1972 APUNTES HISTÓRICOS ACERCA DEL TEMPLO DE SANTA MARÍA

APUNTES HISTÓRICOS ACERCA DEL TEMPLO DE SANTA MARÍA
por José Mª Soler García
Los grabados reproducen el escudo de Dña. Catalina Ruiz de Alarcón, y la imagen de Santa María de la Asunción, de Antonio Salvador, colocada en 1717La iglesia primitiva
Es tradición muy extendida que la más antigua iglesia de la Ciudad estuvo en el lugar que luego ocupó la «Tercia», ya desaparecida, y que esta iglesia primitiva se convirtió después en un hospital que, ya en el siglo XIV, existía con el nombre de «Hospital de la Asunción de María».
Sabido es que la reconquista de Villena fue obra de Jaime I, que actuaba en servicio de su yerno Alfonso X, «el Sabio», a quien la restituyó en cumplimiento de pactos anteriores, y es un hecho también muy conocido que las mezquitas que D. Jaime iba reconquistando se transformaban en templos cristianos bajo la advocación de Santa María de la Asunción.

Retablo del altar mayor y fragmento de las bóvedas pintadas
En confirmación de esta hipótesis tradicional podríamos aducir el testimonio de unas cerámicas moriscas recogidas por nosotros al explorar niveles profundos de unos derribos efectuados en las casas situadas frente por frente de la portada principal de la iglesia, estratos colocados bajo otros posteriores de tiempos de los Reyes Católicos y de Felipe II y superpuestos a otros niveles claramente asignables a la cultura «ibérica», lo que da idea de la complejidad de etapas culturales y civilizaciones que se han sucedido en el suelo que habitamos, cosa, por otra parte, ya demostrada en multitud de ocasiones anteriores.
Hay otros hechos que vienen a corroborar la antigüedad del templo. La institución del «Jubileo» a Roma para obtener lo que entonces se llamaba la «Perdonanza», se debe a Bonifacio VIII, quien la fundó a principios del siglo XIV, y el 13 de septiembre de 1340, bajo el pontificado de Clemente VI, los villenenses que habían asistido al «Jubileo» fundaron la «Cofradía de la Asunción de Nuestra Señora» en el templo de su nombre, que en documentos antiguos se denomina también «Santa María del Arrabal».
Sabemos también que, en 1466 los vecinos del «Rabat» no podían ser elegidos para desempeñar cargos concejiles en el Ayuntamiento de la en-tonces villa, «oficios» a los que sólo tenían opción los que vivían «del muro adentro desta dicha villa», según nos dice un villenense de la época. Esta interesante discriminación político-social debía estar dirigida contra la población de «cristianos nuevos», establecida extramuros del núcleo de los «cristianos viejos», que tenían sus moradas en lo que después se llamó «lo cercado de la Ciudad».
La ilustre familia de los Manueles, señores de la villa, tenía dentro del Castillo la capilla de Nuestra Señora de las Nieves, pero a ella no debían tener acceso todos los vecinos, quienes se verían obligados a trasponer las murallas para cumplir sus deberes religiosos en Santa María. Eso fue lo que obligó a levantar, dentro de lo «cercado», el primitivo templo de Santiago, que ya existía a mediados del siglo XIV' y fue ampliado a finales del XV por Sancho de Medina.

