequia del Rey, un canal de unos diez kilómetros de longitud, cuya misión era, y aún es, la de evacuar las aguas de la cuenca de Villena. Esta acequia o azarbe de drenaje vertería al río Vinalopó y por este motivo el saneamiento interesó desde el principio a la ciudad de Elche, quien veía en las obras la posibilidad de incrementar sus recursos hídricos a través de dicho río. Sus gobernantes impulsaron con tenacidad la desecación, aunque no fueron los únicos. El interés de la ciudad de las palmeras y de otras poblaciones vecinas radicaba en que, por otra parte, la desecación dejaría al descubierto los diferentes manantiales, permitiendo separar los caudales salobres de los dulces, que eran en principio más apreciados. Tras la obra, los funcionarios del rey amojonaron con postes, también llamados tánganos, la finca que denominaron “Demarcación de La Laguna”, constatando la obtención de 1.704 hectáreas de terrenos cultivables y la pérdida de un espacio singular. Las nuevas tierras así obtenidas fueron entregadas en uso a colonos, conocidos también como “laguneros”, que debían pagar por ellas un diezmo.
Plano de 1750 termino de Villena y curso de sus aguas.
Los campos surgidos de la desecación se regaban principalmente con las aguas de la fuente del “Hoyo de la Virgen”, situada en la pedanía de Las Virtudes. Este importante manadero, más conocido como la “Fuente del Chopo”, sería motivo de disputas entre Elda y Elche durante siglos al estar ambos interesados en aprovechar sus aguas. Por la cesión de esta agua de riego, Villena percibía un elevado canon que se aportaba a las arcas municipales. Este manantial nos sirve para ilustrar el proceso paulatino de agotamiento que han experimentado las aguas subterráneas en los últimos 100 años, ya que en ese lapso de tiempo lo que antes se regaba en 23 horas ahora necesita 20 días. Condiciones para unas salinas La cuenca de la antigua Laguna de Villena recoge aguas de diversa naturaleza. Por un lado, tenemos los aportes directos de la lluvia y por otro, circulan aguas subterráneas, tanto subsuperficiales como profundas, provenientes del sistema acuífero Caudete-Villena-Sax. Durante la época geológica conocida como Mioceno Medio es cuando se produce la configuración definitiva de la zona. En esos momentos se produjo el afloramiento de materiales triásicos con un alto contenido en yesos y otras sales. Como hemos comentado en el caso de Salinas, al circular el agua subterránea en contacto con estos materiales, se carga de las sales más solubles, pudiendo ser después aprovechadas las salmueras resultantes en las explotaciones salineras. Además, estas arcillas constituyen una base adecuada para la construcción de las balsas salineras, ya que son materiales impermeables. Esto hace que sean capaces de retener las aguas salobres tras una simple excavación del terreno y con ello dar forma a los diferentes estanques. También el clima es el adecuado y se dan las condiciones favorables para la evaporación del agua y cristalización de la sal, al menos desde la primavera hasta el otoño. Los veranos son secos y se pueden alcanzar temperaturas bastante elevadas, de hasta 40º C. Tampoco las lluvias son muy abundantes a lo largo del año, lo cual retrasaría el proceso al diluir la salmuera contenida en las balsas, estando en torno a los 370 litros anuales por metro cuadrado. Al mismo tiempo, el viento sopla de forma casi continua, al encontrarse en el llamado “corredor de Villena”, un pasillo natural entre la meseta y la costa. Las salinas en Villena aprovechan terrenos de escasa vocación agrícola al ser su cultivo prácticamente imposible por el elevado contenido en sales de los suelos. Ello queda patente al dar un vistazo por los alrededores de cada una de las salineras, donde se pueden encontrar, como en casos anteriores, diversas especies de plantas de saladar o halófitas. Ello ha motivado que los “Saleros y Cabecicos de Villena” estén incluidos como Lugar de Interés Comunitario para entrar a formar parte de la futura red europea de espacios a conservar, la Red Natura 2000. Este tipo de hábitat está contemplado en el Anexo I de la Directiva de Hábitats 97/62/CE, normativa que fue transpuesta a la legislación española a través del Real Decreto 1193/1998. Por otra parte, el espacio que ocupó la Laguna de Villena sigue