1952 REVALORIZACIÓN ESTUSIASTA DE LA FIESTA

Por Martín Menor García 
Este artículo, eslabón primerizo de una serie ya intuida, llega hasta estas páginas conducido amorosamente por una palabra: preocupación. Preocupación intensa por las cosas todas de mi tierra natal. Muchas veces, después de haber comunicado la esencia del tema a quien muy amablemente nos ha solicitado unas líneas para la Revista, hemos tra­tado de obviar esta preocupación emborronando sentimentalmente unas cuartillas con la exposición más o menos literaria del acto de las Fiestas que más nos ha complacido, o con el recuerdo y manida añoranza de cosas ha poco pasadas; subjetividad a fondo. Sin embargo, hemos preferido finalmente exteriorizar nuestra íntima preocupación con toda franqueza. Sabemos el gran peligro que esto encierra, pero preferimos seguir el ejemplo del pueblo que quiere llamar al vino y al pan por su nombre y así los llama con toda sinceridad
Antes de seguir adelante, nos apresuramos a declarar que tal vez no seamos los más calificados para hablar del terna sugerente de las Fiestas de Moros y Cristianos, pero no creemos nos falte del todo autoridad: la autoridad de un hombre que quiere pensar y ama a Villena.

Reiteradamente se ha insistido en estas páginas sobre la importancia religiosa de nuestras fiestas, su carácter esencial y profundamente cristiano. Es un hecho tan palmario que no necesita demostración. El escritor más profundo, el más esteticista, sería incapaz de exponer la honda veneración y el amor que todos los villenenses sienten hacia su Vir­gencica. Fiestas religiosas que hacia la perfección individual y de la comunidad deben tender. La visita de la Virgen a la ciudad es uno llamada perfectiva. Al llegar a este pun­to, nos sumergimos en amargas reflexiones. Reflexiones que requerirían un desarrollo más holgado. Pero sigamos adelante y entremos de lleno en el núcleo de este artículo: «El carácter de representación simbólica que los actos de moros y cristianas encierran» y su revalorización inmediata, fruto de un esfuerzo entusiasta.
Mucho se ha dicho y no tanto se ha escrito, sobre la situación actual de nuestros fes­tejos en el aspecto a que venimos refiriéndonos. Parece ser que en el enjuiciamiento crítico de la situación actual ya vamos estando todos de acuerdo. A la hora de apuntar las cau­sas es cuando surgen las diferencias de opinión: Unos afirman que se debe a la indiscipli­na de las Comparsas; otros, a que los actos típicos de «Moros y Cristianos» -embajadas, guerrillas, etc.- ya no encuentran el color y la atención del público, desplazado hacia formas más modernas ce diversión; éste, insiste en la falta de dirección; aquél, hablará de la evolución de los tiempos, y así sucesivamente. Todos en el fondo tienen algo de razón. Una razón fundamental ha sido desvincular en la conciencia popular la historia de la antiquísima «función»; función que es el antecedente inmediato de las Embajadas actuales, por remontarse a los primeros años de la fundación de las Fiestas de Meres y Cristianos en "filena. Se ha olvidado la importancia histórica de los hechos que las fiestas conmemoran: la Reconquista española. Nuestra ciudad ocupa por derecho propio muchas páginas de esa Historia y debemos ir creando la convicción firme y sensata, para el pres­tigio y enaltecimiento de la fiesta, -superando vistosidad, ruido y demás tópicos fáciles y superficiales- que se está cumpliendo una tradición de nuestras mayores entroncada en la motor historia: la lucha por la Cristiandad. No en vano aparece esa media luna al pie de nuestra Virgen como un triunfo de a catolicidad sobre el Islam. ¡Qué gran intuición colectiva fué fundar unos festejos que a la sombra de los muros de nuestra secular forta­leza, recordaran la cesta boro ca de la Reconquista para dedicárselos a la Virgen de las Virtudes romo promesa anual del corazón de sus hijos!.
Indudablemente, quien contemplase objetiva y retrospectivamente el desarrollo y evolución de nuestras fiestas quedaría sorprendido. Porque al examinar uno a uno, desde el primero hasta el último de los actos, encontraría innovaciones lejanas a la tradición y que, sin embargo, por la fuerza de muy pocos años, permanecen en impertérrita entidad. Debe -nos aceptar totalmente ante la evidencia que salta a los ojos en forra de anacrónica policromía, que durante muchos años ha estado ausente de nuestros festejos un claro sonido orientador.
De las consideraciones anteriores, que no han sido traídas al acaso, surge una con­clusión valedera: nuestros festejos necesitan urgentemente de un esfuerzo renovador. Es necesaria desvanecer los últimos embelecos planglossianos de los que creen que a pesar de los defectos no tenemos comparación; superemos humildemente los defectos sembran­do excelencias. Escuchemos en silencio el susurro germinativo de la perfección que se encuentro en todas las cosas. Contribuyamos todos honradamente al perfeccionamiento de las Fiestas. Superemos por una vez la eterna paradoja humana: saber lo que conviene y no realizarlo. Solamente existe un secreto para la revalorización: actividad, entusiasta actividad y comprensión. Renunciemos definitivamente a la crítica obtusa e insustancial; aportemos ilusionadamente una crítica constructivo, noble; iniciativa y esfuerzos.
Quizá nunca más oportuno el contenido de estas cuartillas. Creemos que este año va a ser una realidad la desaparición del viejo castillo de madera; anhelo popular ya mu­chos años sentido. Desde su construcción, solamente pudo satisfacer la fantástica sensi­bilidad de los niños. Cuando Villena ensanchó su perspectiva urbanística, al demoler la antigua posada del Sol, el Castillo de Embajadas cumplió su ciclo. Nos alegra pensar en la inauguración de un nuevo castillo. Pero nos conturba la idea de que el próximo año nuestras guerrillas y embajadas siguieran su marcha decadente. He aquí una tarea con­creta de renovación: revalorizar estos actos simbólicos de las Fiestas de Moros y Cristia­nos. Esto, naturalmente, escapa a los límites de este artículo.
Revista Villena 1952
Cedida por... Elia Estevan

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