Verja del altar mayor de 1740. obra de Antonio Milán y Navarro
El templo actual
Es, pues, casi seguro que. en 1340, año de Jubileo, existía ya un templo de Santa María, que no era, naturalmente, el actual, el cual debió comenzar a edificarse a principios del siglo XVI. En 1575, los que redactaron las respuestas a la encuesta de Felipe II dicen que la iglesia «se va obrando y edificando»; que hay ya varias capillas entre los estribos, y que, en el enterramiento de la capilla mayor, yace doña Catalina Ruiz de Alarcón, que murió soltera en 1551 después de fundar en la iglesia seis capellanías, dotadas cada una de ellas con cien ducados anuales de renta. El blasón de la fundadora, consistente en cruz de Calatrava hueca, de oro, sobre fondo rojo, con bordura azul cargada de ocho aspas, también de oro, permaneció en el altar mayor del templo hasta su destrucción durante la contienda civil. Hay una diferencia esencial entre esta fundación y la que hizo don Sancho de Medina en Santiago, y es la de que, en esta última, los beneficios debían recaer forzosamente en hijos de Villena, condición no exigida para los de Santa María.La construcción del templo, como casi todas las obras de este tipo en aquellas centurias, fue bastante lenta, ya que, en carta del concejo de Biar al de Villena, fechada el 28 de octubre de 1630, accede a facilitar piedra «para obra tan santa y buena como el obrar la iglesia de la Señora Santa María dessa Ciudad».
Tenemos que llegar al siglo XVIII para encontrar en los libros de cuentas partidas como las siguientes:
«Costó el concluir el chapitel de la torre 6.732 reales, y 1.257 reales la cruz y asta de hierro de dicho chapitel» (Año de 1717). Es de notar que este remate piramidal, gemelo del de Santiago, está recubierto también de ladrillos policromados, lo que nos da una fecha casi segura de construcción de este último.
En el mismo año de 1717 se construyeron las puertas nuevas, que con cerraduras, aldabas y demás accesorios, costaron 1.770 reales. 94 reales importó el cajón para guardar los cálices; 106, las ventanas de la sala, y 40 reales las puertas del archivo. Intervinieron en estas obras los carpinteros Alonso y Diego López Ossorio y el heredero Francisco Navarro.

Aspectos del templo de Santa María, en el Arrabal de la Ciudad.
La imagen de la portada, la reja y el órgano
Una de las partidas más interesantes que encontramos entre las de este año de 1717 es la de 240 reales que «costó de poner la imagen que hay sobre la puerta de la iglesia y concluirla». El escultor de esta imagen, una de las pocas que se salvaron de la destrucción de 1936, se llamaba Antonio Salvador, del que no hemos podido encontrar hasta ahora datos complementarios.
Uno de los gastos más importantes se hizo en 1740 con la reja del altar mayor, obra del maestro herrero Antonio Milán y Navarro, que empleó en ella 280 arrobas y 18 libras de hierro. Costó la reja 28.072 reales.
En la visita pastoral de 1742, se ordenó la construcción de un órgano, que sufrió bastantes dificultades y demoras. En 1756 se denunció al visitador que, aunque el maestro organero se hallaba en la ciudad, no trabajaba porque no se le libraban las cantidades acordadas, y así era en verdad, porque la iglesia desconfiaba de que el maestro cumpliera su cometido. Se arbitró la solución de que, con las debidas garantías, se le entregasen cantidades a cuenta, y cuando la obra estuviera terminada y apro¬bada por los peritos, se le cancelaría lo estipulado en la escritura. No sabemos la cantidad acordada, pero sí el nombre del organero», que fue fray Paulino Acosta, religioso trinitario, quien terminó su trabajo en 1773, o sea a los treinta y un años de haberse acordado la construcción del instrumento.
A imitación, sin duda, de lo que se había hecho en Santiago, se mandó construir un coro alto, y así dejar más espacio en la iglesia para enterramiento de los fieles, antihigiénica costumbre suprimida por orden de Carlos III en 1787.