manteniendo su carácter de zona húmeda y como tal aparece en el Catálogo de Zonas Húmedas de la Comunidad Valenciana. LA EXPLOTACIÓN SALINERA Introducción Existen en el término de Villena tres salinas o “saleros”, según la terminología local, en explotación. Constituyen un caso singular en Alicante, ya que en la actualidad son las únicas que perviven en el interior de la provincia. Muy próxima queda la Laguna de Salinas, donde también se dio este tipo de explotación, aunque hoy en día no está en funcionamiento. Estas salinas de interior se alimentan de manantiales cuyas aguas poseen una salinidad muy superior a la del agua de mar, por lo que no es necesaria una gran superficie de evaporación. Al igual que en las salinas marítimas, existe un circuito de balsas que son comunicadas a voluntad por pequeñas compuertas y en su recorrido se produce la evaporación del agua y la progresiva concentración de las sales hasta llegar al punto de cristalización del cloruro sódico. Ésta se produce en pocos días durante la época favorable, a partir del mes de abril. Las tres salinas son: las del Salero Viejo o Salero de la Redonda, el Salero de Penalva y las del Salero Nuevo, también conocido como Salero de Requena o Salero de la Fortuna. El origen de las dos primeras se pierde en el tiempo, pero en cambio la última es de más reciente implantación. La explotación de la sal en Villena se remonta, al menos, al siglo XIII, durante la Baja Edad Media. Tenemos constancia de que el Salero Viejo, entonces conocido como Salina del Angostillo, era de propiedad real, según se desprende del fuero de Lorca dictado por Alfonso X “El Sabio” en 1271. A partir de ese momento fueron objeto de sucesivos traspasos de propiedad y las salinas fueron entregadas al Infante D. Juan Manuel, quien se las cedió al Marqués de Villena, D. Diego López Pacheco. En 1476, la ciudad se sublevará contra el marqués, tomando partido a favor de los Reyes Católicos, que concederán las salinas y sus rentas al pueblo de Villena como premio a su lealtad. Más tarde, Felipe II las incorporará de nuevo a la Corona, disponiendo el Estanco de la Sal. Con esta medida, la Administración del Estado pasaba a controlar todo lo relativo a su producción y comercio, tal y como se hacía con los tabacos, gravándola con importantes impuestos. En manos de la Real Hacienda, las salinas de Villena fueron objeto de varios arrendamientos a lo largo del S. XIX, hasta que en 1867, estando sobre la mesa el proyecto para terminar con el estanco de la sal, se piensa en ponerlas en venta. Ese mismo año, la Dirección General de Rentas Estancadas mandó inutilizar todas las existencias de sales de las salinas que habían de enajenarse. Para ello mandó hasta Villena al inspector La Plaza, quien ante presencia de un Notario inutilizó más de 30.000 quintales de sal, además de las balsas calentadoras y las de cuaje. La sal se esparció en la Acequia del Rey, con la idea de que fuera arrastrada por las primeras lluvias, desviando también allí los manantiales salobres. El inspector causó así, sin saberlo, un gran perjuicio a muchos agricultores de Villena, Sax, Elda, Novelda y Elche, que al regar con esas aguas arruinaron sus cosechas y produjeron una merma en la productividad de la tierra en campañas sucesivas. Las protestas de los afectados no se hicieron esperar y en 1868 se ordena presentarse en Villena al Administrador de Sales de Torrevieja. Lo que éste determinó fue reconducir las aguas saladas, levantando las motas e incrementando la capacidad de los calentadores para retenerlas. La obra no fue suficiente y se barajaron otras soluciones, estando siempre en mente la idea de continuar con la explotación de la sal como única solución definitiva. Finalmente, en 1870, las salinas, que habían sido consideradas como Bienes Nacionales, salen a pública subasta. El Estado se reservará para sí las salinas de Torrevieja (cuya propiedad aún conserva), las de Imón (en la provincia de Guadalajara) y Los Alfaques (junto al Delta del Ebro, provincia de Tarragona), por ser la sal considerada un producto estratégico. Las de Villena son adquiridas definitivamente el 14 de octubre de 1872. Con ello terminarán los problemas con los regantes, al decidir su nuevo propietario “restablecer la fábrica de sal”. Hacemos un inciso aquí para destacar la