1953 ¡DIOS TE SALVE, VILLENA! SALMO

¡DIOS TE SALVE, VILLENA! SALMO
Eres, Villena, sencillo y sonoro; original y arcaico. El nombre singular y propio, legendario y glorioso de un trozo privilegiado de la bendita tierra española. Eres como un bello estuche cincelado por la gracia de Dios, abrillantado por los méritos excepcionales y admirables de tus hijos esclarecidos. Luces tus reflejos subyugantes, acariciado por los rayos de nuestro sol levantino, que se complace cada día en contemplar tu hermosura y que gusta de envolverte, amoroso, en la púrpura celeste de su luminosidad deslumbrante.
Eres como una matrona augusta y mayestática, que recrea su mirada en el espejado azul de tu cielo y en la verde frescura de tu huerta.
Eres como un áureo relicario, rico y delicado, que sabe infundir a todos veneración y respeto. Porque guarda celoso, con desvelos de enamorado, a través de los siglos, con inmaculada integridad, límpido y fulgurante, el sagrado tesoro de las mejores virtudes de esta raza nuestra. De las mismas por las que un día mereció ser la emperatriz del Universo en la redonda geografía del Planeta y en los dominios insondables del espíritu.
Porque eres una caricia dé Dios, un don del Cielo y una gloría de España ¡salve, Villena, salve!
Porque fuiste fiel a tu destino de madre fecunda y abnegada de honrados labradores, valientes capitanes, artistas geniales, tribunos insignes, nobles famosos, artesanos notables, que enaltecieron tu nombre y cimentaron tus glorias. Porque sabes ofrendar, generosa, tu vino al Altar, tu pan al hambriento, tu complacencia al viajero, tu amistad al visitante, tu cariño al amigo, tu heroísmo al adversario y tu coraje al traidor.
Porque te gusta rezar a la antigua, amar a lo divino, soñar a lo romántico, obsequiar a lo grande, servir a lo señor, vestir a lo noble, gozar a lo castizo, vivir a lo cristiano y morir a la española.
Porque supiste mantener enhiesto el airón invicto de tu señorío; el que ampara y ennoblece la feracidad de tus tierras, la alegría de tus fiestas, la belleza de tus mujeres, el primor de tus trabajos, el fervor de tus plegarias, la alteza de tus ideales y el quebranto de tus duelos.
Porque eres una corona que simboliza la eterna grandeza de la Patria, ¡Dios te salve, Villena!
Porque conoces el secreto de ser siempre la misma y de parecer distinta. De lucir, al mismo tiempo, el gozo vibrante de tu perenne juventud pletórica de optimismo dinámico y desbordante, y de conservar intacta tu vejez veneranda dé siglos, hecha de dolores de experiencia y de amarguras de adversidad.
Porque sabes ofrecer como nadie la sorpresa, renovada a cada momento, de tus invenciones creadoras y el atractivo subyugante de tus antañonas tradiciones fidelísimamente conservadas. Porque sabes extraer del Tiempo el suavísimo néctar de la verdadera sabiduría y arrojar a la profunda y olvidadiza corriente de los días que pasan las pequeñas miserias de cada día.
Porque eres, en fin, ligera como la brisa de la mañana; luminosa como un resplandor de aurora; bella como un jardín todo en flor; amable como una sonrisa de mujer; fragante como el heno recién cortado, e inolvidable como el primer amor, te llamarán Bienamada todas las generaciones. Las de aquéllos a quienes el Cielo conceda el raro privilegio de nacer de tu seno, y de las de cuan-tos merezcan recibir de Dios el don supremo de conocerte y admirarte; de sentirte y gozarte.
Por todas tus virtudes, de las que recibe su título la más cristiana de todas las Advocaciones marianas y que da nombre a tu Celestial Patrona, ¡Dios te salve, Villena!
Que El te guarde siempre digna, rica, fuerte y santa.
Por todo lo que has hecho a través de los siglos por la. Patria. Por lo qué estás haciendo cada día por su gloria. Por lo que harás hasta el fin de los siglos con la ejemplaridad de tu simpar ejecutoria. Por el santo nombre de España, Dios te bendiga, Villena!
Que te bendiga, sí, como yo se lo pido. Por lo que has hecho por mí, pobre viandante, peregrino andariego por los polvorientos caminos del mundo, ¡que Dios te bendiga, Villena!.
Por los gratos recuerdos con que vivificas mi espíritu. Por los inefables consuelos con que sabes confortar mi alma. Por las santas alegrías con que dignificas mis sentimientos. Por las risueñas esperanzas con que iluminas la oscuridad de mi destino. Por las doradas ilusiones con que, todavía, enriqueces mi pobre existencia Por el placer indefinible que me produce, aun a distancia, pensar en ti, sabiendo como sé muy bien, por dicha mía, que muchos de tus hijos no me olvidan. Por eso y por mucho más que no puedo decirte con palabras, pero que te digo en el lenguaje del corazón con un suspiro profundo y emocionado, ¡Dios te salve, Villena!
M. MAGRO Desde San Sebastián
Extraído de la Revista Villena de 1953
Cedido por... Avelina y Natalia García

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