1953 ELEGÍA. A LA MEMORIA DEL CASTILLO VIEJO

ELEGÍA. A LA MEMORIA DEL CASTILLO VIEJO
Quiero cantar sobre tus cenizas, corno el bardo Osián sobre el sepulcro de los héroes caledonios. Porque no eras, no, la enorme boca, armada con triple hilera de dientes, de una quimera antediluviana que asomase su deforme cabeza una vez al año, sacando la grotesca lengua y provocando horrísono concierto de estampidos, sonar de clarines y chocar de aceros. 
No eras el quimérico remate de un castillo encantado, hundido en la tierra, como las esfinges faraónicas en la arena del desierto; como los obeliscos de las ciudades sepultadas en el fondo de un lago, o bien como el respiradero de un antro subterráneo, desde cuya mirilla pudiera el ogro, habitante único en sus entrañas, asomar su fanfarrona prestancia, desafiando a los mortales y provocándoles a la lucha.
Eras, más bien, el viejo e inofensivo perrazo doméstico, todo huesos y pellejo, encanecido en la casa, al servicio de tus amos, manso a todas las caricias y a las crueles travesuras de los chicos. Eras el silencioso abuelito, a cuyos fatigados brazos se confían los nietos y él los soporta paciente, sin lanzar una sola queja.
Hubiéramos deseado conservarte siempre, como Tarascón su famosa Tarasca, como una mascota, como un amuleto que trajera la buena suerte a la ciudad. Pero la razón de tu existencia no era meramente pasiva; sino activa. Desposeído de tus funciones, no podías vivir, como aquellos buenos Maestros que, cumplida su larga misión, rinden su alma a la pesadumbre de verse desposeídos de sus amados niños. Necesitabas hundirte en la nada, antes de sorber el dolor de verte desplazado en el afecto de tantas generaciones por un presuntuoso advenedizo.
Y hemos querido evitarte esta cruel humillación; no podíamos consentir que tus fragmentos pudieran correr dispersos, como los huesos de un cadáver abandonado, sirviendo de juguete o de materia prima aprovechable para usos vulgares.
Era más digna de ti la muerte del héroe que da su vida en holocausto por la felicidad de los suyos, y sonríe su último adiós entre llamas purificadoras que elevan el alma de la víctima a las regiones de la inmortalidad.
Fue un acto emotivo: toda Villena presenció el sacrificio con profunda emoción. Un religioso silencio permitía escuchar el crepitar de la gigantesca hoguera, cuyas llamas ascendían vigorosas, lamiendo el cielo, por encima de las terrazas, y cuyos últimos humeantes penachos se desvanecían como tantas alegrías y tantos afectos y tantas ilusiones y tanta felicidad atesorada en tu fecundo reinado. ¡Era tan distinta la ciudad que hallaste al nacer de la que acogió tu última mirada! Y todo ese pasado, transformado, borrado de la faz ciudadana, pero concentrado en recuerdo y bella añoranza en tus entrañas, se estremecía en el oro de la llama encerrada en el triple círculo de la triple corona, de la venerable tiara que se consumía lentamente, derrumbándose pieza por pieza, bajo el cielo santo del Señor.
¡Adiós, viejo y amable recuerdo de nuestros mejores arios! Siempre, siempre vivirás en nuestra alma asociado a las más bellas evocaciones de unos días felices que para muchos de nosotros ¡ay! no volverán jamás.
RAMÓN JORDÁ
Extraído de la Revista Villena de 1953

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