importancia económica que tuvo esta actividad en épocas históricas, lo que se constata viendo la proporción entre los diversos cánones que la ciudad ingresaba en tiempos de Felipe II: por el aprovechamiento de las codiciadas aguas de la Fuente del Chopo, 30.000 maravedíes; renta de saladares, 2.500 maravedíes y por la explotación de la sal, 150.000 maravedíes. Se sabe que en 1562, un vecino de Villena llegó a pagar 250.000 maravedíes castellanos, al pujar en la subasta de la producción de sal, que satisfaría a la Corona en dos plazos, en agosto y diciembre. Salero Viejo Esta salina posee en la actualidad la concesión minera nº 2162 y es explotada por la empresa José Sanchís S.L. El propietario pertenece a una familia que es conocida en Gandía como “Los Salerosos”, encargados también en su día de beneficiar la sal de la Salina de Calpe hasta su cierre en 1988. La explotación se encuentra en el extremo norte de la primitiva Laguna de Villena, en el paraje conocido como Los Saleros. En ella destaca un amplio caserío encalado que está incluido en el Catálogo de Elementos, Edificios y Conjuntos de Interés Histórico-Artístico del PGOU de Villena. Este conjunto data de principios del siglo XVI y es de vocación agrícola, ya que servía a una amplia zona cultivada, que sólo en parte era utilizada como salinas. En la actualidad, estas instalaciones sirven para almacenar la sal ya envasada además de albergar el molino para triturar la sal y las oficinas. Junto a él se encuentra la era, donde se apila la sal cosechada para secarla. Presenta una superficie inundable de casi 100.000 m2 aunque algunas balsas están en desuso. Las primeras balsas del circuito, los calentadores, se alimentan de un pozo existente dentro de la misma parcela, captando el agua a unos ocho metros de profundidad. De él surge una salmuera con una concentración en sales, normalmente, de 17º Baumé. Estas balsas calentadoras están excavadas directamente en el suelo natural, que es arcilloso, que es lo mismo que decir que es impermeable, y tienen las paredes reforzadas con muretes de piedra. Recientemente, las balsas en donde se produce la cristalización de la sal han sido revestidas de hormigón con el fin de poder obtener un producto con menores impurezas. Esta cristalización no se produce hasta que no se alcanzan entre 22 y 27º Bé, lo cual ocurre normalmente en primavera y verano. Una vez se forma una capa de sal de cierto grosor se procede a evacuar las llamadas “aguas madres”, para poder entrar a recogerla. La sal extraída se puede pasar posteriormente por una lavadora en la que un espiral o tornillo “sin fin” la hace circular desde una tolva, al tiempo que se vierte sobre ella agua salada, de manera que no se produzca una redisolución. Durante el invierno se mantienen las balsas inundadas para conservar en perfecto estado las instalaciones y mientras llega una nueva cosecha de sal se obtienen algunos beneficios de la venta de salmueras. El agua salada, tal y como sale del pozo, tiene sus aplicaciones en la industria y mediante cubas es distribuida por toda la provincia con diferentes destinos, tales como la elaboración de aceitunas y otros encurtidos o para el proceso de curtido de la piel. También se surte de ella la industria textil, tan pródiga en la provincia de Alicante y desde Cocentaina a Crevillent es utilizada en las tintorerías. El proceso de tintado requiere gran cantidad de sal, la cual ayuda a que las fibras textiles retengan el colorante, pudiéndose añadir al agua de las cubetas de tinción o utilizar directamente la salmuera, como en este caso. La producción de sal en sí es de unas 4.000 toneladas anuales, destinándose la mayor parte de la producción a la industria y también para ser esparcida en las carreteras y evitar así la formación de placas de hielo.
Salero Nuevo Se trata de la concesión minera nº 2244, siendo la empresa explotadora Electroquímica del Serpis S. A. Se encuentra muy cerca de la anterior, mediando entre las dos la Acequia del Rey. Es, como señala su nombre, la última explotación en instalarse, lo que tuvo lugar en la década de los setenta del siglo XIX. Como ocurre con el Salero Viejo, cuenta también con un amplio caserío que está igualmente incluido en el Catálogo de Elementos, Edificios y Conjuntos de Interés Histórico-Artístico del PGOU de Villena.
