1959 PREDISPOSICIÓN DE ÁNIMO


PREDISPOSICIÓN DE ÁNIMO Por FRANCISCO SALGUERO PORCEL
Jefe Local del Movimiento - Consejero Provincial
Un pueblo alcanza categoría de Nación cuando la comunidad que lo integra está en predisposición de empresa; una Nación alcanza la categoría de Patria cuando la unidad ya lograda tiene una misión que cumplir.
El hombre, "portador de valores eternos", alcanza toda su dignidad cuando consciente de su destino, predispone su ánimo para desarrollar plenamente, con satisfacción y alegría, ese manantial de valores.
Si no existe esa predisposición, es indiscutible que nos encontramos inhabilitados para ejecutar funciones de proyección de ideas.
Si no realizamos esa proyección, se pierde autenticidad y se malogra la misión al apartarnos del fin para el que fuimos creados.
Es ello una especie que inacción que puede ser motivada por diferentes causas, íntimamente ligadas con nuestro sentir, y que acusan el grado y la capacidad de acción que tenemos en orden a nuestra triple dimensión humana, político-social y religiosa.
La sequedad espiritual es casi siempre la causa, que determina nuestra renuncia, nuestro estancamiento, nuestro fallo en definitiva, anulando las inquietudes e impulsos que deben renacer a diario y que son necesarias para poder realizar misiones inherentes y consustanciales a cada hombre.
No querer. Evadir compromisos. Encerrarse en sí mismo. Dar la espalda a la realidad. Anular todo testimonio de acción social. Desentenderse. No acordarse del amor cuando se vislumbra el odio; no contar con el perdón, cuando surge la ofensa; dejar que impere la discordia y el error, por despreciar la unidad y la verdad; permanecer impasibles ante la necesidad y el sufrimiento de los demás. Todo esto y algo más significa el no estar predispuestos: no estar preparados para ejercer las funciones que nos son propias y obligadas dada nuestra condición de hombres, de hombres que vivimos en sociedad y de hombres que creemos en Cristo.
No es preciso un largo discurrir para venir a la conclusión de que no es posible aislarse, cubrir nuestra existencia con un fuerte caparazón y vivir "nuestra buena vida", elevando templo a un individualismo que será nocivo y perjudicial para el mismo que lo practica; injusto con la sociedad, nuestra acreedora en esfuerzos y despreciable para aquél que nos con-cedió toda posibilidad de servicio para estar conquistando a cada instante nuevos jalones por un mundo mejor.
Y es así, después de analizado esto, cuando hemos de convenir en esforzarnos todos. No unos pocos, sino más bien todos, para alcanzar la categoría que nos habrá de conceder la unidad de misión.
De tal modo que el mejoramiento de nuestros pueblos --por ejemplo-- no puede ser el resultado de caprichosas tentativas, sino que ha de ser el producto de una fusión de voluntades, la consecuencia de la superación de un servicio. Debe ser esfuerzo comunitario y proyección, naturalmente asequible y en sentido ascendente. Obra nuestra, de manera que no son nuestros pueblos o ciudades quienes nos han de poner en movimiento, sino nuestro rango y ejemplaridad, nuestra plenitud de quehaceres encaminados al bien común, quienes lograrán darles efectividad y desarrollo.
Para lograr este grado de temperatura, de entusiasmo y abnegación, a muchos nos hace falta volver la mirada hacia los cauces, plenos de autenticidad, por donde realizar nuestro destino. Volver la mirada hacia lo que es fundamental y recuperar posiciones perdidas que se fueron entregando a lo accesorio, a lo superficial, a la concupiscencia material. Volver la vista, no para mirar solamente, sino para ver, pues que viendo y no mirando se penetra en lo profundo de las cosas y de ahí,, va en posesión de la esencia, iniciar una revalorización de múltiples virtudes, ya de orden humano, político o divino, que llegamos a enterrar o casi aniquilar por influjo de sofismas filosóficos, sistemas adulterados y lo más cercano: una desmesurada exaltación científica que intenta prescindir de Dios.
Nos hemos de acercar a la hora del amor, que nos descubra y haga entender la justicia social; a la hora de la fe y la confianza, empezando por creer en nosotros mismos; a la hora de ir dando, que podemos considerarlo como buena fórmula para empezar a recibir.
Esto es posible. Sólo basta con desear, con querer alcanzar un estado que, podemos llamar de ánimo, aunque yo diría de "gracia", en virtud del cual pongamos en acción todo ese manantial de posibilidades que poseemos y que no podemos quemar en bagatelas ni mantener adormecidas.
Y es así, movilizando nuestros valores, que ello ya es hacer y no decir, pues hemos de anteponer al "dicho" el "hecho", como iremos ejerciendo y desarrollando esas funciones de qué hablamos.
Y seremos como flecha, ya en vanguardia, fuera del arco, impulsada por brazo fuerte y seguro, cortando los aires ágil y sin pereza, camino de su diana, cumpliendo su destino.
Y también seremos piedra para rechazar los impactos que intenten separarnos de la verdad. Unidad monolítica donde asentar nuestro buen ánimo, nuestra disposición espiritual. Pero no piedra que se hunda hacia las profundidades del error y la negación, pues que entonces sería preferible ser solamente corcho que al fin y al cabo, flota y aunque a la ventura caprichosa de la corriente, siempre cabe la esperanza de que ésta nos lleve hacia mejores horizontes.
Extraído de la Revista Villena de 1959

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