1955 UNA BREVE VISITA REGIA

Nacimiento del “Parterre”
“La segunda de la mano izquierda”

Por José Mª Soler - Cronista de la Ciudad.
En los últimos días del año 1857, quedó definitivamente terminado el tramo del ferrocarril Alicante-Almansa, que había de unir a la capital de la provincia con la de la Nación, y aunque el 4 de enero de 1858 se efectuó ya un gaje de ensayo y el 1º de marzo se abrió a la explotación, demoróse la inauguración oficial hasta el 25 de mayo, aprovechando el deseo de Isabel II de visitar las provincias de Albacete, Alicante y Valencia.
Por hallarse situada en los confines de la de Alicante, le cupo a Villana el honor de ser designada para la recepción oficial de los Monarcas, y tanto el Ayuntamiento de la Ciudad, que presidía por entonces el marqués de Colomer, D. Joaquín de Mergelina y Selva, como la Dipu­tación Provincial, al frente de la cual se hallaba el Conde de Santa Clara, no escatimaron medio alguno para que el acto de la recepción fuese digno de los altos personajes que iban a visitarnos.
En pocos días, el ingeniero D. Pedro Guinea planificó y llevó a cabo la erección de un jardín junto a la vía del ferrocarril, en terrenos antes incultos previamente adquiridos por el Municipio. Y como la vegetación arbórea no podía improvisarse, hubo que trasplantar algunas especies de las Sierras de Salinas y el Morrón. Así nació nuestro"Parterre", único jardín de la Ciudad hasta hace muy pocos años que, en la primavera de 1958, cumplirá su primer centenario. Y aunque de entonces acá ha sufrido bastantes transformaciones, no estaría de más ir pensando en rendirle un homenaje de simpatía y agradecimiento, para cuya empresa no habría de faltar la adhesión de todos los enamorados que en Villena han sido.
A las diez de la mañana del día 25 de mayo -una bella mañana de la primavera villenense ­se hallaban en nuestra Ciudad, junto al Gobernador Civil y al Comandante General de la Provincia, las personalidades siguientes: D. Tomás Rico, D. Carlos Cholvi, D. Francisco Pérez, D. Joaquín Gisbert, D. Manuel Pastor, D. José Antonio Sánchez, D. Luis Santonja y D. Francisco de Paula Puig, todos Diputados provinciales; D. José Soler y D. Juan Romero Crespo, Vocales del Consejo Provin­cial; los marqueses de Molíns y de Río Florido y el Conde de Pinohernoso, Senadores del Reino; el conde de Fabraquer; D. Ramón Gil y Osorio, D. Juan Thous, D. Juan Francisco Camacho, D. An­drés Rebagliato, D. Diego Roca de Togores y D. Ramón de Campoamor, Diputados a Cortes; don Alejandro Silva, Comandante de Marina; D. Pedro Regalado del Tio, Provisor y Vicario General de la Diócesis; D. Francisco Sirera, Capellán Secretario de S. S. ; el Cabildo Catedral de Orihuela, for­mado por D. Pascual Pastor y Rovira, Deán y Presidente de la Ilustrísima Corporación; D. Francisco Baeza y Oltra, Canónigo Doctoral y Síndico; don Manuel Gómez Cejuela, Canónigo Secretario Ca­pitular; D. José Sánchez Zapata, Arcipreste, y don Félix García y Lledó, Canónigo; el Baile General del Real Patrimonio de Valencia, D. N. Boscá; el Director del Instituto, D. Manuel Senante, y los componentes de la Audiencia Territorial, formada por D. Joaquín de Palma y Vineza, Regente; don J. Demetrio de Villalaz, Fiscal; D. Laureano Arrie­ta, Presidente de la Sala Segunda, y D. Joaquín Azcón y Ferraz, Magistrado. Se encontraba tam­bién entre los asistentes el Oficial del Gobierno Civil D. Juan Vila y Blanco, cronista del viaje, de quien hemos tomado los datos principales para redactar este artículo.
Se alojó la comitiva en una gran casa próxima a la estación, propiedad de D. Gaspar Marco, y allí aguardó la llegada del tren real, que hizo su aparición a la una y media de la tarde entre víto­res, disparo de morteretes desde el Castillo y los acordes de la Marcha Real lanzados a los cuatro vientos por las bandas de Villena, Biar, Benejama y la del 2.° Batallón del Regimiento de Infantería de Granada.
Por una amplia escalinata descendieron los Reyes hasta el Parterre, donde se había levantado una lujosísima tienda, orgullo de los organizado­res y que había sido adquirida en París para este exclusivo objeto. Consistía en un pabellón circular de estilo morisco a franjas blancas y carmín. De una gran sala central partían cuatro brazos en cruz, dos de los cuales servían como corredores de entrada y salida, mientras que los otros dos formaban lujosas habitaciones, una para tocador y otra para dormitorio del Príncipe de Asturias, con lecho ricamente engalanado. Pendían del techo precio­sas arañas de seda, y el mobiliario, sobrio y elegante, estaba todo construido de mimbre y bambú. Dos garitas flanqueaban las puertas de acceso y, sobre la de entrada, ondeaba airosa la enseña nacional.