En él llama la atención su fachada, de corte neoclásico. El conjunto hace las veces de oficina y molino, siendo destacable la amplia nave donde se almacena la sal de mejor calidad para preservarla de las inclemencias del tiempo. Ésta conserva la cubierta original que data de 1883, cuyo artesonado está fabricado con una madera tropical muy duradera llamada “mobila”. También cuenta con una era contigua donde secar la sal obtenida. La superficie que ocupan las balsas salineras es de algo más de 60.000 m2 y tanto las calentadoras como las cristalizadoras están construidas simplemente por excavación y compactación del terreno. Las paredes de contención se han revestido con una capa de PVC como las que se utilizan para impermeabilizar las balsas de riego, quedando oculto el murete de piedra original. El fondo de estas balsas está formado por el terreno arcilloso de la zona, con el consiguiente problema de aparición de impurezas en la sal si la recogida no se hace con cuidado. Para evitar este inconveniente, se optó un año por no cosechar en los cristalizadores. Ahora esa capa hace las veces de suelo y la sal se extrae respetando ese estrato, consiguiendo con ello un producto de mayor calidad.
Cada balsa está rodeada por una pequeña acequia destinada a recoger y evacuar el agua de lluvia de los terrenos circundantes, de manera que no penetre en las charcas. Si esto ocurriera disminuiría su grado de salinidad, retrasando la cristalización y mermando la producción. Destaca entre las balsas una que se encuentra totalmente cubierta, de manera que en caso de lluvia no se rebaja su concentración por la entrada directa de agua dulce. Todo el circuito se alimenta de un pozo del que se bombean las aguas salobres, que se captan a una profundidad de 22 metros. Esta profundidad puede variar, oscilando según la climatología, la época del año o la intensidad de la extracción. Allí mismo se aprovechan las salmueras para la elaboración de lejía, siendo, por otra parte, variado el destino de las sales: para consumo humano, carreteras y otros usos industriales. Según datos del Instituto Tecnológico Geominero de España la producción anual es de unas 1.000 toneladas.
El Salero Nuevo y el Salero Viejo se encuentran muy próximos, apenas separados por la Acequia del Rey.
Interior de la nave-almacén del Salero Nuevo, con la cubierta original de 1883.
Salero Penalva Esta salina, que también fue conocida como Salina del Polovar o Salero de Peñalba, es explotada por la empresa Sal Coloma y cuenta con la concesión minera nº 2244.
Foto... Manuel Molina Martínez
Se encuentra en el paraje de La Fuentecilla, en el extremo sur de lo que fue la antigua laguna, siendo posible su ampliación tras la desecación. Muy cerca del salero circulaba el ferrocarril de vía estrecha Alcoy – Villena – Yecla, conocido popularmente como el “tren chicharra”. Desde la vía principal, existió un ramal que daba acceso a un cargadero para la sal, del que desafortunadamente no se conservan restos. El edificio principal, a modo de nave de planta cuadrada y sin demasiados ornamentos, puede parecer el menos interesante de las tres salineras.
Pero el conjunto mantiene su atractivo gracias al perfecto estado de los muros de contención de las balsas cristalizadoras, todas a base de piedra extraída de la cercana cantera del monte Polovar, y de los tablachos de madera a la antigua usanza, que regulan la comunicación entre todas ellas.
En un extremo de la parcela llama la atención la figura de algo que se asemeja a un torreón. Construido en 1868, en realidad forma parte de las obras que se realizaron para evitar que el agua salada fuera a parar a la Acequia del Rey durante la época en que la salina permaneció sin actividad. Se sitúa sobre un antiguo manantial salado y la idea era levantar los muros hasta una altura en que el agua no pudiera rebosar. Donde terminan los actuales cristalizadores también encontramos los calentadores y cristalizadores abandonados de aquella época.
Tiene unos 60.000 m2 de balsas y cuenta con dos manantiales o “criaderos” en los que encontramos agua a tan solo 8 metros de profundidad, a pesar de que el sondeo alcanza los 50 metros. De ellos brota la salmuera, que en algunos momentos tiene una concentración salina cercana a los 22º Bé, aunque varía a lo largo del año. Esta concentración casi es la necesaria para que se produzca la sal y por ello el agua permanece muy pocos días en los calentadores, pasando después a una batería de nueve cristalizadores. Allí mismo, como ocurre también en los casos anteriores, se tritura la sal durante todo el invierno.
También, se envasa el producto en diferentes formatos según su destino o se carga directamente en grandes sacos desde la era aneja al edificio principal, en cuyo caso servirá para ser esparcida en las carreteras. Una característica compartida con el Salero Viejo es que han conservado las primitivas piedras de molino con las que se trituraba o molía la sal, cual si de un cereal se tratase, siendo en apariencia idénticas a las destinadas a este uso. La producción anual ronda las 4.000 toneladas.
Publicado en el año 2010.
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