1975 LA HUELLA QUE ME DEJÓ VILLENA

LA HUELLA QUE ME DEJO VILLENA
Allá a lo lejos se eleva gloriosamente una monumental torre que asemeja la compostura vertical y radical de un centinela que vigila la esplendorosa parroquia, centro de reunión dominical.
La Parroquia de Santiago, resplandeciente por su limpieza, me traía unos recuerdos de pureza sin igual, y de transparencia total.
Sus muros llegaban a mi espíritu en un recogimiento de piedad y hacían de mi persona un sentir, la respetuosidad ante una gloriosa majestad.
El cielo transparente en un azul fuerte, dinámico y tranquilo, llevaba una pausividad jamás conocida, y así Villena parecía el trono imperial resplandeciente de luz que acoge con dignidad la llegada de cualquier voluntad.
Pedro Cerraña "el manco"
Su maravilloso Paseo Chapí, cuajado de abundante follaje, de sombras perennes, de desfigurantes mansedumbres, de años vivos de paz, cuya tranquilidad sofocaba mi alma, cuya anterioridad me llevaba a la realidad.
Villena, pueblo y personas generosas, villenenses merecedores de ser nombrados, por su entrega, cariño y entusiasmo.
Pueblo de gentes que trabajan por su continua vivencia en una existencia, la existencia de una realidad: la de su primorosidad.
Surgió en mí el amor hacia unos labriegos, hacia tantos obreros, y cuando mis ojos se entrecruzaban con la mirada de un villenense, sentía el palpitar de una realidad nunca jamás conocida, la realidad de la generosidad.
Y digo generosidad porque nunca jamás he conocido a personas y ambiente tan predispuestos a dar y a amar preséntese quien se presente.
Un susurro llegaba a mis oídos y cada vez se hacía más fuerte, se acercaba. Lo sentía más cerca de mí. Eran jovencitos de Villena en sus fiestas pascuales, sus risas, alegría, su entusiasmo y vibración denotaban la presencia de un pueblo gentil, apacible y tremendamente sensible.
Las calles de Villena, de esta Villena fulgurante, parecían paseos de rosas en un día soleado, en un día como pocos he conocido, todo deslumbraba, se asemejaban al cristal transparencia! de una vida sin límites, de una vida plena y total.
A ambos lados se denotaban presencias ingentes y caracteres tipificantes que sensacionaban un gran amor al arte y a la sinceridad, todas las fachadas de las casas de Villena, limpias, acogedoras, no marginantes de algún retoque ornamental.
Sonaba la campana en el fondo del lugar y me daba la impresión que aquella hora se convertía en una eternidad, su musiquilla y su acción atrayente y acogedora me llevaban a suspirar de aquellas anteriores horas pasadas en el Santuario de la Virgen de las Virtudes donde se respiraba paz y felicidad.
Es el santuario un lugar precioso y digno de ser contemplado, en su exterior una gran fachada blanca, resplandecía y guardaba un interior sobrecogedor.
Unas cuantas palmeras abren el paso, como paladines y rosetones de sin igual calidad, a la orilla del camino y al doblar de claridad.
Unos niños se divertían en esas diversiones propias de esta edad. Sus columpios, en la arena, en sus toboganes, todo, todo en un fondo de una belleza sin igual.
Cada escalón indicaba a mi paso el misterio de un lugar donde una gran Señora acogía en verdad.
En el centro un gran patio conventual y a su alrededor grandes y sobrios arcos de majestad señorial.
Los milagros de la Señora indicaban la fe de unas gentes que quieren transformar la realidad teniendo como baluarte la donación de una Virgen sin igual.
El suelo liso, resbalante y resplandeciente te llevaba a un caminar hacia la felicidad, en el fondo frente a la Señora unos cuadros de pintura fantástica hacían ver el arte y la colorancia de unas plasmaciones concretas y veleidosas de la grandeza de la Virgen del lugar.
Verdes con azules, rojos con amarillos, naranjas con morados, en tonalidades tenues y resaltantes, maravilla de colores, misterio de un amor plasmado en arte fantástico, mundo del color que sale del artista mismo para donarte un anhelar.
De aquí se desprende el espíritu y la vida de estas gentes, de unos villenenses entregados, sencillos y sinceros, que dentro de una panorámica deslumbrante y dentro de una vida vital, viven su existencia con entrega, amor, paz y generosidad.
Todo circula en torno a unas vidas que tienen el sentido del amor de unas gentes a su propia vida y a la de los demás.
Caminar sin perder la esperanza parece el constante refrán que suena en el corazón de Villena: ¡con qué claridad! ¡sin olvidar su alegría! ¡qué entusiasmo contagioso del pueblo de Villena!
Muchos pueblos he visto, pero pocos tan sencillos y acogedores, tan limpios y lúcidos, dentro de mí se ha quedado la nostalgia de un resurgir en un ambiente en el que se respira sinceridad y amor.
No sé cuándo será mi próxima visita a Villena, no lo sé, pero lo que sí sé es que realmente Villena ha llegado a mi alma y nunca se me borrará el recuerdo que tengo de aquel pueblo, de este pueblo gentil y amable que se tropezó en mi caminar.
Esta ha sido mi pequeña estancia en Villena, mi corta visita a tan estimado pueblo, mi conocimiento de un pueblo castizo en su ser, entregado en su haber y amado con muchísimo querer.
JUAN M. AMATRIAIN DIAZ De los Misioneros Javerianos
Estudiante de Teología y Filosofía
Extraído de la Revista Villena de 1975

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