Han pasado cien años. Un relámpago, si se compara con el eterno fluir del tiempo irrestañable. Y sin embargo, nunca más llegaremos a saber, probablemente, quién fué “la segunda de la mano izquierda”, aquella linda paisana nuestra que tan profundamente logró impresionar la sensibilidad galante del ilustre poeta D. Ramón de Campoamor.
Para llegar al interior de la tienda, atravesó el cortejo real por entre dos filas de bellas muchachas ataviadas a la usanza tradicional y portadoras de sendos canastillos con flores y productos de nuestra privilegiada huerta. Los Reyes aceptaron, encantados y joviales, el homenaje de las hermosas jóve­nes, cuyos nombres consignamos a continuación para grato recuerdo de sus descendientes. Son los que siguen: Estefanía Amorós Ferriz; María Camarasa Navarro; Ramosa Díaz Domenech; Virtudes Ferriz y Ferriz; Francisca Galiana Domenech; María García López; Angela García Martínez; Ursula García Martínez; Virtudes Gómez García; Juana Hernández Cepero; María Hernández Díaz; Josefa Hernández García; María Hernández García; Virtudes Hernández García; Estefanía Hernández Hernández; Isabel Hernández Hernández; Virtudes Hurtado Amorós; Josefa Laosa Amorós; Magdalena López Hernández; Isabel Maestre Navarro; Ana Martínez Hernández; Catalina Milán Garfea; Josefa Ramosa Sáez García y Josefa Saúco López.
Después de cambiarse de traje Dª lsabel en el tocador de la tienda, se celebró la recepción oficial, seguida de un refrigerio espléndidamente servido por el célebre repostero francés Lhardy, el “Perico Chicote” de la época, y, tras un breve descanso, dió la Reina la orden de proseguir el viaje, no sin antes despedirse personalmente del pueblo que la aclamaba en los alrededores del jardín.
Ya en su coche, aun aceptó Dª Isabel un ramo de flores que le ofreció Dª Francisca Gascón. Y con los mismos clamores que a su llegada, reanudó su marcha el tren real, conducida la locomo­tora por el famoso financiero D. José de Salamanca, cuyo nombre ostenta uno de los más aristocráti­cos barrios de Madrid.
***
Ya hemos dejado consignado que, entre los asistentes a la recepción, se encontraba el egregio poeta D. Ramón de Campoamor, que ostentaba el cargo de Diputado a Cortes. He aquí unos párra­fos extractados del magnífico artículo publicado por el ilustre escritor en el periódico madrileño “El Estado”, en su número del día 2 de junio de 1858:
"Según el Marqués de Molíns, este viaje de la Reina ha sido una exposición de la “historia del trigo”. La expresión es exactísima. Alrededor de Madrid aun estaba como la “grama”; en la Mancha-­Baja se le ve más “crecido”, hacia Villena, “espigado” en los campos de San Vicente, “segado”, y en la huerta de Alicante, “trillado”. Todas estas edades del trigo se recorren en doce horas." .....
"¡Los recuerdos! ¡Y qué agradables los tenemos de nuestra expedición! ¿No es verdad, caballeros expedicionarios? ¿Os acordáis de Villena? ¡Quién tuviera la arrebatadora elocuencia de su predilecto hijo, el Sr. D. Joaquín María López, para pintar aquel almuerzo cordial que la diputación provincial de Alicante nos preparó bajo una tienda de campaña que ningún rey ni emperador la han visto nun­ca más linda, inclusos los conquistadores de Asia, que por razón de su oficio, se han visto muchas veces en la necesidad de tener que tomar la sombra!.
"Allí se nos presentó por el alcalde Sr. Marqués de Colomer y por el Sr. Gil y Osorio, diputado por el distrito y Subsecretario de Gracia y Justicia, una pequeña exposición, mucho más agradable que la de Londres y de París. La exposición consistía en unas flores que llevaban en unos canastillos dos docenas de labradoras de 14 y 15 años, que podían servir de Dorilas en otros tantos idilios, si los había de componer el mismo Virgilio. General hubo allí que les pasó una revista de inspección más minuciosa y más detenida que lo pudo hacer jamás con ninguno de sus regimientos. A todos generalmente nos hicieron muchísima “gracia”, y hasta hubo severos magistrados que les hicieron completa “justicia”. La menos hermosa de aquellas jóvenes tenía lo que se llama “la belleza del diablo”. Pregunten Vds. de mi parte al amigo Bastús por qué de las muchachas de poca edad se dice que tienen “la belleza del diablo”. Porque la verdad es que hay feas de 15 años que tienen más belleza que todos los diablos juntos. Yo fui el único que trasmití las órdenes de la Reina a aquel coro de ángeles con sayas burdas y peines de similor con cierta rigidez socrática y sin ceder “da miña gravedade”, como se dice del portugués. Estoy muy satisfecho de mi austeridad de entonces, pues ni siquiera al ver la segunda de la mano izquierda se me ocurrió, como a cierto magistrado que yo suponía ajeno de estas cosas, hacer un comentario de aquel pareado de un poeta moderno:
¡En la tienda te vi, miré a un espejo
Y ¡oh! Qué rabia me dió de verme viejo!
Revista Villena 1955
Cedida por... Elia Estevan

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