Chapitel policromado de Santa María,
con las campanas que estuvieron en la "Torre del Orejón"
Disposiciones disciplinarias de tiempos goyescos
En 1761, hubo quejas sobre el mal cumplimiento de su misión por parte del organista Joseph Silvestre y de algunos músicos, que dejaban de asistir a ciertas funciones por motivos particulares, lo que motivó un mandato del visitador de que, por cada falta, se les descontaran de su salario dieciséis maravedís de vellón.
Los últimos años del siglo XVIII denotan una relajación de costumbres que los visitadores trataban de corregir. En 1778, D. Manuel Rubín de Celis dejó escrito que los músicos ordenados de menores no llevaran «vestidos de color ni redecilla con borla en la cabeza ni pañuelo al pescuezo, sino cuello, y todo vestido de negro, permitiéndoles, con todos estos requisitos, traer capa por la tarde solamente».
En 1786, ordenó D. Juan Ángel Escracha que, en las romerías al Santuario de Nuestra Señora de las Virtudes, no fueran los eclesiásticos en galeras y carros revestidos de sobrepelliz, sino con balandranes y manteos porque, de otro modo, se cometía «notorio abuso de la vestidura eclesiástica, cuyo uso no es destinado a caminar en carruajes, sino que es propio y peculiar en la iglesia».
Una de las campanas de la desaparecida
"Torre del Orejón" conservada en la de Santa María.
Estas disposiciones son cada vez más frecuentes y explícitas. En 1792, D. Diego González y Fabián ordenó que los clérigos menoristas no asistieran «a los bureos ni pasatiempos públicos», y que por ningún motivo pudieran usar vestidos de color profano, «como tampoco vestir de corto dentro de la misma ciudad». Todavía especifica más D. Victoriano López Gonzalo en 1799, pues dice que, en los bautizos, no pueda ser padrino ningún eclesiástico sin licencia por escrito, y •que no use de otro vestido que el talar o con balandrán, cuellecillo y sotana, y que el sombrero sea sin forro o de tafetán, y de ningún modo de encerado o hule».
Todos estos curiosos detalles nos introducen, sin pretenderlo, en un ambiente puramente goyesco de la ciudad, difícil de captar de no haber mediado el celo moralizador de aquellos pastores eclesiásticos, que se preocuparon mucho, además, del comportamiento de los novios en las casas de sus prometidas y, todavía a mediados del siglo pasado, prohibían el acceso a los órganos parroquiales de las mujeres, «fueran de la clase o condición que fueren».
Las pinturas de las bóvedas
Las primitivas bóvedas de la iglesia estuvieron cubiertas de bellas pinturas. A nuestros propios recuerdos personales, viene a unirse la siguiente estrofa, extraída de un poema de D. Gaspar Archent, titulado «Mi parroquia», publicado en el Programa de Fiestas de 1942:
«Pero sobre todo lo más admirable era de su bóveda la magnificencia, con sus nervios de gótico estilo, con grandes florones de labrada piedra y finas pinturas de artísticos frescos que representaban sublimes escenas de la vida Santa de la Virgen pura, dulce madre nuestra.
Lo que no hemos podido averiguar es quién fue el artista que pintó aquellas bóvedas, lo que nos lleva a recordar cierta predilección de los villenenses por decorar las paredes de algunos de sus monumentos repre-sentativos, pues pintadas estuvieron todas las paredes de la ermita del Santuario, y aún lo están las del camarín de la Virgen, como también, aunque de tiempos más recientes, las del salón de actos del Palacio Municipal. Pintadas estuvieron también algunas mansiones particulares, urbanas o rurales, de las que se conservan algunos vestigios. Y sin embargo, como recuerda Adrián Espí en otro lugar de esta misma revista, Villena no ha sido tan pródiga en artistas plásticos como lo ha sido, por ejemplo, en el campo musical. En este aspecto, queda todavía mucho por investigar.
Destrucción y reconstrucción del templo
Las bóvedas de la iglesia, con todo el altar mayor, la reja, el órgano y el resto de los ornamentos, fueron destruidos durante la guerra de 1936, y gracias al celo del párroco, D. Francisco Griñán y al de algunos feligreses, entre los que se contaba José Avellán Valdés, sobrino del historiador D. Salvador Avellán, pudo salvarse gran parte del archivo parroquial con los registros de todos los bautismos, desposorios y defunciones ocurridos en aquella parroquia desde 1566. Lástima que no hubiera podido hacerse lo mismo con los ricos archivos del templo de Santiago, algunos de cuyos libros, muy escasos, se conservan también en el de Santa María.
Con la aportación de 150.000 pesetas otorgadas por la Junta Nacional de Reconstrucción de Templos y el sacrificio económico de casi todos sus feligreses, después de cubierto y enlosado, el templo fue de nuevo abierto al culto el 15 de agosto de 1948.
De las diferencias y controversias, algunas bastante violentas, surgidas durante varios siglos de convivencia entre Santa María y el templo arciprestal de Santiago, hablaremos en otra ocasión.
Extraído de la Revista Villena de 1972

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