1953 LA DIANA

LA DIANA Por Ricardo Guillén Yañez
Las más agudas notas de una Banda, lanzadas al aire, nos habían despertado con sobresalto: era la Diana. La grata y obligada vigilia anterior, nos pesaba todavía. Lentamente nos llevaban nuestros pasos a la plaza de Santiago, tan cargada de historia y de recuerdos y sugestiones para nosotros. Iban allí agrupándose alegremente los festeros. Las escuadras formábanse conminadas por el sonar de bombo, para de inmediato adquirir el característico empaque de su desfilar a ritmo de cámara lenta. Frente a ellas, lucíase con desenfado y gracia el Cabo gastador. Tras las consabidas y airosas pasadas, y luego de adelantarse, zigzagueando, con pasos sigilosos de noctívago, volvía el rostro, para con un gesto iniciar la marcha de las escuadras, irrumpiendo por las calles con su preludio musical de un nuevo día de Fiesta.
Y ya en ese bulevar que es la Avenida de José Antonio, la mañana templada, bajo un azul brillante que nos exigía contraer casi dolorosamente las pupilas, estaba impregnada del fervor popular derramado al paso de nuestras comparsas.
El espectáculo era en realidad bellísimo y calaba hondo en nuestra sensibilidad. La tensión y el optimismo desbordados palpitaban en el ambiente. El sujeto reflexivo que casi siempre el espectador lleva dentro, nos inclinaba a la meditación. A esa reflexión a que nos sentíamos, en cierto modo, obligados. La. Comisión de festejos habíase entregado totalmente a su tarea, y como fruto de su esfuerzo se había producido eso que llaman una coyuntura y que más bien era un clima de comprensión, demasiado favorable para lo modesto de nuestras aportaciones. Veníamos a ser punto de confluencia de las diversas corrientes de opinión, y ello servíanos para reunir, más o menos matizadamente, observaciones de probable utilidad para la introducción de mejoras en nuestras Fiestas tradicionales.
Destacábamos tres factores importantes. A un lado, el núcleo laborioso: los festeros. Los actores de nuestra Fiesta que se afanan incansablemente todo el año a impulsos de una vocación. Y en ese grupo no podía incluirse los que-lo son ocasionalmente. En otra parte, estaban los entendidos, no los insubstanciales, sino los que se pronuncian con algún fundamento y defienden posiciones honestamente. Entraba después, un tercero en discordia: el público. No tan sólo el de ahora, que busca la diversión por su cuenta, rutilante en la lejanía de los actos que son el verdadero festejo. El que contaba más era el auténtico, el espectador, que piensa, medita y exige.
Cuando se habla de revaloración, se esgrime un neoclasicismo, fuertemente, como palanca. Las Fíestas se entroncan remontando su origen a la época de la Reconquista, pretendiendo un resurgimiento vinculando los actos a episodios de la historia local, con citas de héroes y personajes coterráneos que alcanzaron nombradía. Lo que importa es el hecho histórico redivivo. Lo extraño y anacrónico debe excluirse. Pero ello—dirán otros—además de ofrecer la dificultad de una posible falta del hecho histórico real, encierra un peligro: el tedio.
Se defiende el efectismo como moción para exaltar la Fiesta. Interesa mucho—se dice—la exhibición brillante, el color, el faústo, la majeza. Se propende a la presentación, sublime. Y entonces parece no importar lo simbólico. Se renuncia a la exigencia localista para degenerar en el plagio incluyendo el costumbrismo ajeno como muestra de excelencia. No se quiere caer en la cuenta de que cada pueblo posee sus características, su individualidad, que es una afirmación de su personalidad propia. Anulándola, tendríamos que renunciar a un estilo y también a todo lo que pueda haber de verdadera valía. Y sin embargo —opondrán algunos la individualidad puede ser originaria de la confusión o desconcierto si con exceso se aplica. Quizá tengan razón. En su mismo defecto estriba precisamente su valor extraordinario. Su intento es derrocar la monotonía, la costumbre en lo que tiene de esclavitud y el hábito como tirano.
Así, ese ingenioso humorismo popular, ocurrente, típico, como fórmula de provocar el aplauso, de retozar la risa, posee, a pesar de todo, un carácter evidente. Con él se muestra el público más indulgente que con cualquier forma más ambiciosa y elevada. Y nada tiene que ver con la extravagancia, la mascarada, o la broma de mal gusto, repelente a todos. Porque todo está bien cuando bien se hace.
Sumidos en nuestros pensamientos, habíamos seguido el mismo trayecto de las comparsas en la Diana. A las calles principales y adornadas sucedían las modestas y limpias del arrabal. Cambiábamos la dureza y brillantez del adoquín mosaico por la suavidad del macadam corriente. ¡Y es que la Fiesta acude a todos porque de todos es! Cerrábase el circuito y llegaban de nuevo las escuadras a la plaza de Santiago. Acercándose a la amplía escalinata del Templo Arciprestal, antes de disgregar filas, el Cabo gastador dirigía un ceremonioso, reverente y emocional saludo a la Señora de las Virtudes, Excelsa Patrona de la Ciudad, crisol purísimo donde se funde el amor y la esperanza de todo un pueblo, y en cuyo honor se celebran nuestras tradicionales e incomparables Fiestas de Moros y Cristianos.
Extraído de la Revista Villena de 1953

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